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En
los números 66 y 67
del
Papel Periódico de la
Havana,
correspondientes a las
ediciones de 18 y 21 de
agosto de 1791, queda
recogido, en el marco de
una “Carta al Redactor”,
un interesante relato en
el que tres sujetos
sostienen una discusión
en torno a un asunto
particular: en el
poblado de Puentes
Grandes, entonces en las
afueras de La Habana,
una crecida del río
Almendares ha destruido
durante el paso de un
ciclón los puentes de
madera; a esa sazón un
fraile, un mayoral y un
estanciero establecen un
diálogo, aparentemente
fortuito, sobre la
conveniencia de
establecer el pago de
peaje como procedimiento
para la recaudación de
fondos destinados a la
ejecución de obras
públicas, o si debe
mantenerse la
recaudación de cuotas
fijas para ello.
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Numerosos índices
discursivos permiten
afirmar que el texto nos
enfrenta no solo a una
simple disputa civil,
sino a un complejo
espacio de negociaciones
que en alguna medida
dibuja ya una primera
superficie identitaria
justo en el umbral en
que se produce ese
primer movimiento de
comprensión hacia la
nacionalidad, y que
otros estudiosos ubican
metafóricamente bajo la
forma de un “forcejeo”.
La tipología discursiva,
el diseño social y
lingüístico de los
sujetos que intervienen
en el diálogo, los
asuntos sobre los que
debaten, la persistencia
con que intentan
silenciar al otro,
configuran una red de
asignaciones semánticas
jerárquicas que
distribuyen de forma muy
clara los
posicionamientos de
autoridad en el texto y,
con ello, un primer
estado de derecho
ciudadano: el derecho a
la voz. A un año de
haberse iniciado la
experiencia de esta
publicación habanera, ya
han sido concebidos sus
principales ejes
discursivos: espacio
habanero, sujeto
ilustrado, afán
modernizador; y junto a
ellos la primera matriz
de nuestra identidad: el
cuerpo urbano.
La Habana y el habanero,
situados en el vórtice
de un peculiar contexto
histórico,
se construyen como los
primeros correlatos de
la “patria”, ese
nombramiento que será
vital en la organización
de un pensar en torno a
lo cubano y lo nacional,
e imponen un nivel de
relación inmediato entre
discurso y
territorialidad. El
incremento significativo
de las publicaciones
periódicas que tiene
lugar entre 1795 y 1844
habla suficientemente de
la necesidad urgente de
armar ese cuerpo a
partir de los fragmentos
dispersos en el modelo
colonial. Ese organismo
comienza a adquirir
rasgos peculiares hacia
la primera mitad del
XIX, una vez que se
concreta el paso del
enfoque singular del
costumbrismo a un
análisis mucho más
sistemático de la
ciudadanía como el que
tiene lugar en la
actividad del grupo
delmontino y el
pensamiento de José
Antonio Saco, o el que
ilustra de forma diáfana
una comparación entre la
visión habanera de los
primeros grabadores —esa
visión aérea, global,
arqueológica en cierto
sentido—, frente a la
imagen profundamente
antropológica de la vida
urbana que alcanzan las
representaciones de
Miahle y Landaluze.
Campo y ciudad, lo
urbano y lo rural,
cerebro y corazón: la
oposición que sirve de
título al primer
poemario de Guillén,
dibuja ya una clara
antinomia para el
contexto decimonónico.
En términos generales,
lo que trato de señalar
es cómo, desde ciertos
espacios típicos de la
representación citadina,
en especial el espacio
esencialmente dialógico
y estructurador de la
prensa, puede diseñarse
también un imaginario
del cuerpo, con sus
extensiones políticas,
con su candorosa
economía, sobre el cual
trazar el mapa más o
menos claro de la
identidad y la nación.
