Año VIII
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Presencia de la mujer en
Prosa de prisa
, de Nicolás Guillén

Ernestina Hernández Bardanca • La Habana

Fotos: Kike (La Jiribilla)

 

Nicolás Guillén, artista de reconocido prestigio en Cuba y el contexto universal, aporta a la literatura de habla hispana, junto a su fecunda obra lírica, una intensa producción periodística, que iniciada en sus años de juventud en su Camagüey natal, resurge a partir de su estancia en La Habana y se consolida en cada una de las etapas de su accionar como hombre y artista comprometido con su tiempo.

Si bien, como señalara su más importante biógrafo, Ángel Augier:

        /…/ el gran poeta ha monopolizado la personalidad reconocida, la imagen  generalizada del autor /…/ con el gran poeta existe un gran prosista /…/ cuya labor simultánea y en cierta medida subalterna, que se ha ido haciendo en el oleaje de cada día, habitualmente se le asigna el mismo destino efímero del periódico en cuyas hojas volanderas quedó estampada.[1]

Sin embargo, su loable oficio de periodista no puede ser considerado efímero, no solo por su excelente dominio de los disímiles registros que de este género alcanzó sino por la variedad temática que caracterizan sus artículos.

Entre estos temas se destaca el interés por mostrar  su visión acerca de los hombres y mujeres, de cualquier ámbito geográfico,  que en el devenir de sus vidas contribuyeron al desarrollo de algunas de las aristas de la cultura de su tiempo y coadyuvaron a conformar el rostro identitario de una región.

Puede señalarse que en sus prosas aparecen referidas personalidades de diferentes partes del mundo, con predominio del área latinoamericana y caribeña, no obstante encontrarse una ínfima parte caracterizada. Aunque es evidente el predominio de las figuras masculinas no deja de estar presente la alusión a la mujer en la voz de un hombre que reserva para su obra en prosa otras miradas de la mujer que difieren de la lírica. A diferencia de su poesía ahora la presenta contextualizada en un ámbito geográfico y sociohistórico determinado, ya no es la mujer abstracta trasladada al mundo figurado de la creación poética sino que este nuevo ser aparece nominado y se concretiza. El prosista alza su voz en defensa de aquellas mujeres a las que admiró o conoció a lo largo de su periplo latinoamericano y caribeño. Son mujeres con una identidad propia, que se erigen como símbolos de actuación humana, en vínculos con su contexto social y cultural por lo que aparecen ante la mirada del lector un spectrum variado de estratos sociales y ocupaciones.          

Si bien su pensamiento se desarrolla dentro de los cánones culturales de una sociedad patriarcal, en su prosa se evidencia el espíritu de un hombre que busca dentro de su contexto un lugar para la mujer, fundamentalmente la mujer de su raza, por lo que al igual que el sujeto lírico de su poesía se sitúa no por encima de ellas sino a su lado, en su lucha por una equidad racial y humana, al reconocerle valores genuinos no solo desde el punto de vista estético, sino que proyecta a la mujer fuera del círculo del hogar y la ubica inmersa en su actividad social para hacernos visible su historia, sus creaciones. La mujer deja de ser vista solo como objeto para mostrárnosla como sujeto social y como sujeto de la creación;  de allí su preferencia  por sus contemporáneas más que por las féminas de épocas anteriores.

No obstante la alusión a figuras cubanas y latinoamericanas del siglo XIX, aunque minoritaria, no está ausente de sus páginas y de manera excepcional se registra una referencia al siglo XVII, a través de la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, a la que no se caracteriza, pero cuya mención en el desenlace o conclusión del retrato realizado al colombiano Candelario Obeso establece vínculos temáticos entre la obra de varios escritores del continente, que como la suya propia refieren una tradición en la lírica de esta región: la presencia del negro y el empleo deformado de la prosodia de los negros africanos en la que también se inserta una zona de la obra de esta mujer que rebasó y se enfrentó al canon imperante en su época para legarnos una obra que surge del sacrificio que tuvo que vencer como escritora y como ser humano.

