|
Esta es la última crónica del año. No me
gustan los resúmenes y menos en un
género leve y travieso como este. De
todas las cosas que se festejan por
estos días –entre melancolías e
indigestiones-, pensé escribir sobre el
Día del Maestro, que en Cuba se celebra
el 22 de diciembre. Mi mamá me ha dado
las quejas por no felicitarla y creí que
al recordar que ella fue mi maestra
desde tercero a sexto grado , le podía
rendir homenaje a todos los que lucharon
por enseñarme algo. La vieja me regañó
mucho más en el aula que en la casa.
Otras veces he recordado que mi hermana
supo diferenciar la condición de alumna
de la de hija, pero yo me enredé en los
roles y me costó bastante.
Debo pasar rápido por el recuerdo de mi
padre –el maestro por antonomasia para
todos los de mi zona-, encomendar a mis
lectores a una crónica, de mis
preferidas, que se llama “La venganza de
la tiza”. Toda esa síntesis se debe a
que acabo de enterarme de una triste
noticia: ha muerto en La Habana Freddy
Artiles. Aunque tampoco prefiero llenar
este espacio de obituarios, sobre el
dramaturgo, investigador y sobre todo
Maestro Artiles tengo que escribir.
|
 |
No fuimos exactamente amigos. Alguna
vez señalé lo que considero limitaciones
en algunas de sus obras dedicadas a los
adultos. No así en las destinadas al
público infantil, que solían
complacerme. Tenía fama de áspero,
cortante y hasta de amargado. En el
otro bando de esa visión estaba el
rostro enamorado y siempre a su lado de
Mayra Navarro y la opinión de algunos de
sus más cercanos amigos. No hay que
ocultar ninguna de esas evidencias
porque el impulso de rendirle homenaje
es más fuerte que cualquier desencuentro
o discrepancia. Artiles se centró en el
teatro para niños, subestimado por
muchos y convertido, gracias en primer
lugar a Freddy, en una disciplina
universitaria, en un referente continuo
dentro de la vida cultural cubana.
¡Y qué sabio, qué completo profesor fue
siempre!
La única que vez que me senté en el
aula con él yo la pasé muy bien, pero
falté al siguiente encuentro y Freddy
–con esa sinceridad que suele molestar,
pero a la larga aplaudimos- me dijo en
otras palabras que yo no tenía
suficiente motivación, que “no pintaba
nada en ese grupo”. Y era verdad, pero
hasta los malos alumnos nos percatábamos
de su eficacia docente.
Freddy matizaría los párrafos
anteriores. Tal vez diera en recordarme
que elogié obras dramáticas suyas como
El Esquema o aquellos temas para
broncas que no encontraron suerte sobre
las tablas; que también dejó testimonio
de cosas que no le agradaban en mis
estrenos, junto a algún seco pero válido
elogio. Llegaríamos al acuerdo de que
siempre nos quisimos y que discrepar,
apelar a las sutilezas o la
contrarréplica es parte de nuestro arte
teatral. Puede que me dijera esas cosas
en oraciones cortas, como al descuido ,
como si toda la claridad, la pasión, la
agridulce simpatía, la excelencia la
reservara para sus profundas
investigaciones, sus buenas artes de
traductor y, sobre todo, para esa
capacidad de enseñar, divulgar,
defender. |