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Querido
patito:
Te debo
esta carta desde hace muchísimos años:
tantos, que entonces yo leía solamente
libros dedicados a los niños y usaba en
la escuela las cuentas de madera de un
ábaco.
Por
aquella época, el pueblo donde yo vivía
era tan chiquito que con cuatro
aguaceros se inundaba; cosa que las
ranas aprovechaban para celebrar su
festival de coros, dirigidos por
Casilda, nuestra antigua conocida de
Cantel. Durante esos días, el vecindario
se animaba, los niños no perdíamos
ninguno de los conciertos y las ranas de
mi pueblo se hacían célebres.
Mi
casa, de madera y techo de tejas, era
muy espaciosa. Contaba con patio y
traspatios y muchos árboles y flores. A
la sombra de los árboles y ante el pasmo
de gallinas y gallos, abría el pavorreal
su cola de abanico, graznaban gansos,
volaban palomas y trinaban pájaros. Pero
mis preferidos eran otros: Miguelín, un
cernícalo que adopté al caerse del nido,
y el conejo Alfredo Molina.
Miguelín vivió siempre bajo el alero del
corredor y, al crecer, resultó un
camorrista desorejado. Aun estando
harto, se lanzaba como un pirata contra
lagartijas y guayabitos, sin hacer el
menor caso a mis reprimendas. Miguelín
solo respetaba al gato. En cuanto al
conejo, tenía muy buen carácter. Su gran
debilidad se manifestaba ante una hoja
de col: al recibirla pegaba tales saltos
y triplesaltos que, más que un conejo,
el joven Molina resultaba un gimnasta.
Quiero
señalarte, patito, que yo era una niña
fea. Cosa de suma importancia en esta
historia. Me miraba al espejo de mala
gana, pues, enseguida, aparecían en él
mi nariz pecosa, el pelo, más que lacio,
alicaído, y una figura delgaducha,
desteñida, sin gracia, para la cual no
valían galas ni modas.
La
belleza, patito, es un precioso don de
la naturaleza. Quien la posee parece
llevar una luz que a todos encanta. De
ella solo recibí el leve destello de un
fósforo.
Por
todo lo expuesto comprenderás que yo era
una muchachita triste, tímida y
acomplejada; si bien trataba de
ocultarlo al mostrarme risueña e
indiferente. Emulaba con Miguelín,
apelando al engaño de aparentar
desenvoltura y formas de aventajado
camorrista.
Para
mantener tan vigorosa personalidad y en
el intento por hacerme respetar, hasta
donde fuera posible, de los burlones de
la escuela y el barrio, aprendí a
manejar el tirapiedras con igual
destreza que manejara Robin Hood el arco
y las flechas; a trepar a los árboles
ágilmente y segura como un camaleón y,
sobre todo, a sobresalir como lanzador
en el equipo infantil de pelota. Lo que,
en aquella lejana época y tratándose de
una mujercita, dejaba boquiabiertos al
resto de los jugadores, varones todos.
Debo agregar que cabalgaba como un
vaquero, ya que mi familia era gente de
ganadería, y casi toda formada por
excelentes jinetes.
Ya
declaré la verdadera razón de semejante
cartel de arrogancia, patito. Servía
para encubrir mi apocamiento al conocer,
desde muy temprano, que mi presencia
despertaba la risa de los compañeros de
escuela y de juegos, y un insufrible
sentimiento de lástima en los mayores.
Para sentirme en paz, buscaba casi todo
el tiempo la compañía de los animalitos
y los árboles. Ellos parecían no dar
importancia a mi enclenque figura, mis
larguísimas piernas de flamenco, mi voz
ronca, mi carita fea... Me querían por
mi leal apego: les daba de comer, los
regaba, inventaba para ellos fabulosas
historias que parecían escuchar
respetuosos y entretenidos. Sin contar
que, más bravía y resuelta que el
cernícalo, siempre estaba dispuesta a
defenderlos de quienes los maltrataran.
Viejos y serviciales arrenquines, potros
briosos, puerquitos, terneros y cabras,
además de cuanto bicho con plumas
habitaba el patio, me tenían por uno de
los suyos.
Tal
como lo describo eran las cosas para mí,
cuando, al cumplir mis diez años y entre
otros regalos, recibí un libro de
cuentos. Uno de ellos refería la
historia de un patito, feo como yo;
amargado, como yo. ¡Tan sin nada los
dos, patito! Decía el cuento que, junto
a mamá-pata y sus lindos hermanitos, el
pequeñuelo soportaba la pena de su
fealdad. Al saberse motivo de burlas y
bromas pesadas, recurría a la fuga para
refugiarse en el campo y allí se amigaba
a las codornices y a algún anciano buey
sabio y comprensivo.