Política y economía del
cuerpo, he ahí dos
extremidades de cierta
importancia, en tanto
determinan las
sujeciones de ese
organismo: en primer
lugar la observancia de
la Ley, ese nivel de
violencia corporal,
correctivo permanente de
los comportamientos y
las prácticas (del
lenguaje y la
literatura, de la moda y
de los modos); en
segundo, y no por menos
importante, el uso
cultural de la
naturaleza (el filtro
del logos: raciocinio de
la experiencia,
ritualización del sexo,
mitificación de la
historia). No creo que
sea irrelevante destacar
este modelo muy general
del pensamiento
euroccidental en el que
se enmarañan nuestras
primeras señas de
identidad, un mapa en el
que Hegel, tal y como
reconocía Eduardo Torres
Cuevas en la sesión
inaugural de este
Coloquio, asienta
definitivamente el
paradigma cartesiano del
sujeto como principio
estructurador de la
sociedad moderna: un
sujeto que “es”, ante
todo, porque piensa y
cuyo mundo, por lo
tanto, tiene que ser
necesariamente, un mundo
razonado y
racionalizado, un mundo
gobernado
invariablemente por la
idea.
Creo que es este un
condicionamiento
esencial para entender
muchos de los
desajustes, de los
desfasajes e
incongruencias que
experimenta una
arqueología o genealogía
intelectual de lo
cubano, en tanto ese
suceso, tal y como
ilustra la posición del
propio Guillén y junto a
él la de muchos de los
intelectuales que
participan de la
refundación del
pensamiento nacional en
el entorno republicano,
denota recurrencias
súbitas, tangencias
inesperadas, adelantos
furtivos o paradojas que
desarticulan por
completo un enfoque
lógico y cronológico de
un proyecto de identidad
común, cuyo punto más
álgido se expresa,
quizá, en el choque
culturalmente violento
entre las geopoéticas de
Lezama y Piñera, entre
la “fiesta innombrable”
y “la maldita
circunstancia del agua
por todas partes”.
Me he permitido esta
digresión inicial en
tanto la formulación que
sirve de título a este
texto, más que imponerle
una frontera traza una
línea de fuga hacia un
modo discursivo
guilleniano que, según
pienso, logra
escabullirse,
desembarazarse de esas
asignaciones y
jerarquías que una
práctica histórica
parecía reservarle y
entrar a jugar entonces
con un valor siempre
potencial de la
escritura, con una
despolitización de su
pensamiento y con el
diseño de un cuerpo
social dinámico y
transgresor cuya
evolución estaría
marcada por estancias
sucesivas que van del
sujeto civil al
ciudadano, de ahí a la
identidad cubana y con
ella a la nacionalidad,
en un marco de
relaciones que no opera
necesariamente en
función del encuadre,
sino que puede actuar
también como proceso
centrifugador de la
cultura y el
entendimiento de esta no
como un cierre, sino
como crecimiento
permanente que avanza
hacia la adhesión de su
afuera.
A grandes rasgos
pudieran distinguirse
algunos modos
fundamentales de la
perspectiva, llamémosle
así, de Guillén sobre la
ciudad y lo urbano. Un
modo inicial dentro de
su prosa estaría signado
por una orientación
civilizadora que sitúa a
la ciudad como espacio
normativizador del
sujeto civil y que por
lo tanto entiende ese
espacio como un
escenario modélico en el
que acontece, en el que
sucede la nación y la
identidad. La ciudad se
arma en torno a un deber
ser, por lo que la
orientación del discurso
es generalmente
proyectista. En esa
línea los textos de
Guillén se emparientan
con zonas de la prosa de
Zequeira en el Papel
Periódico,
especialmente con ese
texto antológico que es
“El Relox de la Havana”.
