Año VIII
La Habana
del 3 al 9
de ABRIL
de 2010

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Inscripciones ciudadanas e identitarias en algunas crónicas urbanas
 de Nicolás Guillén[1]

Un nuevo cuerpo en la ciudad

Ariel Camejo • La Habana

 

En los números 66 y 67 del Papel Periódico de la Havana, correspondientes a las ediciones de 18 y 21 de agosto de 1791, queda recogido, en el marco de una “Carta al Redactor”, un interesante relato en el que tres sujetos sostienen una discusión en torno a un asunto particular: en el poblado de Puentes Grandes, entonces en las afueras de La Habana, una crecida del río Almendares ha destruido durante el paso de un ciclón los puentes de madera; a esa sazón un fraile, un mayoral y un estanciero establecen un diálogo, aparentemente fortuito, sobre la conveniencia de establecer el pago de peaje como procedimiento para la recaudación de fondos destinados a la ejecución de obras públicas, o si debe mantenerse la recaudación de cuotas fijas para ello.

Numerosos índices discursivos permiten afirmar que el texto nos enfrenta no solo a una simple disputa civil, sino a un complejo espacio de negociaciones que en alguna medida dibuja ya una primera superficie identitaria justo en el umbral en que se produce ese primer movimiento de comprensión hacia la nacionalidad, y que otros estudiosos ubican metafóricamente bajo la forma de un “forcejeo”.[2] La tipología discursiva, el diseño social y lingüístico de los sujetos que intervienen en el diálogo, los asuntos sobre los que debaten, la persistencia con que intentan silenciar al otro, configuran una red de asignaciones semánticas jerárquicas que distribuyen de forma muy clara los posicionamientos de autoridad en el texto y, con ello, un primer estado de derecho ciudadano: el derecho a la voz. A un año de haberse iniciado la experiencia de esta publicación habanera, ya han sido concebidos sus principales ejes discursivos: espacio habanero, sujeto ilustrado, afán modernizador; y junto a ellos la primera matriz de nuestra identidad: el cuerpo urbano.

La Habana y el habanero, situados en el vórtice de un peculiar contexto histórico[3], se construyen como los primeros correlatos de la “patria”, ese nombramiento que será vital en la organización de un pensar en torno a lo cubano y lo nacional, e imponen un nivel de relación inmediato entre discurso y territorialidad. El incremento significativo de las publicaciones periódicas que tiene lugar entre 1795 y 1844 habla suficientemente de la necesidad urgente de armar ese cuerpo a partir de los fragmentos dispersos en el modelo colonial. Ese organismo comienza a adquirir rasgos peculiares hacia la primera mitad del XIX, una vez que se concreta el paso del enfoque singular del costumbrismo a un análisis mucho más sistemático de la ciudadanía como el que tiene lugar en la actividad del grupo delmontino y el pensamiento de José Antonio Saco, o el que ilustra de forma diáfana una comparación entre la visión habanera de los primeros grabadores —esa visión aérea, global, arqueológica en cierto sentido—, frente a la imagen profundamente antropológica de la vida urbana que alcanzan las representaciones de Miahle y Landaluze. Campo y ciudad, lo urbano y lo rural, cerebro y corazón: la oposición que sirve de título al primer poemario de Guillén, dibuja ya una clara antinomia para el contexto decimonónico.

En términos generales, lo que trato de señalar es cómo, desde ciertos espacios típicos de la representación citadina, en especial el espacio esencialmente dialógico y estructurador de la prensa, puede diseñarse también un imaginario del cuerpo, con sus extensiones políticas, con su candorosa economía, sobre el cual trazar el mapa más o menos claro de la identidad y la nación. Política y economía del cuerpo, he ahí dos extremidades de cierta importancia, en tanto determinan las sujeciones de ese organismo: en primer lugar la observancia de la Ley, ese nivel de violencia corporal, correctivo permanente de los comportamientos y las prácticas (del lenguaje y la literatura, de la moda y de los modos); en segundo, y no por menos importante, el uso cultural de la naturaleza (el filtro del logos: raciocinio de la experiencia, ritualización del sexo, mitificación de la historia). No creo que sea irrelevante destacar este modelo muy general del pensamiento euroccidental en el que se enmarañan nuestras primeras señas de identidad, un mapa en el que Hegel, tal y como reconocía Eduardo Torres Cuevas en la sesión inaugural de este Coloquio, asienta definitivamente el paradigma cartesiano del sujeto como principio estructurador de la sociedad moderna: un sujeto que “es”, ante todo, porque piensa y cuyo mundo, por lo tanto, tiene que ser necesariamente, un mundo razonado y racionalizado, un mundo gobernado invariablemente por la idea.

