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Meses después de la
tragedia de Dos Ríos no
pocos emigrados
esperaban a José Martí
convencidos de que en
cualquier momento
regresaría a Cayo Hueso.
Pasó el tiempo y durante
el largo período de la
República mutilada, en
medio de la frustración
y el desaliento, era
frecuente escuchar en
cualquier rincón de la
Isla una tonada que
repetía melancólica:
“Martí no debió de
morir”. Por impedir que
muriese en el centenario
de su nacimiento Fidel
Castro y sus compañeros,
al asaltar el cuartel
Moncada reanudaron la
revolución tantas veces
interrumpida.
¿Murió o sobrevivió a la
triste escaramuza allá
donde los ríos se juntan
y desbordan? ¿Quien tuvo
razón, los humildes
tabaqueros, el pueblo
anónimo y los jóvenes
moncadistas o los
farsantes que
envilecieron su nombre y
quisieron sepultar su
obra? La respuesta
vendría de la poesía. La
dio Lezama: “Martí es un
misterio que nos
acompaña.”
Es también, lo ha sido
siempre, clave y brújula
para los cubanos. Clave
para comprender los
desafíos que la historia
nos ha reservado como
pueblo. Brújula para
guiarnos en los mares
traicioneros por los que
debe navegar nuestra
pequeña barca. De ahí la
importancia de la labor
que realizan las
instituciones a las que
dedica sus mejores
afanes el querido
compañero Armando Hart
Dávalos. Como prueba el
movimiento juvenil
martiano, esos empeños
no se limitan al estudio
y la divulgación de los
textos del Apóstol,
tarea tan loable como
necesaria, sino que se
encaminan hacia lo que
debe ser un proyecto
verdaderamente nacional
articulado en el
entramado social que
junte a todas las
generaciones, a todas y
todos. Así seremos
capaces de dilucidar el
misterio. Marti vive y
vivirá siempre y con él
la Patria finalmente
conquistada.
Este año otros pueblos
del continente
conmemoran el
Bicentenario de sus
independencias
nacionales. Los cubanos
no podemos hacerlo. El
Jubileo que celebran
nuestros hermanos y al
que nos sumamos con
alegría debe servir a
los cubanos para
recordar que cuando
arribó el glorioso 1810
Jefferson llevaba un
lustro proclamando la
voluntad de apoderarse
de la isla. El propósito
de someter a Cuba ha
sido invariable en la
política norteamericana
desde las Trece Colonias
hasta la administración
de Barack Obama.
Apropiarse de las
antillas españolas,
objeto de rivalidades
entre las potencias
europeas, era esencial
al propósito
norteamericano de
establecer su propio
imperio.
La llamada Revolución en
aquel país ha disfrutado
de un equívoco
transformado en leyenda
celosamente cultivada
por la oligarquía yanki
y aceptada por otros con
dócil ingenuidad. La
rebelión de las Trece
Colonias no tuvo un
carácter de liberación
nacional y mucho menos
de emancipación social.
Es cierto que contó con
personalidades de
pensamiento avanzado
como Thomas Paine y
Daniel Shays y que sus
filas se nutrieron de
artesanos, campesinos
pobres y negros
emancipados, pero ellos
fueron mantenidos a raya
y severamente reprimidos
desde muy temprano.
La verdadera naturaleza
de la nueva república
surgida en Norteamérica
la explicaron con toda
claridad sus fundadores.
Madison, Hamilton y Jay
lo hicieron con rigurosa
franqueza porque los 85
ensayos del Federalista
no iban dirigidos al
pueblo norteamericano,
sino a la ínfima minoría
que debería aprobar la
Constitución. Y la
convencieron
precisamente porque le
dijeron la verdad: el
nuevo estado federal
estaría bajo el dominio
de los grandes
propietarios, su esencia
sería “la total
exclusión del pueblo del
ejercicio del poder”,
nada tendría que ver con
la idea de la democracia
como ésta era entendida
hasta entonces. Los
dueños de Nueva
Inglaterra, New York,
Pennsylvania y Virginia
coaligados con los
esclavistas sureños
diseñaron una república
elitista, excluyente de
las grandes mayorías. La
Unión así creada llegó a
ser vista por muchos
como paradigma
civilizatorio y pudo
manipular como si fuera
suyo el ideal
democrático tan
abominado por sus
fundadores. No es este
el momento para
profundizar en el tema.
