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El
problema no es/ que el
tiempo sentencie
extravío/
cuando hay juventudes/
soñando desvíos.
Silvio
Rodríguez
La aún breve pero
intensa y motivadora
dramaturgia del cubano
Abel González Melo (Chamaco)
discursa habitualmente
sobre la juventud cubana
de hoy, lo cual es
comprensible si tenemos
en cuenta que el autor
la integra.
Nevada,
pieza que ha puesto en
escena Fernando Quiñones
(Betún) con su
grupo Rita Montaner
vuelve en torno al ítem,
acercando alguna de las
(in)variantes que pueden
rastrearse ya en la
poética del novel autor:
una, llamémosle,
“circularidad
relacionante” (varios
personajes conectados
entre sí por vínculos
familiares o sociales
coinciden, sin saberlo,
en el mismo objeto
erótico), una
radiografía de la
nocturnidad habanera y
el indagar en los
fuertes nexos de los
seres humanos con el
contexto. Esta vez,
incluyendo en el
desenlace un guiño al
melodrama clásico.
Ya se sabe cómo los
drásticos cambios en la
sociedad cubana a partir
de los años 90 del
pasado siglo han
horadado la economía,
los valores y como
resultante, la praxis
laboral y social de
muchos, más allá de
edades y perfiles; entre
los más nuevos, se
aprecia una mayoría que,
a contrapelo de
dificultades ingentes,
estudian y/o trabajan,
seguros de que pese a
todo lograrán
garantizar(se) un
porvenir.
Otros, sin embargo,
emplean esa envidiable
energía de los años
mozos en intentar
abandonar el país y
conquistar nuevos
horizontes; ahí se
incluyen los que ejercen
la prostitución, el
proxenetismo, las ventas
ilícitas (incluyendo las
drogas), ora para
conseguir tal objetivo,
ora para vivir un poco
mejor.
En estos últimos se
concentra Nevada
que, además de ciertas
implicaciones literales,
alude al punto
geográfico adonde sueñan
marchar los
protagonistas.
Una vez más, González
Melo capta con precisión
y agudeza ciertos
estados sociales de la
“Habana de noche”: un
cine de la Habana Vieja
—con un CVP de
“anfitrión”— sirve de
referente espacial y
dramático donde
confluyen el chulo, la
joven prostituta que es
su novia y la madre de
esta, quien a su vez
hace servicio doméstico
(de variado tipo) en
casa del primero.
Fuera de ese punto
(esencial en el relato)
están: la casa de la
chica —donde también
conoceremos a un hermano
“camilito” que acaba de
abandonar la escuela— y
la de su prometido, que
alquila para que la
novia “compartida” tenga
esos encuentros de donde
saldrá el dinero que los
llevará, presuntamente,
a la anhelada “tierra
prometida” que titula la
obra.
Las referidas
coincidencias
erótico/familiares una
vez más aparecen
magistralmente
trabajadas por el autor,
quien consigue en ellas
no solo un original
contrapunto diegético,
sino la posibilidad de
examinar y desarrollar
importantes aristas
caracterológicas.
El lenguaje es otro
mérito: los diálogos
trasuntan desde
germanías distintivas de
los grupos sociales
reflejados, hasta giros
e incorporaciones que,
en términos generales,
reflejan el habla
popular contemporánea,
contribuyendo en no poca
medida al notablemente
armado flujo narrativo
de la pieza.
En la puesta de Quiñones
se aprecia un empalme
con los presupuestos
estéticos de Melo; el
experimentado teatrólogo
ha entendido muy bien,
digamos, esos nexos
alternativos de los
personajes, y responde
con una lectura donde la
circularidad
escenográfica, las
rotaciones más generales
del espacio y la
economía de recursos de
representación resultan
lo más importante.
Lástima que no le ayuden
los paneles
conformadores de la
escenografía los cuales,
si bien fueron diseñados
para esa
multifuncionalidad, en
la práctica se vuelven
pesados e imprácticos,
al punto de llegar a
afectar la dinámica de
la puesta.
Por demás, las luces
—conformadoras eficaces
de atmósferas tanto las
de interiores o las
evocativas, como las que
transcurren al “aire
libre”—, la música
—correlato sutil,
elegante y equilibrado—
y las actuaciones,
propician en buena
medida las excelencias
del resultado.
Respecto a estas
últimas, valga resaltar
el trabajo de conjunto,
pero se impone siempre
un acercamiento a las
individualidades: Dayron
Moreno proyecta la
desfachatez y
desvalorización de su
personaje con la
sensualidad y
pragmatismo que lo
caracterizan; Giselle
Sobrino encuentra
el justo semitono entre
la candidez y lo
utilitario entre el amor
y lo que considera
deberes en su dudosa
escala valórica; Loreta
Estévez transmite con
auténtica convicción
otro debate: la madre
que aún se siente mujer,
por demás atractiva y
con derecho al amor, por
lo cual no siente
escrúpulos al entrar en
el perenne juego del
toma y daca que implica
el comercio
—cualesquiera que fueren
sus manifestaciones—
mientras Roger Roguez es
ese adolescente lleno de
dudas, incluyendo su
naciente sexualidad y la
inmadurez que signa
todos sus actos y
precipita el (eso sí:
predecible) clímax.
Esteban León y Rafa
Quesada convencen, y nos
recuerdan que realmente
no existen los
secundarios.
Juego de máscaras, doble
moral, dudosos códigos
éticos, antivalores mal
incorporados a una
sociedad que mucho ha
luchado por no
abrazarlos, y en el
fondo, ese amor doloroso
que pugna por emerger
entre tanta falencia y
dolencia, son llagas que
los incisivos dedos de
González Melo y Quiñones
tocan sin miramientos. Y
que el buen teatro
siempre ayuda a purgar y
exorcizar. |