Creo que es este un condicionamiento esencial para entender muchos de los desajustes, de los desfasajes e incongruencias que experimenta una arqueología o genealogía intelectual de lo cubano, en tanto ese suceso, tal y como ilustra la posición del propio Guillén y junto a él la de muchos de los intelectuales que participan de la refundación del pensamiento nacional en el entorno republicano, denota recurrencias súbitas, tangencias inesperadas, adelantos furtivos o paradojas que desarticulan por completo un enfoque lógico y cronológico de un proyecto de identidad común, cuyo punto más álgido se expresa, quizá, en el choque culturalmente violento entre las geopoéticas de Lezama y Piñera, entre la “fiesta innombrable” y “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.

Me he permitido esta digresión inicial en tanto la formulación que sirve de título a este texto, más que imponerle una frontera traza una línea de fuga hacia un modo discursivo guilleniano que, según pienso, logra escabullirse, desembarazarse de esas asignaciones y jerarquías que una práctica histórica parecía reservarle y entrar a jugar entonces con un valor siempre potencial de la escritura, con una despolitización de su pensamiento y con el diseño de un cuerpo social dinámico y transgresor cuya evolución estaría marcada por estancias sucesivas que van del sujeto civil al ciudadano, de ahí a la identidad cubana y con ella a la nacionalidad, en un marco de relaciones que no opera necesariamente en función del encuadre, sino que puede actuar también como proceso centrifugador de la cultura y el entendimiento de esta no como un cierre, sino como crecimiento permanente que avanza hacia la adhesión de su afuera.

A grandes rasgos pudieran distinguirse algunos modos fundamentales de la perspectiva, llamémosle así, de Guillén sobre la ciudad y lo urbano. Un modo inicial dentro de su prosa estaría signado por una orientación civilizadora que sitúa a la ciudad como espacio normativizador del sujeto civil y que por lo tanto entiende ese espacio como un escenario modélico en el que acontece, en el que sucede la nación y la identidad. La ciudad se arma en torno a un deber ser, por lo que la orientación del discurso es generalmente proyectista. En esa línea los textos de Guillén se emparientan con zonas de la prosa de Zequeira en el Papel Periódico, especialmente con ese texto antológico que es “El Relox de la Havana”. Las similitudes entre ese artículo y algunas crónicas de Guillén son sorprendentes, ya no solo por el tono, sino por sus cercanías estilísticas y compositivas. Me refiero específicamente a una parte de los textos aparecidos en la revista Lis, de Camagüey, a principios de la década de los 20 y algunos de los publicados en Orbe o Ellas, ya insertado en la vida habanera de los años 30 y 40. En ese grupo destacan textos como “Camagüey, la ciudad enferma”, o “Pordioseros en La Habana” y “Parálisis progresiva del tranvía”. Compárese una muestra del texto de Zequeira:

[…] A las once y media salen los currutacos de sus visitas para concurrir a los cafés [
sic], donde ya han entrado los ociosos y los holgazanes: aquí se destripan las botellas, abundan los licores y todo género de bebida más propia para la fermentación de los espíritus; se habla de guerra, de política, de literatura, con tanto pulso, que es una maravilla (...) Unos juegan a la guerra, otros a la lotería, y allí, por último, se fomenta una confusión que ni la de la torre de Babel

[...] A las once ya está la Ciudad sumergida en las tinieblas y por casualidad puede encontrarse alguna ronda: en estos instantes andan listos los pícaros y los ladronzuelos.