Las similitudes entre
ese artículo y algunas
crónicas de Guillén son
sorprendentes, ya no
solo por el tono, sino
por sus cercanías
estilísticas y
compositivas. Me refiero
específicamente a una
parte de los textos
aparecidos en la revista
Lis, de Camagüey,
a principios de la
década de los 20 y
algunos de los
publicados en Orbe
o Ellas, ya
insertado en la vida
habanera de los años 30
y 40. En ese grupo
destacan textos como
“Camagüey, la ciudad
enferma”, o “Pordioseros
en La Habana” y
“Parálisis progresiva
del tranvía”. Compárese
una muestra del texto de
Zequeira:
[…] A las once y media
salen los currutacos de
sus visitas para
concurrir a los cafés
[sic],
donde ya han entrado los
ociosos y los
holgazanes: aquí se
destripan las botellas,
abundan los licores y
todo género de bebida
más propia para la
fermentación de los
espíritus; se habla
de guerra, de política,
de literatura, con tanto
pulso, que es una
maravilla (...) Unos
juegan a la guerra,
otros a la lotería, y
allí, por último, se
fomenta una confusión
que ni la de la torre de
Babel…
[...] A las once ya está
la Ciudad sumergida en
las tinieblas y por
casualidad puede
encontrarse alguna
ronda: en estos
instantes andan listos
los pícaros y los
ladronzuelos.
[…] A las doce tiene
Morfeo aprisionadas las
potencias de los
vivientes, y solo
existen despiertos y
llenos de desesperación
los tahúres en sus
garitos y los
enamorados.
y el de Guillén:
En la acera de Correos
hay, como antes a esta
hora, los mismos grupos
que conversan, en un
intercambio de
impresiones, de rumores,
de chismes. La ropa es
menos brillante y los
zapatos tienen muy poco
lustre. En una pequeña
barra ubicada en Estrada
Palma e Independencia,
la gente hace más gasto
de palabras que de
bebidas. Los
dependientes bromean,
pero no despachan. Hacia
la Plaza de la Soledad,
la animación crece
débilmente para
deshacerse al fin en
pequeños núcleos en el
café La Norma o junto al
Edificio Alonso. La
calle República
—estrecho
bulevar sin árboles—
recta hacia la estación
del ferrocarril, parece
hacernos guiños de que
marchemos otra vez... ¿A
dónde se va por la noche
en Camagüey? A todas
partes. Es decir, a
ninguna. Andar por el
pueblo, pellizcando
emociones. El cine.
Visitas familiares...
Cuando son las diez, mi
amigo y yo estamos
molidos, con los zapatos
llenos de polvo y con la
boca seca.
—Bueno,
tú, ¿qué hacemos?
—Yo
me voy a dormir...
Me sublevo ante esa
posibilidad:
—¿Cómo
a dormir? Vamos a dar
una vuelta por la
carretera. ¿Ya se acabó
“El Dulce Meneo”?
Mi amigo mueve la cabeza
afirmativamente.
A las once hay muy poca
gente en la calle. A las
doce, ya no hay nadie.
—Bueno...
entonces hasta mañana.
—Sí,
¡hasta mañana!
Media hora después, ya
metido en la cama, lucho
en vano por pactar con
los mosquitos una tregua
en que poner un pedazo
de sueño. Entonces
pienso, casi en alta
voz...
—Camagüey
es una ciudad enferma.
Enferma de tedio,
de pasado y de
polvo...
Los otros dos textos
referidos confirman esa
“visión” de la ciudad y
la urbanidad concebidas
desde un afán
modernizador en el que
el modelo de la nueva
república, por encima de
sus virtudes y defectos,
pugna de manera
constante con la
evidencia de una ciudad
que, en buena medida,
responde todavía a
muchos esquemas
funcionales de la villa
colonial. Si a ello
sumamos que la obra de
Guillén se inserta en un
momento de revisión de
las identidades e
ideologías nacionales,
de enfrentamientos
frontales con el
eurocentrismo y el
colonialismo europeo
desde las diásporas
poscoloniales (negrismo,
negritud, caribeñismo,
insularidad, etcétera),
puede comprenderse mejor
su revisión del tópico
citadino como espacio
modelizador de una nueva
entidad civil que excede
el cuerpo canonizado del
sujeto ilustrado criollo
(un encuadre que en su
contexto de producción
escenifican
intelectuales como
Varona o Mañach), la
reevaluación de la
modernización en
términos de visualidad,
operatividad y
efectividad de la urbe
como organismo nacional,
y por qué entonces se
involucra
conscientemente en el
proceso de vertebración
de un nuevo campo, de
una nueva zona
sociocultural pujante.