Pero sí para afirmar que
urge desenmascarar desde
su raíz la enorme
falacia de la
“democracia
norteamericana” causante
de tantos sufrimientos a
tanta gente y por tanto
tiempo. Martí lo hizo en
su existencia
desgraciadamente muy
breve y colmada de
muchas otras urgencias.
Deben continuar su obra
ahora quienes se sientan
martianos.
Los grandes propietarios
de las antiguas
colonias, una vez libres
de las ataduras
metropolitanas,
asumieron de inmediato
su nuevo papel como
colonizadores, avanzaron
hacia el oeste,
despojando a los
pobladores y expandiendo
la servidumbre y la
esclavitud. Al nuevo
régimen no le bastó con
preservar la esclavitud
africana, la consagró en
su Constitución y la
extendió a nuevos
territorios. El número
de los esclavos lejos de
disminuir, aumentó con
la independencia y
creció durante casi un
siglo después. Al mismo
tiempo no solo privó a
las poblaciones
autóctonas de sus
tierras ancestrales, que
habían preservado
durante la larga
dominación europea, sino
que practicó contra
ellas un infame
genocidio.
La idea expansionista
siempre incluyó a Cuba.
Los nuevos colonialistas
se proponían llegar al
Pacífico y dominar el
Caribe. En cuanto a Cuba
los norteamericanos no
se limitaron a
declaraciones o intrigas
diplomáticas.
Promovieron activamente
la tendencia
anexionista en los
círculos de la
sacarocracia habanera.
Para ello enviaron a la
isla emisarios de
jerarquía como el
General Wilkerson a
comienzos del siglo XIX
y discutieron el tema
en la Casa Blanca el
presidente James Monroe
con su gabinete, en
reuniones que reseñó
John Quincy Adams en su
Diario. De acuerdo con
quien fuera Secretario
de Estado y más tarde
Presidente allí
participaron
representantes de la
oligarquía criolla a
quienes identifica con
pseudónimos tales como
Mr. Sánchez o Mr.
Hernández.
El 15 de marzo de 1823
concluyó una reunión
comenzada la víspera en
la que debatieron
intensamente las
acciones más
convenientes para
apoderarse de Cuba. Al
concluir sus anotaciones
correspondientes a esa
fecha, Adams escribió:
“Memorándum. Proceder
fríamente en el asunto.”
Pero esa frialdad no fue
una actitud pasiva.
Ramiro Guerra,
distinguido historiador
cubano, quien hurgó
sagazmente en documentos
oficiales yanquis poco
antes revelados, en un
texto publicado en 1930
señaló: “La política de
los norteamericanos
—ya
que no podían apoderarse
de Cuba—
era el mantenimiento del
status quo, Cuba
en poder de España,
hasta que los tiempos
cambiasen y la anexión
fuese posible”.
John Quincy Adams
sucedió a Monroe en la
presidencia coincidiendo
con los esfuerzos de
Bolívar para unir a las
naciones independientes
en el Congreso de
Panamá. El objetivo del
Libertador, lo sabemos,
era llevar el movimiento
emancipatorio a Cuba y
Puerto Rico y concertar
la acción política del
resto de los países para
consolidar la unión de
Nuestra América.
“Estados Unidos
—apuntaba
Guerra—
temía no solo a las
complicaciones que
pudieran surgir, sino a
una rebelión de esclavos
en Cuba. Una sublevación
de esclavos en Cuba
podía propagarse a
Georgia o a Virginia.
Adams intervino. Y en
mayo y diciembre de
1825, Colombia y México
fueron notificados, en
los términos más
enérgicos, de que se
abstuvieran de realizar
ninguna expedición
contra Cuba, y con más
rigor aún, de incitar a
sublevarse o de armar a
los esclavos”.
Pero el frío y
calculador Adams no se
contentaba con discretas
gestiones de
cancillería. El 15 de
marzo de 1826 en mensaje
oficial al Congreso de
su país hizo públicas
las presiones que antes
había hecho a los
gobiernos de México,
Perú y Colombia. Y
recibió la entusiasta
aprobación del
Parlamento.