Su interés por las féminas decimonónicas se centra en la mujer como personaje histórico. Su prosa refiere aquellas figuras vinculadas a las gestas libertarias: María Cabrales, Rosa la Bayamesa, Mariana Grajales y Amalia Simoni.  De las mujeres relacionadas con el quehacer de la patria predomina la visión de la mujer en función de su condición de esposa abnegada las patriotas Amalia Simoni, María Cabrales y madre sacrificada, Mariana Grajales. Estas figuras aparecen vinculadas al retrato del hombre, en este caso a la semblanza de los héroes Ignacio Agramonte y Antonio Maceo, para acentuar el perfil masculino y destacar el papel de apoyo que la mujer independientemente de su condición de clase o raza jugó en relación con el esposo y los hijos, su entrega a los ideales patrios como expresión de altísimos valores: el heroísmo, la fidelidad, el patriotismo y como formadora de los más altos valores éticos en su descendencia.

No escapa en el enfoque de esta época la referencia a la mujer en su condición de madre, esposa o hermana, según los cánones establecidos por el siglo XIX, no solo para ofrecer su visión del héroe sino del artista. En este sentido aparecen 11 referencias a mujeres cuyo punto de interés no está propiamente en ellas, sino en la figura masculina objeto de reflexión. Tal es el caso de los retratos realizados a Bola de Nieve, Manuel Navarro Luna, Martín Morúa y Claudio Brindis de Salas, cuyas imágenes se refuerzan a partir de la familia.

También resulta coincidente, respecto a las cubanas, el tratamiento de la imagen de la mujer latinoamericana supeditada al hombre. Tal es el caso de las menciones referidas a: Inés y María Portinari, hermana y esposa del pintor; Matilde Urrutia, la esposa de Neruda y Marilú Silveira, esposa del vicegobernador brasileño Pelópidas Silveira. O bien por su condición de madre a la mexicana María Trinidad Berumen y la colombiana Concepción Escaurize, las cuales están referidas y no caracterizadas. De esta misma forma se comporta la referencia a  María Mantilla, la cual aparece en función del trazado humano que hace de Martí, al que presenta como un ser de carne y hueso en su condición de hombre y no en la del héroe. En este caso la imagen de la Mantilla está asociada a un rasgo de su espíritu: el gusto por las artes y en especial su apasionamiento por la música, rasgo distintivo entre ambos seres.

En uno y otro caso, aunque el periodista alude a un contenido social, en estos ejemplos se evidencia de manera persistente los rasgos patriarcales establecidos en nuestra herencia cultural de raíz hispana, al asumir el canon judeocristiano, a lo cual se añadió la imposición de valores tribales provenientes de las culturales africanas llegadas a América que se instauraron en nuestro ámbito social y cultural. De allí los códigos de conducta implícitos tanto en las familias blancas como en las negras o mestizas, de cualquier región de la isla independientemente del estrato social.     

No obstante en el seno de las familias comprometidas con el proceso independentista la mujer se manifestó de forma activa contra la autoridad colonial y fue partícipe del proceso insurreccional, al compartir junto al hombre las penurias de la manigua y del campo de batalla, lo cual contribuyó al fomento del espíritu de liberación e independencia que se iría forjando en el alma femenina. Atendiendo a ello Guillén muestra como un componente imprescindible en el proceso de configuración de la nacionalidad cubana la presencia del ser negro y tiene la intención de que se reconozca con justeza que en ese mismo proceso  participó la mujer, independientemente de su raza. Enaltece para la historia el proceder de estas féminas, olvidadas por su condición racial, como genuinas representantes de la estirpe mambisa.