[…] A las doce tiene Morfeo aprisionadas las potencias de los vivientes, y solo existen despiertos y llenos de desesperación los tahúres en sus garitos y los enamorados.

y el de Guillén:

En la acera de Correos hay, como antes a esta hora, los mismos grupos que conversan, en un intercambio de impresiones, de rumores, de chismes. La ropa es menos brillante y los zapatos tienen muy poco lustre. En una pequeña barra ubicada en Estrada Palma e Independencia, la gente hace más gasto de palabras que de bebidas. Los dependientes bromean, pero no despachan. Hacia la Plaza de la Soledad, la animación crece débilmente para deshacerse al fin en pequeños núcleos en el café La Norma o junto al Edificio Alonso. La calle República —estrecho bulevar sin árboles— recta hacia la estación del ferrocarril, parece hacernos guiños de que marchemos otra vez... ¿A dónde se va por la noche en Camagüey? A todas partes. Es decir, a ninguna. Andar por el pueblo, pellizcando emociones. El cine. Visitas familiares...

Cuando son las diez, mi amigo y yo estamos molidos, con los zapatos llenos de polvo y con la boca seca.
 

—Bueno, tú, ¿qué hacemos?

—Yo me voy a dormir...

Me sublevo ante esa posibilidad:

—¿Cómo a dormir? Vamos a dar una vuelta por la carretera. ¿Ya se acabó “El Dulce Meneo”?

Mi amigo mueve la cabeza afirmativamente.

A las once hay muy poca gente en la calle. A las doce, ya no hay nadie.

—Bueno... entonces hasta mañana.

—Sí, ¡hasta mañana!

Media hora después, ya metido en la cama, lucho en vano por pactar con los mosquitos una tregua en que poner un pedazo de sueño. Entonces pienso, casi en alta voz...

Camagüey es una ciudad enferma. Enferma de tedio, de pasado y de polvo...[4]

Los otros dos textos referidos confirman esa “visión” de la ciudad y la urbanidad concebidas desde un afán modernizador en el que el modelo de la nueva república, por encima de sus virtudes y defectos, pugna de manera constante con la evidencia de una ciudad que, en buena medida, responde todavía a muchos esquemas funcionales de la villa colonial. Si a ello sumamos que la obra de Guillén se inserta en un momento de revisión de las identidades e ideologías nacionales, de enfrentamientos frontales con el eurocentrismo y el colonialismo europeo desde las diásporas poscoloniales (negrismo, negritud, caribeñismo, insularidad, etcétera), puede comprenderse mejor su revisión del tópico citadino como espacio modelizador de una nueva entidad civil que excede el cuerpo canonizado del sujeto ilustrado criollo (un encuadre que en su contexto de producción escenifican intelectuales como Varona o Mañach), la reevaluación de la modernización en términos de visualidad, operatividad y efectividad de la urbe como organismo nacional, y por qué entonces se involucra conscientemente en el proceso de vertebración de un nuevo campo, de una nueva zona sociocultural pujante. Esta encarna en un primer momento en el sujeto negro pero termina por incluir a un margen poblacional proscrito de la fórmula identitaria republicana, tal y como lo había sido en buena medida el sujeto criollo en el proyecto metropolitano hispánico.

El primer paso en la conformación de un nuevo “régimen de saber” (Foucault) consiste en el establecimiento de una cartografía de relaciones que permitan operar intelectualmente sobre la tensión entre los procesos de individuación y comunitarismo que dominan una propuesta de lo nacional como verticalidad indiferenciada. Esta dinámica pone de relieve en su prosa una constitución multidimensional de los conceptos de lo “social” y lo “popular”. Su primer sendero se dirige a la localización de coordenadas escriturales que permitan situar puntos de apoyo o simplemente extender ramificaciones corporales y textuales: Carpentier, Guirao, Pedroso o Tallet, en Cuba; Luis Palés Matos, en Puerto Rico; en Brasil, Dorival Caymmi;
Roussan Camille y Jacques Roumain, en Haití; y tantos otros poetas, pensadores e intelectuales a los que permanentemente evocaba en sus crónicas dentro y fuera de Cuba. Una segunda ruta se lanza al cuestionamiento del lugar, de la posición compleja desde la cual se habla. Al respecto nos recuerda Homi Bhabha:

