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Cuando Nicolás Tanco Armero arriba por
primera vez a La Habana y se registra
como huésped en la posada de la Nobleza
Vascongada, transcurría el año 1853.
Para esa fecha, ya estaba armado el
andamiaje del tráfico de culíes hacia
Cuba. Tanco Armero, personaje
protagónico de la novela de Marta Rojas,
El equipaje amarillo (Editorial
Letras Cubanas, 2009), caracterizado
como cabeza pensante del lucrativo
tráfico de “amarillos” y el escenario
histórico de la importación forzada de
culíes durante la segunda mitad del
siglo XIX, son los pivotes que ha
utilizado Marta Rojas para trasladar al
tiempo de la ficción una época de
transición marcada por la presencia de
un nuevo elemento étnico en la fragua de
la nación. Época, por demás, poco
frecuentada en nuestra literatura.
La colonia de Cuba estaba sometida a
tensiones económicas contradictorias. De
un lado, parte de la sacarocracia
criolla se encontraba empeñada en
intensificar la mano de obra esclava en
circunstancias sumamente difíciles. La
trata había sido abolida oficialmente en
Cuba en 1820, e Inglaterra, en plena
revolución industrial, lideraba la
batalla contra el comercio clandestino
de esclavos negros (“piezas de ébano”,
entonces) con el fin de movilizar el
desarrollo capitalista en las colonias.
Del otro lado, un grupo de hacendados,
no menos importante que el primero,
intentaba promover la introducción de
las nuevas tecnologías y con ello sentar
las bases de un desarrollo industrial
sólido, no dependiente de la esclavitud,
y la creación de un mercado interno;
para ambas cosas, desarrollo industrial
y mercado, resultaba imprescindible la
existencia de una masa de asalariados.
En medio de esta disyuntiva, y atraídos
por el estímulo que Inglaterra daba a la
contratación de mano de obra asiática
para las colonias, como alternativa a la
esclavitud negra, los propios hacendados
negreros, a partir de 1842, inician el
tráfico de culíes a Cuba, y llegan a
financiarlo. Era la solución más al
alcance de la mano para paliar la
crisis.
Son estas circunstancias históricas, muy
bien recreadas por Marta Rojas, las que
condicionan el segundo arribo a La
Habana del personaje de Nicolás Tanco
Armero. Mas, utilizando un recurso de
contraste que nos lleva inevitablemente
a evocar el utilizado por Ramón Meza en
Mi tío el empleado, el actual
Nicolás, como aquel Vicente Cuevas de la
novela de Meza convertido en Conde, se
registra ahora en La Nobleza Vazcongada,
ya no como otro oscuro emigrante de los
que pululan por las calles de la ciudad,
sino como encumbrado comerciante
importador, con oficinas en Londres,
Nueva York y Hong Kong. Su “diabólica
eficiencia” —leit motiv que lo
identifica a lo largo del relato— lo ha
llevado a convertirse en maquiavélico
organizador de la importación de culíes
hacia las islas de Chinchas, en el Perú,
y hacia Cuba. El oportunismo y la
habilidad de este personaje nos irá
develando en el trasfondo de sus ardides
el tejido de influencias, sobornos,
hipocresía, engaño y crueldad que
sustentan la beneficiosa operación del
comercio humano. Porque Tanco, como
Cuevas, es un personaje diseñado por una
época de transición.
Pero en esta segunda estancia en La
Habana —la tierra de su “idolatrado
padre”—, Tanco llega cortejado por un
equipaje de noventa piezas, “singulares
contenedores que traen los tufos de
varios mares”, una novena “de amarillos,
vestidos […] con pijamas de seda color
azul celeste, con las cejas afeitadas y
tan jóvenes como púberes”, y, sobre
todo, seguido del “amarillo principal”,
Fan Ni, su enigmático sirviente.
Equipaje tan monumental y exótico no es
más que la fachada tras la cual se
enmascara la llegada de cientos de
culíes, en condiciones infrahumanas, que
constituirán el elemento estructural de
la novela: el componente asiático, el
“equipaje amarillo”.