En este sentido se destaca del conjunto de perfiles delineados la figura de Rosa Castellanos como la más reiterada en su prosa con cuatro menciones. Una de ellas llega es el artículo donde aparece retratada mediante una semblanza biográfica, el cual constituye el único perfil femenino que se erige como símbolo del quehacer de la mujer en el proceso independentista.  A diferencia de otros este retrato tiene la particularidad que está hecho, no a una mujer blanca, de la clase burguesa, que sigue a su esposo y se incorpora a la manigua; sino a una mujer del pueblo, sencilla, por demás negra y soltera, hija de esclavos nacida de vientre libre, lo que demuestra el interés de nuestro Poeta Nacional por enaltecer un paradigma ignorado y bastante olvidado cuando se trata de escribir la historia: el de la racialidad  y dentro de él la condición del género.

El artículo publicado en 1949 es un trabajo periodístico agudo que se inicia y cierra con una profunda crítica: “Hay en nuestras guerras de independencia muchas figuras no estudiadas cuyo perfil se desvanece paulatinamente, y los cuales acabarán por desaparecer si el interés de los cubanos no lo remedia /…/ Una de esas figuras es Rosa, La Bayamesa, cuyo recuerdo en ruinas urge reconstruir”[2]. Más adelante, en el cierre del artículo, el periodista increpa al interlocutor mediante una interrogante que trasciende el contexto de sus coetáneos para ubicarlo en al contemporaneidad: “¿Qué queda hoy de ella? El título de una calle, un puñado de polvo /… / nada. La historia, tan llena de pasiones, de falsedades y prejuicios, ni siquiera mienta su nombre, Rosa La Bayamesa se esfuma, se pierde, se deshace /…/”[3] 

No puede negarse la identificación de Guillén con esta mujer, a la que estuvo vinculada su familia, pero cuya admiración nacida en el seno del hogar, según se recuerda en sus memorias, trasciende y se desborda en un reclamo a los historiadores, a reconstruir los hechos a partir de múltiples miradas. Es por ello que hoy su escritura, permanece vigente y no ha perdido la frescura, ni la intención con que puede pensarse que haya sido escrito: Dar un lugar a los olvidados, a las “figuras menores”, a la voz del pueblo, cuya contribución fue medular y sin la cual los líderes ni las grandes figuras pudieron sobrevivir, sin la cual no pudiese hablarse de las grandes personalidades de nuestra historia nacional y local.

Es también meritorio destacar en este retrato la importancia que el periodista  le da a la historia oral como reservorio de tradiciones. La imagen y lo poco que se conoce de esta mujer ha llegado a la actualidad a través de lo que cuentan quienes la conocieron durante la guerra y la República y lo poco de que pueden dar fe algunos documentos escritos. Como aspectos reveladores de su forma de construir las caracterizaciones se manifiesta la ubicación de la figura en su contexto epocal, resaltándose en este retrato una característica de sus semblanzas: el uso del a heteroglosia, construida a partir de la inserción del texto ajeno, al incorporar los juicios de contemporáneos que la conocieron, o insertar datos referidos en documentos de la época y también mediante el uso de la hibridación de voces donde se entremezcla la voz de la biografiada y la voz de su coetáneo dentro del discurso biográfico.

En el perfil que se traza de este retrato su interés en el aspecto físico solo estará en función de acentuar su personalidad, cualidades morales y de su carácter. De ella lo que más le interesaba es su fortaleza viril, calificativo no peyorativo, ni minimizador de sus cualidades femeninas, sino utilizado en función de resaltar un rasgo predominante de su personalidad y una cualidad ética que sobresale: el honor: “Fuerte de espíritu tanto como de cuerpo, llevaba sus insignias con el mismo decoro, con igual propiedad que el más valiente de los hombres”,[4] con lo cual equipara su actitud a la de cualquier hombre, ya que en el contexto decimonónico estos atributos, el escenario público y fundamentalmente el político estaban reservados para la figura varonil.  

No deja de reconocer en ella la labor propia de la mujer, la que le estaba más reservada acorde al canon del siglo XIX, así como su ingenio en las difíciles condiciones de la manigua, la bondad de su alma para el cuidado y alimentación de los enfermos, de sus ropas, para la siembra de las hierbas medicinales y la cría de las aves.       

