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Juvenal Balán desde haití

La cámara como el ojo del mundo

Paquita Armas Fonseca • La Habana

Fotos: Cortesía del entrevistado

 

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La pequeña Verónica de dos años le dice a su mamá que le pida un  payasito a Abu. Le llega por el chat de la computadora el monito con el silbato. La niña ríe y quiere que le manden desde aquí uno a su Abu. Los ojos de Marlén se humedecen. Las manos de Griset escriben los mensajes. Son tres mujeres de  generaciones distintas: esposa, hija y nieta de Abu que no es otro que Juvenal Balán, el fotógrafo del periódico Granma que lleva cuatro meses en Haití. Cada jornada a alguna hora del día dialoga con sus familiares. Desde allá está pendiente de la fiebre de Verónica, la presión arterial de Marlén y de si Griset puede trabajar o no; desde acá le cuentan de las travesuras de su consentida, de cómo andan tías, hermana y otros familiares. Él siempre inicia el diálogo con la pregunta, ¿cómo está Infanta y Manglar?  Y aprovechando esas ventajas de la comunicación vía e-mail, pudimos conversar con él.

¿Por cuántas oportunidades has estado en misiones de este tipo?

Comienzo por la guerra en la República Popular de Angola en 1985, que aunque no es un desastre natural sí es igual de mortífera y cruel. Después el tsunami de 2004 en el continente asiático, en particular en Sri Lanka e Indonesia. En octubre de 2005 el fuerte terremoto de Pakistán y el 14 de enero de este año, el devastador sismo en Puerto Príncipe, Haití. A ello debo agregar las coberturas a los azotes de los huracanes por nuestro país.

¿Qué diferencia una de otra?

El modo en que se produce y la región donde se focaliza la mayor consecuencia. En el tsunami, aunque la causa principal fue un fuerte sismo en el mar muy cerca de la isla de Sumatra en Indonesia, las gigantescas olas castigaron cruelmente a muchos en ese continente. El terremoto de Pakistán golpeó duramente a las ciudades de Balakot y Musafarabat, regiones montañosas. Actualmente en Haití, la mayor destrucción se concentró en la capital, Puerto Príncipe y en Leogane, ciudad muy cerca del epicentro del sismo. Otra diferencia la puedes encontrar en la infraestructura que tenga el país afectado para resistir un evento de tal magnitud. Y la posibilidad de organizar el enfrentamiento de las consecuencias y su posterior recuperación.

¿Por qué duermes en tienda de campaña? ¿Cuánto llevas haciéndolo?

Para protegerme porque después de un fuerte temblor de tierra se producen réplicas, muchas de ellas tan fuertes como la primera. En Pakistán en el primer mes del fuerte terremoto se produjeron más de mil réplicas perceptibles. Las instalaciones se afectan y debilitan sus cimientos, y otro movimiento puede provocar un derrumbe. Cuando estás en una situación extrema de esta índole, si tienes que dormir debajo de un techo, lo haces con incertidumbre porque no sabes en qué momento te puede sorprender otro evento. Una de las réplicas aquí en Haití se produjo cerca de las 5 y 45 de la madrugada y fue de 6,1 grados en la escala de Richter. No había electricidad, dormíamos en el piso bajo de la residencia, en el suelo, como podíamos y todos quisimos salir a la vez por la misma puerta. Duermo en tienda de campaña desde hace dos meses y el primer día que la armé, descansé sin preocupaciones. 

¿Te has acostumbrado a las réplicas? ¿Cuándo sentiste el primer temblor de tierra?

A las réplicas uno nunca se acostumbra porque no sabes cuándo volverá a moverse fuerte la tierra. Sucede que en ocasiones otros que te rodean lo perciben y tú no te percatas. Son segundos los que median. La incertidumbre siempre está latente. El primer temblor de tierra lo sentí en la isla de Sumatra, en Indonesia, durante una conferencia de prensa que ofrecían las autoridades en la residencia del gobernador, y las lámparas de la sala comenzaron a moverse. Pero recuerdo también cuando dormíamos en el suelo, en tiendas de campaña en Balakot, Pakistán, abrigados por las bajas temperaturas y sentíamos el ruido ensordecedor que acompaña a estos movimientos que se nos acercaba desde la montaña y en segundos nos sobrepasaba.

¿Cuál ha sido tu momento más difícil en estas tareas?

Cuando fotografié en el hospital La Renassen, en Puerto Príncipe, a un niño entre 6 u 8 años que lo trajo un rescatista, después de sacarlo de los escombros y le daban la asistencia médica en el suelo, junto a una reja porque apenas podías caminar de la cantidad de personas pidiendo clemencia. Los médicos cubanos que allí laboraban junto a varias monjas, se multiplicaban por salvar vidas. El niño agonizaba, le aplicaron cuanto medicamento necesitó, hicieron lo imposible por arrebatárselo a la muerte, pero sus venas colapsaron poco a poco. No se conocía su nombre ni familiares, era una víctima de la catástrofe.

¿Cuentas los días que llevas o los que te faltan?

Cuando me dispongo a cumplir una misión de estas características nunca saco la cuenta de los días que llevo ni los que me faltan porque entonces no puedo cumplir cabalmente con mi trabajo. Tienes que estar preparado psicológicamente para acometer la dura tarea. Cada jornada es un reto y más en los primeros días, cuando las personas andan anonadadas de un lado para el otro, sin tener conciencia de lo ocurrido y lo perdido. Cuando hay que sobrevivir bajo cualquier precio, no importa el reto. La cámara se convierte en los ojos del mundo. Acercas la tragedia y su realidad a cientos de miles de personas. En mi caso, el tiempo de preparación para estas coberturas han sido mínimas. Cuando Pakistán conocí la misión tres horas antes de la partida y en la actual con dos horas más. Conozco el día que llego, pero no el de la retirada.

¿Conocías a Haití? ¿Qué es lo que más te ha impresionado en esta ocasión?

No, solo por lecturas. Lo más impresionante es que es un país en “terremoto” mucho antes del sismo, por la pobreza y la insalubridad  existente. Después de esta mortífera catástrofe, muchos años necesitarán para recuperarse de las consecuencias. Y en este caso particular, también me ha impresionado el despliegue militar que ha hecho EE.UU. bajo el manto de la ayuda.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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