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Este 1ro. de abril los
pulóveres azules, con o
sin la palabra
Industriales, abundaron
en las calles de Ciudad
de La Habana. Lo
llevaban hombres
jóvenes, negros, viejos,
mujeres, mestizos,
gordos, niños, gays,
flacos, blancos, no
importaba ni el tono de
la piel ni las libras de
sobrepeso ni las
barrigas abultadas ni
las opciones sexuales,
lo que les interesaba a
sus portadores y
portadoras era decir:
soy azul.
La gran mayoría de los
capitalinos fue a sus
centros de trabajo,
estudio o a realizar
diligencias con los ojos
que denotaban falta de
sueño: si el partido
final de la serie 49
terminó a las dos de la
mañana, los que gozaron
o sufrieron cada jugada
se tiraron a las calles,
y con los instrumentos
que tenían, ollas,
sartenes o tambores
legítimos, improvisaron
congas o simplemente
salieron a gritar, a
compartir su triunfo
azul hasta el amanecer
con otros integrantes
del barrio, también
azules.
Como no me gusta ser
absoluta y no tengo un
medidor de entusiasmo y
alegría, pienso que el
final de esta serie ha
sido uno de los más
espectaculares de los
desarrollados en casi 50
años de pelota
aficionada. Le concedo
parte de razón a
aquellos que dicen que
hubo tal algarabía por
la participación del
equipo Industriales en
la etapa final. Es
cierto que este conjunto
arrastra las pasiones
más opuestas: defensores
que rayan en el
fanatismo y detractores,
también fanáticos, que
no le reconocen ninguna
virtud.
Este año existen motivos
adicionales: los azules
fueron los últimos en
clasificar en el
occidente, lo hicieron
casi con igual número de
juegos ganados y
perdidos y se
enfrentaron de entrada a
Sancti Spíritus el que
mejor actuó en la etapa
regular. No escuché a
ningún comentarista
—de
los que disfrazan su
preferencia o de los que
la expresan abiertamente
por trabajar en prensa
de la capital—
que apostara por que los
leones les ganarían a
los gallos. Esa fue la
primera sorpresa. La
segunda fue cuando
triunfaron frente a sus
primos hermanos de La
Habana, que exhibían un
staff de lanzadores con
cinco mundialistas, como
para dejar sin carreras
a cualquier conjunto,
mucho más a Industriales
que no había mostrado
una fuerte ofensiva.
Mientras esto sucedía en
el occidente, el oriente
se iba pintando de
naranja: en lo que
parecía un paseo hasta
que Norge Luis Vera se
les plantó bonito, Villa
Clara le fue ganando a
Santiago de Cuba, equipo
con el que se demostró
que con un lanzador no
se puede aspirar a un
campeonato. Luego, los
muchachos de Eduardo
Martín triunfaron frente
a Ciego de Ávila y el
terreno quedó listo para
la final entre
capitalinos y centrales.
De nuevo los vaticinios:
los naranjas con el
segundo lugar entre los
mejores de la contienda
regular, buen picheo,
buena defensa y una
ofensiva oportuna; los
azules con un nuevo
ánimo ofensivo: el
despertar de Alexander
Malleta, la entrada
inspiradora de
Yoandry
Urgellés pintaban un
poquito mejor, aunque en
el picheo seguían con
problemas. El
favoritismo se inclinaba
para Villa Clara que
esperaba desde hace 15
años por una nueva
corona.
Santa Clara literalmente
se pintó de naranja:
estadio, fachadas,
camiones, la imaginación
voló y hubo chistes,
canciones, de todo lo
que puede animar un
campeonato de pelota. El
entusiasmo subió mucho
más luego de que los
locales les ganaran los
dos primeros juegos a
los visitantes. Esta vez
parecía que sí, que el
triunfo les iba a
sonreír. Pero con un
estadio latinoamericano
abarrotado de azules,
sufrieron dos derrotas
incluido un nocout.
Salvaron la
honrrilla
en
el tercer enfrentamiento
y regresaron a casa casi
seguros que ganarían el
sexto partido. El
estadio Sandino tuvo que
cerrar sus puertas desde
media tarde, pero se
empezó a vaciar cuando
Industriales anunció con
carreras que ganaría. En
el séptimo tope había
muchos espacios
desocupados en las
gradas: los lugareños
parecían resignados ya a
un segundo lugar.
Tan parejo jugaron unos
y otros peloteros que el
partido se fue a diez
entradas. En el octavo,
los naranjas empataron a
cinco carreras y ahí
sucedió otra gran
sorpresa. Industriales
no ha contado con una
línea de lanzadores de
relevo. En ese tope
estaba prácticamente sin
opciones cuando Germán
Mesa llamó
a que se ocupara del
montículo
al jovencito zurdo de 19
años,
Joan Socarrás. El
muchacho solo había
lanzado 32 entradas en
la temporada y había
explotado dos días
antes, pero en
apariencias sin nervios
lanzó como un
consagrado:
en dos y un tercio no
permitió anotación ni
hits, y ponchó a cinco
de los diez bateadores
que enfrentó, entre
ellos a Andy Zamora, al
oportunísimo Ariel
Pestano y a Dian Toscano
en el noveno inning con
dos jugadores en
circulación.
