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Nicolás Guillén, artista
de reconocido prestigio
en Cuba y el contexto
universal, aporta a la
literatura de habla
hispana, junto a su
fecunda obra lírica, una
intensa producción
periodística, que
iniciada en sus años de
juventud en su Camagüey
natal, resurge a partir
de su estancia en La
Habana y se consolida en
cada una de las etapas
de su accionar como
hombre y artista
comprometido con su
tiempo.
Si bien, como señalara
su más importante
biógrafo, Ángel Augier:
/…/ el gran
poeta ha monopolizado la
personalidad reconocida,
la imagen generalizada
del autor /…/ con el
gran poeta existe un
gran prosista /…/ cuya
labor simultánea y en
cierta medida
subalterna, que se ha
ido haciendo en el
oleaje de cada día,
habitualmente se le
asigna el mismo destino
efímero del periódico en
cuyas hojas volanderas
quedó estampada.
Sin embargo, su loable
oficio de periodista no
puede ser considerado
efímero, no solo por su
excelente dominio de los
disímiles registros que
de este género alcanzó
sino por la variedad
temática que
caracterizan sus
artículos.
Entre estos temas se
destaca el interés por
mostrar su visión
acerca de los hombres y
mujeres, de cualquier
ámbito geográfico, que
en el devenir de sus
vidas contribuyeron al
desarrollo de algunas de
las aristas de la
cultura de su tiempo y
coadyuvaron a conformar
el rostro identitario de
una región.
Puede señalarse que en
sus prosas aparecen
referidas personalidades
de diferentes partes del
mundo, con predominio
del área latinoamericana
y caribeña, no obstante
encontrarse una ínfima
parte caracterizada.
Aunque es evidente el
predominio de las
figuras masculinas no
deja de estar presente
la alusión a la mujer en
la voz de un hombre que
reserva para su obra en
prosa otras miradas de
la mujer que difieren de
la lírica. A diferencia
de su poesía ahora la
presenta contextualizada
en un ámbito geográfico
y sociohistórico
determinado, ya no es la
mujer abstracta
trasladada al mundo
figurado de la creación
poética sino que este
nuevo ser aparece
nominado y se
concretiza. El prosista
alza su voz en defensa
de aquellas mujeres a
las que admiró o conoció
a lo largo de su periplo
latinoamericano y
caribeño. Son mujeres
con una identidad
propia, que se erigen
como símbolos de
actuación humana, en
vínculos con su contexto
social y cultural por lo
que aparecen ante la
mirada del lector un spectrum variado de
estratos sociales y
ocupaciones.
Si bien su pensamiento
se desarrolla dentro de
los cánones culturales
de una sociedad
patriarcal, en su prosa
se evidencia el espíritu
de un hombre que busca
dentro de su contexto un
lugar para la mujer,
fundamentalmente la
mujer de su raza, por lo
que al igual que el
sujeto lírico de su
poesía se sitúa no por
encima de ellas sino a
su lado, en su lucha por
una equidad racial y
humana, al reconocerle
valores genuinos no solo
desde el punto de vista
estético, sino que
proyecta a la mujer
fuera del círculo del
hogar y la ubica inmersa
en su actividad social
para hacernos visible su
historia, sus
creaciones. La mujer
deja de ser vista solo
como objeto para
mostrárnosla como sujeto
social y como sujeto de
la creación; de allí su
preferencia por sus
contemporáneas más que
por las féminas de
épocas anteriores.
No obstante la alusión a
figuras cubanas y
latinoamericanas del
siglo XIX, aunque
minoritaria, no está
ausente de sus páginas y
de manera excepcional se
registra una referencia
al siglo XVII, a través
de la figura de Sor
Juana Inés de la Cruz, a
la que no se
caracteriza, pero cuya
mención en el desenlace
o conclusión del retrato
realizado al colombiano
Candelario Obeso
establece vínculos
temáticos entre la obra
de varios escritores del
continente, que como la
suya propia refieren una
tradición en la lírica
de esta región: la
presencia del negro y el
empleo deformado de la
prosodia de los negros
africanos en la que
también se inserta una
zona de la obra de esta
mujer que rebasó y se
enfrentó al canon
imperante en su época
para legarnos una obra
que surge del sacrificio
que tuvo que vencer como
escritora y como ser
humano.
