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Primero de abril de 2010, poco más de
las 2:00 a.m.: swin al aire, strike 3;
un grito a coro estalla por toda la
ciudad. Saltos y abrazos frente al
televisor, los niños, despiertos por la
escandalera, se suman tras el
desconcierto. Se caen los teléfonos a
llamadas, risas nerviosas, palabrotas
exaltadas se entrecruzan sin otro
sentido que el abrazo en la distancia;
los claxons de los autos insisten, el
kin kirikin, de las cazuelas y cencerros
anuncian congas que comienzan a arrollar
por los barrios de La Habana:
¡Industriales campeón!
Lo sucedido parece ficción, si se narra
en una película, el espectador diría:
¡qué clase de paquete! Un equipo que en
la temporada pasada ocupó el lugar 12
(de 15), y en esta clasificó el
penúltimo día, con casi tantas victorias
como derrotas, se lleva la corona
ganándoles a los tres mejores trabucos
de la pelota cubana. Primero, arrollando
a Santi Spíritus, una aplanadora con una
tanda de bateadores de terror que han
roto casi todos los récords de jonrones,
empujadas, average, etcétera.
Recuerdo que en una reunión de amigos,
un espirituano, a sabiendas de mi
fanatismo, me dijo en franca burla: ¡qué
bueno que clasificaron para barrerlos en
cuatro juegos! Conteniendo la ira, solo
le dije, ¡cuidado, que Industriales
puede sacar del camino al más pinto solo
con el peso de su nombre! Y se cumplió
el maleficio.
Llegó entonces el Habana, que ostentaba
el título de campeón, con un equipo sin
estrellas, pero con un pitcheo que es el
mejor, por mucho, en nuestro béisbol.
Una vez más la guerrilla de Germán
rompió pronósticos en otro play off
donde parecía que habían sacado un
equipo y puesto a otro.
Por el oriente, Villa Clara, el más
estable en la temporada, con un equipo
muy equilibrado, salía airoso contra un
Santiago que peleó sin armas, muy
diezmado, y luego paseó la semifinal
contra Ciego de Ávila, un equipo con
todo para llegar menos con la fuerza de
la fe que es imprescindible para llegar
al fin.
Así quedó planteada la final, una vez
más entre dos de los cuatro grandes de
la pelota cubana (Pinar y Santiago los
otros), o sea, un clásico: Villa
Clara-Industriales. Ya a esas alturas
los pronósticos se anularon, si bien
Industriales salía de la nada, tras
derrotar al equipo más bateador y al de
mejor pitcheo, era imposible
descartarlos. Los villareños afirmaban
que este era su año, tras 15 sin
llevarse el cetro a pesar de llegar en
varias ocasiones a la final.
Y llegaron dos juegazos en el Sandino,
todo naranja, donde los locales, con
pitcheo de lujo, ganaron 3x2 y 3x0.
Empezó a gravitar el fantasma de la
barrida, menos dentro de la fanaticada
azul que creía en su empuje, sabían que
la “Olla reina” —como han rebautizado al
Latino— es un estadio que acoquina
especialmente a los rivales. Los
pronósticos se invirtieron cuando los
azules le cayeron a batazos a los
naranjas, con resultados de 12x6 y
nocaut de 11x1, para empatar la final a
dos. Se rompieron los récords de
asistencia, hasta llegar al delirio en
el juego dominical: 60 mil personas. Se
cerraron las puertas del Coloso del
Cerro desde las 11:00 a.m. para un juego
pactado a la 1:00 p.m. Se dice que desde
la noche anterior fueron los parciales a
dormir en casas de campaña en los
alrededores.
Sin embargo, este del domingo, fue un
juego muy enredado, con una discusión
que tuvo suspendido largo rato el
partido, y le dio a la tropa de Martín
una victoria que puso a punto de mate a
los muchachos de Germán; más si se tiene
en cuenta que se regresaba al Sandino.
Con esa energía que da ganar el juego 5to,
rompiendo el empate a dos victorias,
salió Villa Clara a caerles por los ojos
a Industriales, y en efecto, cuatro
carreras a la altura del 2do
inning daba a los centrales ya por
campeones. Llegó a pasear el ataúd azul
por el graderío de un estadio en el que
igualmente no cabía un alma. Ahí llegó
la garra del león, unida a la ansiedad
que invadió a sus rivales (en no pocos
momentos durante los siete juegos) para
desenterrar un muerto y ganar 8x5 con lo
cual se mandaba la final al juego 7mo.
Ante ese choque, más allá de los deseos
de cada cual, la victoria solo podía ser
vaticinada a “escudo o estrella”, si
bien ganar el juego 6to —y
más virando una tortilla— te da un punto
extra, estar en terreno ajeno empata la
situación.
Salió Villa Clara con una delante,
empató Industriales con jonrón de
Serguei Pérez en la 4ta
entrada, ripostaron los locales en el 5to,
llegando al medio juego 2 x 1. Dos
vuelacercas azules (Malleta y Rudy)
pusieron delante nuevamente a
Industriales que con dos más en el
séptimo parecían tener el juego en el
bolsillo. Pero faltaba mucho todavía,
Yandris Canto, con dos en circulación
despachó la mizuno por encima de las
cercas para levantar el graderío y poner
entonces a los villareños a punto de
cumplir el sueño.
Realmente con ese abrazo a cinco
carreras, siendo visitadores y sin que
les quedaran lanzadores a Industriales,
las esperanzas estaban lejanas, casi un
punto en el horizonte. Sin embargo,
llegó lo increíble, un joven de 19 años
(que solo había salido a lanzar en el
juego 5to, y perdió), Joan
Socarrás, se subió al box y ponchó a
cinco rivales en 2 y un tercio, pasando
de desconocido a héroe.
Dos carreras en el inicio de la décima
entrada, incluyendo hit de Rudy Reyes y
largo doblete de Stayler Hernández
fueron el cubo de agua fría que fue
rematado con el ponche con que Socarrás,
cerrando la 10ma entrada,
coronaba a los azules tras 5 horas y 53
segundos de intensa batalla.
El país entero estuvo pendiente de esta
final que será recordada por mucho
tiempo, azules y naranjas dieron un
espectáculo seguido por millones en Cuba
y allende los mares, y merecen ambos
colectivos el agradecimiento por las
angustias y alegrones durante estos días
que han desatado las pasiones hasta
límites insospechados. Industriales
vuelve a ser el campeón, ha llegado a su
título 12, con una postemporada mítica
donde alternaron los protagonistas,
quedando como saldo un equipo que jugó
unido y que se fue por encima de
cualquier pronóstico, sacando al terreno
el extra en cada partido. Más razones
ahora para que sea el equipo más amado y
odiado; la fiebre azul echa más leña a
su leyenda.
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