|
A lo
largo de la producción
literaria de Nicolás
Guillén tanto en su
poesía, como en su
prosa, encontramos
funcionando como una
constante la promoción
de la unidad. Desde sus
primeros ensayos y sus
primeros libros de
poesía se puede observar
su censura de tendencias
separatistas y la
estratificación social
que las sostiene.
Insiste en que la
liberación se alcanza
cuando se borran las
líneas que demarcan
estratos sociales que
frustran la unión de los
pueblos, una unión
necesaria para combatir
a las potencias
hegemónicas porque estas
son persistentes y
encuentran modos
ingeniosos de conspirar
con el sector local
acomodadizo para
mantener su control. Si
en sus ensayos Guillén
recomienda la
"convivencia, y
connivencia" (Pp, III,
381) como el modelo
apropiado para sus
compatriotas, en su
poesía ve "todo
mezclado" (Op, I, 202)
como una realidad
inescapable y una meta.
Pero Guillén es también
un internacionalista, y
la primera área en que
fija su atención es en
las Antillas. Viendo
tempranamente la
posibilidad de la
integración de esos
territorios e islas,
aplicó a ellos
exigencias democráticas
similares a las que
había aplicado a Cuba; y
se evidencia esto en su
preocupación por Haití.
|
 |
Guillén
encuentra paradójica la
cercanía geográfica de
Haití y, sin embargo, el
poco conocimiento del
país en Cuba. Las rutas
de transporte desde Cuba
facilitan mucho más un
viaje a Nueva York que a
Port au Prince. Además
la lengua, supuestamente
francesa pero en efecto
creole para la gran
mayoría de la población
y el prejuicio racial,
por tener el país una
población esencialmente
negra, son dos factores
que disuaden que una
curiosidad inteligente y
una investigación
constructiva sean
aplicadas a ese país. La
literatura popular
dedicada a Haití,
tipificada por el libro
de William Seabrook,
La isla mágica, es
clasificado
acertadamente por
Guillén como de
enfermizo turismo
literario. El punto de
contacto histórico entre
Cuba y Haití, la llegada
de franceses y españoles
a partir de la
sublevación de esclavos
en el Haití en 1793,
tampoco haya suscitado
un interés que va más
allá de un conocimiento
superficial de figuras
principales como
Dessalines, Toussaint y
Christophe. Y lo que se
conoce de Haití se saca
de los trabajadores que
vienen a Cuba impulsados
por la desesperación y
para encontrar aquí una
vida de explotación y de
miseria. Ante esa
escasez de información
sobre el país vecino,
Guillén se ve obligado
en dos ensayos, “Haití:
la isla encadenada” y
“Haití”, de 1941 y 1942
respectivamente, a
educar a sus
compatriotas sobre este
tema. Destaca la
importancia de Haití
como el primer estado
del mundo fundado a
consecuencia de la
rebelión armada de
esclavos. Hace hincapié
en el papel clave de la
unidad de los líderes y
del pueblo en esta
hazaña. Boukman había
llegado de Jamaica y
Christophe de Granada
para adherirse al
movimiento que
Dessalines y Toussaint
Louverture guiaron, y el
triunfo final de 1804 se
logró cuando Rigaud,
quien por algún tiempo
se había separado del
movimiento, volvió a
integrarse a él. La
satisfacción que Guillén
encuentra en esta unidad
está reflejada en los
detalles que él presenta
de la exitosa campaña
militar que demuestra la
coordinación entre
Rigaud, Dessalines y
Toussaint. Guillén
señala también y es de
gran significación el
hecho de que el triunfo
ocurra en un momento de
unidad popular entre los
mulatos y los negros.
Admira además la
perpetuación del
espíritu
internacionalista en los
primeros líderes
haitianos, basado en su
odio por la esclavitud y
su amor a la libertad.
Nos informa de la ayuda
que Haití les dio a los
griegos en la lucha por
su independencia de
Turquía, de la
intervención en la
Guerra de Independencia
de los Estados Unidos,
de la ayuda clave que
Petión le dio a Simón
Bolívar en la
realización de su gran
hazaña. Observa también
que Toussaint perdonó a
los soldados polacos del
ejército francés porque
la Polonia de entonces
no gozaba de su
independencia.