Al siguiente año el
secretario de Estado
Henry Clay extendió la
amenaza al pueblo cubano
con estas palabras: “No
entra en la política o
en las miras del
gobierno de EE.UU. dar
ningún estímulo o apoyo
a los movimientos
revolucionarios en Cuba,
si tal cosa pretende
alguna parte de sus
habitantes”.
Para los anexionistas
criollos aquellos fueron
momentos de gloria. Así
lo reconoció en un
amargo libro difundido
aquí con largueza a
comienzos del Siglo XX
el más notorio y
frustrado de ellos, José
Ignacio Rodríguez.
El suyo es un texto que
rezuma derrota en todas
sus páginas. El objetivo
de los anexionistas
criollos era la completa
asimilación a
Norteamérica y la
intervención militar de
1898 había desembocado
en una nueva colonia. La
oligarquía yanqui supo
utilizar a sus
partidarios en la isla
pero exclusivamente en
función de sus intereses
imperiales. Los
convirtió en
instrumentos manejables
sin dejar de
despreciarlos. Así fue
siempre. Así es todavía.
Con cálculo frío,
siguiendo el consejo de
Adams, actuaron los
gobernantes
norteamericanos respecto
a Cuba a lo largo del
siglo XIX. Ayudaron
activa y materialmente a
España a mantener su
dominio sobre la Isla
mientras conspiraban
contra ella y alentaban
a los anexionistas a la
espera del momento
propicio en que pudieran
apoderarse de Cuba sin
grandes complicaciones.
Lo descubrieron y
denunciaron en su
momento Céspedes y
Martí.
Los imperialistas veían
a Cuba como presa
apetecible, pero
despreciaban
profundamente a los
cubanos, con el
desprecio incontrolable
dictado por su racismo y
su elitismo. El Padre de
la Patria y el Apóstol
encararon también esa
dimensión de la actitud
norteamericana ilustrada
tanto en la insolencia
vulgar y prepotente de
Ulises Grant, rechazada
con ejemplar dignidad
por Céspedes, como en el
infame comentario de
The Manufacturer de
Filadelfia, reproducido
por The Evening Post
de Nueva York, al que
respondió Martí con su
“Vindicación de Cuba”,
alegato de perenne
vigencia al que
debiéramos acudir todos
los días.
La arrogante pretensión
de dominar a Cuba
inseparable de su
menosprecio por los
cubanos ha sido siempre
la línea de conducta del
imperio.
Con brutal franqueza la
expresó Theodore
Roosevelt en 1906:
“Estoy tan furioso con
esa infernal pequeña
república de Cuba que
quisiera barrer a su
gente de la faz de la
Tierra.”
Desde que finalmente
Cuba alcanzó su
independencia en 1959
nuestro pueblo ha
enfrentado realmente,
día tras día, la
terrible amenaza del
rudo jinete y desaforado
gobernante. Recordemos
que, según Roosevelt,
todo lo que el Imperio
quería era que nos
“comportásemos” (behave
themselves), o sea,
que nos portásemos bien
y nos condujéramos
conforme a sus deseos.
En 1959 nos rebelamos y
empezamos a “portarnos
mal”. La reacción
norteamericana consta en
un documento oficial que
fue secreto durante
mucho tiempo y en el que
puede leerse:
“La mayoría de los
cubanos apoyan a Castro…
el único modo previsible
de restarle apoyo
interno es a través del
desencanto y la
insatisfacción que
surjan del malestar
económico y las
dificultades materiales…
hay que emplear
rápidamente todos los
medios posibles para
debilitar la vida
económica de Cuba… una
línea de acción que, aún
siendo lo más mañosa y
discreta posible, logre
los mayores avances en
privar a Cuba de dinero
y suministros, para
reducirle sus recursos
financieros y los
salarios reales,
provocar el hambre, la
desesperación y el
derrocamiento del
Gobierno”.
Nótese el carácter
genocida del plan
norteamericano y su
profundo sentido
antidemocrático.
Pero no se contentó el
imperio con castigar al
pueblo y tratar de
ablandarlo y separarlo
de su apoyo a la
Revolución provocando
hambre y sufrimiento.
En marzo de 1960, hace
exactamente medio siglo,
la Casa Blanca aprobó el
“Programa de acciones
encubiertas contra el
régimen de Castro”. Una
gran parte de su texto
sigue siendo secreta
hasta ahora. Apenas unos
pocos párrafos
aparecieron en el
voluminoso libro con
documentos
desclasificados que
publicó el Departamento
de Estado en 1991.
