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Tal vez para mí y otros de mi
generación aquel cantante del
sombrerito, considerado como una
gloria de la música popular
cubana, será siempre recordado
en lo más íntimo, como quien
popularizó “La guarapachanga”,
grabado en 1966, con Chappottín
y su conjunto, bailada una y
otra vez en nuestros ya lejanos
días de escuelas al campo. Luego
fue el viejo sonero que cantó en
antológico dúo junto con el
joven trovador Pablito Milanés
el bolero “Convergencia”, de
Bienvenido Julián Gutiérrez y
Marcelino Guerra, melodía que
devino, para algunos, fiel
acompañante de amores
contrariados.
Para quienes lo conocieron de
cerca, como el autor de
“Yolanda”, Miguelito Cuní “era
un poco como un caballero
antiguo. No le gustaba vestir
con camisa, sino con traje o
guayabera y zapatos con brillo.
(…) No tenía una voz
‘estudiada’, educada, pero tenía
algo en la voz, en la expresión,
que estremecía por dentro por su
tremenda sensibilidad. Al mismo
tiempo que aparentaba tener una
voz dura por su timbre, era de
gran suavidad para adentrarse en
la sensibilidad del oyente.
Pocos llegaban como él”.
Según la cancionera Moraima
Secada, Cuní fue un “sonero
natural”, que “lo mismo cantaba
un bolero de esos que la
estremecen a una, que un son o
un guaguancó. Muy completo como
intérprete, y muy afinado, con
una cuadratura y un sentido del
ritmo bárbaros. Y si a eso se
une la simpatía de su
personalidad, es fácil
comprender por qué gustaba
tanto. (…) Era, en realidad, el
son personificado”.
Tiempos difíciles
Cuando todavía era un muchacho
que jugaba a las bolas y a la
pelota en su natal Pinar del
Río, se despertó su pasión por
el canto al escuchar al muy
popular Septeto Habanero. Pero
se vivían tiempos difíciles, y
la madre, quien lava y plancha
ropas ajenas para aliviar la
pobreza —el padre es obrero
agrícola—, se opone a los sueños
del hijo, a quien trata de
encauzar por un camino más
seguro: la barnicería.
Faltarán muchos años todavía
para que aquel descendiente de
esclavos africanos llamado
Miguel Arcángel Conill —más
conocido en el mundo artístico
como Miguelito Cuní (Pinar del
Río, 8 de mayo de 1917- La
Habana, 3 de marzo de 1984)— sea
distinguido no solo en Cuba sino
en otras latitudes como una de
las voces indiscutibles del son.
A la sazón era solo un joven
cantante que trataba de abrirse
paso en un sexteto familiar,
compuesto por los primos y
dirigido por Marcelino Cuní,
agrupación conocida con varios
nombres. Uno de ellos, Los
Carameleros, pues —al decir del
propio cantor— “la mayoría de
ellos cambiaba caramelos por
botellas que luego vendían a los
comerciantes.”
Después formó parte del Septeto
Caridad y las orquestas de
Fernando Sánchez, Jacobo
Rubalcaba y Yamilé, esta última
conducida por Humberto Suárez, y
con la que se dice estrenó
algunas piezas de Pedrito Junco.
Negro, ¡qué susto me hiciste
pasar!
En 1938 agarró sus escasos
bártulos y partió hacia La
Habana, donde comenzó a cantar
con la orquesta de Ernesto Muñoz
en la radioemisora El Progreso
Cubano. Ya para entonces contaba
con poco más de 20 años. Era “un
moreno de estatura mediana y
sonrisa simpática, con don de
gentes y un espíritu capaz de
comerse al mundo”. Luego entró
en la orquesta del excelente
músico que revolucionó el
danzón, Antonio Arcaño, y cuya
orquesta Arcaño y sus
maravillas, se hizo muy famosa
en la década del 40 del siglo
pasado.
“Recuerdo que una vez —contó el
propio Arcaño— actuábamos en un
central, no me acuerdo en cuál,
pero sé que fue en Matanzas.