Guillén
presenta importantes
figuras de la cultura
haitiana, sus poetas, y
novelistas, compositores
como Ludovic Lamothe,
conocido como el Chopin
negro, sociólogos como
el Dr. Price Mars,
estudiosas de la
lingüística como Madame
Silvain Comhaire,
poniendo énfasis en el
grupo de La Revue
Indigène, cuyos
miembros desde 1927
estaban empeñados en
elaborar un nacionalismo
literario, ligando
plenamente la cultura a
la vida real del pueblo.
Si este pueblo es
conocido en Cuba como
desesperados y
explotados cortadores de
caña, en Haití una
turbia confluencia de
corrientes regaba esa
desesperación: la
ocupación directa de su
país por los Estados
Unidos desde 1915 hasta
1934 o su apoyo a
dictaduras como la de
Sténio Vincent que dura
desde 1930 hasta 1941,
vísperas de la visita de
Guillén a Haití. Esa
situación aumentó la
carga opresiva que el
pueblo tenía que
soportar desde comienzos
del siglo XIX. Después
de la victoria haitiana
sobre la esclavitud y el
colonialismo, Francia
con su capacidad de
seguir aterrorizando el
país con su flota
superior y la intriga
con los poderes
coloniales y
esclavistas, pudo exigir
de Haití severas
represalias cuyos costos
cayeron sobre las
espaldas del pueblo; y
cuando en el siguiente
siglo los Estados Unidos
entraron a mandar en el
escenario, dado su
racismo intensificado
por la alta proporción
de negros en la
población, empeoró
dramáticamente la
condición del pueblo.
Guillén lamenta que un
país que había dado un
ejemplo tan decisivo de
cómo alcanzar la
independencia y la
libertad, y dotado de
uno de los pueblos más
enérgicos y trabajadores
de todas las Américas
haya caído en esta
desgracia de la falta de
democracia que lo hace
comparable en ese
sentido con su propio
país en aquel tiempo. Lo
lamenta en gran parte
porque tiene una meta
más trascendente que la
de ver mejorada la
condición de sus
pueblos: anhela ver
integrados los países
del Caribe y considera
como precondición
esencial de esa cercanía
la independencia y la
representación
democrática de los
pueblos sin ninguna
intromisión externa en
sus asuntos. Su
entusiasmo por la
integración es
perceptible en la manera
en que rememora que el
haitiano Antenor Firmin,
junto con José Martí, el
colombiano José María
Torres Caicedo y el
puertorriqueño Eugenio
de Hostos habían
concebido la idea de
constituir una
Confederación Antillana
que uniera políticamente
los países vecinos del
Caribe. Ese arreglo no
podía incluir las islas
que estaban bajo el
dominio de Inglaterra y
que, 70 años más tarde,
cuando iban a ser
independientes,
fracasaron en su intento
de formar una
Confederación entre sí.
Ya vimos en el caso de
Haití el efecto negativo
de la intervención de
los Estados Unidos y, a
pesar de las
advertencias y los
esfuerzos que Martí hizo
para prevenirla, esa
intromisión tuvo sus
consecuencias dañinas en
los casos de Cuba y de
Puerto Rico tanto en la
esfera de la cooperación
caribeña, como en otras
esferas.
Sin
embargo, aunque Guillén
no vio realizado el
sueño de esos próceres
mantuvo viva la idea de
la integración y, en
cuanto a Haití, no solo
pensó y escribió sobre
el tema sino que actuó
como un participante que
animaba personalmente el
proceso. Por ejemplo,
percibió y aprovechó una
coyuntura surgida en el
año 1942, cuando los
países del occidente se
alían con la Unión
Soviética en medio de
una gran guerra contra
Alemania y sus aliados,
es decir, contra los
fascistas. En esas
circunstancias en las
potencias occidentales
se hablaba muy
favorablemente de la
democracia, incluso para
Haití, y el nuevo
presidente Élie Lescot
se presentó como
democrático en contraste
con su predecesor
Vincent. Fue entonces
que Guillén, verdadero
demócrata e
integracionista, rechazó
una invitación a visitar
la República Dominicana
del dictador Trujillo y
visitó Haití, según nos
cuenta en su
autobiografía Páginas
vueltas (127-128).