Su interés por las
féminas decimonónicas se
centra en la mujer como
personaje histórico. Su
prosa refiere aquellas
figuras vinculadas a las
gestas libertarias:
María Cabrales, Rosa la
Bayamesa, Mariana
Grajales y Amalia Simoni.
De las mujeres
relacionadas con el
quehacer de la patria
predomina la visión de
la mujer en función de
su condición de esposa
abnegada
—las
patriotas Amalia Simoni,
María Cabrales—
y madre sacrificada,
Mariana Grajales. Estas
figuras aparecen
vinculadas al retrato
del hombre, en este caso
a la semblanza de los
héroes Ignacio Agramonte
y Antonio Maceo, para
acentuar el perfil
masculino y destacar el
papel de apoyo que la
mujer
—independientemente
de su condición de clase
o raza—
jugó en relación con el
esposo y los hijos, su
entrega a los ideales
patrios como expresión
de altísimos valores: el
heroísmo, la fidelidad,
el patriotismo y como
formadora de los más
altos valores éticos en
su descendencia.
No escapa en el enfoque
de esta época la
referencia a la mujer en
su condición de madre,
esposa o hermana, según
los cánones establecidos
por el siglo XIX, no
solo para ofrecer su
visión del héroe sino
del artista. En este
sentido aparecen 11
referencias a mujeres
cuyo punto de interés no
está propiamente en
ellas, sino en la figura
masculina objeto de
reflexión. Tal es el
caso de los retratos
realizados a Bola de
Nieve, Manuel Navarro
Luna, Martín Morúa y
Claudio Brindis de Salas,
cuyas imágenes se
refuerzan a partir de la
familia.
También resulta
coincidente, respecto a
las cubanas, el
tratamiento de la imagen
de la mujer
latinoamericana
supeditada al hombre.
Tal es el caso de las
menciones referidas a:
Inés y María Portinari,
hermana y esposa del
pintor; Matilde Urrutia,
la esposa de Neruda y
Marilú Silveira, esposa
del vicegobernador
brasileño Pelópidas
Silveira. O bien por su
condición de madre a la
mexicana María Trinidad
Berumen y la colombiana
Concepción Escaurize,
las cuales están
referidas y no
caracterizadas. De esta
misma forma se comporta
la referencia a María
Mantilla, la cual
aparece en función del
trazado humano que hace
de Martí, al que
presenta como un ser de
carne y hueso en su
condición de hombre y no
en la del héroe. En este
caso la imagen de la
Mantilla está asociada a
un rasgo de su espíritu:
el gusto por las artes y
en especial su
apasionamiento por la
música, rasgo distintivo
entre ambos seres.
En uno y otro caso,
aunque el periodista
alude a un contenido
social, en estos
ejemplos se evidencia de
manera persistente los
rasgos patriarcales
establecidos en nuestra
herencia cultural de
raíz hispana, al asumir
el canon judeocristiano,
a lo cual se añadió la
imposición de valores
tribales provenientes de
las culturales africanas
llegadas a América que
se instauraron en
nuestro ámbito social y
cultural. De allí los
códigos de conducta
implícitos tanto en las
familias blancas como en
las negras o mestizas,
de cualquier región de
la isla
independientemente del
estrato social.
No obstante en el seno
de las familias
comprometidas con el
proceso independentista
la mujer se manifestó de
forma activa contra la
autoridad colonial y fue
partícipe del proceso
insurreccional, al
compartir junto al
hombre las penurias de
la manigua y del campo
de batalla, lo cual
contribuyó al fomento
del espíritu de
liberación e
independencia que se
iría forjando en el alma
femenina. Atendiendo a
ello Guillén muestra
como un componente
imprescindible en el
proceso de configuración
de la nacionalidad
cubana la presencia del
ser negro y tiene la
intención de que se
reconozca con justeza
que en ese mismo proceso
participó la mujer,
independientemente de su
raza. Enaltece para la
historia el proceder de
estas féminas, olvidadas
por su condición racial,
como genuinas
representantes de la
estirpe mambisa.