Esta encarna en un
primer momento en el
sujeto negro pero
termina por incluir a un
margen poblacional
proscrito de la fórmula
identitaria republicana,
tal y como lo había sido
en buena medida el
sujeto criollo en el
proyecto metropolitano
hispánico.
El primer paso en la
conformación de un nuevo
“régimen de saber”
(Foucault) consiste en
el establecimiento de
una cartografía de
relaciones que permitan
operar intelectualmente
sobre la tensión entre
los procesos de
individuación y
comunitarismo que
dominan una propuesta de
lo nacional como
verticalidad
indiferenciada. Esta
dinámica pone de relieve
en su prosa una
constitución
multidimensional de los
conceptos de lo “social”
y lo “popular”. Su
primer sendero se dirige
a la localización de
coordenadas escriturales
que permitan situar
puntos de apoyo o
simplemente extender
ramificaciones
corporales y textuales:
Carpentier, Guirao,
Pedroso o Tallet, en
Cuba; Luis Palés Matos,
en Puerto Rico; en
Brasil, Dorival Caymmi;
Roussan Camille y
Jacques Roumain, en
Haití; y tantos otros
poetas, pensadores e
intelectuales a los que
permanentemente evocaba
en sus crónicas dentro y
fuera de Cuba. Una
segunda ruta se lanza al
cuestionamiento del
lugar, de la posición
compleja desde la cual
se habla. Al respecto
nos recuerda Homi
Bhabha:
Ya no estamos
enfrentados con un
problema ontológico del
ser sino con la
estrategia discursiva
del momento de la
interrogación, un
momento en el cual la
demanda de
identificación se
vuelve, de modo
primario, una respuesta
a otras preguntas
de la significación y el
deseo, la cultura y la
política.
Esa interrogación, esa
pregunta que busca
afloramientos allí donde
el discurso ensayaba la
comodidad de sus pausas,
las prerrogativas de sus
silencios, regresa en
Guillén plena de
excesos, bajo la forma
de un cuerpo que
desconoce y desequilibra
una realidad
estructurada a partir de
límites y usos
restringidos: los negros
ilustres de la música
cubana (Brindis de Salas
y José White, Rosendo
Ruiz y Bola de Nieve),
los ilustres negros del
independentismo (Juan
Gualberto Gómez, Antonio
Maceo, Martín Morúa
Delgado). En un texto de
1941 reclama Guillén:
La verdad es que en Cuba
blancos y negros
debiéramos hablar con
más frecuencia de las
cosas que recíprocamente
nos atañen. La prueba de
que esas cosas son muy
importantes la tenemos
en el hecho de que a
cada crisis salen a
flote y piden su sitio
en la actualidad. Nos
pasamos años y años
ignorándolas, o
aparentando ignorarlas,
y apenas alguien
revuelve un poco ese
ajiaco nacional que tan
bien nos pinta Fernando
Ortiz, suben desde el
fondo de la olla hasta
la espesa superficie que
pretende esconderlas.
Con ello señala
abiertamente cómo
también la ciudadanía
puede funcionar como un
espejismo de la
identidad, en tanto la
existencia social del
negro, reconocida en el
marco de legalidad que
sanciona la Constitución
de 1901 e inscrita,
pues, bajo la dureza de
la letra, no escapa a
los dobleces y
encubrimientos que
marcan el parto del
modelo republicano
cubano. Por ello gran
parte de sus textos
pueden entenderse como
una reacción ante el
paradigma urbano
estadounidense que de
cierta manera legitima
La Habana de la primera
mitad del siglo
xx, La Habana del
Plan de Obras Públicas
de Machado y de la nueva
visualidad propuesta por
Forrestier, una ciudad
que trata de ocultar
elegantemente sus
fronteras sociales y
relocalizar sus centros
en función del
desplazamiento de las
complejas superficies
que la atraviesan:
económicas, clasistas,
raciales, políticas.