Otro aspecto revelador en este retrato es el reconocimiento a las habilidades y dominio que desarrolló esta mujer en su oficio de enfermera, en el conocimiento de la flora medicinal cubana, en las características de las enfermedades de la manigua, su acertado tratamiento para sanear heridas y sostener un hospital de sangre en condiciones tan inhóspitas, de allí que haya alcanzado reconocimiento y fama en su época. Justo calificativo el que le adjudica Guillén, a esta mujer sin estudios académicos, al llamarla docta, por su sabiduría natural, refiriéndose a su desempeño en este oficio, vetado para la mujer de su época y en especial para la de la raza negra.

La otra mujer de pueblo de la que ofrece una pincelada caracterizadora, apenas un esbozo, es Bárbara Ayllón, madre de Lino Dou. En ella destaca la belleza de la mujer humilde, de una mestiza: “mujer venida de africana y mulato: Bárbara Ayllón, fino tipo de belleza negra.”[5] Pero también realza la imagen de una mujer digna, madre abnegada y honesta, que como tantas de su condición y raza asumieron una relación consensual con un blanco español, de cuyo vientre germinaría el fruto del amor, fruto que marcaría el carácter mestizo de nuestra cultura y que no demerita su condición de mujer.   

De manera excepcional solo aparece una caribeña, de la región de Haití, la dueña del hotel donde se hospedó durante su estancia en este país, cuando fue invitado por Jacques Roumain: La Sra. Rouzier a quien califica de excelente y de la que guarda un grato recuerdo, de agradecimiento por la excelencia de su oficio, dado a través de la caracterización y cualidades atribuidas a la casa de huésped: "simpática, limpísima y familiar".

Al prosista Nicolás Guillén también le interesa la mujer como objeto y sujeto de la creación. No escapa a sus páginas periodísticas, aunque escasamente abordada en este género, la mirada que predomina en su poesía acerca de la mujer como ideal de belleza, principalmente recrea la belleza ancestral de la mujer negra a la que caracteriza de provocativa, llena de erotismo, como un patrón que difiere del estereotipo occidental, a la que cantaron trovadores y poetas de la conocida vertiente folclorista y a la que no escapa el poeta en sus libros iniciales y que nos hace recordar textos de Motivos de son y Sóngoro Cosongo.  

Con esta zona de su creación se relaciona el obituario a Manuel Corona, escrito desde las páginas de El Nacional de Caracas y editado en el Semanario Habanero, en el cual alude a Longina O’ Farrill, mujer de existencia real, a la que recuerda en su belleza física: “mujer de cuerpo flexible, negra de altos senos y ojos relampagueantes”, resaltando aquellas partes de su cuerpo llenas de sensualidad, cuya gracia llama la atención del trovador, inmortalizándola en su canción Longina.

El periodista recurre nuevamente al uso de la heteroglosia, en la construcción del perfil de Corona, al incorporar fragmentos de su canción y la opinión que esta mujer de pueblo ofrece acerca de quien la inmortalizó, mostrándola como una mujer sencilla y agradecida a Corona por haberla convertido en creación: “Estaba y estaré agradecida a él. Corona ha muerto, pero la mujer que le inspiró una de sus mejores  canciones está viva y lo recordará sin cesar. En cierto modo él me inmortalizó.”[6]  

En cuanto a la mujer como sujeto de la creación el cúmulo de figuras mencionadas se encuentran en el siglo XX. No obstante no escapa a su mirada, de manera excepcional, la referencia a dos mujeres decimonónicas: Gertrudis Gómez de Avellaneda y Luisa Pérez de Zambrana, aludidas a través de breves pinceladas referidas a la trascendencia de su obra en el homenaje que le rindiera a Rafaela Chacón Nardi en la Asociación de Reporteros, luego publicado en el Magazine de Hoy.