En este sentido se
destaca del conjunto de
perfiles delineados la
figura de Rosa
Castellanos como la más
reiterada en su prosa
con cuatro menciones.
Una de ellas llega es el
artículo donde aparece
retratada mediante una
semblanza biográfica, el
cual constituye el único
perfil femenino que se
erige como símbolo del
quehacer de la mujer en
el proceso
independentista. A
diferencia de otros este
retrato tiene la
particularidad que está
hecho, no a una mujer
blanca, de la clase
burguesa, que sigue a su
esposo y se incorpora a
la manigua; sino a una
mujer del pueblo,
sencilla, por demás
negra y soltera, hija de
esclavos nacida de
vientre libre, lo que
demuestra el interés de
nuestro Poeta Nacional
por enaltecer un
paradigma ignorado y
bastante olvidado cuando
se trata de escribir la
historia: el de la
racialidad y dentro de
él la condición del
género.
El artículo publicado en
1949 es un trabajo
periodístico agudo que
se inicia y cierra con
una profunda crítica:
“Hay en nuestras guerras
de independencia muchas
figuras no estudiadas
cuyo perfil se desvanece
paulatinamente, y los
cuales acabarán por
desaparecer si el
interés de los cubanos
no lo remedia /…/ Una de
esas figuras es Rosa, La
Bayamesa, cuyo recuerdo
en ruinas urge
reconstruir”.
Más adelante, en el
cierre del artículo, el
periodista increpa al
interlocutor mediante
una interrogante que
trasciende el contexto
de sus coetáneos para
ubicarlo en al
contemporaneidad: “¿Qué
queda hoy de ella? El
título de una calle, un
puñado de polvo /… /
nada. La historia, tan
llena de pasiones, de
falsedades y prejuicios,
ni siquiera mienta su
nombre, Rosa La Bayamesa
se esfuma, se pierde, se
deshace /…/”
No puede negarse la
identificación de
Guillén con esta mujer,
a la que estuvo
vinculada su familia,
pero cuya admiración
nacida en el seno del
hogar, según se recuerda
en sus memorias,
trasciende y se desborda
en un reclamo a los
historiadores, a
reconstruir los hechos a
partir de múltiples
miradas. Es por ello que
hoy su escritura,
permanece vigente y no
ha perdido la frescura,
ni la intención con que
puede pensarse que haya
sido escrito: Dar un
lugar a los olvidados, a
las “figuras menores”, a
la voz del pueblo, cuya
contribución fue medular
y sin la cual los
líderes ni las grandes
figuras pudieron
sobrevivir, sin la cual
no pudiese hablarse de
las grandes
personalidades de
nuestra historia
nacional y local.
Es también meritorio
destacar en este retrato
la importancia que el
periodista le da a la
historia oral como
reservorio de
tradiciones. La imagen y
lo poco que se conoce de
esta mujer ha llegado a
la actualidad a través
de lo que cuentan
quienes la conocieron
durante la guerra y la
República y lo poco de
que pueden dar fe
algunos documentos
escritos. Como aspectos
reveladores de su forma
de construir las
caracterizaciones se
manifiesta la ubicación
de la figura en su
contexto epocal,
resaltándose en este
retrato una
característica de sus
semblanzas: el uso del a
heteroglosia, construida
a partir de la inserción
del texto ajeno, al
incorporar los juicios
de contemporáneos que la
conocieron, o insertar
datos referidos en
documentos de la época y
también mediante el uso
de la hibridación de
voces donde se
entremezcla la voz de la
biografiada y la voz de
su coetáneo dentro del
discurso biográfico.
