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El sociólogo mexicano
Héctor Díaz-Polanco
posee una larga historia
de relación con Cuba. A
la 19 Feria
Internacional del Libro
de La Habana llegó para
presentar Elogio de
la diversidad
(globalización,
multiculturalismo y
etnofagia), el
volumen de ensayos que
en 2008 obtuviera el
Premio Honorífico
Ezequiel Martínez
Estrada otorgado por
Casa de las Américas,
institución a la cual
está ligado desde 1992
cuando fuera jurado de
su Premio Literario.
Elogio de la diversidad
había recibido también
en 2005 el Premio
Internacional de Ensayo
de Siglo XXI Editores y
el Colegio de Sinaloa.
Entre sus obras se
cuentan Las teorías
antropológicas: el
evolucionismo, 1983;
La cuestión
étnico-nacional,
1988; Etnia, nación y
política, 1990;
Autonomía regional. La
autodeterminación de los
pueblos indios,
México, 1991; El
fuego de la
inobediencia. Autonomía
y rebelión india en el
Obispado de Oaxaca,
1992; con Noam Chomsky
et al., Chiapas
insurgentes, 1995;
Indigenous Peoples in
Latin America. The quest
for self-determination,
1997; La rebelión
zapatista y la autonomía,
1997; México diverso.
El debate por la
autonomía, 2002;
El canon Snorri.
Diversidad cultural y
tolerancia, 2004;
El laberinto de la
identidad, 2006 y
La diversidad cultural y
la autonomía en México,
2009.
Coeditor de la revista
Nueva Antropología
entre 1976 y
1988,
miembro del Consejo de
las revistas: Latin
American Perspectives
desde 1994,
Desacatos. Revista de
Antropología Social
(2000-2003) y director
de Memoria.
Revista de política y
cultura, desde 1997,
Díaz-Polanco ha
transitado por los
caminos de las letras y
el pensamiento
expresándose en géneros
y soportes diversos.
Aunque se le reconoce
mayoritariamente como
ensayista, recuerda con
satisfacción los tiempos
en que se presentaba a
sí mismo como reportero.
“Comencé haciendo
periodismo en una
emisora de radio,
escribiendo tres
editoriales diarias. En
el programa se trataban
temas sociales y tenía
un éxito total. Para mí
fue un privilegio enorme
porque era muy jovencito
entonces y sin
experiencia en el
periodismo, aunque sí la
tenía en la literatura y
eso me ayudó mucho. Se
recorre el periodismo
desde dos sentidos: o va
uno del periodismo a la
literatura, o de la
literatura al
periodismo.”
En la conferencia de
Nadine Gordimer, ella se
refería a que para ser
escritor se deben tener
determinadas dotes,
mientras el periodismo
se aprende. Pero entre
ambas profesiones
existen indudablemente
vasos comunicantes.
García Márquez decía que
el periodismo es
esencial para hacer
buena literatura, a
condición también de, en
un momento determinado,
abandonarlo como
actividad central,
aunque puedes seguir
escribiendo, como él
mismo hizo, de vez en
cuando. La literatura
requiere una
concentración especial
que no es compatible con
la tarea del periodista,
una tarea cotidiana muy
absorbente. Pero son dos
tareas muy hermanadas.
A través del periodismo
muchos escritores
encuentran a algunos de
sus personajes o, en el
caso de los ensayistas,
sus temas de
investigación.
Es un alimento
fundamental, incluso en
los escritores que
tienen una gran
imaginación, que no
requerirían de muletas
para encontrar sus
temas, como es el caso
del propio García
Márquez, quien recurre a
eso en Crónica de una
muerte anunciada,
Relato de un naufrago,
etc. Son historias a
caballo entre la
investigación
periodística y la
literatura.
De algún modo,
Crónica de una muerte
anunciada es una
suerte de reportaje
monumental.
Así es, no tiene miedo
de plantear sus
conclusiones al inicio.
La muerte del personaje
es la noticia, pero lo
interesante es saber
cómo sucedió. Tiene la
capacidad de tener
pendiente al lector de
algo que ya sabe que
ocurrió, es portentoso.
Constituye un desafío
tremendo a través de la
magia de la escritura.
También, en el otro
sentido hay periodistas
con la capacidad de
proyectar la
imaginación, la
narración, sin renunciar
a los cánones del
periodismo y que también
son fantásticos. Amarran
al lector agregando lo
imaginativo al proceso
de escritura
periodística. Recuerdo
un reportaje de Rodolfo
Walsh sobre el conflicto
israelí donde mezcla lo
propiamente reporteril
con reflexiones,
análisis históricos del
tema y descripción de
los personajes a través
de diversas fuentes.