A diferencia del intenso retrato que Martí les dedicara en su quehacer periodístico, Nicolás Guillén no contrapone a estas dos figuras poéticas como paradigmas expresivos de una u otra vertiente del romanticismo cubano. Para él ambas poetisas forman parte de nuestra tradición literaria, del espíritu renovador que caracterizó la lírica cubana desarrollada por voces femeninas que le impregnaron su acento particular, a partir de sus experiencias personales y acorde al contexto que cada creador vive, y a cuyos orígenes había que volver para entender la líneas de continuidad de las voces femeninas de la lírica  actual.

El caso de La Avellaneda resulta más reiterado en su obra. Varios trabajos periodísticos redundan sobre una misma idea: su importancia como una de las voces fundacionales de la poesía cubana, junto a poetas como Heredia, Martí y Plácido; pero cuya obra se hace necesario divulgar mediante ediciones críticas, a diferencia de otros poetas que a lo largo de la historia de la literatura cubana y latinoamericana tuvieron mayor promoción entre sus coetáneos y en la contemporaneidad; ya que su conocimiento “/… / son  enigmas que permanecen circunscritos, salvo el caso de Martí,  en zonas muy restringidas de la inteligencia general”.[7]

En relación con las mujeres cubanas correspondientes al siglo XX se observa un mayor interés por una variabilidad de oficios vinculados con el quehacer cultural, de lo cual dan muestra las doce referencias a féminas relacionadas con el arte: escritoras, bailarinas, cantantes, pintoras, están presentes en sus páginas. 

Entre ellas pueden señalarse la etopeya realizada a Mirta Aguirre como expresión de una mujer incansable en su quehacer cotidiano de La Gaceta del Caribe, nos la muestra como paradigma de la mujer intelectual y como símbolo de una voz íntima de la vertiente social en Cuba, con una obra comprometida con su pueblo.  O bien la brevísima pincelada referida a Alicia Alonso, a quien a pesar de mencionar solo una vez en sus prosas, caracteriza acertadamente con solo un calificativo: egregia, lo que denota el poder de síntesis propio de su lenguaje periodístico. O cuando al referirse a Amelia Peláez lo que resalta de esta personalidad, como de tantas otras, no es siquiera su físico, ni sus cualidades humanas, sino su mirada se centra en algo más profundo, lo que trasciende más allá del ser: su legado, la obra impregnada de un nuevo lenguaje de nuevas connotaciones estéticas: “cuyos bodegones naturalistas bañados en jugos ácidos”[8] abrieron un camino hacia el arte moderno. Eso son estas mujeres, expresiones del arte de vanguardia que revolucionaron su época, a partir de sus expresiones singulares de lo nacional inmersas en lo universal.

De las mujeres artistas solo a tres les realizó semblanzas. Ellas fueron: las cubanas Rita Montaner y Rafaela Chacón Nardi,  quienes aparecen mencionadas seis y tres veces, respectivamente, en sus prosas y la latinoamericana Luz Gil. A cada una le dedicó un artículo.

El trabajo dedicado a Rita Montaner se publica en 1942, a raíz de un homenaje que se le iba a realizar en La Polar cuando ya era una artista afamada y reconocida, fundamentalmente en el extranjero. Su perfil se erige como el de una artista de auténtica cubanía, expresión genuina de la síntesis de la nacionalidad, dotada de cualidades excepcionales, de allí los justos calificativos, apelativos a su origen y talento, usados por el periodista y por los que se le reconoció en su época y ha trascendido a la posteridad: “Rita de Cuba y Rita la Única /…/ no hay tan adecuado modo de llamarla, si ello se quiere hacer con justicia. “De Cuba”, porque su arte expresa hasta el hondón humano lo verdaderamente nuestro; “La Única”, pues solo ella, y nadie más, ha hecho del “solar” habanero, de la calle cubana, una categoría universal”[9];  lo que hacen de ella y de su arte un ser irrepetible, caracterizada por la singularidad y la autenticidad.