En el perfil que se
traza de este retrato su
interés en el aspecto
físico solo estará en
función de acentuar su
personalidad, cualidades
morales y de su
carácter. De ella lo que
más le interesaba es su
fortaleza viril,
calificativo no
peyorativo, ni
minimizador de sus
cualidades femeninas,
sino utilizado en
función de resaltar un
rasgo predominante de su
personalidad y una
cualidad ética que
sobresale: el honor:
“Fuerte de espíritu
tanto como de cuerpo,
llevaba sus insignias
con el mismo decoro, con
igual propiedad que el
más valiente de los
hombres”,
con lo cual equipara su
actitud a la de
cualquier hombre, ya que
en el contexto
decimonónico estos
atributos, el escenario
público y
fundamentalmente el
político estaban
reservados para la
figura varonil.
No deja de reconocer en
ella la labor propia de
la mujer, la que le
estaba más reservada
acorde al canon del
siglo XIX, así como su
ingenio en las difíciles
condiciones de la
manigua, la bondad de su
alma para el cuidado y
alimentación de los
enfermos, de sus ropas,
para la siembra de las
hierbas medicinales y la
cría de las aves.
Otro aspecto revelador
en este retrato es el
reconocimiento a las
habilidades y dominio
que desarrolló esta
mujer en su oficio de
enfermera, en el
conocimiento de la flora
medicinal cubana, en las
características de las
enfermedades de la
manigua, su acertado
tratamiento para sanear
heridas y sostener un
hospital de sangre en
condiciones tan
inhóspitas, de allí que
haya alcanzado
reconocimiento y fama en
su época. Justo
calificativo el que le
adjudica Guillén, a esta
mujer sin estudios
académicos, al llamarla
docta, por su sabiduría
natural, refiriéndose a
su desempeño en este
oficio, vetado para la
mujer de su época y en
especial para la de la
raza negra.
La otra mujer de pueblo
de la que ofrece una
pincelada
caracterizadora, apenas
un esbozo, es Bárbara
Ayllón, madre de Lino
Dou. En ella destaca la
belleza de la mujer
humilde, de una mestiza:
“mujer venida de
africana y mulato:
Bárbara Ayllón, fino
tipo de belleza negra.”
Pero también realza la
imagen de una mujer
digna, madre abnegada y
honesta, que como tantas
de su condición y raza
asumieron una relación
consensual con un blanco
español, de cuyo vientre
germinaría el fruto del
amor, fruto que marcaría
el carácter mestizo de
nuestra cultura y que no
demerita su condición de
mujer.
De manera excepcional
solo aparece una
caribeña, de la región
de Haití, la dueña del
hotel donde se hospedó
durante su estancia en
este país, cuando fue
invitado por Jacques
Roumain: La Sra. Rouzier
a quien califica de
excelente y de la que
guarda un grato
recuerdo, de
agradecimiento por la
excelencia de su oficio,
dado a través de la
caracterización y
cualidades atribuidas a
la casa de huésped:
"simpática, limpísima
y familiar".
Al prosista Nicolás
Guillén también le
interesa la mujer como
objeto y sujeto de la
creación. No escapa a
sus páginas
periodísticas, aunque
escasamente abordada en
este género, la mirada
que predomina en su
poesía acerca de la
mujer como ideal de
belleza, principalmente
recrea la belleza
ancestral de la mujer
negra a la que
caracteriza de
provocativa, llena de
erotismo, como un patrón
que difiere del
estereotipo occidental,
a la que cantaron
trovadores y poetas de
la conocida vertiente
folclorista y a la que
no escapa el poeta en
sus libros iniciales y
que nos hace recordar
textos de Motivos de
son y Sóngoro
Cosongo.