Lo hizo con el propósito
oficial de entregar una
bandera de Cuba que
enviaba al presidente
Lescot el Frente
Antifascista de Cuba,
"en prenda de unidad
haitiano-cubana contra
el fascismo" (128). En
el clima de esos
tiempos, el recibimiento
de Guillén fue
espléndido. Hizo la
entrega en una gran
ceremonia que contó
hasta con la asistencia
del embajador
estadounidense.
Era
difícil que ese espíritu
de aparente armonía
manifestado incluso por
el embajador
norteamericano durara
por mucho tiempo. Ya
Guillén se había
percatado de la
intrusiva presencia de
él en la ceremonia y se
había negado a darle la
información que le pedía
acerca de Cuba; pero se
quedó en Haití la
perversa influencia
imperialista,
confabulando con el
deterioro de la
situación política del
país. Lescot, que al
principio de su gobierno
había declarado la
Guerra contra el Eje
fascista, no tardó mucho
en suspender la
constitución y asumir
poderes de emergencia.
Además extendió
arbitrariamente el
término de su
presidencia.
Cuando
el pueblo mostró
inquietud ante estas
medidas, un golpe
militar sustituyó a
Lescot, por otro amigo
de Estados Unidos, Paul
Magloire. Así continuó
la turbulenta negación
de la democracia en
Haití que ha durado
hasta después de la
muerte de nuestro gran
poeta y cuya más
reciente y notoria
manifestación fue el
golpe de Estado que los
Estados Unidos, junto
con sus aliados Francia
y Canadá, perpetraron
contra el presidente
Jean-Bertrand Aristide,
elegido democráticamente
en 2004.
Guillén
pasó un mes en esa
visita de 1942 y en
aquel mejor tiempo de
Lescot sus relaciones
con el sucesor del
dictador Vincent,
mejorando su política,
eran buenas; pero como
hemos visto, decayó
mucho su administración
cuando la corrupción
apareció en todas
partes. Las peripecias
políticas generaron
inestabilidades en otras
relaciones personales
que Guillén había
cultivado con haitianos.
Por ejemplo, Guillén
había tratado de nutrir
una amistad con Roussan
Camille, un poeta y
periodista negro de
impresionante talento,
maltratado por los
mulatos. Todo iba bien
hasta que Camille se
adhirió a la dictadura
de Magloire y escribió,
para la gran sorpresa de
Guillén, que él lo
apoyaba también, una
falsedad que Guillén
tuvo que negar
públicamente. Algo
similar ocurrió con el
poeta René Depestre a
quien Guillén había
rescatado de otra
dictadura, la de
Franςois Duvalier, y
había ayudado a
refugiarse en Cuba. No
obstante, muerto Guillén
y viviendo Depestre en
Europa y ganando muchos
premios después de haber
vivido más de dos
décadas en Cuba, mostró
una hostilidad
sorprendente hacia
Guillén y Cuba.
La
relación más íntima y
sostenida que Guillén
haya tenido con un
haitiano fue con el
novelista y poeta
Jacques Roumain. Había
conocido a Roumain en
París en 1937, y
entablaron una amistad
que se fortaleció con
las visitas de Guillén a
Haití y de Roumain a
Cuba. Duraría su amistad
hasta la muerte de
Roumain en 1944.
Roumain,
que era mulato y
pertenecía a una familia
acomodada, tuvo la
capacidad de adherirse
como un compromiso
vitalicio a la causa de
la gran masa de pobres
haitianos constituida en
su enorme mayoría por
negros pobres. Muy bien
educado en Haití y en
Europa, al volver a su
país se dedicó a la
misión de poner fin a
una de las ocupaciones
de territorio haitiano
por parte de los
norteamericanos, la que
duró desde 1915 hasta
1934. Pero el régimen de
Sténio Vincent siguió
persiguiéndolo. Lo
encarceló dos veces, una
vez por un período de
tres años, la otra por
ocho meses, y al fin lo
desterró de Haití.
