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París, 4 de septiembre
Toutouche, Toutouche,
Son tantos los acontecimientos
ocurridos desde mi última carta,
que casi me asusta comenzar esta
carta. Apenas llegué a Madrid,
estalló como una bomba lo de
Cuba. Y fue ese precisamente el
momento en que más temí
escribirte, sin saber realmente
cuáles eran los aspectos de la
situación. Tú te puedes
imaginar, durante aquellos días
tormentosos, cuáles no serían
las noticias contradictorias
publicadas por los periódicos
europeos. Algunos llegaron hasta
a decir que todo el
levantamiento de los militares
era una combinación del animal “para
terminar honorablemente”.
Otros, que el nuevo gobierno no
era sino una prolongación del
otro y que estaban ametrallando
al pueblo en las calles, como
antes, etc., etc. Sobre sesenta
cables, veo ahora que apenas
diez encerraban noticias
verdaderas. Y era necesario para
mí (verás por qué), saber la
verdad antes de escribirte. Tu
carta escrita después de la
caída del régimen ha venido a
darme precisiones
interesantísimas. Y ya enterado,
puedo decirte cosas que ignoras.
Yo era, desde hace dos años, el
jefe de propaganda del A.B.C.
en París. En Cuba casi nadie lo
sabía, desde luego, ya sabes que
una de las características de la
agrupación era el secreto
completo y que en una célula
cualquiera ignoraban quiénes
formaban la otra. Yo era
designado por las letras A.O.
B.5. Casi todos los artículos
publicados bajo firmas de
franceses contra Machado
salieron de mi casa. Yo nunca
firmaba, claro está, porque
hubiera sido muy poco hábil
ponerse en evidencia ante la
Legación de Cuba, que estaba
llena de apapipios machadistas,
y ya habían hecho expulsar a
varios cubanos. Pero nuestra
célula trabajaba muy seriamente,
con junta dos veces por semana,
en un local secreto (había que
desconfiar de la policía
francesa) que teníamos en un
hotelito del barrio latino.
Siempre a nuestras juntas
asistía una de las nuestras:
María Teresa Freyre,
la sobrina de los Freyre
asesinados.
En fin, hago dos artículos para
Carteles contando las
actividades y aventuras del
A.B.C. en París, y honrando a
los individuos en quienes
encontramos apoyo moral y
material, para proseguir la
campaña.
Ya supondrás, por lo tanto, con
cuánta alegría te veo
entusiasmada con la revolución,
ya que yo no he dejado de
trabajar para ella, y tú has
estado moralmente con el partido
que es el mío también.
Cuando yo te he hablado, hace
meses, del exceso de trabajo que
tenía y te enumeraba
actividades, claro está que no
te podía hablar del A.B.C. En
todo el tiempo que trabajé para
él he tenido una sola y
constante preocupación: la de
ponerte a salvo de todo peligro.
Nadie sabe mejor que yo lo
bárbaro que es Machado. Tengo en
mi casa un archivo en que he
recopilado todos los documentos
posibles, cubanos y extranjeros,
sobre el animal, sus palabras y
sus horrores. Yo mismo he visto,
en la cárcel, a un viejo de 70
años que estaba arrestado
porque no habían podido detener
a su hijo. Y yo sabía que si
el animal quería hacerme volver
a Cuba, para entregarme a su
policía, no tenía sino un
sistema muy fácil: con detenerte
a ti, me habría tenido en La
Habana diez días más tarde… Por
ello, al principio de llegar a
París, rehusé siempre tomar la
palabra en meetings y
ponerme de manifiesto. Pero el
A.B.C. traía un plan de acción
secreta, que me permitía
desarrollar el maximum de
actividad, en la sombra… Y claro
está que después de tomar tantas
precauciones, no iba a cometer
la imprudencia de hablarte del
A.B.C. en una carta, para que
esa carta cayera en manos de
alguien y se descubriera todo.
Cuando me sorprendieron en
Madrid las noticias de la
revolución, no me asusté en lo
que se refiere a ti. Me acordaba
de los tiempos de Bakú, con
revolución y bombas, durante los
cuales vivías con la mayor
sangre fría. Además, en toda
revolución, los únicos que
corren verdadero peligro son
aquellos que salen a la calle. Y
yo suponía que no harías
semejante imprudencia. Temí, en
cambio, la escasez de víveres,
la falta de pan, etc., etc. Pero
tu carta me viene a indicar que
no has padecido demasiado a ese
respecto.
La caída de este gobierno trae
consigo, creo, capitales
consecuencias para nuestra vida.
Ahora sí decido ir positivamente
a Cuba, en noviembre o
diciembre, para volver a tomar
contacto con las realidades
ambientes. Es posible que en la
Transatlántica me den el pasaje
gratis. Y en ese caso, estaré en
La Habana mucho antes de lo que
tú misma te figuras. Es este un
momento en que sería una locura
permanecer alejado de Cuba.
Aunque sea por dos meses o tres,
creo necesario estar presente.
Cuando acabe el período del
gobierno provisional, llegará la
época de campaña efectiva. Y,
sin saber aún si tomaré parte en
ella, quiero ver la orientación
que toman los acontecimientos.
No lo digas a nadie todavía,
porque no quiero que se imaginen
que esta decisión obedece a un
criterio oportunista. Pero en
este momento de reconstrucción y
de barrer con los viejos vicios,
la presencia de los jóvenes se
hace necesaria… Además, no soy
yo solo el que quiere ir a Cuba
ahora, sino que el jefe de la
célula del A.B.C. en París
quiere contar absolutamente
conmigo para una campaña que él
piensa iniciar en Cuba.
Tratar, no compromete a nada…
Además, necesito
absolutamente revolver los
archivos de La Habana para poder
terminar mi segunda novela —El
castillo de Campana-Salomón—
que comienza en La Habana en
1910 y termina, precisamente con
la caída de Machado.
Dime lo que piensas de este
proyecto. A mí me entusiasma la
idea del salto a Cuba, sobre
todo ahora, ya que mi libro ha
quedado en prensa en Madrid y
saldrá antes del invierno.
[…]
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