Con esta zona de su
creación se relaciona el
obituario a Manuel
Corona, escrito desde
las páginas de El
Nacional de Caracas
y editado en el
Semanario Habanero,
en el cual alude a
Longina O’ Farrill, mujer
de existencia real, a la
que recuerda en su
belleza física: “mujer
de cuerpo flexible,
negra de altos senos y
ojos relampagueantes”,
resaltando aquellas
partes de su cuerpo
llenas de sensualidad,
cuya gracia llama la
atención del trovador,
inmortalizándola en su
canción Longina.
El periodista recurre
nuevamente al uso de la
heteroglosia, en la
construcción del perfil
de Corona, al incorporar
fragmentos de su canción
y la opinión que esta
mujer de pueblo ofrece
acerca de quien la
inmortalizó, mostrándola
como una mujer sencilla
y agradecida a Corona
por haberla convertido
en creación: “Estaba y
estaré agradecida a él.
Corona ha muerto, pero
la mujer que le inspiró
una de sus mejores
canciones está viva y lo
recordará sin cesar. En
cierto modo él me
inmortalizó.”
En cuanto a la mujer
como sujeto de la
creación el cúmulo de
figuras mencionadas se
encuentran en el siglo
XX. No obstante no
escapa a su mirada, de
manera excepcional, la
referencia a dos mujeres
decimonónicas: Gertrudis
Gómez de Avellaneda y
Luisa Pérez de Zambrana,
aludidas a través de
breves pinceladas
referidas a la
trascendencia de su obra
en el homenaje que le
rindiera a Rafaela
Chacón Nardi en la
Asociación de
Reporteros, luego
publicado en el
Magazine de Hoy.
A diferencia del intenso
retrato que Martí les
dedicara en su quehacer
periodístico, Nicolás
Guillén no contrapone a
estas dos figuras
poéticas como paradigmas
expresivos de una u otra
vertiente del
romanticismo cubano.
Para él ambas poetisas
forman parte de nuestra
tradición literaria, del
espíritu renovador que
caracterizó la lírica
cubana desarrollada por
voces femeninas que le
impregnaron su acento
particular, a partir de
sus experiencias
personales y acorde al
contexto que cada
creador vive, y a cuyos
orígenes había que
volver para entender la
líneas de continuidad de
las voces femeninas de
la lírica actual.
El caso de La Avellaneda
resulta más reiterado en
su obra. Varios trabajos
periodísticos redundan
sobre una misma idea: su
importancia como una de
las voces fundacionales
de la poesía cubana,
junto a poetas como
Heredia, Martí y
Plácido; pero cuya obra
se hace necesario
divulgar mediante
ediciones críticas, a
diferencia de otros
poetas que a lo largo de
la historia de la
literatura cubana y
latinoamericana tuvieron
mayor promoción entre
sus coetáneos y en la
contemporaneidad; ya que
su conocimiento “/… /
son enigmas que
permanecen
circunscritos, salvo el
caso de Martí, en zonas
muy restringidas de la
inteligencia general”.
En relación con las
mujeres cubanas
correspondientes al
siglo XX se observa un
mayor interés por una
variabilidad de oficios
vinculados con el
quehacer cultural, de lo
cual dan muestra las
doce referencias a
féminas relacionadas con
el arte: escritoras,
bailarinas, cantantes,
pintoras, están
presentes en sus
páginas.
Entre ellas pueden
señalarse la etopeya
realizada a Mirta
Aguirre como expresión
de una mujer incansable
en su quehacer cotidiano
de La Gaceta del
Caribe, nos la
muestra como paradigma
de la mujer intelectual
y como símbolo de una
voz íntima de la
vertiente social en
Cuba, con una obra
comprometida con su
pueblo. O bien la
brevísima pincelada
referida a Alicia
Alonso, a quien
—a
pesar de mencionar solo
una vez en sus prosas—,
caracteriza
acertadamente con solo
un calificativo:
egregia, lo que denota
el poder de síntesis
propio de su lenguaje
periodístico. O cuando
al referirse a Amelia
Peláez lo que resalta de
esta personalidad, como
de tantas otras, no es
siquiera su físico, ni
sus cualidades humanas,
sino su mirada se centra
en algo más profundo, lo
que trasciende más allá
del ser: su legado, la
obra impregnada de un
nuevo lenguaje de nuevas
connotaciones estéticas:
“cuyos bodegones
naturalistas bañados en
jugos ácidos”
abrieron un camino hacia
el arte moderno. Eso son
estas mujeres,
expresiones del arte de
vanguardia que
revolucionaron su época,
a partir de sus
expresiones singulares
de lo nacional inmersas
en lo universal.