Ya no estamos enfrentados con un problema ontológico del ser sino con la estrategia discursiva del momento de la interrogación, un momento en el cual la demanda de identificación se vuelve, de modo primario, una respuesta a otras preguntas de la significación y el deseo, la cultura y la política.[5]

Esa interrogación, esa pregunta que busca afloramientos allí donde el discurso ensayaba la comodidad de sus pausas, las prerrogativas de sus silencios, regresa en Guillén plena de excesos, bajo la forma de un cuerpo que desconoce y desequilibra una realidad estructurada a partir de límites y usos restringidos: los negros ilustres de la música cubana (Brindis de Salas y José White, Rosendo Ruiz y Bola de Nieve), los ilustres negros del independentismo (Juan Gualberto Gómez, Antonio Maceo, Martín Morúa Delgado). En un texto de 1941 reclama Guillén:

La verdad es que en Cuba blancos y negros debiéramos hablar con más frecuencia de las cosas que recíprocamente nos atañen. La prueba de que esas cosas son muy importantes la tenemos en el hecho de que a cada crisis salen a flote y piden su sitio en la actualidad. Nos pasamos años y años ignorándolas, o aparentando ignorarlas, y apenas alguien revuelve un poco ese ajiaco nacional que tan bien nos pinta Fernando Ortiz, suben desde el fondo de la olla hasta la espesa superficie que pretende esconderlas.[6]

Con ello señala abiertamente cómo también la ciudadanía puede funcionar como un espejismo de la identidad, en tanto la existencia social del negro, reconocida en el marco de legalidad que sanciona la Constitución de 1901 e inscrita, pues, bajo la dureza de la letra, no escapa a los dobleces y encubrimientos que marcan el parto del modelo republicano cubano. Por ello gran parte de sus textos pueden entenderse como una reacción ante el paradigma urbano estadounidense que de cierta manera legitima La Habana de la primera mitad del siglo xx, La Habana del Plan de Obras Públicas de Machado y de la nueva visualidad propuesta por Forrestier, una ciudad que trata de ocultar elegantemente sus fronteras sociales y relocalizar sus centros en función del desplazamiento de las complejas superficies que la atraviesan: económicas, clasistas, raciales, políticas. Sobre ese patrón la ciudad establece una relación simbiótica con el “interior” (delimitación metafórica que aún hoy se conserva en nuestro imaginario geográfico para distinguir, por oposición, todo lo que no es capitalino). Así, esta recibe su energía del “interior” rural (concebido como un otro) que le provee de materia prima y de un mercado, tanto a nivel comercial como simbólico. (La ciudad no solo “modela” la materia informe, sino que convierte a los propios sujetos en una manufactura “cultural”. La ciudad se instituye como centro de cancelación del salvajismo, o por decirlo más eufemísticamente, de la ruralidad). Ello crea la base para un nacionalismo místico que le permite a la ciudad capital convertirse en monumento del poder en sus disímiles manifestaciones sociales e institucionales y difuminar sus extensiones urbanas periféricas bajo la estampa de una ajenidad extracultural.