La
lectura de esa narración, que realizaba
instalada a mis anchas en las ramas
cercanas a la copa de un añoso
tamarindo, me hizo cavilar por tratarse
de un caso que me afectaba directamente,
y formularme una pregunta: ¿Por qué,
dentro y fuera del libro, nadie parecía
entender algo tan sencillo como que
tanto el patito como yo no habíamos
escogido nuestro lamentable aporte al
ornato del mundo? Éramos feos, sin
derecho a cambio o devolución, lo que se
me figuraba una gran injusticia. Y lo
peor: ignoraba a quién debíamos reclamar
o cargar la culpa del desaguisado.
Mientras leía el cuento y razonaba de
esa forma, lloraba a lágrima viva. Tu
pena, patito, era la mía y te acompañaba
y sufría contigo. Pero algo cambió al
llegar al final del relato; al saber de
qué modo dos grandes, bellísimas alas
blancas te elevaron sobre el corral
hasta situarte en el espacio azul, entre
la luz más pura. Sentí con ello, pequeño
amigo, algo suave y dulce penetrar en mi
pecho y sosegarlo. En ese instante
―nunca lo olvidaré― surgió en mí, con el
deseo impetuoso de obtener tu misma
suerte, mi primera esperanza.
Todavía
mi memoria recoge la emoción de aquel
nuevo sentimiento. Una idea seguía a la
otra y presentí confusamente que toda
ayuda debía esperarla de mí misma, de
mis propias fuerzas y sin huir ni
avergonzarme. En lo alto de mi silvestre
lugar de lectura me afirmé en el
propósito de hacerme valer, pese a mis
muchas desventajas, entre los venturosos
elegidos de la belleza. A los diez años
comenzaba a entender lo que hoy afirmo:
La vida es generosa y a todos ofrece
cabida, caminos y horizonte, siempre que
no perdamos el valor o no nos falle la
voluntad.
Aquel
día, al cerrar el libro, bajar del
tamarindo y tomar tierra, me sentí otra.
Lejos de atormentarme y sufrir por lo
que no estaba a mi alcance componer o
disimular, me dediqué a observar todo lo
hermoso y bueno que iba descubriendo a
mi alrededor, para luego tratar de
describirlo en mi cuaderno escolar. Así
llegué a muchacha, con la aspiración de
ser escritora ―que es otra manera de
volar―, y, a pesar de no poder hacerlo
bien al principio, no cejé; seguí
adelante con firmeza y valor,
sobreponiéndome a las muchas
dificultades que hallara en el largo
camino de los años.
Hoy,
patito, creo ser una escritora hecha,
aunque no muy derecha ya, que te
escribe, recuerda y agradece de todo
corazón.
Dora
Alonso
Dora Alonso (Matanzas, 1910- La Habana,
2001): Es la autora cubana para niños
más traducida y publicada en el
extranjero y la que cuenta con mayor
número de ejemplares. Su estilo
literario narrativo está basado en la
sencillez y manejo de las emociones.
Siempre resalta en sus textos al
campesino cubano recreando sus valores
humanos y amor por la naturaleza. A los
nueve años de edad gana el primer premio
del concurso literario provincial
Estela Brochs de la Torriente y
publica su primer poema en 1926 (Amor,
en El Mundo). En 1933 trabaja
como corresponsal del diario Prensa
Libre, de Cárdenas, en Máximo Gómez,
y al año siguiente ingresa en la
organización antimperialista Joven
Cuba. En los años 50 escribió
piezas teatrales para el títere cubano Pelusín del Monte, que mantenía un
espacio en la Televisión cubana. Fue
también guionista de radio y televisión,
novelista, dramaturga y periodista,
galardonada con premios tanto nacionales,
como extranjeros. Entre sus libros más
relevantes se destacan: Aventuras de
Guille en busca de la gaviota negra, Ponolani, El caballito enano,
El cochero azul, El grillo
caminante y Los payasos.
Recibió en dos ocasiones el Premio Casa
de las Américas; en 1981 la Distinción
por la Cultura Nacional; en 1988 el
Premio Nacional de Literatura y en 1997,
el Premio Mundial de Literatura Infantil
José Martí. |