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Siguiendo la máxima confuciana de que
“un árbol no puede elegir el pájaro que
anida en su follaje, pero un pájaro sí
puede elegir al árbol”, Fan Ni se pone
al servicio del joven Tanco en uno de
los tránsitos de este por Macao.
Educado en el canon secreto de la corte
de la Ciudad Prohibida de Pekín y en las
doctrinas de Confucio, y trastocado su
pretendido destino como eunuco por la
acción de un tío que pretendía para él
otro camino, se ve de pronto lanzado a
lo desconocido. Tiene que tensar su
sabiduría, heredera de una tradición
milenaria, y su sutil sagacidad asiática
para sobrevivir y labrarse un fin
propio. Los sutiles matices con que
Marta Rojas logra caracterizar la
relación entre Fan Ni y el joven Señor
Tanco, y las ambigüedades que genera el
diálogo incomprendido entre estas
entidades culturales distintas, es uno
de los logros de la novela. Muestra
ejemplar es el capítulo titulado “El
discurso de Fan Ni”, en el cual la
autora superpone estos planos de sentido
diferente y los pone en acción ante un
auditorio que los recibe también con
códigos diferenciados, y así lo que dice
Fan Ni a un ejército de culíes recién
desembarcados, que no saben siquiera
dónde están, resulta un contrasentido de
lo que de este discurso esperaban los
hacendados. Es un pasaje armado a partir
del equívoco, acentuando las
peculiaridades de los polos: de un lado
los engañados y maltratados culíes, del
otro los hacendados que serán sus
futuros dueños.
Completa de cierta manera este paisaje
multicultural en la novela, el personaje
que encarna el componente étnico ya
presente en la realidad cubana, y que es
el que va a interactuar sustancialmente
con los inmigrantes chinos: los esclavos
negros, cuya representación se encuentra
plasmada en el personaje de Brunilda
—quien nos viene de una de las novelas
anteriores de Marta Rojas, El harén
de Oviedo—. Negra indomable, con
grilletes de cobre en los tobillos
resaltando su sugestiva apariencia,
encarna la rebeldía y el afán de
libertad. En El equipaje
amarillo, ha sido reducida al oficio
de curandera, después de dramáticas
vicisitudes que la llevaron a evadirse
como cimarrona y fundar un legendario
palenque, hasta que resulta apresada. Su
tácita alianza con el joven Señor Tanco
para la cura de unos culíes
“purulentos”, y la atracción erótica que
se despierta entre ellos —que establece
un sugerente contrapunto con la otra
gran atracción de Tanco, la bella
Condesa de Gibacoa de grilletes de oro
en sus tobillos—, alcanzarán niveles
simbólicos cuando Brunilda se trastoque
en sirena y se pierda en las imprecisas
aguas de la leyenda.
De esta manera, con las contradicciones
de la segunda mitad del siglo XIX como
escenario, devueltas artísticamente a
partir de una detallada investigación, y
apoyándose en una visión integradora de
la cultura nacional con perspectiva
histórica, Marta Rojas, alejada de toda
reproducción literal de la historia,
levanta ante sus lectores un mundo de
ficción de una gran riqueza de
personajes y situaciones, en el que,
sobre todo, pone a dialogar entre ellos
los elementos culturales básicos que
irán forjando, en el espacio geográfico
de la Isla, la nueva nación que se nutre
de todos ellos. La historia es en esta
novela un recurso literario, y no
mecánica referencia erudita. Aun cuando
la autora parte de una investigación
profunda de la época, con una
perspectiva literaria que le permite
crear ambientes, atmósferas y personajes
cabalmente verosímiles, lo que realmente
está en el centro de su atención son los
individuos que hacen esa historia; las
personas en específicos con sus propios
dramas y con sus maneras peculiares de
moverse dentro de sus circunstancias.