La comprensión de esta dinámica determina cambios sustanciales en la escritura de Guillén, que incluso permiten registrar posiciones discursivas antagónicas con respecto a determinados sujetos. Frente a la valoración muy peyorativa del espacio camagüeyano, por ejemplo, que predomina en los textos de la década de los 20 y el 30, nos encontramos ya en la década de los 40 con valoraciones radicalmente opuestas como la aparecida en la revista Ellas, en diciembre de 1941 y que se titula, precisamente, “Camagüey”:

El prestigio de Camagüey no está, pues en la ciudad nueva (¡tan poco moderna!) sino en la vieja ciudad, tan antigua, tan íntima y serena. Calles torcidas, plazas abandonadas, quicios eminentes, aleros y guardapolvos seculares, gentes del pueblo, en fin, lentas y grises, que parecen brotar de la misma tierra de las calles.[7]

El polvo que antes era señal de poca limpieza ahora es huella y sustrato secular de la gente, la toponimia de las calles traza itinerarios diversos sobre la geografía de la ciudad, itinerarios del redescubrimiento, segmentaciones y cruces que señalan las abiertas tensiones entre la ciudad colonial y la ciudad moderna a la “americana” que, rememorando la centralidad del lenguaje en las discusiones identitarias decimonónicas, se expresa ahora en el más puro registro del voceo camagüeyano:

Si derribáis esos viejos muros, si aplastáis definitivamente esas viejas casas, podréis construir una nueva urbe, más limpia, más moderna, más civilizada, como esa que habéis hecho ya en la Vigía. Pero ponedle otro nombre, inventadle una historia, fabricadle —si podéis tanto— una tradición, porque de seguro habréis matado al verdadero Camagüey.[8]

El giro marca una restauración de la importancia del lugar, del origen, más allá de la centralidad impuesta por y desde el ámbito capitalino, dirección en la que solo unos años más tarde apunta desde la ciudad venezolana de Maracaibo: “el amor a la región es una forma celular del amor a la patria”.[9] Resulta muy revelador un texto de Guillén titulado Our new colonies, en el que este modelo de lo urbano se redimensiona hasta situar en él una lectura de la relación política entre Cuba y los Estados Unidos, en el que la ciudad se interpone, precisamente, como un módulo de control (pos)colonial:

Our new colonies — “nuestras nuevas colonias” — es la inscripción que aparece en un mapa editado en 1898, en Filadelfia, por un “map publisher” llamado J.L. Smith, que vivía por aquellos años en 27 S. Sixth St., en dicha ciudad.

La carta geográfica en cuestión que tiene 97 centímetros de alto por 58 de ancho, es hermosa y pulcra, y está impresa a varios colores. En la parte superior izquierda aparece la inscripción que hemos dicho. A la derecha, haciendo pendant con aquella, hay dos cuadros, uno mayor que otro: en el primero (que es el más pequeño) se halla la isla de Puerto Rico; inmediatamente después, en un cuadro mayor, las islas Filipinas. Al centro, como un caimán inmenso, la isla de Cuba.

En la parte inferior, a la izquierda, hay un plano de la ciudad de La Habana y un mapa de esta provincia. Luego, en la misma  línea, un mapa de las Antillas menores y mayores (de Cuba solo la porción oriental y parte de Camagüey) y finalmente, en la derecha extrema, dos notas: una relativa a La Habana y otra a las  riquezas de Cuba, y un brevísimo resumen histórico-geográfico de la isla. “El suelo es increíblemente fértil —dícese— y encierra vastos tesoros de minerales y metales preciosos que pueden ser utilizados para la construcción de barcos y muelles en general...”
[10]

Sin embargo, esa latencia del discurso identitario y nacionalista, que puede situarse todavía en la estela de la modernidad occidental, evoluciona significativamente hacia una visión mucho más revolucionaria de la nación. Reconozco al menos dos direcciones que conducirían, con mayor o menor seguridad, a esa dimensión otra del discurso guilleniano. En primer lugar las evidentes transformaciones que atestigua su evolución como escritor, esa compleja síntesis poética que lo lleva a explorar y experimentar constantemente con la escritura (en términos de versificación, movilidad genérica y temática, entre ámbitos discursivos diversos, etcétera; quizá su cercanía a intelectuales como Jacques Roumain confirmen esa necesidad de una acción cultural compleja, y que otorga merecida trascendencia al multicitado verso: “¡todo mezclado!”).