De las mujeres artistas
solo a tres les realizó
semblanzas. Ellas
fueron: las cubanas Rita
Montaner y Rafaela
Chacón Nardi, quienes
aparecen mencionadas
seis y tres veces,
respectivamente, en sus
prosas y la
latinoamericana Luz Gil.
A cada una le dedicó un
artículo.
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El trabajo dedicado a
Rita Montaner se publica
en 1942, a raíz de un
homenaje que se le iba a
realizar en La Polar
cuando ya era una
artista afamada y
reconocida,
fundamentalmente en el
extranjero. Su perfil se
erige como el de una
artista de auténtica
cubanía, expresión
genuina de la síntesis
de la nacionalidad,
dotada de cualidades
excepcionales, de allí
los justos
calificativos,
apelativos a su origen y
talento, usados por el
periodista y por los que
se le reconoció en su
época y ha trascendido a
la posteridad: “Rita de
Cuba y Rita la Única /…/
no hay tan adecuado modo
de llamarla, si ello se
quiere hacer con
justicia. “De Cuba”,
porque su arte expresa
hasta el hondón humano
lo verdaderamente
nuestro; “La Única”,
pues solo ella, y nadie
más, ha hecho del
“solar” habanero, de la
calle cubana, una
categoría universal”;
lo que hacen de ella y
de su arte un ser
irrepetible,
caracterizada por la
singularidad y la
autenticidad.
Guillén encuentra en la
expresión de su arte un
alma gemela a la suya,
equivalente a su
quehacer poético, de
allí su admiración. Del
perfil que traza apenas
se dan rasgos físicos,
los que aparecen están
en función de resaltar
su pertenencia a una
raza, para ello alude de
manera directa al color
de su piel: “divina
mulata”; expresión del
mestizaje no solo racial
sino cultural. Mediante
las características
atribuidas a su voz,
su cintura y sus ojos, a
través de metáforas
alusivas al cuerpo y al
espíritu se caracteriza
su arte como
representativo de la
cultura de los
marginados, en cuyos
atributos se
autorreconoce el
sentimiento y la voz de
la cultura popular: /…/
“el pueblo cubano sabe
mirarse en ella como en
un espejo, y que en la
negra voz y en la
cintura metálica y en
los ojos calurosos que
su gloria ha paseado en
triunfo por los más
altos escenarios del
mundo, está presente el
corazón prieto y
apretado de nuestra
Isla.”
La otra mujer cuya
semblanza ocuparía sus
páginas periodísticas
sería Luz Gil, bailarina
del Alhambra,
veracruzana radicada en
La Habana. Cuatro
menciones se registran
sobre esta artista y de
ellas resalta el hermoso
obituario que le
dedicara el poeta en el
año 1963. Es esta la
única mujer
latinoamericana en la
que se detiene
minuciosamente en sus
características físicas
y de la cual realiza un
retrato con el propósito
de dejar claro la
atracción que por su
belleza esta mujer
despertaba en los
hombres en sus años
juveniles, lo que la
hizo merecedora de la
admiración masculina
para quienes se erigió
en un símbolo erótico.
Unido a ello el
periodista enfatiza en
otras facetas de su
carácter que contribuían
a monopolizar su
atención: el genio
chispeante y vivo, el
comentario picante, la
conversación dada a la
anécdota, lo que hizo de
ella una genuina
representante del
gracejo criollo, cuyas
cualidades el prosista
resume en sus
expresiones: “¡Qué Luz
Gil! ¡Tremenda Luz Gil!
¡Esta Luz Gil!”.
