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Akeké y la jutía: Aquí va este cuento ¡Oigan!1

Marialys Perdomo Carmona • La Habana

 

Aquel hombre de la tierra Oyó, aquel hombre de la tierra Ibo.2

En una gran parte de la creación literaria de Miguel Barnet (1940) se descubre, no solo al escritor, sino al investigador y etnógrafo que es. Discípulo de Fernando Ortiz (1881-1969), Argeliers León (1918-1991) y Lydia Cabrera (1900-1991), ha estudiado las diversas expresiones de la cultura y religiones populares, y su producción artística es el resultado de una constante búsqueda en las raíces del pueblo cubano.

En su emblemático libro Biografía de un cimarrón (1966), cede la palabra y, con ella, también la voz al esclavo Esteban Montejo, y va adentrando al lector en el maravilloso mundo de los esclavos, los cimarrones y en el universo mágico-religioso que los rodea. Aunque esta obra inaugura para las letras cubanas lo que el propio autor define como novela-testimonio, en su primera edición, realizada por el Instituto de Etnografía y Folclor de la Academia de Ciencias de Cuba, aparece con el subtítulo de relato etnográfico.
 
Del quehacer investigativo de Barnet, igualmente, se han beneficiado los lectores más jóvenes. El consabido escritor, Premio Nacional de Literatura, integra la larga lista de autores cubanos que dedican un espacio en sus desvelos a escribir para niños. La pesquisa sobre las religiones africanas y el peregrinaje por los campos hizo emerger una serie de historias que Miguel Barnet recogió en el libro Akeké y la jutía (1978). Esta obra, con fábulas que ha “recreado literariamente respetando los giros y sintaxis propios de la manera cubana de contar”,3 tiene ya tres ediciones, elocuente evidencia del gusto y la preferencia de los jóvenes lectores por el folclor que constituye, según las  palabras de Gabriela Mistral, la literatura infantil por excelencia.4


 Gente Nueva, La Habana, 1989.

Y es que el folclor es un tema inagotable para la literatura infantil. Entre los autores más representativos del género descuellan el pedagogo Herminio Almendros (1898-1974) con importantes títulos como Pueblos y leyendas (1935), Oros viejos (1949) y Cosas curiosas de la vida de algunos animales (1964), Julia Calzadilla (1943) y Excilia Saldaña con el delicioso libro Kele Kele. Akeké y la jutía es una obra que, por su calidad escritural, sitúa a Miguel Barnet en la pléyade de escritores que han sabido nutrirse con el caudal de tradiciones y mitos afrocubanos a la hora de escribir para los niños.

Sin artificios mayores que la propia palabra, las páginas de este volumen brindan un dulce remedio para la pueril curiosidad. ¿Cómo nació el baile?, ¿por qué los pájaros se suben en los palos? o ¿por qué la jicotea tiene el carapacho cuarteado?, son algunas de las interrogantes que, a través de estas páginas, obtienen respuestas con la esencia y la poesía del pensamiento primitivo.

Akeké y la jutía aparece con el subtítulo de fábulas cubanas, y en realidad todas las historias que contiene lo son, pues se trata de relatos cortos que siempre dejan una enseñanza moral y sus protagonistas son fundamentalmente animales. Pero lo cierto es que Miguel Barnet oscila entre la fábula, la leyenda campesina y el mito o patakí. Desde el propio título del libro —que no nombra a ninguna de las 37 narraciones que lo conforman— el autor sintetiza sus fuentes principales: los “campesinos más viejos, las libretas de santería y algunos sacerdotes de los ritos afrocubanos”.5

El vocablo akeké (alacrán) representa el elemento africano, manifiesto a través de la recreación de mitos que tratan aspectos de la vida de los orishas y en la inclusión de cantos y voces africanas. Como se parte del patakí, Changó, Ochún, Inle y Orula, por ejemplo, no aparecen divinizados, sino que se muestran con una existencia real en África, de donde proceden; pero se mantienen varios de sus atributos mágico-religiosos: Ochún es la dueña del río, Orula es el adivino, “dueño del tablero Ifá y conocedor de todos los misterios del cielo y de la tierra”; Olofi es el rey supremo (deidad superior en el panteón yoruba), Inle es el cazador y Osaín, “médico del monte, el correveidile”.

Recurrir a los mitos trae consigo el empleo de palabras de origen africano, en su mayoría nombres de animales u objetos personificados. Así, se registran términos como agüé (pavo real), la kolé (tiñosa), ou (algodón) y odilere (la belleza).

“Alagguema es el camaleón, su nombre propio.
Chegue es el majá, también su nombre propio.
En esta historia tienen que ver los dos.”6

“Y todo porque el pavo real tenía Agüoró, que quiere decir corona.
La corona más linda, eso sí, de todo el pueblo”.7

En este sentido, el mérito de Barnet radica en haberlos imbricado, junto a sus acepciones, en el cuerpo de la narración de manera tal que no atentan contra el estilo característico de este tipo de literatura: simple, directo, sin espacio para digresiones.