Dentro y fuera de su
país promovía la cultura
popular de Haití. Fundó
la revista Revue
Indigène, el Buró de
Etnología, y también fue
uno de los fundadores
del Partido Comunista
haitiano. El presidente
Lescot le permitió
volver a Haití en mayo
de 1941 y le dio un
puesto diplomático en
México que ocupó a
partir del 28 de octubre
de 1942. Mostró allí los
primeros síntomas de una
enfermedad grave que
había contraído en la
cárcel. Evidentemente
recuperado, después de
un período de descanso
en Haití que duró desde
el 16 de agosto hasta el
2 de octubre de 1943,
volvió a su puesto. El 7
de julio de 1944 terminó
en México su novela
Gouverneurs de la rosée.
En un receso de su tarea
diplomática en México,
rumbo a Haití visita con
su esposa La Habana del
3 al 6 de agosto. Le dio
a Guillén una copia del
manuscrito de
Gouverneurs... y una
copia también de una
colección de poemas del
cubano que había
traducido para
publicarlos en Haití.
Almorzaron en casa de
Guillén "algo que
tuviera ñame" a pedido
de Roumain. Habiendo
salido de La Habana el 6
de agosto en aparente
buena salud, la muerte
le sorprendió en Haití
el 18 de ese mes.
Gran
poeta y novelista, parte
de sus lazos con Guillén
(y con Langston Hughes)
se relacionó con su
propia visión de la
literatura. Hay una
coincidencia notable
acerca del concepto y la
práctica de la poesía de
los dos. Guillén en su
ensayo “Sobre Jacques
Roumain” cita con
admiración el siguiente
trozo de un artículo que
Roumain había publicado
en Cuba.
La poesía no es pura
destilación idealista,
encantamiento mágico, ya
que refleja lo que en
lenguaje común se llama
una época, esto es, la
complejidad dialéctica
de las relaciones
sociales, las
contradicciones y los
antagonismos de la
estructura
político-económica de
una sociedad, en un
determinado momento de
su desarrollo.
(Pp., II, 393)
Este argumento se
corresponde
esencialmente con el de
Mijail Bajtín acerca de
la novela, el género
que, por tener las
mismas características
que Roumain exige, él
considera que ocupa el
primer lugar entre los
géneros literarios. Creo
que Guillén ilustra el
argumento de Roumain,
que su poesía revela a
través de varias voces
las contradicciones de
las épocas. Por eso mi
artículo "Si Bajtin
hubiera conocido a
Nicolás Guillén",
publicado en La
Gaceta de Cuba.
Tanto la poesía como las
novelas y los cuentos de
Roumain evidencian una
tenaz defensa de los
pobres contra la
explotación económica y
la superstición. Su
novela Gobernadores
del rocío, cuyo
protagonista, Manuel, ha
tenido unos 15 años de
experiencia observando
la lucha de los líderes
de sindicatos de
trabajadores azucareros
en Cuba, atestigua su
profundo interés en
elevar las condiciones
de trabajo y de vida de
los trabajadores y
campesinos pobres
haitianos. Manuel
encuentra instructivo el
ejemplo de la exitosa
solidaridad resuelta de
los trabajadores
azucareros ante la
hostilidad de los dueños
apoyados por la brutal
guardia civil. De esa
manera Roumain hace de
la experiencia cubana de
Manuel y de su capacidad
de incorporarla
constructivamente a sus
circunstancias haitianas
un modelo y símbolo de
la integración caribeña,
una integración que
puede ser duradera
puesto que responde a
los intereses de las
grandes mayorías del
pueblo. Además, Roumain
refuerza la idea de
unión dentro de su país
y entre los países
vecinos por el uso sutil
en su novela de una
alentadora
superestructura mítica
basada en la cooperación
y el altruismo. Este
concepto está arraigado
más en el humanismo que
en la religión, que
tiene para Roumain sus
rasgos divisorios y
enajenantes.
En la ocasión de su
muerte, Guillén escribió
una semblanza que luego,
con la adición de dos
notas, utilizó como
prólogo a la edición
traducida al español y
que fue publicada en
Cuba en 1971. Jacques
Roumain ocupa un lugar
de respeto y cariño en
su autobiografía
Páginas vueltas, y
aparece en gran parte de
los escritos de Guillén
sobre Haití. Aprendemos
de uno de esos ensayos
que la visita de Roumain
a Cuba en 1940 y la
pasión y el rigor de su
análisis de la situación
en Haití tuvieron el
efecto de estimular el
interés de Guillén por
ese país vecino y fue
durante esa visita que
Roumain se había
comprometido a invitar
al poeta cubano a
visitar Haití.
