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Me hablaron de una
posible visita a la
Ciénaga de Zapata y
enseguida pensé en tres
hombrecillos a quienes
hace un año y medio, mis
amigos y yo bautizamos
como “los enanitos”. Los
hermanos Escandel, cuyas
arrugas hacen solas el
relato del duro trabajo
del carbón, son la
primera imagen que
conservo de aquella
tierra de pantanos.
Recuerdo que dijeron:
“antes del ´59 estábamos
en el mundo como los
perros”; y luego nos
contaron lo que ha sido
de su tierra gracias a
la Revolución.
La Ciénaga
apareció en los libros
de Historia de Cuba
después del triunfo de
los rebeldes, cuando
mercenarios yanquis
quisieron invadir la
Isla por la playa que
ellos llamaron Bahía de
Cochinos. Girón, abril
de 1961, la organización
del pueblo en milicias,
la derrota del enemigo
en 72 horas, se
convirtieron en tatuaje
inconfundible del
socialismo cubano. Desde
ese momento, todos
sabrían de la península
matancera, pero desde
mucho antes, algunos de
los barbudos ya se
habían interesado por el
lugar y sus moradores,
posiblemente las
personas más humildes de
todo el territorio
nacional.
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En el año inaugural de
la Revolución, el
entonces Primer Ministro
Fidel Castro, visitó la
zona varias veces. El 24
de diciembre se
encontraba en la Laguna
del Tesoro analizando
las posibilidades de
explotación de aquel
sitio como destino
turístico y discutiendo
proyectos para la
canalización y
desecación parcial de la
Ciénaga. Antonio Núñez
Jiménez —quien más tarde
presidiría la Academia
de Ciencias de Cuba—
narró parte de las
memorias de aquel día:
“En esos trajines, entre
mapas y papeles, nos
sorprende el atardecer.
—¿A dónde vamos? — es la
pregunta que surge de
cada uno de los que
acompañamos al Jefe de
la Revolución.
—Con los carboneros, a
cenar con ellos— es la
respuesta.”
Horas después, con
viento de aspas y luces
que superaban mil veces
al tímido resplandor de
las chismosas de los
bohíos, un helicóptero
“revolvió” los terrenos
de Soplillar. El sitio
sería testigo de la
primera Nochebuena
revolucionaria. Los
anfitriones de aquel
festín quedarían por un
rato perplejos e
inertes, porque ninguno
sabía quién vendría a
reunirse con ellos.
“Cuando quizá muchas
personas pensaron que
Fidel iba a pasar la
Nochebuena en su casa, o
en un club social, vino
a donde estaban las
personas más humildes
del país”, apunta a la
luz de nuestros días el
presidente de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba, Miguel Barnet.
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Han pasado 50 años de
aquel alivio de
oscuridad que trajeran
los revolucionarios a
este sitio donde se dan
bien los árboles
maderables llamados
soplillos. Los vecinos
no han dejado de
juntarse para conmemorar
cada aniversario del
suceso, que está marcado
en el lugar con un
modesto monumento en
forma de estrella blanca
colocada por ellos
mismos. Pero el paso de
media centuria por
aquellos predios y por
la inolvidable historia,
debía festejarse de un
modo especial: la
Brigada Martha Machado,
una tropa de artistas
liderada por el pintor
Alexis Leyva (Kcho), se
encargaría de hacerla
diferente.
Los “trotamundos”, que
inspirados en las ideas
del propio Fidel
comenzaron su periplo
por Cuba irradiando arte
en los lugares afectados
por los huracanes de
2008, llevaban ya varios
meses “plantados” en la
Ciénaga de Zapata. Este
diciembre un campamento
asentado justo en el
lugar donde descendieron
Celia Sánchez, Pedro
Miret y Antonio Núñez
junto con el Comandante
el 24 de diciembre del
59, fue el hogar de los
brigadistas, que se
entregaron a la
construcción de un
museo-biblioteca para
preservar la memoria de
ese día. Además de esas
faenas, la estancia en
la Ciénaga comprendió la
presentación de los
propios artistas en los
poblados cercanos.
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Las viviendas de los
campesinos Carlos y
Rogelio, levantadas con
yagua y guano por los
embajadores de la Misión
Victoria, quedaron casi
idénticas a las
originales. No dejan
margen a la duda las
fotografías de Raúl
Corrales que penden de
las paredes, sobre las
sillas y las camas de
sacos, entre los platos
y las palanganas donadas
por los habitantes de
Soplillar. De los
retratos quieren salirse
los ojos de Jesús, un
niño de unos cortos
cinco o seis años que no
alcanzaba a darse cuenta
de cuán trascendental
sería ese hombre
uniformado que había
llegado inesperadamente
a su hogar.