La importancia del tema
de las fuentes se
evidencia en el libro
que usted tiene sobre el
zapatismo.
Ahí se requería la
participación y la
experiencia. Para mí fue
un libro relativamente
“fácil” de escribir,
porque al margen de
algunos capítulos que
requerían salirse de la
historia principal para
darle una altura teórica
al libro, los demás
narraban con algún tipo
de interpretación lo
ocurrido en el proceso
de negociación, lo
sucedido con el
movimiento zapatista, lo
que implicó como
sacudidor de la sociedad
en general y lo que
proyectó en términos de
remover la naturaleza de
la política en el país,
una política pragmática,
sin principios, elevada
a otro nivel por el
zapatismo. En ese
sentido, fue un libro
que si no se hubiera
hecho, se hubieran
perdido algunos detalles
del proceso. Algunos
niveles de negociación
eran cerrados y como los
viví, pude darlos.
Tampoco siendo uno
científico social puede
decirlo todo porque
tiene un compromiso
ético con los sujetos,
lo que debo decir no
debe sobreponerse a la
protección de ciertos
procesos, a partir de la
idea de que “solo me
importa el conocimiento”
en un sentido abstracto.
Debe tenerse un
compromiso con el debate
de las cosas, matizado
por un sentido de
responsabilidad con los
sujetos.
Esa ha sido una de las
dicotomías tradicionales
de las ciencias
sociales: el científico
aséptico distanciado de
la realidad o aquel
comprometido con el
entorno que lo circunda.
Habría que evitar
también la otra cara de
ese dilema: afirmar que
ciertas verdades
fundamentales no se
deben plantear porque
perjudican la causa,
cuando se debe seguir el
principio clásico de que
la verdad es siempre
revolucionaria. Nos
referimos al tipo de
detalles de
posicionamientos
momentáneos que, en
cierto contexto, pueden
justificar su secreto;
pero tampoco es válido
que por el compromiso
ocultemos los resortes,
los nervios de un
proceso que intentamos
capturar. Hay también
una obligación con la
verdad aparte del
compromiso con la
política, la situación
óptima es que los dos se
articulen, el ético
político y el
establecido con la
verdad.
En su presentación de
Elogio de la diversidad
expresaba la
necesidad de reconstruir
nuestra teoría. ¿A qué
nos referimos entonces
cuando hablamos de
movimientos indígenas y
cómo se articula el
proyecto de la izquierda
en un diálogo con esas
comunidades?
Estamos en una etapa de
reacomodo y de
comprensiones mutuas, de
la izquierda como
concepción, como
agrupación de
pensamiento. En
ocasiones, se trata de
malentendidos pero otras
veces se trata de puntos
de vista
correspondientes a
concepciones distintas y
ahí el trabajo es mucho
más arduo, hay que
profundizar, debatir más
para acercar las
posiciones. El caso de
Ecuador me parece un
buen ejemplo para
ilustrarlo, parto de una
enseñanza leninista muy
importante: cuando hay
conflicto, sobre todo
derivado de percepciones
diferentes acerca de
ciertos procesos,
digamos movimientos
nacionalistas,
reivindicación de
derechos de minorías,
no puede ser evaluado
con la misma vara el
nacionalismo de los
dominantes que el
nacionalismo o las
demandas de los
dominados históricamente
subordinados. En ese
sentido la enseñanza de
Lenin es genial, porque
el nacionalismo de los
dominantes corre el
peligro de caer en el
chovinismo y termina uno
afirmando posiciones que
son el planteamiento
embozado de posiciones
discriminatorias de
intolerancia respecto a
lo diferente. Se deben
aprender a distinguir,
incluso, los
desaciertos; el
zapatismo cometió
errores en algún momento
de su desarrollo
político como
movimiento, el
movimiento indígena
ecuatoriano cometió
varios errores en la
última etapa, pues
evaluó mal su alianza
con el coronel Gutiérrez
y la correlación de
fuerzas, evaluó mal el
sentido del proceso,
pero esa posición no
puede ser valorada con
la misma severidad usada
para medir a nuestros
adversarios de derecha.
Hay que intentar
comprender las
condiciones que llevaron
a esos enfoques y buscar
por todos los medios un
acercamiento y una
articulación de los
movimientos indígenas
con el proceso nacional.
