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Lo que no servirá para
ser percutido, servirá
para ser pulsado o
animado por un soplo. Lo
que no aproveche al
ritmo, cantará la
melodía. En la
imaginación, ese adentro
raro, o en el mundo más
o menos restringido de
nuestras posibilidades
auditivas, todo puede
ponerse a sonar en este
mismo instante. Cuanto
objeto haya sido creado
en este mundo podrá
conocer su
interpretación y
re-formulación a través
de la música. Rastros de
madera, tela, papel,
plástico o metal se
integrarán en una misma
canción sin época. Diana
Balboa, con su orquesta
de inconcebible formato,
hace posible tal
prodigio.
Se le atribuye a
Shakespeare una frase
que dice más o menos:
“desconfiad de todo
aquel que no ame la
música”. Y tal
certidumbre parece
recorrer esta colección
de piezas, pintadas,
grabadas, esculpidas o
edificadas, sin
detenerse en la nimiedad
de naturalezas,
disciplinas u oficios:
Diana
Balboa-pintora-grabadora-luthier
no reconoce más
frontera que la del
sueño. Desde hace tiempo
viene aproximándose al
arcano de la música, uno
de los más inextricables
misterios que existen,
porque es sustancia que
entra y sale del
espíritu libre, sobre el
cual, por suerte, no hay
nada escrito.
Ha producido cientos de
grabados
—su serie
litográfica Gracias
por la música data
del primer año de este
siglo—,
de alabanza a cantantes
e instrumentistas, de su
voluntad por hacer
público (y notorio) el
goce de concebirse en
medio de una lengua
luminosa, la de la
música, hermana de la
poesía, de la que en
remotos tiempos, por
desgracia, comenzó a
desentenderse.
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"Miradas 2" |
Diana nos hace
comprender ahora la
poesía del ángulo, de la
curva, del gesto del
cuerpo material que
sirve para interpretar o
acompañar la voz;
ilumina la historia o la
alusión-ilusión del
objeto arrinconado (sea
arpa veracruzana, sea
caja de botellas, tecla,
bastidor, cuerda o
moldura), atribuyéndoles
nueva, jubilosa función,
concediéndoles la
oportunidad de volver a
existir, de volver a
ser, paralizando el
curso de la
desintegración a la que
parecían condenados sin
remedio.
En lienzos y dibujos
estuvieron también,
primero, avíos
musicantes,
desarticulados, más
sospechados que
sugeridos, en ocasiones,
tañidos por unos seres
de fábula de conjetura
medio cubista, uno de
los idiomas figurativos
que su expresión a
menudo prefiere: en el
interior de una ojiva
toca aquí un trío
fantasmagórico no se
sabe qué nostalgia… En
una tela otros
personajes soplan
imposibles caramillos...
“Arpa de troncos vivos”
llamó Lorca a Cuba. No
es casual que uno de los
trabajos de esta muestra
se titule así, pues
entre las músicas que
rodean a Diana, en
centro primordial, está
la múltiple sonoridad
nuestra, y porque como
buena cubana, no concibe
la realidad y la
irrealidad sin música.
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"Arpa de
troncos vivos" |
Por eso el respaldo de
una silla se convierte
en signo guitarrero, un
piano salta enloquecido,
una bandeja se aproxima
a un banjo. De
superficies planas
escapan hasta lograr
corporeidad fragmentos y
elementos disímiles: una
brújula, un reloj, una
trompeta de juguete…
formación orquestal en
la que cada uno de los
instrumentos hace un
solo, o narra una
singular melodía, lírica
o burlona, bailable o
cantábile: basta con
detenernos frente a cada
una de las piezas para
escucharlas.
Acrílico sobre lienzo,
grabado, instalación,
ensamblaje, mixtura sin
discriminación, donde
todo se integra y a la
vez se desarticula en
este concierto de una
orquesta sin contorno
que podrá crecer
—seguir creciendo—
hasta el infinito. Basta
para ello que Diana
Balboa continúe poniendo
en la música su
laboriosidad madura, su
arte jovial, su
confianza toda. |