Año VIII
La Habana
26 de  DICIEMBRE
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La fiesta del romerillo

Bladimir Zamora Céspedes • La Habana

Foto: Kaloian

 

La entrañable trovadora Teresita Fernández está cumpliendo 79 años cuando se le otorga el Premio Nacional de la Música. Lauro muy merecido para  una artista que desde los primeros años 50 ha salido, guitarra en mano, a brindarse entera a los demás, con una poderosa sencillez que nunca ha dado margen a la vanidad o a cualquier otra mala costumbre presente en no pocos creadores, incluso importantes.

Ella que estudió música y comenzó su labor pedagógica ofreciendo clases de esta disciplina en la Escuela Normal de su Santa Clara Natal, ya en 1959, establecida en La Habana, decidió hacer trova con la misma vocación de aquellos maestros ambulantes de los que hablara Martí.

Durante los primeros años 60, el público capitalino la pudo conocer en clubes y pequeñas salas, siempre alejada del oropel, del ropaje de falsa pedrería. No por casualidad en 1966 los fundadores de la revista El Caimán Barbudo la abrazaron con su homenaje en la salita de Bellas Artes, reconociendo en ella su juglar cómplice.

Entró con respetuoso ímpetu en la obra de Gabriela Mistral y José Martí, para luego prestar su voz a la música que estos grandes de la lírica rebosan en sus textos. Y bajo esa tutela magnífica empezó a componer cada vez con más fecundidad sus propias canciones.

Su consagración a las canciones para niños ha instalado en el espíritu de varias generaciones de cubanos piezas hace tiempo clásicas. Somos millones los acompañados por “El gatico Vinagrito”, “El zunzuncito” o “Tin Tin, la lluvia cayó”.

Sin embargo, en paralelo a sus temas para los más pequeños,  ella ha creado una verdadera montaña de títulos de aquellos convencionalmente llamados “para adultos”, transidos de los más nobles sentimientos humanos. La mayoría son como espejo, donde sus semejantes podemos buscar las aristas de nuestras elementales alegrías y tristezas y siempre la aspiración de ser mejores.

Hace un poquito más de 40 años que estoy al amparo de la voz y el corazón de Teresita Fernández. Viéndola y oyéndola dar vida a Las rondas, de Gabriela; al Ismaelillo, de Martí, abrazado a su “Muñeca de trapo”, y siempre apegado a sus canciones infantiles.

Sin duda, Teresita Fernández, gracias a su laboreo y entrega, se ha convertido en una sólida columna de nuestra identidad cultural. Ella es medicinal como el romerillo, esa menuda flor que no hace ruido en la yerba circundante y nos da el amor que salva.    

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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