El problema radica en
que a menudo estamos
ante el enfrentamiento
no solo de dos
posicionamientos
políticos, sino de la
confrontación entre dos
concepciones
civilizatorias. En la
concepción civilizatoria
indígena, que en Ecuador
es notable, como también
en Bolivia o México, la
cuestión de la madre
naturaleza, de los
recursos naturales, del
equilibrio ambiental son
temas vitales, más
centrales que en los
proyectos de la
izquierda que no están
imbuidos de esta
percepción del mundo. En
consecuencia, existe un
choque que deberemos
aprender desde la
izquierda a procesar
adecuadamente. Es
complicado porque esto
se ha desarrollado a lo
largo de muchas décadas,
y aplicamos ciertas
concepciones
principistas, no somos
flexibles, no tratamos
de comprender a ese otro
que todavía nos resulta
un mundo un tanto
extraño, distante. Ese
es un reto contemporáneo
importantísimo para la
izquierda.
Decía que uno de los
peligros de la
diversidad cultural era
convertirse en
corrientes
fundamentalistas, pero
en Elogio de la
diversidad
habla de la etnofagia,
o sea, de la posibilidad
de que estos
multiculturalismos se
convirtieran en
etiquetas y como tal
sean absorbidos por el
sistema.
Aquí estamos peleando
por un lado contra los
planteamientos
absolutistas, que niegan
incluso la realidad del
pluralismo social y
sociocultural ―lo cual
ha sido notable, debemos
decirlo, en la tradición
de izquierda― y por el
otro, contra el
relativismo que
sostiene, en síntesis,
que no hay culturas
superiores o inferiores
sino simplemente
culturas diferentes y,
en consecuencia, no hay
criterios de verdad para
definir perspectivas
adecuadas, y los
proyectos que pretenden
convertirse en
referentes nacionales no
son aceptables. Dicho
relativismo conduce a
fundamentalismos, a la
esencialización de los
grupos sociales, de las
identidades y, por
tanto, a separar el
proceso que viven estas
etnias, estos grupos
identitarios, de los
grandes procesos
nacionales en los cuales
han quedado insertos
desde hace siglos como
en el caso
latinoamericano. Esa es
otra forma de
contraponer dos
aparentes realidades
separadas que no son
tales y corresponde al
viejo debate de etnias o
clases. La izquierda
decía, hay que poner el
énfasis en la
perspectiva de clases y
la otra decía: no, hay
una realidad impermeable
al mundo de las clases y
es el proceso de las
etnias, de los pueblos
indígenas en el caso de
América Latina, ellos
siguen su propio
proceso, son una
realidad de otro orden.
Así separaban el mundo
indígena del resto de la
sociedad, y no solo lo
separaban, también lo
contraponían diciendo
que todo ese mundo no
indígena corresponde al
mundo occidental, y el
mundo indígena
corresponde a otra
civilización en proceso
de construcción o de una
gran profundidad
histórica prolongada
hasta nuestros días, y
que deberá continuar
como un proceso
civilizatorio separado
de los demás. Para el
proceso social y
político en América
Latina ha sido funesto,
y empezamos a superarlo
justamente a partir de
la adopción de una
perspectiva pluralista,
al poner en el centro la
cuestión de la autonomía
que plantea la búsqueda
necesaria de la
articulación de etnia y
clase, afirmando que
cuando la izquierda
enfatiza lo clasista
dejando fuera las
identidades, comete un
error; que esa dimensión
sociocultural es una
dimensión del concepto
mismo de clase social, y
para tener una noción de
clase social adecuada
debe existir en su
interior, ocupando un
rasgo importante, la
dimensión sociocultural.
De ese modo no quedan
separados lo étnico y lo
clasista como dos
elementos enfrentados en
una externalidad
conflictiva, sino que
aparecen como una sola
entidad dinámica.
Nuestro reto consiste en
entender cómo se
articulan esos dos
procesos. Hemos avanzado
muchísimo pero todavía
hay campos difíciles,
incomprensiones y
desfases, a veces porque
algún sector se
impacienta y comete el
error de pensar que
puede prescindir del
otro.
Durante la presentación
en esta Feria, se hizo
referencia al rol de las
poblaciones originarias
de los países nombrados
por usted ejes de la
cultura anglosajona, y
resulta significativo
que estas sean mucho más
silenciadas que las
poblaciones indígenas
latinoamericanas.