Por otra parte el contacto directo con un tipo de ciudadanía que le transfiere su relación con el mundo obrero y campesino, el mundo de los sindicatos, de los oprimidos por su color de piel, los que luchan contra el fascismo, y así sucesivamente. Su propia militancia partidista lo lleva, a partir de la década de los 40, a participar en numerosos actos realizados en provincias y pueblos de toda Cuba, en los que comparte con líderes sindicales entre los que ocupa un lugar destacadísimo Jesús Menéndez, a quien el propio Guillén rinde tributo como héroe popular. A partir de ese roce, su visión de la ciudadanía y la nacionalidad se modifica de manera sustancial y se ramifica hacia un sujeto mucho más complejo y heterogéneo, un cuerpo en el que comienza a desdibujarse, por fuerza de la experiencia, el límite estrecho de la raza, entendida como un relato del color de la piel. Ello alcanza expresión tanto en la visualización de esos cuerpos diversos, como en una diseminación de la ciudad y lo urbano como tópico, como referente discursivo estructurador, configurando así una nueva localidad de la cultura:

De Limpios del Valle, en Taguasco; del central Ciro Redondo, en Morón; del cuartel de fusileros y ganaderos, en Jovellanos; del Cotorro, de Pedro Betancourt, de Banagüises... De los puntos más diversos y alejados entre sí en el territorio de la República llega a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba el numeroso testimonio de la inquietud popular ante la cultura, cuyas puertas, antes exclusivas, ha abierto la Revolución de par en par.
[11]

La crónica urbana, tal y como hemos podido al menos bosquejar, engarza de manera armónica con otras directrices creativas de este autor. Pero no solo corroboran algunas de esas ideas, asentadas ya en nuestro imaginario crítico, sino que reconfiguran muchas de ellas dotándolas de una nueva intensidad. Pensemos solamente en el tipo de aproximación poética que aventura Guillén a una sociedad participativa en la que el hombre no se define frente a un cuerpo de Ley civil, y que tiene un peso fundamental en la delimitación cultural de lo que todavía hoy entendemos como “negro”, sino que ese principio rector de “lo social” se alimenta y adquiere su esencia misma a partir de la “actividad” humana, la cual tiene lugar por encima de toda “urbanidad”.

Notas:

[1] Un esbozo preliminar de este trabajo se presentó en el Festival Nicolás Guillén y la Cultura: ¡todo mezclado!, con el título Nicolás Guillén: de la ciudad al pueblo, del sujeto civil al ciudadano. Camagüey, 7-11 de julio de 2008. Publicado por La Jiribilla digital como dossier del evento (agosto de 2008).
[2]Cfr. Alina Gutiérrez Grova: “Para la descripción lingüística del español en Cuba: usos ortográficos y morfosintácticos en el Papel Periódico de la Havana (1791 Y 1794)”, Tesis en Opción al Grado Científico de Doctor, Universidad de La Habana, s/e, 2006.
[3]Marcado fundamentalmente por la revisión de los esquemas coloniales que el complejo proceso del “despotismo ilustrado” genera en España y el giro traumático que implica el descalabro de la autoridad borbónica en el tránsito Carlos III-Carlos IV-Fernando VII.
[4]Nicolás Guillén. “Camagüey: la ciudad enferma”, en Prosa de prisa, Ediciones UNIÓN, La Habana, 2002, t. I, p. 32-33.
[5]  Homi K. Bhabha: El lugar de la cultura, Buenos Aires, Manantial, 2002.
[6] Nicolás Guillén: “El viejo método”, en Prosa de prisa, Ediciones UNIÓN, La Habana, 2002. T. I, p. 170.
[7]  Nicolás Guillén: “Camagüey”, en Op. Cit. t. I, p. 208.
[8]  Nicolás Guillén: “Camagüey”, en Op. Cit. t. I, p. 209.
[9] Nicolás Guillén: “Maracaibo y los maracaiberos”, en Op. Cit. t. I, p. 322.
[10] Nicolás Guillén: Our new colonies, en Op. Cit., t. II, p. 451.
[11] Nicolás Guillén: “El Congreso de Cultura”, en Op. Cit., t. III, p. 81.

 

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