Año VIII
La Habana
2009

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Miguelito Cuní: el son personificado
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora


Tal vez para mí y otros de mi generación aquel cantante del sombrerito, considerado como una gloria de la música popular cubana, será siempre recordado en lo más íntimo, como quien popularizó “La guarapachanga”, grabado en 1966, con Chappottín y su conjunto, bailada una y otra vez en nuestros ya lejanos días de escuelas al campo. Luego fue el viejo sonero que cantó en antológico dúo junto con el joven trovador Pablito Milanés el bolero “Convergencia”, de Bienvenido Julián Gutiérrez y Marcelino Guerra, melodía que devino, para algunos, fiel acompañante de amores contrariados.

Para quienes lo conocieron de cerca, como el autor de “Yolanda”, Miguelito Cuní “era un poco como un caballero antiguo. No le gustaba vestir con camisa, sino con traje o guayabera y zapatos con brillo. (…) No tenía una voz ‘estudiada’, educada, pero tenía algo en la voz, en la expresión, que estremecía por dentro por su tremenda sensibilidad. Al mismo tiempo que aparentaba tener una voz dura por su timbre, era de gran suavidad para adentrarse en la sensibilidad del oyente. Pocos llegaban como él”.

Según la cancionera Moraima Secada, Cuní fue un “sonero natural”, que “lo mismo cantaba un bolero de esos que la estremecen a una, que un son o un guaguancó. Muy completo como intérprete, y muy afinado, con una cuadratura y un sentido del ritmo bárbaros. Y si a eso se une la simpatía de su personalidad, es fácil comprender por qué gustaba tanto. (…) Era, en realidad, el son personificado”.

Tiempos difíciles

Cuando todavía era un muchacho que jugaba a las bolas y a la pelota en su natal Pinar del Río, se despertó su pasión por el canto al escuchar al muy popular Septeto Habanero. Pero se vivían tiempos difíciles, y la madre, quien lava y plancha ropas ajenas para aliviar la pobreza —el padre es obrero agrícola—, se opone a los sueños del hijo, a quien trata de encauzar por un camino más seguro: la barnicería.

Faltarán muchos años todavía para que aquel descendiente de esclavos africanos llamado Miguel Arcángel Conill —más conocido en el mundo artístico como Miguelito Cuní (Pinar del Río, 8 de mayo de 1917- La Habana, 3 de marzo de 1984)— sea distinguido no solo en Cuba sino en otras latitudes como una de las voces indiscutibles del son.

A la sazón era solo un joven cantante que trataba de abrirse paso en un sexteto familiar, compuesto por los primos y dirigido por Marcelino Cuní, agrupación conocida con varios nombres. Uno de ellos, Los Carameleros, pues —al decir del propio cantor— “la mayoría de ellos cambiaba caramelos por botellas que luego vendían a los comerciantes.”

Después formó parte del Septeto Caridad y las orquestas de Fernando Sánchez, Jacobo Rubalcaba y Yamilé, esta última conducida por Humberto Suárez, y con la que se dice estrenó algunas piezas de Pedrito Junco.

Negro, ¡qué susto me hiciste pasar!

En 1938 agarró sus escasos bártulos y partió hacia La Habana, donde comenzó a cantar con la orquesta de Ernesto Muñoz en la radioemisora El Progreso Cubano. Ya para entonces contaba con poco más de 20 años. Era “un moreno de estatura mediana y sonrisa simpática, con don de gentes y un espíritu capaz de comerse al mundo”. Luego entró en la orquesta del excelente músico que revolucionó el danzón, Antonio Arcaño, y cuya orquesta Arcaño y sus maravillas, se hizo muy famosa en la década del 40 del siglo pasado.

“Recuerdo que una vez —contó el propio Arcaño— actuábamos en un central, no me acuerdo en cuál, pero sé que fue en Matanzas. Pues bien, al hacer el repaso mental de la melodía observé que el cantante tenía que dar un do agudísimo que pensé no podía dar, y cuando llegó el momento Cuní lo dio con una pureza y una limpieza admirables. Luego le dije: “Negro, ¡qué susto me hiciste pasar!”

“Cuní —aseguró Arsenio— fue un cantante que gustó mucho entre los bailadores, con una voz fuerte de sonero grande, muy inteligente, con exquisita pronunciación y una tesitura de extensión poco común en un cantante de su género.”

Una profunda amistad

Otra importante época para Miguelito Cuní lo fue, sin duda, cuando formó parte de la orquesta de Arsenio Rodríguez, el Ciego Maravilloso, compositor y tresero de los buenos. La misma estaba integrada por excelentes músicos como el pianista y arreglista Luis Martínez Griñan, Lilí, —quien refiriéndose a Cuní declaró: “Yo no he chocado con otro cantante tan inteligente como él. Tenía una voz que era bien asimilada por el micrófono, capaz de alcanzar los tonos altos que se le exigieran (…) un sonero de los buenos”.

A la partida de Arsenio hacia los EE.UU. en 1949, el conjunto quedó en manos del trompetista y compositor Félix Chappottín. Así daría inicio la etapa más fructífera de la labor artística de Cuní y una profunda amistad de más de cuatro décadas, nacida “de una misma raíz: el amor al son, que unirá hasta el final de sus vidas al ejecutante y al cantor”, como dijo el periodista Leonardo Depestre Catony.

Por ello, aunque en la década del 50 el sonero frecuentó en varias ocasiones la orquesta de Beny Moré, —“Mulato, ¡qué bien canta Cuní!”— con la cual incluso viajó a Caracas, siempre regresaba con Chappottín y sus estrellas.

La muerte del trompetista, el 21 de diciembre de 1983, resultó, sin duda alguna, un fuerte golpe para Cuní, del que se dice nunca logró reponerse.

¡El son viene de abajo!

Su triunfo por el Caribe, a finales de los 50, fue rotundo. Y en marzo de 1960 se presentó en Nueva York con el conjunto de Arsenio Rodríguez. “Era ya Cuní, por aquellos tiempos, una de las voces imprescindibles del son y el bolero”, como afirma Depestre Catony, uno de los estudiosos de la vida del popular cantante.

“El son es cosa del pueblo —decía Cuní— (…) Se producía en el solar, en los lugares donde estaban los pobres, ¡la gente qué sé yo! El aguardiente, el ron y el tabaco. El son les pertenece a ellos. ¡El son viene de abajo!”.

En 1978 visitó la Unión Soviética con la Orquesta Cubana de Música Moderna, en 1981 se presentó en Venezuela junto a una delegación artística agrupada bajo el nombre de Estrellas de Areíto y en 1982 viajó con el conjunto de Chappottín a Ciudad México.

Como compositor se le deben, entre otros títulos, su “Congo africano”, “¡Ay, mamita!”, “A bailar con la guajira”, “Las ansias mías" y “A ti, Beny Moré”, a quien siempre reconoció como el cantante de mayor versatilidad.

Para Miguelito Cuní: “Un buen sonero, debe saber cantar bolero, desenvolverse en la guaracha, la rumba y el guaguancó. Acomodar la voz a cada ritmo, y darle el timbre que lleva. Sobre todas las cosas, saber improvisar. Eso es muy importante”.

“Para mí escuchar música culta es fundamental. Me afina el oído. Si es ópera, mucho mejor. Me parece que aprendo a colocar la voz oyendo a los grandes tenores y barítonos. Mi autor preferido es Chaikovsky.”

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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