Año VIII
La Habana
del 3 al 9
de ABRIL
de 2010

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Premio nacional de cine para Raúl Pérez Ureta

Un homenaje a todos aquellos que ayudan a conformar
las imágenes de Cuba

Daniel Díaz Torres* • La Habana

 

Las palabras denominadas “de elogio” siempre tienen un cierto hálito formal, ceremonioso y más o menos predecible. Y por lo tanto, creo que va a ser difícil que logre comunicar la autenticidad de mis sentimientos y el placer que me produce compartir con ustedes esta noche mi personal panegírico de Raúl Pérez Ureta… quien sospecho aguarda con espanto que pretendan arrastrarlo a hablar. 
 

Curiosamente y considero que por fortuna Raúl no es un “teórico”, sin desdeñar tal categoría. No es alguien que se caracterice por especular o intelectualizar en exceso su manera sui géneris, íntima y profunda de involucrarse en cada proyecto fílmico, sea un sencillo documental (de los que tiene decenas) o un largometraje de ficción, de los que también cuenta con decenas. Que Raúl no siempre se sienta cómodo con palabras especializadas al estilo de “ménsulas”, o “actantes” o “intertextualidad polisémica” no implica en lo más mínimo que se abandone a ninguna apresurada improvisación o facilismo. Por el contrario, sus reclamos al asumir cada película de referentes plásticos, arquitectónicos, cinematográficos y literarios dicen muy claro sobre su imperiosa voluntad de conocimiento como artista, para involucrarse con todos sus sentidos en un proyecto. Que los inefables caminos hacia una consecución artística son infinitos, como los del Señor…

Desde Visa USA, su primer largo como director de fotografía hecho en Colombia y luego Otra mujer, su primera dirección de fotografía criolla, hasta su último trabajo en un documental para una realizadora cubana, tras la excepcional experiencia artística que es José Martí: El ojo del canario, Raúl se compenetra, se apasiona, sufre y disfruta con cada película, padeciendo tanto y a veces hasta más que el director, créanme. Y lo hace con un rigor y una contagiosa voluntad de exigir y exigirse que hacen sentir con inusual vitalidad el alma  del creador en cada encuadre, cada detalle de la luz y la sombra, cada movimiento que busca su justificación expresiva y dramática. Sí, es una extraordinaria capacidad de intuición creativa y artística, que sin el menor atisbo de engreimiento, con sencilla naturalidad, le conduce a encontrar esa angulación, esa ubicación de la luz, esa composición que trasmuta en arte la mirada. Donde pone el ojo, con una cámara, pone una visión artística.

Y particular mérito tiene que esa entrega y pasión estén siempre presentes en los trabajos que ha emprendido con todos, desde la anónima nota de un Noticiero ICAIC, obteniendo imágenes elaboradas que rebasan el simple registro reporteril, hasta sus documentales hechos tanto con nuevos directores, como con otros más experimentados. Quizá Raúl no recuerde estoy casi seguro que no las felicitaciones que le extendiera un gran fotógrafo cubano, Jorge Haydú, por una nota de tres minutos que hizo, excelentemente iluminada y fotografiada sobre el ilustre guitarrista español Paco de Lucía. Al artista lo habían confinado por cierto al Teatro América, tras un show de cabaret, y Raúl transformó de modo casi mágico ese lugar y ese momento. Y era una nota anónima porque ninguna iba acompañada del nombre de su fotógrafo…

Lo más destacable para mí es que ese empeño y rigor sean inseparables de una generosidad, entrega, compromiso con cada proyecto; una perceptible corriente de pertenencia, de sentir que se cuenta con el más fiel de los aliados y que estoy convencido de que es un sentimiento de agradecimiento que tienen hacia Raúl todos los realizadores y realizadoras que han trabajado con él y que somos muchos, pese a que Raúl siempre se ande quejando de que trabaja poco.

Y estoy seguro de que todos reconocemos y felicitamos que acompañe al talento tal actitud de solidaridad y sensibilidad humanas, porque estos, lamentablemente, no son siempre atributos acólitos de la brillantez artística.

Raúl, que yo recuerde, nunca ha dicho que no a ningún proyecto, sea de un cineasta en ciernes o de uno más avezado. Y además, ha tenido el coraje y la integridad de defender con honestidad ejemplar su participación en proyectos llamémosles eufemísticamente “complejos” o “malinterpretados”. Porque también, con responsabilidad y sin ingenuidad, los ha sabido hacer suyos y ha creído en ellos.

En ocasiones Raúl lo sabe su voluntad de autoexigencia le ha generado una pequeña y ocasional “mala fama” entre algunas áreas de producción: la de ser alguien que “sí, es muy bueno… pero quiere complicarlo todo”… o “enredar las cosas”.

Por fortuna, su encomiable y racional tozudez, envuelta en ocasionales matices de carácter refunfuñón, hacen imperar un criterio de calidad como medida de las cosas, que es lo que queda al final de valioso en cada obra cinematográfica.

Reconozco que no es este un tiempo muy favorable para hablar de paradigmas a seguir, donde muchos olfatean con sospecha la mala retórica en tales proclamaciones tanto se ha abusado y malgastado últimamente la palabra “ejemplo”. Quizá sea un remanente de nuestros añejos tiempos de la UJC el que me arrastra a expresar con sinceridad que Raúl sí es para mí un ejemplo de artista verdadero, humano, comprometido, solidario y amigo, aquel que todo director añora como compañero en la batalla que es cada película. No me cabe duda que estos son sentimientos compartidos por todos los realizadores y realizadoras que han tenido la suerte de trabajar con Raúl… que es alguien que siempre está y estará inconforme con lo que hace. Creo que el día en que Raúl diga que está contento y plenamente satisfecho con una copia final o una proyección, ese es el día en que debemos preocuparnos.