Cuando se conocieron en
1937, la cuestión
palpitante era la guerra
civil española.
Recordamos que cuando
Guillén escribió su
importante poema
“España: poema en cuatro
angustias y una
esperanza”, pocas
semanas antes de conocer
a Roumain en París,
Guillén incluyó como
parte de ese poema lo
que podemos considerar
el prototipo de sus
grandes elegías
personales: la dedicada
a Federico García Lorca.
Demostró en esa elegía,
por la manera
artísticamente elaborada
en que recuerda y evoca
lo esencial de la figura
de García Lorca, que
conceptualiza la elegía
como el modo más
apropiado de demostrar
su aprecio por un hombre
que puso su talento al
uso constructivo de sus
conciudadanos y de la
humanidad. Está claro
que es en ese espíritu
que Guillén responde a
la muerte de su gran
amigo Jacques Roumain
con esta siguiente
elegía.
Guillen
ve en él un hombre que
ha servido a todas las
personas que pueden
constituir la nación
haitiana, a Louverture,
el gobernador vitalicio;
a Dessalines, el
emperador; a
Christopher, el rey, a
los presidentes que han
tratado de ser buenos; y
sobre todo a los que no
usan ni títulos ni
apellidos. Con esa
experiencia y esa
inclinación él es el
indicado para continuar
hasta la victoria la
lucha que dejó medio
terminada, continuarla
hasta cuando se hable de
vida y no de sangre, de
unidad y no de
conflictos, de unidad y
no de conflictos civiles
que crean oportunidades
para los que siempre los
fomentan y se aprovechan
de divisiones para sacar
beneficios de ellas.
Pero esto no es un
trabajo para Roumain
solo. El poeta cubano
como representante de
los vecinos, se ofrece
para estar con él, con
este amigo estable,
cantando al unísono con
él una canción nueva. Es
precisamente la
estabilidad de Roumain,
en contraste con la
inconstancia de sus
compatriotas ya
mencionados, que permite
que Guillén vea en él
una existencia que
perdurará más allá de la
muerte, un foco de
conciencia que es capaz
de poner fin a las
divisiones sangrientas
nutridas de y
exacerbadas por las
intervenciones
imperialista que tanto
han frenado el progreso
haitiano.
Con su insuperable
maestría artística,
Guillén ha sabido
extraer el máximo efecto
de los elementos
formales del poema para
realzar los que
constituyen la lucha
entre las fuerzas del
progreso y las de la
reacción, con Jaques
representando siempre el
juicio confiable, la
actitud correcta y el
foco de esperanza (he
escrito en detalle sobre
este aspecto de la
elegía en un número de
2007 de la revista
Anales del Caribe
editado por la Doctora
Yolanda Wood).
El cubano en firme
alianza con el
desaparecido haitiano,
acepta el reto de
rescatar a Haití de su
historia sangrienta.
Acepta la difícil tarea
con confianza, dispuesto
a responder hasta con
sangre, mas sangre
musicalizada y
armonizada. Guillén a
hecho de la "Elegía a
Jacques Roumain" un acto
de compromiso de Cuba
para con Haití. Su
aprecio de las ideas, la
devoción y la
perspicacia política de
Roumain le motivó a
convertir su propia
experiencia cubana en
una manifestación de
firme solidaridad que el
poeta ha podido expresar
recurriendo a elementos
que son pilares de su
arte poético,
especialmente la música,
que él identifica además
en una de sus formas
como la reflexión del
alma de Cuba. La música
en este poema contribuye
a establecer la idea de
la unión y la opción por
alcanzar la integración
simbolizada por la
relación entre el poeta
y el elegido. Gracias a
la compatibilidad de los
principios de este
protagonista y este
poeta, de estos dos
caribeños, de estos dos
grandes humanistas,
tenemos un modelo de la
armonía y la
solidaridad necesarias
para lograr el progreso
de los pueblos.