El tráfico de culíes conlleva en la
novela un lado oscuro. Enmascarado tras
el “equipaje amarillo”, y en tanto
mercancía adicional de gran utilidad
económica, venía el opio. Esta droga,
cuyo consumo forma parte de las más
antiguas costumbres chinas, era muy
apreciada en la época. Precisamente Fan
Ni aparece por primera vez en la novela
observando tranquilamente el trasiego
del exótico equipaje de Nicolás Tanco,
“mientras con frecuencia inhalaba de una
pipa de bambú su acostumbrada porción de
opio”. Lo compraban los buscadores de
oro en California, que en la novela
aparecen conformando un grupo que
funciona casi como personaje colectivo
dentro de la trama, y que, como
resueltos aventureros, han llegado a la
Isla para implicarse en el comercio de
la droga, del cual también es rector
Nicolás Tanco Armero. Y buscaban también
el opio, en su variante más elegante, el
láudano, los propios hacendados
negreros, liderados por Zulueta, cuyo
referente real, Julián de Zulueta y
Amondo, trajo los primeros cargamentos
de culíes bajo consignación de la Real
Junta de Fomento. En 1847, llega el
primer arribo de culíes a Cuba.
El opio es, precisamente, el recurso que
le sirve a la autora para enriquecer la
trama con planos en que las fronteras
entre el ensueño y la realidad de la
ficción se difuminan de tal manera que,
en esos pasajes, la narración adquiere
un alto vuelo imaginativo. Ensueño y
realidad solo se vuelven a hacer
distinguibles cuando, en momentos muy
bien logrados, el narrador, asumiendo la
perspectiva del personaje alucinado, lo
hace entrar abruptamente en la realidad.
Estos pasajes en los que los dos planos
de la narración vuelven a deslindarse
tienen un gran efecto, y producen en el
lector una especie de extrañamiento que
combina, por un lado, lo lúdicro, y, por
el otro, un llamado a la lectura
consciente, el diálogo activo con la
narración.
A este recurso de mezclar planos
diferentes, se suma el cambio del punto
de vista del narrador de acuerdo con la
proximidad que la autora pretenda darle
al relato en cada momento. Así la
tercera persona, que es la que
predomina, se alterna con la segunda, y
esta especie de péndulo en la
perspectiva permite establecer niveles
de implicación en la trama que van desde
una recepción distanciada, hasta el
diálogo íntimo que crea la interpelación
directa a un personaje.
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Si un mérito más podemos identificar en
esta novela es que estos recursos están
en función de contar una historia de por
sí atractiva, con el añadido de un
lenguaje sencillo en su artesanía
artística. Nos adentramos de esta manera
en La Habana de la segunda mitad del
siglo XIX, los contrastes entre la
ciudad de intramuros y las haciendas e
ingenios que se levantaban en sus
proximidades; la diversidad de
personajes populares que transitan por
el relato frente al boato, a ratos
extravagante, de la aristocracia; lo
exótico de la cultura china en medio de
la sensualidad del trópico y su sutil
infiltración en las raíces de una
nacionalidad en plena conformación;
inseparables el amor, el placer y la
lascivia, cuando se consuma una
atracción tan intensa como la que
provoca en el joven Tanco la dama de los
grilletes de oro, y después la cimarrona
y curandera de cuerpo caliente y
transformista, con sus grilletes de
cobre; la trastienda de los negocios del
comercio de esclavos, donde la intriga,
la ambigüedad, el engaño, el cálculo van
deshilvanando intenciones que mantienen
el suspenso; la interrelación entre el
joven Tanco y su sirviente Fan Ni, en la
que el cálculo bursátil, fríamente
pragmático y engañoso del joven de
diabólica eficiencia, y la sabiduría y
la paciencia del amarillo, se enfrentan
en una sutil lidia que concluirá de
manera insospechada.
Estos aspectos, entre otros más, hacen
de El equipaje amarillo una
lectura sumamente sugerente y de interés
sostenido. Además, es un producto
artístico que se inscribe de manera
consecuente en las preocupaciones sobre
la Cuba colonial y su conformación
nacional que ha sostenido Marta Rojas a
lo largo de su ya notable producción
narrativa. Desde El columpio de Rey
Spencer (1993), pasando por Santa
Lujuria o Papeles de blanco (1998),
El harén de Oviedo (2003), y la
premiada con el Alejo Carpentier de
Novela Inglesa por un año (2006).
Novelas que vistas de conjunto nos
devuelven un mosaico de los componentes
étnicos, culturales, históricos que se
encuentran en las raíces mismas de esta
geografía y de esta identidad que hoy
compartimos y continuamos enriqueciendo.
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