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No
tenía preparado esto
porque no sabía que me
iban a regalar esta obra
tan bella de Kamil sobre
Martí, y que me honra
mucho como a todos
ustedes, porque Martí
está siempre con
nosotros.
Tengo un mensaje para
los jóvenes
—si
me lo permiten—
ya que me han entregado
el Maestro de
Juventudes, cosa que es
un poco exagerada. Lo
único que les puedo
recomendar a los jóvenes
es que se reúnan con las
personas no tan jóvenes, un
poquito, de vez en
cuando.
Cuando yo tenía 18 años,
toqué una puerta que se
me abrió y no se cerró
jamás, fue la puerta de
Fernando Ortiz que me
sirvió de mucho. Después
toqué en la puerta de
Argeliers y de María
Teresa Linares, mi
maestra que me honra
aquí con sus 90 años, y
aprendí que mirar hacia
atrás
—ya
voy a contradecir, ¡oh,
herejía! a la Biblia—,
no siempre es
convertirse en una
estatua de sal, es
convertirse en una
persona consecuente,
respetuosa con los que
han hecho más que uno
porque, ¿de qué se
alimenta el presente?,
se alimenta del pasado y
también de los sueños
hacia el futuro, el
presente es lo más
importante. A veces los
jóvenes piensan que el
presente es lo único que
existe en sus vidas, y
hay que estudiar la
historia y ver cuántas
personas nos han dejado
un tesoro con su obra,
un legado que nos ayuda
a vivir, a guiarnos y a
cometer menos errores, y
a ser más consecuentes
con nosotros mismos y
hasta con nuestras
propias y egoístas
aspiraciones.
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Para mí y para Roberto
Fabelo es una alegría
tremenda, desde hace
unos años para acá,
celebrarlo juntos aunque
yo le llevo unos diez
años luz. Los
japoneses tienen una
filosofía interesante —aunque
yo soy más lucumí que
otra cosa—
en las obras está la luz
y también en la
distancia; en el tiempo
está presente la
cercanía, y creo que
aunque estamos a diez
años luz, estamos más
cerca cada vez porque
tenemos mucha afinidad
en nuestras fantasías,
en nuestros sueños, en
nuestra firmeza. Creo
que es un privilegio
tanto para Fabelo, como
para mí que estén
ustedes aquí y que esté
la Asociación Hermanos
Saíz entregándonos esta
Distinción Maestro de
Juventudes.
También tenemos que
aprender de los viejos,
y de los jóvenes. El
otro día alguien decía
que era incapaz de
criticar algo que
hicieran los jóvenes, yo
sí critico algunas cosas
que hacen, como critico
algunas que hacen los
viejos, como critico
diariamente muchas cosas
que hago yo; pero hay
que aprender de los
viejos, hay que aprender
del pasado y hay que
aprender de los jóvenes
también porque tienen lo
que se llama la luz
larga, la modernidad, la
contemporaneidad, la
visión que quizá
nosotros no siempre
tenemos.
Muchas gracias, y les
puedo decir a nombre mío
y de Fabelo que la
alegría y el privilegio
más grandes que tenemos
él y yo
—él
con sus juveniles 60 y
yo en mis juveniles 70—
es este trabajo que hago
diariamente en la
Fundación y aquí, que no
hace más que darme
alegrías,
satisfacciones.
Para mí no
es ningún sacrificio. No
he sacrificado mi obra
ni he tirado mis versos,
sigo escribiendo; pero
esto es una labor de
creación. Cuando uno ve
que tiene un trabajo
diario en el que puede
hacer cosas hermosas,
positivas,
constructivas, a uno le
da salud… Mi alegría mayor y la de Fabelo
es estar aquí en
Cuba, con Fidel, con el
Socialismo y con la
Revolución Cubana.
Palabras con motivo de
la entrega de la
Distinción Maestro de
Juventudes a Miguel
Barnet. Sala Villena de
la UNEAC, 28 de enero de
2010. |