|
La entrañable trovadora Teresita
Fernández está cumpliendo 79
años cuando se le otorga el
Premio Nacional de la Música.
Lauro muy merecido para una
artista que desde los primeros
años 50 ha salido, guitarra en
mano, a brindarse entera a los
demás, con una poderosa
sencillez que nunca ha dado
margen a la vanidad o a
cualquier otra mala costumbre
presente en no pocos creadores,
incluso importantes.
Ella que estudió música y
comenzó su labor pedagógica
ofreciendo clases de esta
disciplina en la Escuela Normal
de su Santa Clara Natal, ya en
1959, establecida en La Habana,
decidió hacer trova con la misma
vocación de aquellos maestros
ambulantes de los que hablara
Martí.
Durante los primeros años 60, el
público capitalino la pudo
conocer en clubes y pequeñas
salas, siempre alejada del
oropel, del ropaje de falsa
pedrería. No por casualidad en
1966 los fundadores de la
revista El Caimán Barbudo
la abrazaron con su homenaje en
la salita de Bellas Artes,
reconociendo en ella su juglar
cómplice.
Entró con respetuoso ímpetu en
la obra de Gabriela Mistral y
José Martí, para luego prestar
su voz a la música que estos
grandes de la lírica rebosan en
sus textos. Y bajo esa tutela
magnífica empezó a componer cada
vez con más fecundidad sus
propias canciones.
Su consagración a las canciones
para niños ha instalado en el
espíritu de varias generaciones
de cubanos piezas hace tiempo
clásicas. Somos millones los
acompañados por “El gatico
Vinagrito”, “El zunzuncito” o
“Tin Tin, la lluvia cayó”.
Sin embargo, en paralelo a sus
temas para los más pequeños,
ella ha creado una verdadera
montaña de títulos de aquellos
convencionalmente llamados “para
adultos”, transidos de los más
nobles sentimientos humanos. La
mayoría son como espejo, donde
sus semejantes podemos buscar
las aristas de nuestras
elementales alegrías y tristezas
y siempre la aspiración de ser
mejores.
Hace un poquito más de 40 años
que estoy al amparo de la voz y
el corazón de Teresita
Fernández. Viéndola y oyéndola
dar vida a Las rondas, de
Gabriela; al Ismaelillo,
de Martí, abrazado a su “Muñeca
de trapo”, y siempre apegado a
sus canciones infantiles.
Sin duda, Teresita Fernández,
gracias a su laboreo y entrega,
se ha convertido en una sólida
columna de nuestra identidad
cultural. Ella es medicinal como
el romerillo, esa menuda flor
que no hace ruido en la yerba
circundante y nos da el amor que
salva. |