Guillén encuentra en la expresión de su arte un alma gemela a la suya, equivalente a su quehacer poético, de allí su admiración. Del perfil que traza apenas se dan rasgos físicos, los que aparecen están en función de resaltar su pertenencia a una raza, para ello alude de manera directa al color de su piel: “divina mulata”; expresión del mestizaje no solo racial sino cultural. Mediante las características  atribuidas a su voz,  su cintura y sus ojos, a través de metáforas alusivas al cuerpo y al espíritu se caracteriza su arte como representativo de la cultura de los marginados, en cuyos atributos se autorreconoce el sentimiento y la voz de la cultura popular: /…/ “el pueblo cubano sabe mirarse en ella como en un espejo, y que en la negra voz y en la cintura metálica y en los ojos calurosos que su gloria ha paseado en triunfo por los más altos escenarios del mundo, está presente el corazón prieto y apretado de nuestra Isla.”[10]        

La otra mujer cuya semblanza ocuparía sus páginas periodísticas sería Luz Gil, bailarina del Alhambra, veracruzana radicada en La Habana. Cuatro menciones se registran sobre esta artista y de ellas resalta el hermoso obituario que le dedicara el poeta en el año 1963. Es esta la única mujer latinoamericana en la que se detiene minuciosamente en sus características físicas y de la cual realiza un retrato con el propósito de dejar claro la atracción que por su belleza esta mujer despertaba en los hombres en sus años juveniles, lo que la hizo merecedora de la admiración masculina para quienes se erigió en un símbolo erótico. Unido a ello el periodista enfatiza en otras facetas de su carácter que contribuían a monopolizar su atención: el genio chispeante y vivo, el comentario picante, la conversación dada a la anécdota, lo que hizo de ella una genuina representante del gracejo criollo, cuyas cualidades el prosista resume en sus expresiones: “¡Qué Luz Gil! ¡Tremenda Luz Gil! ¡Esta Luz Gil!”. [11]

Sin embargo, resulta interesante la distinción que Guillén establece el periodista entre la Luz Gil mujer y la actriz del teatro Alhambra para acentuar el carácter dignificante  y la integridad moral de la artista que supo darse a respetar por sus coetáneos y por el público que tanto le admirara, estableciendo una distinción entre la vida y las peculiaridades de este tipo de teatro “/.../cuya fama de atrevido y aun pornográfico era hija de la mojigatería de quienes jamás pusieron los pies en él.”[12] Ello evidencia un marcado interés por resarcir la condición humana de la mujer y su lucha contra prejuicios sicosociales latentes en su contexto.

De manera general puede valorarse que el mayor porcentaje de interés de las personalidades valoradas lo ocupa Cuba, sus coterráneos, lo que habla de su sentido de lo nacional y la preocupación por los avatares de su país y de aquellos hombres y mujeres que por su quehacer vital contribuyen a enaltecer y forjar nuestra cultura en distintas esferas de la vida. Sin embargo, no por ello puede decirse que sus inquietudes quedaron circunscritas a lo local, ya que Latinoamérica y en menor escala el Caribe ocupan un lugar en sus prosas, como parte de una región histórico cultural, matizada por la diversidad; pero en la cual se encuentran puntos comunes, pensamiento, actitudes similares en los hombres que hacen la historia de cada uno de los países a los que corresponden las figuras por él abordadas y en las que se observa una estrecha relación entre su predominio con aquellos países y lugares que pudo visitar y permanecer más tiempo: Brasil, México, Venezuela, Haití, Colombia, Chile  y Argentina.

Se observa un predominio de caracterizaciones masculinas, en tanto las mujeres aparecen en grado mínimo, mayoritariamente se refiere a casos de vínculos de colaboración con la causa independentista y  al quehacer artístico. Hay ausencia casi absoluta de retratos autónomos de cubanas; solo tres trabajos están dedicados íntegramente a mujeres, con la particularidad de dar títulos a los mismos. Ellas son: Rosa la Bayamesa, Rita Montaner y Rafaela Chacón Nardi. Una sola latinoamericana se destaca en su obra con estas particularidades: Luz Gil.

