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Las palabras denominadas
“de elogio” siempre
tienen un cierto hálito
formal, ceremonioso y
más o menos predecible.
Y por lo tanto, creo que
va a ser difícil que
logre comunicar la
autenticidad de mis
sentimientos y el placer
que me produce compartir
con ustedes esta noche
mi personal panegírico
de Raúl Pérez Ureta…
quien sospecho aguarda
con espanto que
pretendan arrastrarlo a
hablar.
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Curiosamente
—y
considero que por
fortuna—
Raúl no es un “teórico”,
sin desdeñar tal
categoría. No es alguien
que se caracterice por
especular o
intelectualizar en
exceso su manera sui
géneris, íntima y
profunda de involucrarse
en cada proyecto
fílmico, sea un sencillo
documental (de los que
tiene decenas) o un
largometraje de ficción,
de los que también
cuenta con decenas. Que
Raúl no siempre se
sienta cómodo con
palabras especializadas
al estilo de “ménsulas”,
o “actantes” o
“intertextualidad polisémica” no implica
en lo más mínimo que se
abandone a ninguna
apresurada improvisación
o facilismo. Por el
contrario, sus reclamos
al asumir cada película
de referentes plásticos,
arquitectónicos,
cinematográficos y
literarios dicen muy
claro sobre su imperiosa
voluntad de conocimiento
como artista, para
involucrarse con todos
sus sentidos en un
proyecto. Que los
inefables caminos hacia
una consecución
artística son infinitos,
como los del Señor…
Desde Visa USA,
su primer largo como
director de fotografía
hecho en Colombia y
luego Otra mujer,
su primera dirección de
fotografía criolla,
hasta su último trabajo
en un documental para
una realizadora cubana,
tras la excepcional
experiencia artística
que es José Martí: El
ojo del canario,
Raúl se compenetra, se
apasiona, sufre y
disfruta con cada
película, padeciendo
tanto y a veces hasta
más que el director,
créanme. Y lo hace con
un rigor y una
contagiosa voluntad de
exigir
—y
exigirse—
que hacen sentir con
inusual vitalidad el
alma del creador en
cada encuadre, cada
detalle de la luz y la
sombra, cada movimiento
que busca su
justificación expresiva
y dramática. Sí, es una
extraordinaria capacidad
de intuición creativa y
artística, que sin el
menor atisbo de
engreimiento, con
sencilla naturalidad, le
conduce a encontrar esa
angulación, esa
ubicación de la luz, esa
composición que trasmuta
en arte la mirada. Donde
pone el ojo, con una
cámara, pone una visión
artística.
Y particular mérito
tiene que esa entrega y
pasión estén siempre
presentes en los
trabajos que ha
emprendido con todos,
desde la anónima nota de
un Noticiero ICAIC,
obteniendo imágenes
elaboradas que rebasan
el simple registro
reporteril, hasta sus
documentales hechos
tanto con nuevos
directores, como con
otros más
experimentados. Quizá
Raúl no recuerde
—estoy
casi seguro que no—
las felicitaciones que
le extendiera un gran
fotógrafo cubano, Jorge
Haydú, por una nota de
tres minutos que hizo,
excelentemente iluminada
y fotografiada sobre el
ilustre guitarrista
español Paco de Lucía.
Al artista lo habían
confinado por cierto al
Teatro América, tras un
show de cabaret, y Raúl
transformó de modo casi
mágico ese lugar y ese
momento. Y era una nota
anónima porque ninguna
iba acompañada del
nombre de su fotógrafo…
Lo más destacable para
mí es que ese empeño y
rigor sean inseparables
de una generosidad,
entrega, compromiso con
cada proyecto; una
perceptible corriente de
pertenencia, de sentir
que se cuenta con el más
fiel de los aliados y
que estoy convencido de
que es un sentimiento de
agradecimiento que
tienen hacia Raúl todos
los realizadores y
realizadoras que han
trabajado con él
—y
que somos muchos, pese a
que Raúl siempre se ande
quejando de que trabaja
poco.
Y estoy seguro de que
todos reconocemos y
felicitamos que acompañe
al talento tal actitud
de solidaridad y
sensibilidad humanas,
porque estos,
lamentablemente, no son
siempre atributos
acólitos de la
brillantez artística.
Raúl, que yo recuerde,
nunca ha dicho que no a
ningún proyecto, sea de
un cineasta en ciernes o
de uno más avezado. Y
además, ha tenido el
coraje y la integridad
de defender con
honestidad ejemplar su
participación en
proyectos llamémosles
eufemísticamente
“complejos” o
“malinterpretados”.
Porque también, con
responsabilidad y sin
ingenuidad, los ha
sabido hacer suyos y ha
creído en ellos.
En ocasiones
—Raúl
lo sabe—
su voluntad de
autoexigencia le ha
generado una pequeña y
ocasional “mala fama”
entre algunas áreas de
producción: la de ser
alguien que “sí, es muy
bueno… pero quiere
complicarlo todo”… o
“enredar las cosas”.
Por fortuna, su
encomiable y racional
tozudez, envuelta en
ocasionales matices de
carácter refunfuñón,
hacen imperar un
criterio de calidad como
medida de las cosas, que
es lo que queda al final
de valioso en cada obra
cinematográfica.
Reconozco que no es este
un tiempo muy favorable
para hablar de
paradigmas a seguir,
donde muchos olfatean
con sospecha la mala
retórica en tales
proclamaciones
—tanto
se ha abusado y
malgastado últimamente
la palabra “ejemplo”.