Es una nota muy
interesante. No se puede
atribuir al hecho cierto
de que en esos países
son población
minoritaria, porque
tenemos muchos ejemplos,
incluso en América
Latina, donde estas han
tenido un rol muy
importante en
determinados momentos de
la historia. Es el caso
de los pueblos indígenas
de Nicaragua, que son
apenas poco más del dos
por ciento de la
población y, sin
embargo, desempeñaron un
papel crucial en el
proceso histórico
reciente del país; en
México que tiene una
población en términos
absolutos muy grande,
comparada con la
población indígena
latinoamericana; pero
proporcionalmente
pequeña, que está entre
el diez y el 12 por
ciento, pero aún así su
peso es sumamente
importante, como lo es
también en Ecuador,
donde representan menos
de la mitad de la
población. Ello explica
el enfoque de los países
anglosajones sintetizado
en el llamado
multiculturalismo que es
la teoría política para
abordar la cuestión de
la diversidad surgida en
el mundo anglosajón,
particularmente en
Canadá, luego se comenzó
a difundir mucho en
América Latina, empezó a
ganar hegemonía en el
mundo académico y
después a crear
ramificaciones en el
propio movimiento
indígena.
Una de las tareas
asumidas últimamente por
la izquierda es ir a
fondo en el estudio de
las características de
esta teoría, diseccionar
sus ramificaciones
concretas, reales en
América Latina para
poder dar una respuesta
porque se trata de una
teoría como se ve en los
resultados de la
población indígena en
esos países que conduce
a marginalizar aún más a
estos pueblos. En
realidad, el
multiculturalismo
termina marginalizando
porque plantea un
ultimátum no aceptado
por los pueblos
indígenas, a los cuales
se les dice: “nosotros
te aceptamos siempre que
tú reconozcas los
principios liberales, lo
que no puedo permitir es
que tengas prácticas no
compatibles con estas
concepciones”. O sea,
establece los “límites
de la tolerancia”. Si
los grupos culturales
acceden, entonces se
integran a la sociedad,
si no, deben ocupar sus
reservaciones; pero no
se admite la perspectiva
latinoamericana de
considerar en serio la
particularidad de los
sistemas indígenas para
ver cuáles de ellos
debemos discutir e
incorporar en nuestros
proyectos nacionales de
una nueva sociedad.
Estamos descubriendo que
un gran campo de los
planteamientos derivados
del mundo indígena no
solo son perfectamente
compatibles con una
perspectiva de
izquierda, que busca
establecer sociedades
igualitarias con un
principio de justicia,
sino que son
aportaciones muy
enriquecedoras para
ella.
Son principios
universalizables…
Exactamente, ellos nos
permiten ver, por
ejemplo, que no podemos
establecer un principio
de igualdad si no es
fundado en la
diferencia. Parece una
contradicción pero en
eso consiste su
especificidad, cómo
hacer articulable los
principios de igualdad
con el hecho de que
grupos con una identidad
propia la puedan
mantener e incluso
enriquecer. En eso
estamos trabajando y es
uno de los puntos
nodales de la aportación
de la izquierda a partir
del trabajo con la
identidad.
Ello abarca no solo las
diferencias étnicas,
sino también de géneros,
razas, preferencias
sexuales…
Todo se traduce en que
no se corresponde un
pensamiento de izquierda
con un principio de
homogeneidad, que es
finalmente el
planteamiento del
sistema liberal que
también se dio cuenta,
con el neoliberalismo,
de que no necesitaba
homogeneizar los
sistemas culturales
universalmente si podía
racionalizar y articular
la diversidad en los
principios de la
globalización y obtener
ventajas de ella. En eso
consiste el proceso
etnofágico: atraer hacia
el seno del sistema
globalizado las
diversidades y
operacionalizarlas de
tal manera que sirvan a
los procesos de
valorización del
capital. Esto se aplica
no solamente a las
etnias propiamente
dichas, se aprovechan
nichos de mercado con
estudios muy detallados
para integrarlos. Casi
se ha vuelto una norma
generalizada que en las
grandes corporaciones,
sobre todo aquellas que
deben realizar contactos
con poblaciones
heterogéneas, tengan
departamentos de
marketing multicultural,
encargados de observar
cuáles son las técnicas
más eficientes de
aprovechamiento de esta
heterogeneidad
sociocultural de los
mercados para
valorizarlas en función
del capital. Es la
manera neoliberal de
abordar la cuestión de
la diversidad en el
marco del
multiculturalismo.
El problema es cuando un
grupo expone
determinados
planteamientos y el
liberalismo, al examinar
los postulados, responde
que son incompatibles
con sus principios. Con
dichas etnias o
identidades no hay
negociación ni puertas
abiertas para entrar al
sistema, y contra ellas
se hace un combate
definitivo a muerte. Se
deben distinguir ambas
posiciones porque aunque
al inicio no son
fácilmente
identificables ahora las
vemos con mucha más
claridad y entendemos
por qué algunos
organismos
internacionales o
incluso directamente
vinculados con los
órganos de seguridad
norteamericanos, han
hecho informes donde
indican que los pueblos
indígenas están situados
en los primeros lugares
de la lista de
adversarios del imperio.
