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El pasado 28 de enero,
la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba era una
fiesta. Nuestro José
Martí habría cumplido
153 años si la
naturaleza concediera
una vida como la de los
personajes bíblicos a
los hombres sabios y
universales, necesarios
en la Tierra en todos
los tiempos. Los jóvenes
escritores y artistas
cubanos no dejaron
pasar, sin embargo, la
ocasión de homenajear a
dos grandes de la
cultura cubana que, por
coincidencia misteriosa,
cumplen aniversarios en
esta fecha exclusiva. La
Asociación Hermanos Saíz
otorgó su máxima
condición, Maestro de
Juventudes, al
antropólogo y poeta
Miguel Barnet y al
artista de la plástica
Roberto Fabelo.
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Presidente actual de la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba (UNEAC)
y de la Fundación
Fernando Ortiz, Miguel
Barnet es el autor de
una extensa obra
literaria, entre la que
figuran los títulos
Biografía de un cimarrón,
La piedra fina
y el pavo real y
Canción de Rachel.
Por su lado, Roberto
Fabelo es uno de los
artistas cubanos de la
plástica más
reconocidos. Sus piezas
se muestran en numerosas
galerías y museos del
mundo y se ha
desempeñado como
profesor del Instituto
Superior de Arte.
Prestigiosos invitados
participaron en esa
especie de conspiración
para lograr sorprender a
los homenajeados.
Alfredo Guevara,
Graziella Pogolotti,
Abel Prieto, Nancy
Morejón, María Teresa
Linares, Roberto Valera,
Marta Rojas y Lina de
Feria se contaban entre
ellos. También
acompañaron a los
Maestros de Juventudes
los artistas de la
plástica Ernesto Rancaño,
Alicia Leal, Pedro Pablo
Oliva, Vicente Rodríguez
Bonachea, Agustín
Bejarano y Lesbia Vent
Dumois, con la
colaboración de José
Villa Soberón que
obsequiaron a Barnet un
compendio de sus propias
poesías ilustradas por
los artistas.
El Dúo Karma, los
alumnos del Instituto
Superior de Arte y
Alicia Alonso también
obsequiaron a los
homenajeados con su arte
o un gesto tan simple
como un ramo de flores.
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Quizá si Martí hubiese
nacido en el siglo
pasado tuviera en su
casa una ventana con
vista a la Plaza de la
Revolución, una
bicicleta vieja tirada
por algún rincón, una
computadora en su buró y
rosas blancas en su
jardín; tal y como lo
imaginó en pleno siglo
XX —y lo hizo plasmar en
un mural— Guillermo
Cabrera Álvarez, otro
gran cronopio que fuera
director del Instituto
Internacional de
Periodismo que lleva el
nombre del maestro de
todos los cubanos. La
palabra del Apóstol “fue
un torrente que despertó
mil conciencias”, recitó
de memoria un poema el
presidente de la UNEAC
cuando recibió la
distinción de los
jóvenes. A ellos
aconsejó acercarse a las
personas con más edad y
experiencia, como cuando
le tocó a él acercarse a
Fernando Ortiz, “una
puerta que se abrió y no
se cerró jamás. Porque
mirar hacia atrás no
siempre es convertirse
en una estatua de sal,
es convertirse en una
persona consecuente y
respetuosa.
“Hay que aprender a
mirar al pasado
—continuó—, como mismo
hay que aprender también
de los jóvenes. Ellos
tienen eso que se llama
luz larga, la
modernidad, la
contemporaneidad, la
visión fresca que muchas
veces no tenemos los
mayores”.
Quizá por la misma
razón, Fabelo se declara
perpetuamente asediado
por la curiosidad “hacia
todas las sustancias
—las dulces y las
amargas— porque todas
forman parte de nuestra
vida. Por ello a los
premios los veo como
suerte de ángel que me
acompaña. Espero que me
dejen seguir siendo un
creador en este mundo”. |