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Más de 250 mil personas se dieron cita
en la capitalina Tribuna Antimperialista
José Martí el pasado domingo 20 de
diciembre para disfrutar de la actuación
de la agrupación norteamericana Kool and
the gang. Con un repertorio de éxitos de
finales de los 70 y principios de los 80
como “Ladies´ Night”, “Celebration” y
“Get Down on It”, durante este concierto
de hora y media de duración, predominó
una atmósfera de contagiosa euforia por
lo que significa para los cubanos poder
bailar en directo con la gustada
agrupación.
Si bien es cierto que la mayor parte de
los asistentes eran adultos envueltos en
el intento de capturar la nostalgia de
aquellos años, a la vez otros más
jóvenes, quedaron impactados por esta
manifestación musical que cubierta de
pura adrenalina, resulta imposible de
encasillar en una época. Ahí están
presentes los acentos provenientes del
jazz, del rock, del soul, del funky y
del rhythm and blues componentes
esenciales de la música norteamericana
contemporánea. Es tal la intensidad de
esa energía que se desprende de la
actuación de Kool and the gang que, sin
lugar a duda, dicho concierto figura
entre los eventos culturales de mayor
trascendencia que han tenido lugar en
Cuba durante el año que termina.
Sin embargo, puede que para lectores de
otras latitudes resulte algo
incomprensible este nivel de empatía
entre músicos norteamericanos y nuestro
pueblo, si se tiene en cuenta la
presencia del agudo conflicto bilateral
entre ambos países desde hace 50 años.
No obstante, en Cuba jamás se ha
promovido un sentimiento
antinorteamericano y mucho menos en el
terreno de la cultura. El cubano tiene
muy claro en su proyección cotidiana
cuando es necesario desfilar frente a la
Oficina de Intereses de los EE.UU. en
Cuba
—inmueble
ubicado a tan solo metros de la Tribuna—
para expresar nuestra protesta por los
desmanes de la administración de turno
en la Casa Blanca, a diferencia de su
satisfacción por haber visto una buena
película, de aplaudir a sus deportistas
que nos han visitado, de honrar a
prestigiosos científicos o de asumir
también como nuestra una música cuyas
raíces comunes funcionan como vías de
entendimiento para manifestar admiración
y respeto mutuo.
Cuando el musicólogo Leonardo Acosta
escribe que “las interrelaciones e
influencias recíprocas en las
expresiones musicales de Cuba y de los
EE.UU., sobre todo en música popular, ha
sido de tal magnitud que resulta casi
imposible historiar una sin al menos
mencionar la otra”1,
nos advierte acerca de la existencia de
la poderosa corriente de una marea que
ininterrumpidamente ha tenido lugar
entre ambas orillas desde finales del
siglo XIX hasta nuestros días. La
cercanía geográfica que nos otorga la
condición de vecinos a perpetuidad y que
la música popular esté marcada por un
común acervo africano, son
condicionantes que explican el proceso
de intercambios y de préstamos
recíprocos entre los músicos de dichas
naciones.
Desde el mismo nacimiento del jazz hacia
finales del siglo XIX, ya se encontraban
músicos cubanos en New Orleáns, mientras
que entre 1878 y 1895, norteamericanos
en Cuba ejercían influencia decisiva en
el desarrollo del teatro bufo de
aquellos tiempos.
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Como quien sumerge las manos en las
redes del tiempo, no importa el segmento
de espacio escogido, abundan los
ejemplos de semejante correspondencia
cultural. Cuando el compositor y
pianista George Gershwin escribió su
“Cuban Overture” en la década del 20 del
pasado siglo, una personalidad de
nuestra cultura como el pianista Ernesto
Lecuona tocaba en La Habana “Rhapsody in
Blue”, de Gershwin a tan solo meses de
estrenada. Si para los años 40, Glen
Miller trabajaba lo cubano en la pieza
“Rumba Jumps”, por su parte el Bárbaro
del Ritmo Beny Moré cuenta en su
repertorio con temas de Glen Miller. Una
figura como el cantante Nat King Cole es
imprescindible para la evolución del
filin en maestros del género como José
Antonio Méndez y César Portillo de la
Luz.
En décadas más cercanas al presente,
esta dinámica interrelación continúa
manifestándose de múltiples formas
cuando Silvio Rodríguez ha reconocido a
Bob Dylan entre sus principales
influencias, mientras que Irakere y
Síntesis representan la asimilación del
jazz y del rock respectivamente al
contexto sonoro cubano, a la vez que
Juan Formell en la pieza “Tim-pop con
Birdland” rinde homenaje al músico
norteamericano Joe Zawinull o La
Charanga Habanera se encuentra en estos
momentos de gira por EE. UU. y Los Van
Van se preparan para tocar en 14
ciudades norteñas a comienzos del nuevo
año.
Por tales razones, la participación del
percusionista Yaroldi Agüero y del
trompetista Alexander Agüero en el
mencionado concierto de Kool and the
gang en la Tribuna, más que una cortesía
de los visitantes, se trata de la
expresión concreta de esa afinidad
histórica, de esa tradición añejada por
anteriores generaciones de músicos
procedentes de ambos pueblos.
En tal sentido, no es casual que se les
haya planteado la posibilidad de grabar
un disco con músicos cubanos como
invitados por lo que tampoco debe
extrañar que los integrantes de Kool and
the gang se manifestaran gratamente
complacidos por el encuentro con el
tresero Pancho Amat y su grupo Cabildo
del Son.
Finalmente, resulta obvio que estos
músicos norteamericanos se sientan muy
felices por el Premio de Honor de
Cubadisco 2009 que les fuera otorgado
por Abel Prieto, ministro de Cultura,
alto galardón que se confiere a músicos
que por sus aportes artísticos
contribuyen al mejoramiento humano.
Nada, que como nos afirmara Mayito
Rivera, uno de los vocalistas de Los Van
Van, en medio del concierto de la
Tribuna: “Lo que están tocando es el son
de ellos que también corre por nuestras
venas”.
Nota:
1-Interinfluencias y
confluencias en la música popular de
Cuba y de los EE.UU. Acosta, Leonardo, p
33 del libro Culturas encontradas:
Cuba y los Estados Unidos, de Rafael
Hernández y John H. Coatsworth. Centro
de Investigación y Desarrollo de la
Cultura Cubana Juan Marinello. 2001 |