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Las hermanitas y los hermanitos
de La Jiribilla que hacen
con puntualidad formidable y
calidad creciente esa revista
digital de la cultura cubana –la
más completa y atractiva, sin
dudas– me enviaron un
cuestionario rápido a propósito
del Premio Nacional de Música
otorgado a Teresita Fernández
para incluirlo en el dossier
que pondrán en línea el fin de
semana próximo.
Antes de contestarlo con esta
crónica urgente, les llevamos a
la sede de la Jiri varios
materiales gráficos,
documentales y sonoros que
testimonian en síntesis ese
acontecimiento hermoso y
perdurable para la gente del
Centro Pablo que ha sido
el encuentro recíproco y amoroso
entre la trovadora querida y los
sueños que hemos animado durante
más de diez años en el patio de
la calle Muralla.
Nos alegra mucho que ese pequeño
dossier de Teresita en el Centro
Pablo pueda llegar
–gracias a La Jiribilla–
a las pantallas, las manos, los
ojos de muchos admiradores de la
trovadora, de la nueva trova y
de la cultura cubana en diversos
sitios del mundo, además de
encontrar nuevamente a muchos
integrantes de las cuatro
generaciones de cubanas y
cubanos que han/hemos crecido
(en más de un sentido) con las
canciones de esta cronista de la
belleza y la sensibilidad que
inscribió en sus banderas, desde
siempre, su declaración de
principios (personal e histórica
a la vez): “pobre, nómada y
libre”.
Esos materiales que documentan
la presencia de Teresita en las
tardes de A guitarra limpia
junto a muchos trovadores que
son, quién lo duda, sus
compañeros de oficio, como
les llama Silvio, pero además,
en este caso, resultan también
hijos pobres, nómadas y libres
de esa maestra que canta
enseñando, que ha enseñado
viviendo, desde la humildad y la
dignidad personal, los reclamos
de su tiempo y entregando amor e
inteligencia en sus canciones
inolvidables.
En esas canciones de los dos
discos grabados y producidos en
el Centro Pablo (No
puede haber soledad y
Teresita canta a Martí); en
la tierna dedicatoria que
acompañó la temprana y justa
entrega de su Premio Pablo
en el año 2000; en las fotos que
la incorporan nuevamente, desde
la memoria de estos años, a los
momentos que compartió con
trovadoras y trovadores su
palabra aguda y su canción
transparente, incluyendo las que
hizo para niñas y niños; en ese
recorrido, urgente como esta
crónica que hoy muestra la
Jiribilla, está el regalo
mayor que Teresita ha hecho a
los trovadictos que en el mundo
somos, a los creadores de todas
las generaciones y tendencias
que han poblado, como ella,
junto a ella, a guitarra
limpia, las tardes habaneras
en esta última década.
Por todas esas razones –y otras
muchas que no caben en una
crónica, ya sea urgente o no–
nos fuimos después, ayer mismo,
con María y Maricel, a la casa
de Teresita, a felicitarla por
el Premio recibido, a compartir
esa forma de amor que nos reúne
y nos hace mejores, pero sobre
todo a escucharle sus
fabulaciones de ayer y de hoy,
sus preocupaciones de mañana,
sus visiones de Nuestra América,
sus relatos nómadas, sus
historias libres que tanto nos
siguen enseñando.
De ese encuentro querible salen
también las breves respuestas
para el cuestionario urgente de
La Jiribilla, con las que
también terminará esta crónica
para celebrar con Teresita su
nuevo premio y su vida generosa.
¿Qué significa para la cultura
de nuestro país el nombre de
Teresita Fernández?
Uno de esos altos, ejemplares
momentos en que la sensibilidad
encuentra su lenguaje y su
destino. Una vida ejemplar, de
entrega generosa y transparencia
constante, en la que no caben
cartabones ni cortapisas. Un
encuentro de la sabiduría
popular y las herencias de los
clásicos, incluidas por
supuestos las enseñanzas y
propuestas de su fe y su cultura
cristianas, que repasa
intensamente en estos tiempos.
Una manera de ser cubana,
cristiana, revolucionaria,
latinoamericanista que rechaza
las etiquetas, los
convencionalismos y las
retóricas. Un acto de amor
sostenido que se hizo canción.
¿Cómo describiría a esta
“Maestra que canta”, como ella
misma se hace llamar?
Pobre, nómada y libre. Tres
condiciones de nuestro entorno
histórico y de nuestra auténtica
espiritualidad insular,
proyectadas hacia el mundo en
que nuestro país ha estado y
está presente de diversas
maneras.
Además: locuaz, aguda,
inteligente (“tengo 134 de
coeficiente, me dijeron, hace
tiempo, en un test”), sensible,
auténtica (“no ortodoxa”, nos
ratificó anoche mismo con una
sonrisa), soñadora, cavilante,
amante de la belleza,
practicante cotidiana de la
humildad (que tanta falta hace,
también, entre nosotros).
¿Qué anécdotas de esta
trovadora, maestra y mujer
podría contar?
Muchas más de la que cabrían en
un cuestionario urgente, salidas
a veces del momento en que
ocurrieron o escuchadas en el
patio de Muralla o en la sala de
su casa (que no es lo mismo
pero es igual), entre
buchitos interminables de café y
bocanadas de su tabaco: ese
mismo que un ignorante
televisivo censuró alguna vez,
aplicando el podercillo de la
circunstancia.
De todas las posibles me gusta
recordar aquellas historias
suyas en las que brilla, nómada
y libre, su dignidad personal,
que es la de muchos. Cuando la
echaron de un lugar nocturno
donde repartía sus canciones
para beneficiar a alguna
favorita del gerente, pero sobre
todo cuando renació siempre,
guitarra limpia en mano, en un
parque de la capital o entre los
pobres de México, Venezuela o
cualquiera de los sitios donde
ha llevado su canción para
enseñar y para aprender.
¿Cuáles son los aportes del
quehacer de Teresita en el
ámbito artístico y cultural
cubano?
Calidad. Comunicación. Poesía.
Belleza. Dignidad. Compromiso.
Humildad. ¿A qué más?
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