Sobre ese patrón la
ciudad establece una
relación simbiótica con
el “interior”
(delimitación metafórica
que aún hoy se conserva
en nuestro imaginario
geográfico para
distinguir, por
oposición, todo lo que
no es capitalino). Así,
esta recibe su energía
del “interior” rural
(concebido como un otro)
que le provee de materia
prima y de un mercado,
tanto a nivel comercial
como simbólico. (La
ciudad no solo “modela”
la materia informe, sino
que convierte a los
propios sujetos en una
manufactura “cultural”.
La ciudad se instituye
como centro de
cancelación del
salvajismo, o por
decirlo más
eufemísticamente, de la
ruralidad). Ello crea la
base para un
nacionalismo místico que
le permite a la ciudad
capital convertirse en
monumento del poder en
sus disímiles
manifestaciones sociales
e institucionales y
difuminar sus
extensiones urbanas
periféricas bajo la
estampa de una ajenidad
extracultural.
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La comprensión de esta
dinámica determina
cambios sustanciales en
la escritura de Guillén,
que incluso permiten
registrar posiciones
discursivas antagónicas
con respecto a
determinados sujetos.
Frente a la valoración
muy peyorativa del
espacio camagüeyano, por
ejemplo, que predomina
en los textos de la
década de los 20 y el
30, nos encontramos ya
en la década de los 40
con valoraciones
radicalmente opuestas
como la aparecida en la
revista Ellas, en
diciembre de 1941 y que
se titula, precisamente,
“Camagüey”:
El prestigio
de Camagüey
no está, pues en la
ciudad nueva (¡tan poco
moderna!) sino en la
vieja ciudad, tan antigua,
tan íntima y serena.
Calles torcidas, plazas
abandonadas, quicios
eminentes, aleros y
guardapolvos seculares,
gentes del
pueblo, en fin, lentas y
grises,
que parecen brotar de la
misma tierra de las
calles.
El polvo que antes era
señal de poca limpieza
ahora es huella y
sustrato secular de la
gente, la
toponimia de las calles
traza itinerarios
diversos sobre la
geografía
de la ciudad,
itinerarios del
redescubrimiento,
segmentaciones y cruces
que señalan las abiertas
tensiones entre la
ciudad colonial y la
ciudad moderna a la
“americana” que,
rememorando la
centralidad del lenguaje
en las discusiones
identitarias
decimonónicas, se
expresa ahora en el más
puro registro del voceo
camagüeyano:
Si derribáis esos viejos
muros, si aplastáis
definitivamente esas
viejas casas, podréis
construir una nueva
urbe, más limpia, más
moderna, más civilizada,
como esa que habéis
hecho ya en la Vigía.
Pero ponedle otro
nombre, inventadle una
historia, fabricadle —si
podéis tanto— una
tradición, porque de
seguro habréis matado al
verdadero Camagüey.
El giro marca una
restauración de la
importancia del lugar,
del origen, más allá de
la centralidad impuesta
por y desde el ámbito
capitalino, dirección en
la que solo unos años
más tarde apunta desde
la ciudad venezolana de
Maracaibo: “el amor a la
región es una forma
celular del amor a la
patria”.
Resulta muy revelador un
texto de Guillén
titulado Our new
colonies, en el que
este modelo de lo urbano
se redimensiona hasta
situar en él una lectura
de la relación política
entre Cuba y los Estados
Unidos, en el que la
ciudad se interpone,
precisamente, como un
módulo de control
(pos)colonial:
Our new colonies
—
“nuestras nuevas
colonias”
—
es la inscripción que
aparece en un mapa
editado en 1898, en
Filadelfia, por un “map
publisher” llamado J.L.
Smith, que vivía por
aquellos años en 27 S.
Sixth St., en dicha
ciudad.
La carta geográfica en
cuestión que tiene 97
centímetros de alto por
58 de ancho, es hermosa
y pulcra, y está impresa
a varios colores. En la
parte superior izquierda
aparece la inscripción
que hemos dicho. A la
derecha, haciendo
pendant con aquella,
hay dos cuadros, uno
mayor que otro: en el
primero (que es el más
pequeño) se halla la
isla de Puerto Rico;
inmediatamente después,
en un cuadro mayor, las
islas Filipinas. Al
centro, como un caimán
inmenso, la isla de
Cuba.
