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No voy a hablar de películas, aunque el
título recuerde a los cinéfilos el
homónimo del filme japonés exhibido con
éxito en los recientes días del Festival
de Cine. Volveré en mis pensamientos a
la cinta nipona para impregnarme de ese
sentimiento de reconciliación con la
muerte que tan bien logra transmitir, a
pesar de ciertos excesos melodramáticos.
Tendré que hacerlo para liberarme del
peso de las despedidas de 2009,
actualizado ayer por la muerte, en
24 de diciembre y en La Habana, de ,
hecho que me obliga a una parada entre
las series que tengo abiertas en esta
columna.
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El 2009 vio la partida del titiritero
Ulises García, fundador del Teatro
Nacional de Guiñol y a quien mi
generación recordará siempre como Alelé,
alter ego de Ulises, con sus muñecos, en
la pequeña pantalla. Del director y
dramaturgo José Santos Marrero, Pepe
Santos, cuya trayectoria habrá de ser
más estudiada y conocida porque mucho lo
merece el que con su labor en el segundo
lustro de los 60 fue un destacado
innovador de la escena cubana, a la que
continuó aportando, sobre todo en los 80
y 90, sus particulares reescrituras
dramáticas, llevadas por él mismo a las
tablas. Del director y profesor Bebo
Ruiz, promotor en distintos tiempos de
iniciativas a favor del teatro dirigido
a los niños. Y, como ya dije, del autor,
investigador teatral y profesor Freddy
Artiles.
En la madrugada de hoy, me fui de la
funeraria con dos tristezas esenciales:
la causada por la desaparición de un
colega que aún tenía mucho que aportar y
la de la dolorosa interrupción de su
pareja con Mayra Navarro, esposa de
Freddy por más de dos décadas, amor de
su vida y complemento perfecto en su
trabajo por el teatro para niños y de
títeres, ya que Mayra es una
especialista de esta zona de lo escénico
y, en un espectro más amplio, de los
vínculos entre creación artística e
infancia, así como destacada narradora
oral.
Recuerdo que de la mano de Mayra llegué
a la casa de ambos, entonces por San
Lázaro o cerca, a fines de los 80, entre
los alumnos que disfrutábamos el primer
curso impartido por ella en el Instituto
Superior de Arte (ISA) sobre títeres y
teatro para niños, al que Freddy se sumó
por derecho propio. Con ellos acumulé
buena parte de lo que sé del universo
titiritero, pero sobre todo aprendí a
ubicarme frente a esta especialidad,
frente a sus coordenadas que es, creo,
lo esencial que un maestro transmite, lo
más perdurable y no la cantidad de
conocimientos.
Para mí, Freddy fue, ante todo, un
profesor, un maestro. Desde las diversas
aristas de esa profesión puede
observarse el afán unitivo de sus
desvelos porque el teatro para niños y
de títeres conquistara un lugar más
importante dentro de la escala escénica
cubana. Con ese objetivo escribió
piezas, que sumó a su dramaturgia para
adultos, también libros de historia del
teatro, tradujo títulos en ese mismo
camino —estas y otras colaboraciones
fueron fundamentales en estos años con
Tablas-Alarcos—, impartió conferencias,
talleres y cursos y con esa experiencia
pedagógica organizó el Diplomado para
esta especialidad en el Instituto
Superior de Arte, otorgándole carácter
universitario a esta enseñanza, en
público y en privado impulsó con su
verbo, ríspido a veces, afilado siempre,
iniciativas de índole diversa para
lograr nuevos reconocimientos hacia esta
creación.
Aun así, siento que algo se me escapa al
describirlo en su condición de maestro.
Supongo que fue su preocupación
permanente por los buenos alumnos que
alguna vez, y de cualquier manera,
pasaron por sus manos, su desvelo porque
sus trayectorias no se distorsionaran y
terminaran perdiéndose, porque sus
potenciales encontraran la sencillez de
la utilidad. Muchas veces habló conmigo
a favor de este o aquel nombre; con
seguridad ellos no lo saben. Lo hizo en
la sombra, algo demostrativo de la
altura y la bondad verdaderas que se
escondían tras su, en ocasiones, duro
carácter. Quiero creer que toda la lucha
desplegada por él durante tantos años,
en la luz y en la sombra, no se perderá,
que no la dejaremos perder.
El 13 de enero próximo cumpliría 64
años. Será una cita obligada para
conversar sobre su obra y su vida. Mejor
convocarla a las 5 de la tarde, la hora
en que degustaba su traguito de ron
después de su larga y sagrada jornada
laboral de cada día. |