Se advierte su simpatía por la heroína cotidiana, por la mujer de pueblo, por la artista entregada a su país, a la defensa de su cultura y de los valores nacionales, con un marcado énfasis en las voces expresivas de la cultura popular.

Aunque hay una zona de sus reflexiones en la prosa donde el tratamiento a la mujer aparece condicionado al sexo masculino, en el cual subyace un status de pertenencia y dependencia, atendiendo a las relaciones filiales, con énfasis particular en su función dentro del matrimonio, desde una mirada patriarcal, se observan diferencias respecto al tratamiento reservado  para la poesía; pues la visión no aparece asociada al sexo, como elemento de placer, y a la maternidad. Cuando se refiere al ámbito más íntimo y personal este aparece vinculado a su incondicional cuidado del hogar y a la formación de valores en la familia.

Resalta en su prosa la mujer asociada a un vínculo social mucho más pleno e íntegro, como un ser creador, racional, pensante y capaz de emprender acciones a la par del hombre, fundamentalmente aquellas asociadas al proceso independentista, a la defensa de los valores éticos, defensora de una noble idea o de un ser capaz de asumir retos insospechados en cualquier esfera de la actividad humana, equiparada a las posibilidades del hombre.

La caracterización de estas féminas deja entrever la visión de una mujer participativa y creadora, que rompe esquemas tradicionales como es el caso de Rosa la Bayamesa, Valentina Tereskova o Ángela Davis. La focalización de los retratos no está en el físico, en la belleza o en la sensualidad sino en su accionar, en la obra legada, en su participación social.  Su belleza radica en los nexos con la realidad circundante, vínculo que le permite enaltecer sus valores éticos.

La connotación con que es trabajada la imagen de la mujer en sus prosas, a diferencia de la lírica, aparece muy vinculada y exacerbada en lo referente a aquella zona poco abarcada y excepcionalmente tratada en su poemario La rueda dentada, en los poemas dedicados a Ángela Davis, Amelia Peláez y Nancy Morejón, mujeres extraídas del mundo real, de la cotidianidad y de su contemporaneidad, trasladas a su creación lírica con una mirada integradora, pletórico de admiración por estas figuras que constituyen símbolos.  

Se observa una manera muy peculiar de asumir los perfiles de las personalidades que caracteriza. Le interesa a Guillén como propósito fundamental de sus caracterizaciones resaltar el mérito, las cualidades que enaltecen a cada una de las figuras retratadas, de manera que su énfasis radica en acentuar y promover aquellos rasgos enaltecedores de sus actuaciones, portadores de las virtudes más altas, los cuales pueden encontrarse en las grandes figuras de nuestra historia y cultura y en las otras figuras poco conocidas, encarnadas en el hombre o mujer de pueblo, cuyas actuaciones y obra puede servir de modelo a sus semejantes, por su entrega a la humanidad, por su defensa de una cultura auténtica y genuina por su obra humana en función del quehacer y bienestar de la humanidad.

En Guillén, el periodismo es una fuente de expresión de su retratos, por lo que aquellos rasgos que identifican el género, fundamentalmente la crónica de inicios del siglo XX está presente en su forma de realizar la escritura, impregnada de carácter renovador, de la hibridez del género cuya pauta trazó el modernismo. Por ello, en su periodismo no predominan los retratos autónomos, sino que la hibridez debe ser entendida en la fusión de las características propias del lenguaje periodístico, que sus retratos o semblanzas aparecen realizadas dentro de trabajos periodísticos cuyas características responden a la crónica de remembranza, el artículo histórico y de costumbres y el reportaje. Esta hibridez está presente ya sea en aquellos trabajos que se dedican por completo a una figura o si constituye un elemento secundario, subsumido dentro de otro tema. En el primer caso, prevalece el retrato y la semblanza biográfica y en el segundo caso, lo que predomina es la etopeya.            