Pues bien, al hacer el repaso
mental de la melodía observé que
el cantante tenía que dar un
do agudísimo que pensé no
podía dar, y cuando llegó el
momento Cuní lo dio con una
pureza y una limpieza
admirables. Luego le dije:
“Negro, ¡qué susto me hiciste
pasar!”
“Cuní —aseguró Arsenio— fue un
cantante que gustó mucho entre
los bailadores, con una voz
fuerte de sonero grande, muy
inteligente, con exquisita
pronunciación y una tesitura de
extensión poco común en un
cantante de su género.”
Una profunda amistad
Otra importante época para
Miguelito Cuní lo fue, sin duda,
cuando formó parte de la
orquesta de Arsenio Rodríguez,
el Ciego Maravilloso, compositor
y tresero de los buenos. La
misma estaba integrada por
excelentes músicos como el
pianista y arreglista Luis
Martínez Griñan, Lilí, —quien
refiriéndose a Cuní declaró: “Yo
no he chocado con otro cantante
tan inteligente como él. Tenía
una voz que era bien asimilada
por el micrófono, capaz de
alcanzar los tonos altos que se
le exigieran (…) un sonero de
los buenos”.
A la partida de Arsenio hacia
los EE.UU. en 1949, el conjunto
quedó en manos del trompetista y
compositor Félix Chappottín. Así
daría inicio la etapa más
fructífera de la labor artística
de Cuní y una profunda amistad
de más de cuatro décadas, nacida
“de una misma raíz: el amor al
son, que unirá hasta el final de
sus vidas al ejecutante y al
cantor”, como dijo el periodista
Leonardo Depestre Catony.
Por ello, aunque en la década
del 50 el sonero frecuentó en
varias ocasiones la orquesta de
Beny Moré, —“Mulato, ¡qué bien
canta Cuní!”— con la cual
incluso viajó a Caracas, siempre
regresaba con Chappottín y sus
estrellas.
La muerte del trompetista, el 21
de diciembre de 1983, resultó,
sin duda alguna, un fuerte golpe
para Cuní, del que se dice nunca
logró reponerse.
¡El son viene de abajo!
Su triunfo por el Caribe, a
finales de los 50, fue rotundo.
Y en marzo de 1960 se presentó
en Nueva York con el conjunto de
Arsenio Rodríguez. “Era ya Cuní,
por aquellos tiempos, una de las
voces imprescindibles del son y
el bolero”, como afirma Depestre
Catony, uno de los estudiosos de
la vida del popular cantante.
“El son es cosa del pueblo
—decía Cuní— (…) Se producía en
el solar, en los lugares donde
estaban los pobres, ¡la gente
qué sé yo! El aguardiente, el
ron y el tabaco. El son les
pertenece a ellos. ¡El son viene
de abajo!”.
En 1978 visitó la Unión
Soviética con la Orquesta Cubana
de Música Moderna, en 1981 se
presentó en Venezuela junto a
una delegación artística
agrupada bajo el nombre de
Estrellas de Areíto y en 1982
viajó con el conjunto de
Chappottín a Ciudad México.
Como compositor se le deben,
entre otros títulos, su “Congo
africano”, “¡Ay, mamita!”, “A
bailar con la guajira”, “Las
ansias mías" y “A ti, Beny
Moré”, a quien siempre reconoció
como el cantante de mayor
versatilidad.
Para Miguelito Cuní: “Un buen
sonero, debe saber cantar
bolero, desenvolverse en la
guaracha, la rumba y el
guaguancó. Acomodar la voz a
cada ritmo, y darle el timbre
que lleva. Sobre todas las
cosas, saber improvisar. Eso es
muy importante”.
“Para mí escuchar música culta
es fundamental. Me afina el
oído. Si es ópera, mucho mejor.
Me parece que aprendo a colocar
la voz oyendo a los grandes
tenores y barítonos. Mi autor
preferido es Chaikovsky.” |