|
Una compilación de
artículos del Dr.
Horacio Cerutti,
catedrático de la
Universidad Nacional
Autónoma de México,
investigador en el
Centro Coordinador y
Difusor de Estudios
Latinoamericanos y
profesor de Filosofía
Latinoamericana,
Historia de las Ideas y
Filosofía Política en la
Facultad de Filosofía y
Letras de esa
institución, prestigia
desde este año la
Colección Tesis de la
Editorial Ciencias
Sociales.
Como una vez hiciera de
la mano de José Antonio
Portuondo, Cerutti
visita nuevamente a
Cuba. Y seguimos
filosofando es el
volumen que presentó hoy
a los lectores, en la
última jornada de la 19
Feria del Libro. Last
but not least: la
obra del catedrático
argentino es una llave
para desencriptar la
tradición filosófica
latinoamericana. Y aún
más: es la lucidez de un
hombre común, empeñado
en que cada uno de los
comunes podemos ser
igual de lúcidos.
Y seguimos filosofando.
¿Por qué en plural?
Mi libro recoge no todo
lo que pienso, pero sí
cierto tipo de
preocupaciones. Y esa es
precisamente una de
ellas. No es un libro
autobiográfico por
vanidad, sino para
demostrar que cualquiera
puede llegar a dedicarse
a la filosofía. Nunca
pensé que me dedicaría a
esto: pensé que iba a
ser médico, químico, no
sé. Si aterrizamos de
las nubes y ponemos pies
en tierra, a lo mejor
nos sentimos más
realizados.
Cierto es que se trata
de pensar en serio en
medio de coyunturas muy
difíciles, pero hay que
darse la oportunidad.
¿Cómo ignorar ahora
situaciones como la de
Haití y decidir que no
vamos a pensar en eso?
Quizá por ese terremoto
nos vamos a acordar de
que estamos celebrando
mal el Bicentenario. Eso
es triste, pero hay que
pensar en eso y actuar a
continuación. Si no,
estamos en el aire. Y
estar en el aire no es
filosofar.
Pocos aciertan a admitir
al ensayo como
“filosofía”. Sin
embargo, es un género
privilegiado por el
pensamiento
latinoamericano…
Hablamos de filosofía,
pero prefiero hablar de
filosofar. En realidad,
lo hacemos en la vida
cotidiana. Se puede
recibir entrenamiento
profesional; pero sucede
que al convertirse el
filósofo en profesor de
filosofía, al sentarse
en la cátedra y empezar
a sermonear, a
dogmatizar y a decirles
a los demás cómo son las
cosas, la cuestión se
nos complica.
En eso hay una larga
tradición en Nuestra
América. A veces uno
olvida que más
importante que hacer
filosofía es hacer una
antifilosofía: poner los
pies en la tierra,
asentarse en la
cotidianidad, pensar
juntos para ver cómo
entendemos donde estamos
metidos, cómo podemos
modificar nuestra
realidad y construir
nuestros sueños. Es
atreverse a reconocer
que en nuestra tradición
filosófica, de tantos
siglos, el ensayo ―ese
que se acusa de no
llegar al nivel
sistemático― tiene una
tradición no solo como
forma literaria, sino
como actitud frente a la
realidad.
Solo voy a nombrar uno:
José Martí. ¿O me van a
decir que Martí era un
sistemático autor de
tratados y de no sé qué,
que al final decía que
si la realidad no
coincidía con su
tratado, pues peor para
la realidad? No. Martí
era un ensayista en
todas partes y en todo
momento pensó: desde la
guerra, desde el
periodismo, desde la
literatura, desde un
discurso. E incluso hizo
llegar la filosofía
hasta los niños.
Hablaba de Portuondo
como el maestro que le
enseñó Cuba. ¿Qué le
impresionó de este
hombre, como ser humano
y como intelectual?
Uno de los placeres de
que este libro se
presente en la sala
Portuondo, es que a ese
maestro le debo la
gracia de visitar por
primera vez a Cuba, hace
ya varios años. La
figura de Portuondo me
sorprendió: era de
cuello y corbata, era un
gentleman. Era un
placer hablar con él no
solo por lo bien que
hablaba y por lo bien
pensado de lo que
hablaba, sino por lo que
uno aprendía en pocos
minutos. Siempre le
agradeceré sus
sugerencias y sus
enseñanzas.
Estar en la Isla del
sueño diurno, de lo que
vamos a realizar aún, me
inspira. Recuerdo
trabajos que hice hace
años, siguiendo la
huella de Ezequiel
Martínez Estrada.
Aprendí mucho con la
Revolución.
¿Sigue apostando por la
utopía, aún en una
sociedad que cada día
habla más de desencanto?
Los países fuera de esta
Isla hemos padecido casi
tres décadas de
neoliberalismo, y la
destrucción es total.
Sin embargo, nos cuentan
el cuento de que iba a
haber salidas. Les
llamaban “políticas de
gobernabilidad”. Su
característica era
mentirle a la gente y
creó un mito tremendo.
Pero en el 68 parisino,
uno de los grafitis
decía: “sea realista,
pida lo imposible”. Esa
imagen se me quedó
grabada. Ahí fue cuando
comencé a trabajar el
tema de la utopía.
Generalmente, se habla
de utopía como fuga de
la realidad, como
alguien que imagina un
mundo perfecto en medio
de una realidad que está
muy mal; pero hay que
profundizar en el
asunto: es lo que yo
llamo “lo utópico
operante en la
historia”. Es una
tensión no resuelta
entre una realidad
intolerable y lo
deseable. Esa tensión es
lo que mueve el cambio.
Si llegamos a la
conclusión de que no hay
nada que hacer, pues no
llegaremos a valores
importantes: voluntad de
cambio, fraternidad,
generosidad. Construir
hoy lo que queremos para
mañana, es más
importante que pasar el
día.
La clave del asunto es
entender que el filósofo
es el que dice, como
Sócrates: solo sé que no
sé nada. Los académicos
tenemos que traducirnos
y dejar la pedantería de
la jerga. Si pudiéramos
perderle el miedo a la
filosofía y mirarla como
algo a lo que todos
podemos contribuir, pues
tendría más sentido. La
comparo con el deporte:
si me pones a remar
ahora, tal vez remo
durante cinco minutos y
ya; pero si me das
chance, puedo entrenar y
dentro de un mes puedo
hacerlo, aunque no gane
la carrera. Hay que
entrenarse en hablar, en
leer, en escuchar con
una actitud otra. |