Al Guillén periodista  no le interesa realizar una fotografía de la persona. Solo esboza algunos rasgos físicos o somáticos, seleccionados de forma intencional con el interés de resaltar su grado de pertenencia a una raza, status social, a una cultura de profundo mestizaje. O por otro lado aspectos físicos que acentúan o revelan características personológicas, psíquicas, vinculadas  a valores éticos, de allí su recurrencia  por la etopeya.

Resaltan como constantes caracterizadoras: la obra legada a la humanidad, reconocimiento de la figura en el contexto de su época, la vigencia de su pensamiento y la actualidad periodística como noticia del retratado. Gusta de adornar los retratos de lo anecdótico, para ello utiliza el testimonio de quienes conocieron a las figuras caracterizadas en función de resaltar un aspecto esencial, el que más valor le concede a la personalidad. Gusta reforzar, con menos regularidad, sus valoraciones con criterios vertidos en la prensa por otros articulistas, fundamentalmente si son coetáneos al caracterizado. Gusta de construir sus perfiles a base de polaridades que pueden ser de género, generacionales, valores cívicos y éticos.        

Bibliografía:

Álvarez Álvarez, Luis y Margarita Mateo Palmer: El Caribe en su discurso literario. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2005.

Augier, Ángel: Nicolás Guillén. Notas para un estudio biográfico crítico. Universidad Central de Las Villas, Editora del Consejo Nacional de Universidades, 1965. T1 y T2.

Benítez, José A: Técnica periodística. La Habana, ediciones UPEC, 1971.

García Luis, Julio: Géneros de opinión. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1989.

Gargurevich, Juan. Géneros periodísticos. La Habana, Editorial Pablo de la Torriente, 1989.

Guillén, Nicolás: Obra poética. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002. TI, II.

: Páginas vueltas. Memorias. La Habana, Ediciones Unión, 1982.

: Prosa de Prisa 1929 – 1972. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1976. TI, II, III.  

: Sol de Domingo. La Habana, ediciones Unión, 1982.

Martín Vivaldi, Gonzalo: Curso de redacción. La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1982.

 : Géneros periodísticos. Madrid, Editorial Paraninfo, 1977.

Varela Aristigueta, Matilde: Los retratos de latinoamericanos en el periodismo de José Martí. Tesis para optar por el Grado Científico de Doctora en Ciencias Filológicas. Universidad Central de Las Villas. Facultad de Humanidades. Tutor: Dr. Sc. Luis Álvarez Álvarez, 2004.


Notas:

[1]
Ángel Augier: Prólogo, en: Nicolás Guillén. Prosa de prisa (1929 – 1972). La Habana. Editorial Arte y Literatura, 1975. /s.p./  (p. I)
[2] Nicolás Guillén. “Rosa la Bayamesa, En su: Prosa de prisa. La Habana.  Editorial Arte y Literatura, 1975. p 400. T1.
[3] Ibíd. p. 401.
[4] Ibídem. p. 402.
[5] Nicolás Guillén. “Estampa de Lino Dou”, En su: Prosa de prisa. La Habana. Editorial Arte y Literatura,
1975.
T1. p.270.
[6] Idem.
[7] Nicolás Guillén: “El dedo en la imprenta”, En su: Prosa de prisa La Habana. Editorial Arte y Literatura, 1975. p. 299. T2.
[8] Nicolás Guillén. “El ciclón en la palangana”, En su: Prosa de prisa. La Habana.  Editorial Arte y Literatura, 1975. p.284.  T1.
[9] Nicolás Guillén: “Rita de Cuba”, En su: Prosa de prisa La Habana. Editorial Arte y Literatura, 1975. p.249. T1.
[10] Idem.
[11] Nicolás Guillén. “Luz Gil”, En su: Prosa de prisa. La Habana. Editorial Arte y Literatura, 1975. T3. p114.
[12] Idem.

 

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