La presencia de los cantos intercalados en las historias es otra de las peculiaridades de la literatura oral de procedencia africana. En Akeké y la jutía se recogen canciones de las que parece nos llega la melodía de los tambores gracias al consonantismo propio de la lengua y la reiteración como recurso estilístico:

“Cuenda endoquito
Cuenda endoqui
Cuenda endoquito
Cuenda endoqui
Cuendan entute, cuenda
Nganga (…)”

Akeké... es una de las obras que redime la tradición oral a través de la escritura, por lo que esta estrategia no resulta novedosa, pero lo que la distingue es la diversidad.  Además de los cánticos yoruba, el autor introduce en el volumen letrillas y décimas campesinas. Y es que el campo, con sus tradiciones y leyendas, con sus cuentos de camino, resulta otra importante fuente de fábulas para el pueblo cubano. Si la voz akeké resume lo africano, con la jutía se alude a todas esas historias, fruto de la sabiduría popular de los más viejos pobladores de las comunidades rurales.

Estas fábulas captan, no solo la forma de contar del cubano, sino el espíritu y la emoción de los narradores. No faltan la musicalidad, la poesía, el humor y la fantasía, presentada como la más transparente realidad donde, el diálogo entre personas y animales y el hecho de que una muchacha sea prometida en matrimonio para el ganador de una carrera entre un lagarto y un venado, no es cosa extraña; luego, como si no bastara: Y la historia parece fantasía. Todavía en Guisa hay quien no lo cree”.8

Con Akeké y la jutía Miguel Barnet les proporciona a los jóvenes lectores un valioso material sobre la fauna de nuestros campos. Una gran variedad de animales —siguapas, guineas, lagartijas, murciélagos, lechuzas…— se asoman a estas páginas para entregar fantásticas historias  con un evidente sentido moralizante.

“Todo el que hace mal recibe un castigo.
Más tarde o más temprano, pero lo recibe.
Si no, para qué están las fábulas.”9

Todas las fábulas contienen enseñanzas morales, sin embargo, aunque están presentes a lo largo del libro, no siempre se manifiestan de forma explícita. La moraleja —a la manera tradicional— aparece solo en “La cotorra glotona”, pues en las demás historias, queda concentrada en refranes y proverbios generalmente situados al final.

“Y la castigó, porque la muy tonta, por hablar más de la cuenta,
tiene que cargar con el carapacho a dondequiera que va.
Y el carapacho de la jicotea pesa, pesa.”10

El uso de la conjunción copulativa y” al inicio de la cláusula, además de significar enlace lógico o afectivo con lo anteriormente dicho, llama la atención del lector sobre lo que se va a exponer, y permite que se le quede en la memoria, recurso muy empleado por los que se dedican al difícil arte de narrar cuentos.

El libro brinda un excelente material para los narradores, pues la oralidad tiene una fuerte presencia en la obra y se expresa en el diálogo que establece Barnet con el lector-interlocutor; en la presencia de marcadores de apertura (“Aquí va este cuento. ¡Oigan!”) y de cierre (“Y se acabó”); en la alternancia entre formas verbales del presente y el pretérito, y en la reiteración para intensificar la acción dramática. Sin embargo, no deja de ser Akeké y la jutía  literatura para niños, y de ello se aseguran la escritura clara, las sencillas explicaciones sobre la naturaleza y sus variados aspectos, las  enseñanzas para la vida y la revelación de todo ese universo de mitos y leyendas que rodea el proceso de formación del pueblo cubano.     


Notas:

1 Así comienza la fábula “El gavilán y el sapo, al cielo”.
2 Según el Diccionario de africanismos (Ciber- Info), Ibo es el “nombre de una de las distintas procedencias de los esclavos”. También significa “tribu”, “puerto de embarque”, etc. En algunas de las libretas de santería que aparecen en la Selección de lecturas de estudios afrocubanos, preparada por la Dra. Lázara Menéndez, se recoge el término Ibo con las acepciones de “camino” y “el que inicia el camino”. Barnet hace referencia a este vocablo en varias fábulas:
“Esta historia la cuenta Icá. ¿Y quién era Icá? Pues Icá era simplemente un hombre que vivía en la tierra Ibo”. (¿Por qué los pájaros viven en los palos del monte?).
 “El gato juguetón perseguía a las guineas por la tierra Ibo, por la tierra Oyó, por Abeokuta, por el río Calabar”. (Las guineas jaspeadas)
3 Palabras de Miguel Barnet en la “Introducción” a Akeké y la jutía.
4 Gabriela Mistral. “El folclor para los niños”. En: Revista de Pedagogía.
Madrid, 1935.
5 Palabras de Miguel Barnet en la “Introducción” a Akeké y la jutía.
6 “El camaleón y el majá”.
7 “El pavo real y la guinea: reyes y con corona”.
8 “El lagarto y el venado: esta gente corre”.
9 “El pavo real y la guinea: reyes con corona”.
10 “Changó y la jicotea”.

 

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