Y ahí se demostró una
vez más que en pelota
además de técnica,
sabiduría,
entrenamiento, buena
dirección, hay un
ingrediente cabalístico
que hace posible hoy, lo
que parecía una quimera
ayer.
Lo cierto es que hemos
disfrutado de un gran
espectáculo que ha
involucrado de una forma
y otra a la gran mayoría
de cubanos y cubanas
(que bien sabemos de
este deporte). En mi
edificio Mata, Guillermo
y Oliva, custodios, que
animan a los azules en
el latino; Lazarito, un
hombre orquesta, me
miraban de forma
atravesada cada vez que
yo decía que el jugo de
naranja era venenoso
para los felinos. Con
Omar, el bodeguero, azul
hasta los tuétanos, se
formaban permanentes
tertulias. Mis vecinos,
¿qué contar? Gritan
desde abajo, y prometen
pintar de azul el
inmueble. Y como en cada
partido envié vía e-mail
una postalita con leones
y naranjas, pinchando a
los azules, recibí a
vuelta de correo serias
amenazas de los críticos
Rolando Pérez Betancourt
y Rufo Caballero, y del
cineasta Fernando Pérez
de que me expulsarían a
Santiago de Cuba o Villa
Clara para que
defendiera allá mis
equipos. Mientras Fidel
Díaz Castro, director de
la revista El Caimán
Barbudo y Leopoldo
Luis, uno de sus
periodistas, me hacían
partícipe de las décimas
que escribían. Uno
industrialista hasta lo
imposible, el otro
anaranjado por
convicción. Con ambos
hablé cada noche del
tope y tengo que
reconocer que Fidelito
perdiendo, discutía del
triunfo en la siguiente
entrada o el próximo
juego. Nunca se dio por
derrotado y cuando nada
más olió la victoria
villaclareña habló en
general de la pelota.
Con aficionados así un
equipo tiene en qué
apoyarse. Leo fue
distinto:
alentaba a los suyos
pero lo hacía con
respeto y cierto temor
de los azules. Y eso que
siente este colega lo
deben experimentar
también los jugadores
contrarios, o al menos
una parte importante.
Industriales es un
equipo que en sus buenas
temporadas tiene garra,
desarrolla un juego
alegre y corajudo, nunca
se da por vencido y al
ser de la capital, donde
viven miles de parciales
de otros conjuntos,
jamás podrá jugar en un
estadio que
completamente esté a
favor de su victoria.
Si digo
—y
siento—
todo esto, ¿por qué el
azul no es mi equipo y
hubiera preferido que
Villa Clara venciera?
Porque al ser el más
ganador de campeonatos
en la pelota cubana
—ya
tiene 12—
con
cada triunfo se aleja de
mi Santiago de Cuba, que
en el segundo lugar
acumula nueve coronas,
si no me equivoco, y mi
esperanza es
—¡por
supuesto!
—
que las avispas lleguen
a ser las más ganadoras
de Cuba.
Una mención se merece el
esfuerzo realizado por
la televisión y la radio
cubanas para transmitir
los partidos. En casa se
pudo disfrutar de las
jugadas que propiciaron
decisiones arbitrales
polémicas y cada
televidente se convirtió
en juez gracias a la
pequeña pantalla. Fue
también un buen
espectáculo televisivo
que llegó a cubanos que
laboran o viven en otros
países. Ellos desde allá
y para los de acá
pudieron opinar vía
e-mail.
En fin, la pelota, ¡ay!,
la pelota ya se acabó.
Para los que vibramos
con nuestro juego
nacional se avecinan
días en que extrañaremos
ese clavarnos frente al
televisor o yendo por
una calle preguntar,
¿cómo va el partido? a
alguien pegado a un
radio.
Porque para la gente
nacida en esta Isla la
pelota es mucho más que
un bate y un guante. Su
jerga particular forma
parte de nuestro
lenguaje y cada una de
sus acciones tiene un
símil en la vida
cotidiana. No importa el
nivel cultural, el sexo
o la religión, ante este
deporte las barreras
caen y si no, ¿qué
ocurrió esa madrugada
del día 1ro. cuando sin
conocerse unos a otros
se abrazaban, al compás
de una música
improvisada? Tal
comunión de las almas,
presente también en las
gradas de los estadios,
solo se logra cuando la
pasión se desborda ante
un éxtasis colectivo, y
en Cuba eso se da en la
pelota. |