Su dialéctico penar ante las tristes proyecciones digitales y las copias de exhibición sentimiento parejo al de todos los que hacemos y tratamos de hacer cine en Cuba es muy razonable y nada quejoso. Por el momento es un problema inevitable, más allá de esta sala Chaplin. Pero como dice el agrícola refrán, “con estos bueyes hay que arar”. Y entonces, con tenacidad y bajo la bandera del entusiasta disgusto de Raúl, araremos. Porque parafraseando al Apóstol y excusen que a primera vista esta cita parezca “traída por los pelos” “La patria es ara y no pedestal”. Y eso, sin proclamarlo, lo sabe muy bien Raúl, que ha estado dispuesto a sacrificarse “en aras” de la calidad y el respeto a su trabajo y el de los demás. Que estuvo en el centro de la complicada guerra de Etiopía y en la Nicaragua sandinista. Que es uno de los pocos, para que sepan, que ha sobrevivido a caerse desde un avión en su época de sonidista (raro antecedente en un fotógrafo) y también a un mortífero accidente de carretera, del que obtuvo una plaquita metálica que quién sabe si al calentarse con los treinta y tantos grados de nuestros tórridos exteriores días ayude a hacer reverberar esa inagotable imaginación visual que tanto  agradecemos. Esa que está presente buscando un ángulo ideal por un pantanoso páramo de Tunas de Zaza; hundiendo las botas en el fango entre las montañas de la Sierra Maestra o el Escambray para encontrar un buen e irrepetible instante de luz; semisumergido en el río Toa para lograr esa composición única y óptima, o bajo el árido sol de Guane, allá por donde casi se acaba Pinar del Río y la Isla, recreando un encuadre como si fuera el más importante de su carrera… Incluso lo recuerdo, maneral de la cámara en mano, dispuesto a enfrentar a un grupo enardecido de “gusanos”, cuando un pequeño equipo del ICAIC fue abandonado en medio de un estadio tejano… Alguien debería rescatar de manera ordenada de la esquiva memoria de Raúl que a veces le lleva a confundir nombres de actrices el acervo inagotable de anécdotas y recuerdos, que son parte de la historia azarosa de nuestro cine.

Raúl, como los mejores maestros artesanos, cultores apegados a una calidad originaria, prefiere para filmar la supuestamente añeja película de 35 mm… como creo que también lo piensan la mayoría de los buenos fotógrafos. Sin embargo, cuando ha asumido con pericia y profesionalismo el cine digital, no se ha echado de menos el Raúl que conocemos. Ahí están Suite Habana y José Martí: El ojo del canario para dar fe de ello. Y con perdón de los defensores a ultranza del cine digital, es como si hubiera contaminado poéticamente de manera irremediable y cinematográfica esa cierta frialdad de la imagen electrónica, que casi siempre tan perturbada nos llega a través de DVD mal copiados, VCD descascarados o “memorias flash”. Es una pena, y perdonen la aparente digresión, que la inevitable y positiva popularización masiva del audiovisual con la arrolladora revolución digital venga acompañada de un acostumbramiento a la degradación de la imagen (y del sonido). No debería ser, y por eso son tan válidas las demandas de rigor al respecto por parte de Raúl y otros buenos fotógrafos. 

En este premio hay algo trascendental, digamos que un “extra”. Y es saber que Raúl lo siente de corazón compartido con todos aquellos otros grandes fotógrafos del cine cubano: los que están y aquellos que sin estar presentes han dejado su huella, de quienes aprendió con sencillez, como Jorge Herrera, Jorge Haydú o Pablo Martínez, con quien hiciera su primera operación de cámara en un largometraje. Lo comparte con todos sus compañeros de oficio, a quienes siempre defiende con envidiable tesón. Un premio que es suyo y a través de él, un homenaje merecido a todos aquellos que ayudan a conformar las imágenes de Cuba, de la Patria, de esta compleja y no acabada Revolución. Y a Raúl y a todos los que ayudan a definir esa visualidad que prefigura nuestra identidad como nación les queda aún mucho, pero mucho por hacer para seguir ampliando  artísticamente ese cinético mosaico ilimitado que es y será el cine cubano.

*Palabras del realizador Daniel Díaz Torres en el acto de entrega del Premio Nacional de Cine, efectuado en la sala Charles Chaplin, de la Cinemateca de Cuba, el 31 de marzo de 2010.     


LA JIRIBILLA NRO. 463

El maestro de las luces en Cuba
Joel del Río
La Habana
Si se observa con atención su filmografía, salta a la vista que Raúl Pérez Ureta ha contribuido sustancialmente a edificar un cine cubano visualmente contemporáneo, suculento, heterogéneo, interesado en quebrar la frontalidad y el estatismo, y en aportarle al espectador cierto desasosiego fructuoso. En sus mejores películas, este maestro de las sombras y las luces ha creado una estética contrastante y paradójica que se aplica a hermosear la infelicidad y a ensombrecer el júbilo.

Filmografía de raúl pérez ureta

 
 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
IE-Firefox, 800x600