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La sala de proyecciones
del Centro Cultural
Fresa y Chocolate, en La
Habana, está repleta. El
programa de la 9na.
Muestra de Jóvenes
Realizadores propone
para las tres y media:
Encuentro con Adrián Biniez. El director de
Gigante estuvo
aquí en diciembre y
llevó a casa un Segundo
Coral por su opera
prima: ahora vuelve,
invitado por los
organizadores, a
intercambiar ideas con
los jóvenes cineastas
que compiten con sus
obras en la Muestra.
El impulso de la primera
edición del premio de
posproducción
Latinoamérica Primera
Copia, en el 30 Festival
Internacional de Nuevo
Cine Latinoamericano
(2008), sus tres premios
en Berlín (Gran Premio
del Jurado, Mejor Opera
Prima y Distinción Alfred Bauer a la
Innovación, compartido
con el veterano Andrzej
Wajda), el Premio
Horizontes Latinos, en
San Sebastián, y el
éxito en su categoría en
el pasado Festival de La
Habana, han hecho de
este cineasta de 35 años
una inspiración para los
jóvenes creadores del
continente.
Son las tres en punto.
Gigante acaba de
ser exhibida en la sala
Chaplin y casi todos sus
espectadores se han
mudado para “El Fresa”.
Y todavía Biniez se
pregunta por qué: “Me
invitaron a la Muestra
para presentar mi
película. Pero lo que
más me emociona de estar
acá es charlar con los
jóvenes realizadores
cubanos. Solo que nunca
esperé tanta gente”.
¿Gigante es la
película que quisiste
hacer o la que pudiste,
teniendo en cuenta los
recursos con los que
contabas?
Es exactamente lo que
siempre quise hacer, con
la idea que se me
ocurrió. Siempre les
dije a los productores
que se trataba de una
película chica. Tardamos
en hacerla porque
necesitábamos plata,
pero era eso. Con sus
aciertos y sus errores,
fue lo que siempre quise
hacer de esa historia.
Quería contar una
historia de amor, que
tuviera también sus
toques de humor: justo
con ese estilo,
sencilla.
El guión lo escribí en 2004, y desde
entonces hasta 2008
no pude filmar. Recuerdo
que estuvimos alrededor
de un
año editándola.
¿Cuánto significó el
impulso de Latinoamérica
Primera Copia?
Ese Premio fue un
espaldarazo para la
película. Nosotros ya
habíamos filmado e
incluso habíamos hecho
cosas de edición, pero
aún nada de
posproducción. El
Premio fue un impulso
tremendo.
Gigante
no solo es tu primera
película, sino que es
prácticamente tu debut
en el cine. ¿Te ha
sorprendido tanto éxito,
sobre todo en festivales
tan reñidos y de tan
larga tradición como el
Berlinale?
Ciertamente, solo había
hecho dos cortos.
Mientras viví en
Argentina, hasta hace
seis años, lo más cerca
que estuve del cine fue
leyendo revistas y
viendo películas. Solo
me dedicaba a la música.
Así que me ha
sorprendido muchísimo el
éxito de Gigante.
Recuerdo que con el
productor hablé varias
veces y no sabíamos qué
iba a pasar con la
película. Estaba muy
orgulloso de haberla
terminado; pero para
nosotros, sinceramente,
era una incertidumbre.
No sabíamos si
estrenarla en Argentina
o en Uruguay, y pensamos
que si la llevábamos a
festivales no tendría
mucha repercusión. Pero
ahí está.
En los últimos años,
hemos visto un cierto
despertar del cine
uruguayo. ¿Quiénes lo
están protagonizando?
¿Implica también al
público?
El cine de Uruguay
empezó hace como unos
diez años a tener
periodicidad. Imagino
que lo dices por lo que
se ve cada año en el
Festival de La Habana.
Te darás cuenta entonces
de que si antes se
filmaba un largo cada
cinco años, ahora al
menos se hacen dos o
tres. Eso no es mucho,
pero le da más ritmo. El
cine uruguayo está
creciendo también en
relación con los
documentales, aunque no
deja de ser chico.
Es una cinematografía
que está empezando y que
tiene poca historia,
solo películas aisladas
en el siglo pasado. A
partir de este siglo
vemos lo que se dice un
“cine uruguayo”, que la
gente va a ver a las
salas de cine y se
reconoce en el exterior.
¿Tienen los jóvenes
cineastas del Uruguay
algún espacio para
presentar sus obras, o
alguna iniciativa que
promueva la creación
entre los menos
experimentados?
No de la magnitud de la
Muestra cubana que es muy amplia: la
prensa la sigue, tiene
un programa muy extenso y
una sistematicidad que
alimenta la creación
entre los jóvenes. Allá solo existe un
festival de cortos y una
muestra en Cinemateca,
pero es mucho más chica.
Tampoco tiene apoyo del
estado.
¿Cuán difícil es hoy
para un joven, sin apoyo
institucional y sin
financiamiento,
dedicarse al cine?
Increíblemente, más
fácil que en otros
tiempos. Solo hay que
tener ganas. Creo que
hoy, con el acceso a la
tecnología, uno puede
experimentar y no es tan
complejo como antes. Ya
no depende de
instituciones tipo
escuela de cine. Nunca fui a una de esas,
tampoco tengo estudios
universitarios. Solo
necesitas una cámara, un
poco de ganas, una
historia y ya está.
Acá no todos vienen de
San Antonio o de la
Escuela de arte, así que
también aquí la cosa
viene por esa cuerda.
Se habla mucho de que el
cine independiente,
sobre todo hecho por
jóvenes, se expone a
riesgos estéticos
mayores…
Creo que aunque vayas a
una escuela corres los
mismos riesgos. Quizá
en la escuela tendrías
la posibilidad de
aprender técnicas; pero
si vienes desde fuera,
pues aprendes sobre la
marcha. ¿Qué son cinco
años para aprender,
cuando aprendes haciendo
cine? Viendo películas,
investigando, rodeándote
de ese mundo, se puede
lograr. Y con un poco de
tenacidad.
¿Si no apruebas un
examen significa que no
estás capacitado para
ser cineasta? Pues no:
el talento no es
cuantificable. Se pueden
hacer cosas por fuera.
De hecho, muchas veces
es sano: en muchos
casos, las instituciones
absorben el talento que
está por fuera y
terminan absorbiendo
también su radicalidad.
[Ríe] ¿Estoy
respondiendo bien?... mi
idea sobre el arte es
algo punk, pero
si le encuentras la
lógica puede funcionar.
Habría que escuchar qué
creen otros. Por eso
estoy aquí. |