Por ejemplo, el informe
de 2001 de uno de estos
consejos decía: la
principal amenaza para
los intereses
norteamericanos en
América Latina lo
constituyen “el
indigenismo-chavismo”,
es decir, lo que
evaluaban como un paso
del marxismo-leninismo a
una articulación de
posiciones populistas e
indigenistas. Tal
postura indica una mala
comprensión del
indigenismo, pero
dejando de lado la
discusión conceptual, el
punto es que veían la
articulación en algunos
países como Bolivia,
Ecuador o la propia
Venezuela como una
amenaza de primer nivel,
lo cual nos indica que
estos pueblos y
movimientos
evidentemente son
nuestros aliados, y
debemos tratarlos como
tales.
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En su relación con Cuba,
además de sus contactos
académicos, destacan
aquellos momentos en los
cuales su voz ha
significado un punto
clave para desmontar
determinadas campañas
contra la Isla.
Más de una generación
nos hemos transformado
en la atmósfera
política, crítica, que
hizo explosión a partir
de la Revolución Cubana,
es el punto de partida.
Cuba siempre ha sido un
referente en cada una de
las etapas históricas
vividas. Primero por su
consecuencia, en
términos de
mantenimiento de su
proyecto revolucionario,
de transformación, y
porque Cuba no solamente
es ejemplo de
persistencia, sino
también de creatividad,
de adaptación crítica a
los diversos momentos
que está viviendo la
humanidad.
Apreciamos que Cuba
muestre los plazos de
nuestro proyecto. Aquí
nosotros siempre
encontramos inspiración.
Recuerdo una frase de
Santiago Alba que
significa una inversión
de la perspectiva
habitual de muchos
sectores de izquierda
simpatizantes con la
Revolución Cubana sobre
la idea de la
solidaridad. Él decía
que en realidad nosotros
no apoyamos “a” Cuba,
nosotros nos apoyamos
“en” Cuba, es decir,
siempre encontramos aquí
el impulso para ir hacia
adelante. Es el caso de
lo importante que fue el
ejemplo de Cuba cuando
discutimos el tema de
los derechos humanos.
Este país no aceptó, a
diferencia de otros,
rendirse a la idea de
que había unos
principios universales
de derechos humanos, y
lo que se apartaba de
esta formulación caía en
una especie de violación
de sacros lineamientos.
Cuba afirmaba que era
respetuosa de los
derechos humanos, y nos
obligó a reflexionar
sobre cuáles eran los
fundamentos de los
supuestos principios
universales. Cuando los
examinamos con más
detalles, encontramos
que había una cantidad
inmensa de sustratos
particulares
correspondientes a una
visión específica de las
relaciones humanas lo
que nos permitió
construir una visión
crítica para explicar en
qué sentido la
Revolución Cubana era
original respecto al
tratamiento de los
derechos humanos.
Cuba decía, sin
necesidad de ser
explícita en la
teorización, no podemos
considerar de manera
disgregada, fraccionada,
la concepción de los
derechos humanos, estos
son integrales, y
debemos poner en el
mismo plano los llamados
derechos civiles y
políticos a la par de
otros como los
económicos, sociales y
culturales; además hay
que reconceptualizarlos,
revisarlos para ponerlos
en su justa dimensión y
para evitar que nos
engañen planteando una
particularidad como un
principio universal. Es
una plataforma de gran
transformación en la
perspectiva teórica y
política. Sin el ejemplo
de Cuba nos habría sido
difícil llegar a tal
conclusión, y ya está
siendo cada vez más
aceptado. Incluso en el
seno de la Organización
de las Naciones Unidas
se van ampliando lo que
llaman los especialistas
las generaciones de
derecho, ahora se le da
una importancia que no
se le daba antes cuando
se combatía a la Isla
caribeña. Aquel discurso
está cada vez más
desgastado y es un
triunfo atribuible a la
experiencia cubana, el
hecho de que en la
comunidad internacional
se esté insistiendo en
equipararlos al mismo
nivel de importancia
como lo refleja la
última declaración
aprobada en 2007 por la
ONU sobre los derechos
de los pueblos
indígenas. Es decir, que
la propia organización
internacional estaba
atrapada en esta visión
parcial e interesada de
los países centrales,
imperiales, con un
enfoque muy adaptado a
los intereses de estas
potencias, que les
permitía usar los
derechos humanos como
una vara para golpear a
los adversarios. Esto ha
sido desenmascarado,
ahora estamos en mejores
condiciones para pensar
esta problemática y hay
que reconocer el valor
de la experiencia cubana
en el proceso de
construcción. |