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Un haiku de paz para el 2010

Humberto Manduley • La Habana

Fotos: Alain Gutiérrez

 

(“Quiero que a mi libertad no haya una razón que la distraiga”)


Como esa invocación emocional y definitiva, que inicia su disco Haiku, llegó Yusa para despedir el último A guitarra limpia del 2009 y adelantar con buenos deseos el inminente 2010. Concierto final de un periplo movidito, con actuaciones por varios países de Latinoamérica, donde compartió con músicos diversos. Cierre de una etapa e inicio de otra, la reunión pactada en el Centro Pablo para la tarde - noche del viernes 18 de diciembre congregó a seguidores de siempre y gente que se ha ido acercando a su arte en los últimos tiempos, tal vez justo a raíz de ese álbum con título que nos remite a Japón.

La lluvia pertinaz (más bien un aguacero en toda regla) desde la madrugada anterior y a lo largo de todo ese día no impidió que el Centro se poblara, como sucede en cada convocatoria. La consigna era breve: “el concierto se mantiene”, algo así como el clásico “the show must go on”. Un precipitado cambio de locación, del abierto patio central, a la techada y pequeña galería del fondo, no hizo mella en el sonido (¡gracias Jaime y Miguelito!). El público buscó acomodo como pudo, en sillas, en el piso, dándole un toque aún más informal a todo aquello. Por ahí en un momento pude ver a Víctor y María, anfitriones del espacio, sentados en la escalera caracol con tranquila naturalidad y disfrutando el recital. Mi memoria hizo flashback hasta una tarde parecida, hace más de una década (28 de abril de 1999) cuando Santiago Feliú, entre embalajes diversos y un caos de cuerpos literalmente amontonados por todas partes, nos regaló su habitual torrente de canciones.

Yusa concibió su concierto en plan trío (con Eme Alfonso en teclados y voces, y el baterista Michael Olivera) junto a Roberto Carcassés (piano, cajón) y Carlos Alfonso (coros) como invitados especiales en varios temas. Actitud casi minimalista, la sencillez en aras de concentrar la atención en los matices (como en la siempre hipnótica “Walking heads”), pero sin desdorar la energía de “Flash”, —con atmósfera de funky musculoso, sustentada desde el bajo eléctrico y que habla de “dos mujeres que salen cómplices de un auto, a la vez” —, o “Naufragio”, rítmica y contagiosa, con su largo parlamento intercalado en francés. Esa pieza de Pável Urquiza, junto a otra de Kelvis Ochoa, fueron intercaladas entre sus temas, más alguna apropiación que desnuda influencias (como incluir el coro del famoso “Anda ven y muévete” de Los Van Van). Otra manera de mostrar la necesaria apertura referencial de la cual esta cantautora se nutre, y donde casi todo es bienvenido. Además, Yusa nos demuestra que “improvisar” no es un recurso privativo del jazz (aunque dicho género esté en sus fuentes personales como instrumentista) y se aprovecha de esa experiencia a la hora de trovar.

Canciones de intimismo, bien “para adentro”, congas pasajeras y boleros para victrolas inexistentes, estribillos pegadizos, pasajes instrumentales de alta imaginación, sutileza y polenta. Todo esto en temas grabados dentro de su discografía, pero que con cada interpretación asumen aliento nuevo, constante relectura que evita el estatismo y lo acomodaticio. Su voz ha mejorado muchísimo, ganando en ductilidad, lo que le permite transmitir una intensa gama de emociones. Yusa muestra los resortes de la comunicación que hacen que sus presentaciones sean como encuentros de amigos en la sala de cualquier casa. Cuenta anécdotas, ríe, explica pormenores de la creación, dedica sonrisas y canciones, reparte gracias, creo que hasta intenta teñir con palabras y ademanes esa timidez que siempre se le anuda en la garganta y le pone brillo a sus ojos. Eso sí: abre las alas de su música y nos cobija a todos. Hasta quienes no están. Rompe el acartonamiento, la distancia que a veces se establece entre músicos y público; baja al ruedo o nos sube hasta la boca de su guitarra. Justo por eso pienso que funciona tan bien la participación del público; signo elocuente de lo que significa interactuar.

Repaso con dosis equilibrada de ritmos y melodías, si su concierto dejó fuera algunos temas que me habría encantado escucharle (como “Del miedo”) tal vez eso no remita a carencias, sino a que soy un enamorado de su música, y me rindo ante el encantamiento de ciertas complicidades y evocaciones. De todos modos creo que hace tiempo la obra de Yusa merecía el espacio legitimador del Centro Pablo. La ocasión llegó, por fin, a despecho de lluvias y geografías. Logro indiscutible para una creadora que no siempre encaja en trilladas clasificaciones trovadorescas, ni labora tan a guitarra limpia, pero que es trova y guitarra a la vez. Logro también para la institución de Muralla 63, perenne en su vocación cultural de saber mirar y escuchar, que abrió sus rincones para un encuentro necesario con ese “haiku de paz”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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