Quizá sea un remanente
de nuestros añejos
tiempos de la UJC el que
me arrastra a expresar
con sinceridad que Raúl
sí es para mí un ejemplo
de artista verdadero,
humano, comprometido,
solidario y amigo, aquel
que todo director añora
como compañero en la
batalla que es cada
película. No me cabe
duda que estos son
sentimientos compartidos
por todos los
realizadores y
realizadoras que han
tenido la suerte de
trabajar con Raúl… que
es alguien que siempre
está y estará inconforme
con lo que hace. Creo
que el día en que Raúl
diga que está contento y
plenamente satisfecho
con una copia final o
una proyección, ese es
el día en que debemos
preocuparnos.
Su dialéctico penar ante
las tristes proyecciones
digitales y las copias
de exhibición
—sentimiento
parejo al de todos los
que hacemos y tratamos
de hacer cine en Cuba—
es
muy razonable y nada
quejoso. Por el momento
es un problema
inevitable, más allá de
esta sala Chaplin. Pero
como dice el agrícola
refrán, “con estos
bueyes hay que arar”. Y
entonces, con tenacidad
y bajo la bandera del
entusiasta disgusto de
Raúl, araremos. Porque
parafraseando al Apóstol
—y
excusen que a primera
vista esta cita parezca
“traída por los pelos”
—
“La patria es ara y no
pedestal”. Y eso, sin
proclamarlo, lo sabe muy
bien Raúl, que ha estado
dispuesto a sacrificarse
“en aras” de la calidad
y el respeto a su
trabajo y el de los
demás. Que estuvo en el
centro de la complicada
guerra de Etiopía y en
la Nicaragua sandinista.
Que es uno de los pocos,
para que sepan, que ha
sobrevivido a caerse
desde un avión en su
época de sonidista (raro
antecedente en un
fotógrafo) y también a
un mortífero accidente
de carretera, del que
obtuvo una plaquita
metálica que quién sabe
si al calentarse con los
treinta y tantos grados
de nuestros tórridos
exteriores días ayude a
hacer reverberar esa
inagotable imaginación
visual que tanto
agradecemos. Esa que
está presente buscando
un ángulo ideal por un
pantanoso páramo de
Tunas de Zaza; hundiendo
las botas en el fango
entre las montañas de la
Sierra Maestra o el
Escambray para encontrar
un buen e irrepetible
instante de luz;
semisumergido en el río
Toa para lograr esa
composición única y
óptima, o bajo el árido
sol de Guane, allá por
donde casi se acaba
Pinar del Río y la Isla,
recreando un encuadre
como si fuera el más
importante de su
carrera… Incluso lo
recuerdo,
maneral de la
cámara en mano,
dispuesto a enfrentar a
un grupo enardecido de
“gusanos”, cuando un
pequeño equipo del ICAIC
fue abandonado en medio
de un estadio tejano…
Alguien debería rescatar
de manera ordenada de la
esquiva memoria de Raúl
—que
a veces le lleva a
confundir nombres de
actrices—
el acervo inagotable de
anécdotas y recuerdos,
que son parte de la
historia azarosa de
nuestro cine.
Raúl, como los mejores
maestros artesanos,
cultores apegados a una
calidad originaria,
prefiere para filmar la
supuestamente añeja
película de 35 mm… como
creo que también lo
piensan la mayoría de
los buenos fotógrafos.
Sin embargo, cuando ha
asumido con pericia y
profesionalismo el cine
digital, no se ha echado
de menos el Raúl que
conocemos. Ahí están
Suite Habana y
José Martí: El ojo del
canario para dar fe
de ello. Y con perdón de
los defensores a
ultranza del cine
digital, es como si
hubiera contaminado
poéticamente de manera
irremediable y
cinematográfica esa
cierta frialdad de la
imagen electrónica, que
casi siempre tan
perturbada nos llega a
través de DVD mal
copiados, VCD
descascarados o
“memorias flash”. Es una
pena, y perdonen la
aparente digresión, que
la inevitable y positiva
popularización masiva
del audiovisual con la
arrolladora revolución
digital venga acompañada
de un acostumbramiento a
la degradación de la
imagen (y del sonido).
No debería ser, y por
eso son tan válidas las
demandas de rigor al
respecto por parte de
Raúl y otros buenos
fotógrafos.
En este premio hay algo
trascendental, digamos
que un “extra”. Y es
saber que Raúl lo siente
de corazón compartido
con todos aquellos otros
grandes fotógrafos del
cine cubano: los que
están y aquellos que sin
estar presentes han
dejado su huella, de
quienes aprendió con
sencillez, como Jorge
Herrera, Jorge Haydú o
Pablo Martínez, con
quien hiciera su primera
operación de cámara en
un largometraje. Lo
comparte con todos sus
compañeros de oficio, a
quienes siempre defiende
con envidiable tesón. Un
premio que es suyo y a
través de él, un
homenaje merecido a
todos aquellos que
ayudan a conformar las
imágenes de Cuba, de la
Patria, de esta compleja
y no acabada Revolución.
Y a Raúl y a todos los
que ayudan a definir esa
visualidad que prefigura
nuestra identidad como
nación les queda aún
mucho, pero mucho por
hacer para seguir
ampliando
artísticamente ese
cinético mosaico
ilimitado que es y será
el cine cubano.
*Palabras
del realizador Daniel
Díaz Torres en el acto
de entrega del Premio
Nacional de Cine,
efectuado en la sala
Charles Chaplin, de la
Cinemateca de Cuba, el
31 de marzo de
2010.
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