Año VIII
La Habana
del 3 al 9
de ABRIL
de 2010

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Nevada:

Soñando desvíos

Frank Padrón • La Habana

 

El problema no es/ que el tiempo sentencie extravío/
cuando hay juventudes/ soñando desvíos.

Silvio Rodríguez

La aún breve pero intensa y motivadora dramaturgia del cubano Abel González Melo (Chamaco) discursa habitualmente sobre la juventud cubana de hoy, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta que el autor la integra.

Nevada, pieza que ha puesto en escena Fernando Quiñones (Betún) con su grupo Rita Montaner vuelve en torno al ítem, acercando alguna de las (in)variantes que pueden rastrearse ya en la poética del novel autor: una, llamémosle, “circularidad relacionante” (varios personajes conectados entre sí por vínculos familiares o sociales coinciden, sin saberlo, en el mismo objeto erótico), una radiografía de la nocturnidad habanera y el indagar en los fuertes nexos de los seres humanos con el contexto. Esta vez, incluyendo en el desenlace un guiño al melodrama clásico. 

Ya se sabe cómo los drásticos cambios en la sociedad cubana a partir de los años 90 del pasado siglo han horadado la economía, los valores y como resultante, la praxis laboral y social de muchos, más allá de edades y perfiles; entre los más nuevos, se aprecia una mayoría que, a contrapelo de dificultades ingentes, estudian y/o trabajan, seguros de que pese a todo lograrán garantizar(se) un porvenir.

Otros, sin embargo, emplean esa envidiable energía de los años mozos en intentar abandonar el país y conquistar nuevos horizontes; ahí se incluyen los que ejercen la prostitución, el proxenetismo, las ventas ilícitas (incluyendo las drogas), ora para conseguir tal objetivo, ora para vivir un poco mejor.

En estos últimos se concentra Nevada que, además de ciertas implicaciones literales, alude al punto geográfico adonde sueñan marchar los protagonistas.

Una vez más, González Melo capta con precisión y agudeza ciertos estados sociales de la “Habana de noche”: un cine de la Habana Vieja —con un CVP de “anfitrión”— sirve de referente espacial y dramático donde confluyen el chulo, la joven prostituta que es su novia y la madre de esta, quien a su vez hace servicio doméstico (de variado tipo) en casa del primero.

Fuera de ese punto (esencial en el relato) están: la casa de la chica —donde también conoceremos a un hermano “camilito” que acaba de abandonar la escuela— y la de su prometido, que alquila para que la novia “compartida” tenga esos encuentros de donde saldrá el dinero que los llevará, presuntamente, a la anhelada “tierra prometida” que titula la obra.

Las referidas coincidencias erótico/familiares una vez más aparecen magistralmente trabajadas por el autor, quien consigue en ellas no solo un original contrapunto diegético, sino la posibilidad de examinar y desarrollar importantes aristas caracterológicas.

El lenguaje es otro mérito: los diálogos trasuntan desde germanías distintivas de los grupos sociales reflejados, hasta giros e incorporaciones que, en términos generales, reflejan el habla popular contemporánea, contribuyendo en no poca medida al notablemente armado flujo narrativo de la pieza.

En la puesta de Quiñones se aprecia un empalme con los presupuestos estéticos de Melo; el experimentado teatrólogo ha entendido muy bien, digamos, esos nexos alternativos de los personajes, y responde con una lectura donde la circularidad escenográfica, las rotaciones más generales del espacio y la economía de recursos de representación resultan lo más importante.

Lástima que no le ayuden los paneles conformadores de la escenografía los cuales, si bien fueron diseñados para esa multifuncionalidad, en la práctica se vuelven pesados e imprácticos, al punto de llegar a afectar la dinámica de la puesta.

Por demás, las luces —conformadoras eficaces de atmósferas tanto las de interiores o las evocativas, como las que transcurren al “aire libre”—, la música —correlato sutil, elegante y equilibrado— y las actuaciones, propician en buena medida las excelencias del resultado.

Respecto a estas últimas, valga resaltar el trabajo de conjunto, pero se impone siempre un acercamiento a las individualidades: Dayron Moreno proyecta la desfachatez y desvalorización de su personaje con la sensualidad y pragmatismo que lo caracterizan; Giselle Sobrino       encuentra el justo semitono entre la candidez y lo utilitario entre el amor y lo que considera deberes en su dudosa escala valórica; Loreta Estévez transmite con auténtica convicción otro debate: la madre que aún se siente mujer, por demás atractiva y con derecho al amor, por lo cual no siente escrúpulos al entrar en el perenne juego del toma y daca que implica el comercio —cualesquiera que fueren sus manifestaciones— mientras Roger Roguez es ese adolescente lleno de dudas, incluyendo su naciente sexualidad y la inmadurez que signa todos sus actos y precipita el (eso sí: predecible) clímax. Esteban León y Rafa Quesada convencen, y nos recuerdan que realmente no existen los secundarios.

Juego de máscaras, doble moral, dudosos códigos éticos,  antivalores mal incorporados a una sociedad que mucho ha luchado por no abrazarlos, y en el fondo, ese amor doloroso que pugna por emerger entre tanta falencia y dolencia, son llagas que los incisivos dedos de González Melo y Quiñones tocan sin miramientos. Y que el buen teatro siempre ayuda a purgar y exorcizar.       

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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