Pero lo poco que
revelaron es muy
ilustrador. La esencia
del Programa sería “la
creación de una
oposición” dentro de
Cuba que actuaría bajo
el “control y dirección
del exterior” y el
desarrollo por el
gobierno de EE.UU. de
“una poderosa ofensiva
de propaganda a favor de
esa oposición.”
En la reunión en la que
fue aprobado dicho
Programa el presidente
Eisenhower hizo jurar a
todos los participantes
que jamás reconocerían
haber escuchado lo que
allí se dijo ni haber
leído lo que allí
leyeron. Insistió sobre
todo en garantizar “que
la mano de EE.UU. no
aparezca” que
“permaneciera oculta” en
las tales operaciones
encubiertas. Como si
esto fuera insuficiente
al siguiente día el
Presidente instruyó al
Director de la CIA a que
nunca más presentase al
Consejo Nacional de
Seguridad documentos
relativos a sus planes
secretos contra Cuba.
Eso sucedió cuando la
Revolución daba apenas
sus primeros pasos. La
mayoría de los actuales
pobladores de esta isla
aún no habían nacido.
Todos han tenido que
vivir, todo el tiempo,
bajo la amenaza del
exterminio y asediados
también por una odiosa
ofensiva de mentiras y
calumnias.
Poco han cambiado las
cosas desde entonces. En
rigor el único cambio
verdadero ha sido que a
las acciones
encubiertas, nunca
interrumpidas en 50
años, se agregan las que
se realizan públicamente
con insolente
desvergüenza. El
presupuesto de gastos de
la CIA es, desde luego,
secreto. Pero los fondos
de la AID y otras
entidades destinados a
socavar a la Revolución
cubana son aprobados por
el Congreso
norteamericano.
Ahora mismo, mientras
ustedes meditaban aquí
sobre Martí y su
extraordinario legado,
allá en Washington
discutían qué hacer con
los recursos que
suministran a los Mr.
Hernández y Mr. Sánchez
de hoy. Discuten todavía
cómo hacer más
eficientes y eficaces
los envíos a los
neoanexionistas.
Entretanto despliegan
por todo el orbe una
poderosa ofensiva que
busca demonizar a Cuba
para aislarla y
destruirla. Recordemos
al inolvidable Cintio
Vitier: “En la hora
actual de Cuba sabemos
que nuestra verdadera
fortaleza está en asumir
nuestra historia.”
La han asumido
plenamente, al precio de
sus propias vidas,
Gerardo, Ramón, Antonio,
Fernando y René. A
ellos, en la mayor
soledad, no han podido
doblegarlos. A su
pueblo, a nosotros,
unidos, nadie podrá
jamás. Porque Martí vive
hoy más que nunca. Sobre
todo ahora cuando nos
convoca a vindicar a
Cuba y a salvarla.
Palabras de Clausura en
el Coloquio
Internacional José
Martí: Unidad y
Revolución Centro de
Estudios Martianos La
Habana, 1ro. de abril de
2010.
Bibliografía:
-
Ramiro Guerra: “En
el camino de la
independencia”,
Editorial de
Ciencias Sociales,
La Habana, 1974
-
Leo
Huberman: “We, the
people”, Monthly
Review Press,
New York, 1964
-
José
Martí: Obras
Completas,
Editorial de
Ciencias Sociales,
La Habana, 1975
-
Carlos Manuel de
Céspedes:
Escritos,
Editorial de
Ciencias Sociales,
La Habana, 1982
-
Foreign Relations of
the United States,
1958-1960, Volume
VI, Cuba, Department
of State, U.S.,
Government Printing
Office, Washington
1991
-
José
Ignacio Rodríguez:
“Estudio histórico
sobre el origen,
desenvolvimiento y
manifestaciones
prácticas de la idea
de la anexión de la
isla de Cuba a los
Estados Unidos de
América”, Imprenta
La Propaganda
Literaria, Habana,
1900
-
Alexander Hamilton,
John Jay, James
Madison: The
Federalist A
Commentary on the
Constitution of the
United States, The
Modern Library, New
York
-
Lars
Schoultz: “That
infernal little
Cuban Republic”, The
University of North
Carolina Press,
Chapel Hill, 2009
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