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El prolífico intelectual
venezolano Luis Britto,
Premio Nacional de
Literatura de su país,
privilegia nuevamente
con su obra a una casa
editorial cubana:
Pirata, una crónica
novelada sobre la
historia real de la
Colonia y la Conquista
en el ámbito caribeño,
integra ahora la
Colección Orbis, de Arte
y Literatura.
La propia editorial
publicó en 2005 su
ensayo El imperio
contracultural del rock
a la postmodernidad.
Casa de las Américas ha
premiado en dos
ocasiones sus textos:
Rajatabla (1970) y
Abrapalabra
(1979). Ambos,
prestigian desde
entonces el Fondo
editorial de la
institución. Sus
artículos y ensayos son
publicados con
frecuencia por revistas
cubanas, entre ellas
La Gaceta de Cuba,
Temas y La
Jiribilla.
Pirata
llega a los lectores
cubanos como una
aproximación que
trasciende y documenta
el cromatismo, la fuerza
cinematográfica y el
aliento bohemio que
alimentan la literatura
y el cine. Todo ello, en
una obra que entrelaza
imaginarios e historias,
aventuras intensas y
macrotextos
filosófico-culturales.
Es el Caribe del siglo
XV dibujado en técnica
mixta, con las certezas
y fantasías de un
investigador marinero.
Aunque Pirata es
la primera obra de
ficción que publica
sobre el tema, es la
tercera que escribe
sobre aquellos dueños
del Caribe del siglo XV.
¿Por qué insiste tanto
en el tema de la
piratería?
De pequeño hice mucho
submarinismo y
navegación deportiva, de
modo que tengo una gran
pasión por el mar. Es
una de las fuentes de la
vida. Me apasionaron
desde niño las historias
de piratas y creo que
son muy falsas de la
manera en que suelen ser
contadas.
Aunque el orden de sus
publicaciones podría
responderme, me pregunto
si fabular sobre este
tema le habrá urgido más
que ensayarlo.
Tenía necesariamente que
hacer investigaciones
documentales sobre el
fenómeno de la
piratería, y descubrí
que los hechos son mucho
más apasionantes que
todas las fantasías que
se han creado. Luego las
recogí en Demonios
del mar… y en
Señores del Caribe…,
y con eso tuve pie firme
para esta novela. Todo
se complementa y el
resultado es
gratificante. Es parte
de lo que somos.
Y es un tema, sin
embargo, poco tratado
por la literatura
caribeña… Se habla mucho
de la identidad
caribeña, y la historia
de la piratería aparece
en esas reflexiones como
un tema menor.
A veces me preguntan:
¿por qué el Caribe? Y
respondo con una
contrapregunta: ¿por qué
no el Caribe?
A mí también me asombra
la escasa literatura
sobre el mar que hay,
por ejemplo, en
Colombia, en Venezuela,
en gran parte del
Caribe: esa es nuestra
vida. Creo que en 1492
comenzó la Primera
Guerra Mundial: duró más
de 300 años, se peleó en
todos los mares del
planeta pero tuvo por
epicentro el Caribe y el
Atlántico. Fue una
carrera colosal para
decidir los dos temas
fundamentales del mundo
contemporáneo: la
hegemonía de Europa
sobre el resto del
mundo, y quién iba a
ejercer la hegemonía
sobre Europa. Se
adelantaron los
españoles y los
portugueses, pero hubo
una batalla delictiva,
de usura, feroz, que
apeló a todo para ir
minando poco a poco las
bases del imperio, a
través del cual se
sentaron las bases del
capitalismo.
Sucede que los piratas,
si bien en una época
fueron el instrumento
para la expansión
imperial a través del
cual se fue doblegando
la hegemonía de España y
Portugal en el Nuevo
Mundo, luego pasaron a
tener bases
independientes en
América. En ese
torbellino colosal de
acontecimientos se sitúa
este histórico Caribe.
Históricamente, el
Caribe fue el pivote de
la lucha por la
hegemonía mundial.
Interceptar el circuito
de la plata del Potosí
fue objeto de disputas
entre las potencias.
Hasta daneses hubo
metidos en esa batalla
que decidió la
contemporaneidad: aquí
hay lecciones
inconcebibles.
Y cómo entrarles a esas
destrucciones de pueblos
en la ficción: a través
de las voces de
personajes reales.
Valió la pena haber
investigado tanto para
descubrir que los
piratas son más
apasionantes que
Sandokan. El Caribe es
infinitamente más
complejo de lo que
imaginamos y hay que
dejar constancia de la
complejidad que nos
define. Lezama decía: el
paisaje es la cultura.
Podemos ser caribeños
sin culpas, porque si
aquí se decidió el
destino del mundo una
vez, puede que se decida
nuevamente. Por eso el
imperio intenta
recuperarlo. Es una
batalla que aún no ha
reventado, pero que
reventará. Será una
batalla por los recursos
naturales del Caribe.
¿Quiénes son los piratas
del siglo XXI?
Los imperios. Antes, los
piratas tenían ese aire
de rebeldía, de
informalidad con un
cierto código; pero hoy
no obedecen ningún tipo
de ética o moral. Su
única finalidad es el
saqueo y la destrucción.
La diferencia no es
mayor. Aquellos tenían
más riesgos para su
vida, pero los piratas
contemporáneos corren
comparativamente pocos
riesgos. En Iraq, las
bajas americanas llegan
a pocos millares,
mientras han acabado con
cientos de miles de
iraquíes. Es una guerra
desigual.
Pirata
es una novela llena de
intertextualidades.
¿Quiénes son sus
referentes literarios?
Una gran cantidad de
señores: el mismo Walter
Ralegh, Thomas Gage, las
leyendas indígenas
caribeñas. Sobre todo,
trato de recoger las
voces de los vientos del
Caribe.
Muchos de sus libros
están íntegramente
reproducidos en
Internet, disponibles
gratuitamente. Y lleva
también un blog, que
actualiza semanalmente.
¿Cómo ve las relaciones
entre literatura y
tecnologías? ¿Ve en esa
libre circulación una
amenaza al autor?
El blog me permite la
posibilidad de que me
lean en Cuba, por
ejemplo, sin tener que
imprimir ni pasar por
las aduanas. Y el que me
lea, pues bien; si no,
pues no tendrá una
montaña del papel
acumulada en un rincón.
Cada vez más, las
tecnologías van a
incidir sobre la
escritura. Es una
revolución donde el bien
más preciado de la
contemporaneidad, la
información, se vuelve
reproducible sin costos.
No podemos multiplicar
los panes, pero sí una
fórmula matemática. El
escritor puede ser
nuevamente el artesano
que no dependa de un
capitalista dueño de los
medios de producción.
Escribo para que me
lean: es la nueva forma
de apropiación social
del conocimiento. Los
piratas informáticos se
encargan también de eso.
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