Sin embargo, resulta
interesante la
distinción que Guillén
establece el periodista
entre la Luz Gil mujer y
la actriz del teatro
Alhambra para acentuar
el carácter
dignificante y la
integridad moral de la
artista que supo darse a
respetar por sus
coetáneos y por el
público que tanto le
admirara, estableciendo
una distinción entre la
vida y las
peculiaridades de este
tipo de teatro
“/.../cuya fama de
atrevido y aun
pornográfico era hija de
la mojigatería de
quienes jamás pusieron
los pies en él.”
Ello evidencia un
marcado interés por
resarcir la condición
humana de la mujer y su
lucha contra prejuicios
sicosociales latentes en
su contexto.
De manera general puede
valorarse que el mayor
porcentaje de interés de
las personalidades
valoradas lo ocupa Cuba,
sus coterráneos, lo que
habla de su sentido de
lo nacional y la
preocupación por los
avatares de su país y de
aquellos hombres y
mujeres que por su
quehacer vital
contribuyen a enaltecer
y forjar nuestra cultura
en distintas esferas de
la vida. Sin embargo, no
por ello puede decirse
que sus inquietudes
quedaron circunscritas a
lo local, ya que
Latinoamérica y en menor
escala el Caribe ocupan
un lugar en sus prosas,
como parte de una región
histórico cultural,
matizada por la
diversidad; pero en la
cual se encuentran
puntos comunes,
pensamiento, actitudes
similares en los hombres
que hacen la historia de
cada uno de los países a
los que corresponden las
figuras por él abordadas
y en las que se observa
una estrecha relación
entre su predominio con
aquellos países y
lugares que pudo visitar
y permanecer más tiempo:
Brasil, México,
Venezuela, Haití,
Colombia, Chile y
Argentina.
Se observa un predominio
de caracterizaciones
masculinas, en tanto las
mujeres aparecen en
grado mínimo,
mayoritariamente se
refiere a casos de
vínculos de colaboración
con la causa
independentista y al
quehacer artístico. Hay
ausencia casi absoluta
de retratos autónomos de
cubanas; solo tres
trabajos están dedicados
íntegramente a mujeres,
con la particularidad de
dar títulos a los
mismos. Ellas son: Rosa
la Bayamesa, Rita
Montaner y Rafaela
Chacón Nardi. Una sola
latinoamericana se
destaca en su obra con
estas particularidades:
Luz Gil.
Se advierte su simpatía
por la heroína
cotidiana, por la mujer
de pueblo, por la
artista entregada a su
país, a la defensa de su
cultura y de los valores
nacionales, con un
marcado énfasis en las
voces expresivas de la
cultura popular.
Aunque hay una zona de
sus reflexiones en la
prosa donde el
tratamiento a la mujer
aparece condicionado al
sexo masculino, en el
cual subyace un status
de pertenencia y
dependencia, atendiendo
a las relaciones
filiales, con énfasis
particular en su función
dentro del matrimonio,
desde una mirada
patriarcal, se observan
diferencias respecto al
tratamiento reservado
para la poesía; pues la
visión no aparece
asociada al sexo, como
elemento de placer, y a
la maternidad. Cuando se
refiere al ámbito más
íntimo y personal este
aparece vinculado a su
incondicional cuidado
del hogar y a la
formación de valores en
la familia.
Resalta en su prosa la
mujer asociada a un
vínculo social mucho más
pleno e íntegro, como un
ser creador, racional,
pensante y capaz de
emprender acciones a la
par del hombre,
fundamentalmente
aquellas asociadas al
proceso independentista,
a la defensa de los
valores éticos,
defensora de una noble
idea o de un ser capaz
de asumir retos
insospechados en
cualquier esfera de la
actividad humana,
equiparada a las
posibilidades del
hombre.
La caracterización de
estas féminas deja
entrever la visión de
una mujer participativa
y creadora, que rompe
esquemas tradicionales
como es el caso de Rosa
la Bayamesa, Valentina
Tereskova o Ángela Davis.