Y, sin
embargo, persisten
problemas; hay hábitos
divisivos aprendidos
desde los tiempos más
remotos y bárbaros y que
en el caso de Haití, el
castigo imperialista y
los sistemas económicos,
políticos y sociales que
impone sobre el país han
exacerbado estas
divisiones hasta el
punto de asumir
manifestaciones
grotescas. Guillén ha
comentado en varias
ocasiones la tensión
casi constante que
existe entre mulatos y
negros en Haití, y si
algo de esa tensión
puede observarse en el
poema “Mulata”,
de Motivos de son
como una curiosidad
social, en Haití puede
tener dimensiones de
rencor y hostilidad que
recuerdan el apartheid
que reinaba en
Sudáfrica.
En su
autobiografía, Guillén
nos cuenta el caso de
una mujer que conoció en
Haití y sorprendido al
verla poco después en La
Habana en evidentes
apuros al preguntarle
qué le había pasado,
ella respondió: son los
mulatos, Sr. Guillén. La
tendencia a distinguir a
la gente para
discriminar ciertos
sectores es antitética a
la visión
integracionista y
progresista de Guillén.
Por eso desaprueba la
actitud de Dessalines,
quien aniquiló a los
vencidos franceses, y
aprueba la de Antonio
Maceo quien, a pesar de
no estar exento de
recibir dardos raciales,
optó constantemente por
la unidad. Las
manifestaciones del
racismo y la
discriminación basada en
el color de la piel
surgen a veces donde uno
menos espera verlas.
Recordemos, por ejemplo,
un caso que implica a
Jesucristo y que se
puede leer en el
Evangelio según San
Mateo 15:21-28 y San
Marco 7:24-30. Al
acercársele una mujer
que no era judía a
pedirle ayuda médica
para su hija, Jesucristo
le contesta que vino a
servir a los de su raza
que se han extraviado y
no a los que él denomina
“perros”. Es solo cuando
la mujer se humilla,
sugiriéndole que a veces
las migajas caen de la
mesa para los perros que
el Señor la felicita por
su fe y se decide a
curar a su hija.
Cuando
Guillén escribió su gran
poema Tengo en
1964, no incluyó entre
los logros alcanzados
por la Revolución que él
calificó como poemas, la
salud pública. Cuba
entonces estaba luchando
por reemplazar a los
miles de médicos que
habían abandonado el
país. Sin embargo, el
carácter esencial del
nuevo sistema de salud
pública —el acceso de
todos a los disponibles
recursos médicos— ya
estaba en vigor.
|
 |
A
Guillén, con su pasión
por la inclusividad, el
internacionalismo y la
unidad, lo más probable
es que en nuestros días
le hubieran impresionado
tanto el cumplimiento de
una visión que ha hecho
de ese todos un concepto
y una realidad que son
de alcance universal
para el beneficio de la
humanidad y habría
escrito poemas
celebrando este gran
poema. Porque Cuba ha
venido a ofrecer sus
servicios médicos
incluso al país que
persiste en sus intentos
por socavar la
Revolución, a curar a
alguien que cometió el
terrible crimen contra
el Che, y ahora en Haití
está demostrando al
mundo incomparable
eficacia e imaginación
humanitaria en la manera
en que presta ayuda y
solidaridad a un pueblo
agobiado por una
catástrofe terrible e
inesperada. Es posible
que este ejemplo, en el
cual la brigada cubana
comprende, además de la
dirección y una gran
mayoría de médicos
cubanos, cooperantes de
varios países entrenados
en Cuba de todos los
colores de la piel,
trabajando en íntima y
confiable solidaridad y
sin discriminación de
ningún tipo, sirva para
ayudar a los haitianos y
a otros pueblos a
superar lo que Guillén
llamó el “viejo
problema”. De todos
modos el funcionamiento
del sistema cubano de
salud pública
proporciona un modelo
que trasciende la salud
pública en sí para
ofrecer en su
envergadura espacial y
sus normas éticas que
son de una altura sin
precedentes, lecciones
de cómo defender la
humanidad, incluso en
las áreas del racismo y
la discriminación basada
en el color de la piel.
En este sentido también
podemos decir: seamos
como Fidel; seamos como
Guillén y Roumain. |