Cuando hablé con Jesús
Méndez el 24 de
diciembre de 2009, me
dijo: “con el paso del
tiempo entendí quién es
Fidel y lo que
representa para los que
éramos pobres en Cuba;
con el tiempo, me di
cuenta de que por la
Revolución había que
darlo todo”.
Soplillar es también la
cuna de Nemesia
Rodríguez Montano, la
niña a quien las bombas
del 61 arrebataran la
madre y el hermano,
motivo que inspiró el
poema “Elegía de los
zapaticos blancos”, de
Jesús Orta Ruiz, el
Indio Naborí. Nemesia no
estuvo en la cena
revolucionaria; pero
recuerda que a su padre
le avisaron y se fue
corriendo hacia las
casas de Rogelio y
Carlos.
En uno de los bohíos
reconstruidos por la
Brigada Martha Machado,
encontré, la tarde de la
cena, a Lucía Rodríguez,
una de las hermanas de
Nemesia:
— “¿Qué le sugieren
estas fotos?” —le
pregunté.
— “Muchos recuerdos,
mucha emoción. En la
Ciénaga somos pocos —me
dice mientras señala a
una mujer en una de las
instantáneas— Pilar, la
esposa de Rogelio, era
mi prima y ya no está.
Pero, ¿quieres que te
diga la verdad? Lo que
más me impresiona es ver
a Celia, porque hablar
de ella es igual que
hablar de mi mamá.”
Revivir a la heroína de
la Sierra provoca un
ahogo de llanto en
Lucía; Celia se preocupó
porque las hermanas
estudiaran y salieran
adelante y ella se
siente agradecida. Ahora
esta mujer, quien ha
participado en la
reconstrucción de los
bohíos junto con los
artistas, considera que
“lo que ha hecho Kcho es
lo más grande de la
vida” y espera con
ansias un libro que
dice, ha enviado Fidel
para la nueva
biblioteca.
En la sala de lectura,
construida solo a unos
metros de las otras
casas, hay textos de
artes y literatura
general, enciclopedias,
y hasta tomos de
medicina. Las
especialistas de la
Biblioteca Municipal que
fueron a ayudar a
colocar los libros,
confiesan que su centro
no tiene fondos tan
bellos y preciados como
estos. En la entrada del
local, junto a un breve
inventario de los
árboles del lugar, se
lee en grandes
caracteres: “іGracias
Fidel!”. Es el título de
una décima que compuso y
cantó el guajiro Pablo
Bonachea el día de la
cena carbonera con el
Comandante:
“Ya tenemos carretera
gracias a Dios y a Fidel
ya no se muere la mujer
de parto por dondequiera
ahora sí es verdadera
nuestra cubana nación
ya los hombres del
carbón
jamás serán explotados
porque a Cuba ha llegado
esta gran Revolución
(…)”
En 2009, Francisca, la
mujer de Carlos, asiste
a la Nochebuena que
preparó la Brigada
Martha Machado, “para
que los viejos recuerden
y los niños tengan una
visión de aquella
época”, como explicara
Kcho. La memoria de
Francisca ya le falla,
pero su hijo Jesús se
conmueve cuando ve al
pueblo reunido alrededor
de las largas mesas de
madera y a los niños de
La Colmenita viviendo en
casas de campaña y
actuando en la noche
para llevar alegría a
esos lugares lejanos.
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En 2009, el 24 de
diciembre, los
repentistas Guambín y
Guambán del Conjunto
Palmas y Cañas, el
humorista Carlos
Gonzalvo, los bailarines
de Café con Tap, el
trompetista Yassek
Manzano, los pintores
Ernesto Rancaño y Sandor
González, los
deportistas Estela
Rodríguez y Agustín
Marqueti y muchos otros
emisarios de la cultura,
marcaron el corazón de
la Ciénaga de Zapata;
esa virgen raptada por
el triunfo
revolucionario en sus
playas, ese lugar
inmenso donde La Habana
cabe seis veces, pero
donde la tierra, severa
para el trabajo, no deja
retener a los hijos.
Entre los nueve mil
habitantes del municipio
más grande de Cuba
todavía hay quienes,
como los hermanos
Escandel, no sabrían
cómo escribir el nombre
de Kcho. Sin embargo,
casi todos dan fe,
agradecidos, de esa
revolución de vida que
ha experimentado la
Ciénaga después de 1959.
Los vecinos de Soplillar,
no olvidarán, como uno
de los grandes sucesos
de estos 50 años, la
Nochebuena carbonera con
la Brigada Martha
Machado ni las peñas,
bailables, talleres,
murales y serenatas que
desde enero vienen
alumbrando sus casas.
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