En la parte inferior, a
la izquierda, hay un
plano de la ciudad de La
Habana y un mapa de
esta provincia. Luego,
en la misma línea, un
mapa de las Antillas
menores y mayores (de
Cuba solo la porción
oriental y parte de
Camagüey) y finalmente,
en la derecha extrema,
dos notas: una
relativa a La Habana y
otra a las riquezas de
Cuba, y un brevísimo
resumen
histórico-geográfico de
la isla. “El suelo es
increíblemente fértil
—dícese—
y encierra vastos
tesoros de minerales y
metales preciosos que
pueden ser utilizados
para la construcción de
barcos y muelles en
general...”
Sin embargo, esa
latencia del discurso
identitario y
nacionalista, que puede
situarse todavía en la
estela de la modernidad
occidental, evoluciona
significativamente hacia
una visión mucho más
revolucionaria de la
nación. Reconozco al
menos dos direcciones
que conducirían, con
mayor o menor seguridad,
a esa dimensión otra del
discurso guilleniano. En
primer lugar las
evidentes
transformaciones que
atestigua su evolución
como escritor, esa
compleja síntesis
poética que lo lleva a
explorar y experimentar
constantemente con la
escritura (en términos
de versificación,
movilidad genérica y
temática, entre ámbitos
discursivos diversos,
etcétera; quizá su
cercanía a intelectuales
como Jacques Roumain
confirmen esa necesidad
de una acción cultural
compleja, y que otorga
merecida trascendencia
al multicitado verso:
“¡todo mezclado!”).
Por otra parte el
contacto directo con un
tipo de ciudadanía que
le transfiere su
relación con el mundo
obrero y campesino, el
mundo de los sindicatos,
de los oprimidos por su
color de piel, los que
luchan contra el
fascismo, y así
sucesivamente. Su propia
militancia partidista lo
lleva, a partir de la
década de los 40, a
participar en numerosos
actos realizados en
provincias y pueblos de
toda Cuba, en los que
comparte con líderes
sindicales entre los que
ocupa un lugar
destacadísimo Jesús
Menéndez, a quien el
propio Guillén rinde
tributo como héroe
popular. A partir de ese
roce, su visión de la
ciudadanía y la
nacionalidad se modifica
de manera sustancial y
se ramifica hacia un
sujeto mucho más
complejo y heterogéneo,
un cuerpo en el que
comienza a desdibujarse,
por fuerza de la
experiencia, el límite
estrecho de la raza,
entendida como un relato
del color de la piel.
Ello alcanza expresión
tanto en la
visualización de esos
cuerpos diversos, como
en una diseminación de
la ciudad y lo urbano
como tópico, como
referente discursivo
estructurador,
configurando así una
nueva localidad de la
cultura:
De Limpios del Valle, en
Taguasco; del central
Ciro Redondo, en Morón;
del cuartel de fusileros
y ganaderos, en
Jovellanos; del Cotorro,
de Pedro Betancourt, de
Banagüises... De los
puntos más diversos y
alejados entre sí en el
territorio de la
República llega a la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba el
numeroso testimonio de
la inquietud popular
ante la cultura, cuyas
puertas, antes
exclusivas, ha abierto
la Revolución de par en
par.
La crónica urbana, tal y
como hemos podido al
menos bosquejar, engarza
de manera armónica con
otras directrices
creativas de este autor.
Pero no solo corroboran
algunas de esas ideas,
asentadas ya en nuestro
imaginario crítico, sino
que reconfiguran muchas
de ellas dotándolas de
una nueva intensidad.
Pensemos solamente en el
tipo de aproximación
poética que aventura
Guillén a una sociedad
participativa en la que
el hombre no se define
frente a un cuerpo de
Ley civil, y que tiene
un peso fundamental en
la delimitación cultural
de lo que todavía hoy
entendemos como “negro”,
sino que ese principio
rector de “lo social” se
alimenta y adquiere su
esencia misma a partir
de la “actividad”
humana, la cual tiene
lugar por encima de toda
“urbanidad”.
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