La focalización de los
retratos no está en el
físico, en la belleza o
en la sensualidad sino
en su accionar, en la
obra legada, en su
participación social.
Su belleza radica en los
nexos con la realidad
circundante, vínculo que
le permite enaltecer sus
valores éticos.
La connotación con que
es trabajada la imagen
de la mujer en sus
prosas, a diferencia de
la lírica, aparece muy
vinculada y exacerbada
en lo referente a
aquella zona poco
abarcada y
excepcionalmente tratada
en su poemario La
rueda dentada, en
los poemas dedicados a
Ángela Davis, Amelia
Peláez y Nancy Morejón,
mujeres extraídas del
mundo real, de la
cotidianidad y de su
contemporaneidad,
trasladas a su creación
lírica con una mirada
integradora, pletórico
de admiración por estas
figuras que constituyen
símbolos.
Se observa una manera
muy peculiar de asumir
los perfiles de las
personalidades que
caracteriza. Le interesa
a Guillén como propósito
fundamental de sus
caracterizaciones
resaltar el mérito, las
cualidades que enaltecen
a cada una de las
figuras retratadas, de
manera que su énfasis
radica en acentuar y
promover aquellos rasgos
enaltecedores de sus
actuaciones, portadores
de las virtudes más
altas, los cuales pueden
encontrarse en las
grandes figuras de
nuestra historia y
cultura y en las otras
figuras poco conocidas,
encarnadas en el hombre
o mujer de pueblo, cuyas
actuaciones y obra puede
servir de modelo a sus
semejantes, por su
entrega a la humanidad,
por su defensa de una
cultura auténtica y
genuina por su obra
humana en función del
quehacer y bienestar de
la humanidad.
En Guillén, el
periodismo es una fuente
de expresión de su
retratos, por lo que
aquellos rasgos que
identifican el género,
fundamentalmente la
crónica de inicios del
siglo XX está presente
en su forma de realizar
la escritura, impregnada
de carácter renovador,
de la hibridez del
género cuya pauta trazó
el modernismo. Por ello,
en su periodismo no
predominan los retratos
autónomos, sino que la
hibridez debe ser
entendida en la fusión
de las características
propias del lenguaje
periodístico, que sus
retratos o semblanzas
aparecen realizadas
dentro de trabajos
periodísticos cuyas
características
responden a la crónica
de remembranza, el
artículo histórico y de
costumbres y el
reportaje. Esta hibridez
está presente ya sea en
aquellos trabajos que se
dedican por completo a
una figura o si
constituye un elemento
secundario, subsumido
dentro de otro tema. En
el primer caso,
prevalece el retrato y
la semblanza biográfica
y en el segundo caso, lo
que predomina es la
etopeya.
Al Guillén periodista
no le interesa realizar
una fotografía de la
persona. Solo esboza
algunos rasgos físicos o
somáticos, seleccionados
de forma intencional con
el interés de resaltar
su grado de pertenencia
a una raza, status
social, a una cultura de
profundo mestizaje. O
por otro lado aspectos
físicos que acentúan o
revelan características
personológicas,
psíquicas, vinculadas a
valores éticos, de allí
su recurrencia por la
etopeya.
Resaltan como constantes
caracterizadoras: la
obra legada a la
humanidad,
reconocimiento de la
figura en el contexto de
su época, la vigencia de
su pensamiento y la
actualidad periodística
como noticia del
retratado. Gusta de
adornar los retratos de
lo anecdótico, para ello
utiliza el testimonio de
quienes conocieron a las
figuras caracterizadas
en función de resaltar
un aspecto esencial, el
que más valor le concede
a la personalidad. Gusta
reforzar, con menos
regularidad, sus
valoraciones con
criterios vertidos en la
prensa por otros
articulistas,
fundamentalmente si son
coetáneos al
caracterizado. Gusta de
construir sus perfiles a
base de polaridades que
pueden ser de género,
generacionales, valores
cívicos y éticos.
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