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En una carta del 11 de
febrero de 1932,
dirigida al Dr. Severo
García Pérez, a quien
días antes había enviado
un ejemplar de
Sóngoro Cosongo,
escribe Nicolás
Guillén:
“Sincera y comprensiva
carta la de usted. Ella
me ha hecho meditar, una
vez más, sobre nuestro
conflicto étnico y la
necesidad de tomar un
camino. ¿Por qué todos
los blancos de Cuba, de
su tipo, no juntan sus
esfuerzos para aplastar
la preocupación,
borrándola de la Isla?
La pregunta es tan
ingenua como justa, ya
lo sé.” (1)
Hay que interrogar a las
palabras, encontrar la
densidad o debilidad de
un pensamiento incluso
allí donde no está
anunciado. Hay que no
rechazar el encanto de
la exposición, quizás
con más alerta cuando
más nos satisface. Si
según Guillén la
pregunta es justa, ¿por
qué es también ingenua?
¿Qué tiene que suceder,
en términos lógicos,
para que una demanda sea
imposibilitada y de qué
modo un elemento anula
al otro? Dado que la
respuesta da, como un
hecho, la existencia de
un conjunto de aquello a
lo que denomina “los
blancos de Cuba, de su
tipo” (o sea, una
categoría particular de
individuos para quienes
no existiría prejuicio
racista) y puesto que
dicho conjunto en modo
alguno es
estadísticamente poco
significativo (puesto
que tiene capacidad de
“aplastar”, tal es el
verbo que se utiliza) el
prejuicio: ¿qué tiene
que ocurrir para que
nada de esto ocurra?
A este propósito, la
carta de Guillén es una
pequeña joya, un modelo
de fina ingeniería
verbal que juega con la
contradicción e impone
sutiles desapegos al
develar las posiciones
de quienes dialogan. No
hay otro modo de
entender que, luego de
haber colocado al
interlocutor en un grupo
privilegiado (“los
blancos de Cuba, de su
tipo”) y de haber
precisado que “de los
blancos depende, en gran
parte, que ese problema
entre en un proceso de
resolución final”, el
tercer párrafo comience
con la fijación de una
distancia poco menos que
inconciliable:
“Pocos, poquísimos –iba
a decir ninguno- son los
blancos que están
totalmente exentos de
prejuicios contra el
negro. Usted mismo,
aunque diluidos y
vaporosos, acaso sienta
alguna que otra vez que
le suben en una fina
columna como de humo
lejano. Pero usted sabe
irlos apartando de su
camino, usted lo quiere
además.” (2)
Lo fascinante de la
anterior cita, junto con
la formidable apertura
que otorga al prejuicio,
está en que la
desaparición final de
éste deriva, a fin de
cuentas, de un querer;
es decir, de un acto de
la voluntad que sólo
alcanzaría su objetivo
en tanto se realice en
compañía de una
permanente vigilancia
ética alrededor de la
conducta propia. Además
de ilustrar cuán
profundo es el daño que,
para la convivencia
humana, dejan en sus
poblaciones las
sociedades esclavistas,
el fragmento establece
un detalle de las
posiciones subjetivas en
el que no se suele
pensar: la fragilidad de
aquel que cree no ser ya
(subrayo el adverbio)
víctima de prejuicios
racistas.
Mi interés al enfatizar
el adverbio obedece a
destacar que se trata de
una proposición que
desborda el momento
particular en el cual
fuera enunciada y por
tanto resulta igualmente
válida para nuestro
tiempo. Dentro de un
esquema general, en una
situación de hegemonía y
subordinación, la
pertenencia al grupo
hegemónico implica el
acarreo de una herencia
irrechazable, que los
individuos arrastran
incluso cuando la
repudian, una falla
inscrita en el origen
mismo que cuando no se
manifiesta opera ante el
horizonte de su
actualización. Dicho de
otro modo, habrá siempre
la posibilidad de dar
nueva vida al prejuicio,
de rebajar la vigilancia
y, paradójicamente, si
se aceptara suspender el
juicio ético, tener paz.
Claro que una paz
inquietante, la de
precipitarnos, de una
vez, en el interior del
prejuicio, dejándonos
llevar por cualquier
fantasía acerca del
subordinado económico,
político y
socio-cultural. O acaso
aquella otra que no
esconde a la habilidad
analítica de Guillén: la
de haber conseguido
escapar de un prejuicio,
el creerlo, al tiempo
que se le sigue
practicando o se le pone
límite a la voluntad,
pues se considera
suficiente detener esta
en el hecho de la
purificación individual.
Por tal motivo, la
pregunta inicial es
justa, ingenua y
también, en el contexto
de la carta, un
aviso-trampa para quien
se considera emancipado,
pues la prueba última
(que, además, debe ser
permanente) de habernos
alejado del accionar de
la hegemonía es hablar
sin descanso en su
contra e igualmente sin
descanso fomentar
solidaridad.
En el diseño anterior lo
permanente implica que
el prejuicio, aunque
activado tal vez en un
instante preciso, existe
dentro de un continuo,
un estado de cosas que
engloba economía,
política, sociedad y
cultura en general; de
ahí la profundidad de la
demanda que Guillén hace
sobre la necesidad de
hablar y de establecer
solidaridades, pues no
alcanza con confrontar
en un espacio en tanto
se mantiene silencio en
los demás. Dado que la
señal de refuerzo para
un prejuicio proviene de
cualquiera de los
espacios mencionados, la
respuesta necesita
extenderse sobre esa
misma totalidad y
sobrepasarla en la
propuesta de un nuevo
modo de vivir que rompa
la díada
hegemonía-subordinación.
Es aquí donde
corresponde averiguar
cuál es la posición
subjetiva que permite
anunciar que nos hemos
emancipado al tiempo que
conservamos aún residuos
de la práctica
hegemónica o incluso su
núcleo principal, desde
dónde es posible creer
que ya no se obedece a
los prejuicios a la vez
que tal convicción nos
ciega para las
manifestaciones de ese
mismo prejuicio en la
vida que diario nos
rodea. Dado que otro
momento de la carta
advierte al interlocutor
“como usted sabe, del
blanco es realmente el
prejuicio contra el
negro, y si alguno
existiera por parte de
éste, no sería más que
reflejo.” nos podemos
preguntar qué es
necesario tener o
disponer para salir,
permanecer o entrar en
la posición hegemónica
más que la pertenencia
que dicha posición.
Puesto que tal
distinción no puede ser
justificada a través del
derecho, entonces sólo
la podemos entender como
el modo de manifestarse
un privilegio: el
privilegio blanco.
El término, acuñado por
Peggy Mc Intosh en
Privilege and Male
Privilege: A Personal
Account of Coming To See
Correspondences through
Work in Women's Studies
(1988), se refiere al
particular modo de
ceguera que la autora
identifica en el
siguiente momento
auto-analítico:
“Como persona blanca
descubrí que había sido
enseñada a pensar, a
propósito del racismo,
como algo que ponía a
los otros en desventaja,
pero había educada para
no ver uno sus
corolarios: el
privilegio blanco, que
me colocaba en posición
de ventaja”.
La fractura que aquí se
manifiesta incluye al
mismo anti-racista que
es capaz de ver las
dificultades que
atraviesa el Otro pero
que, al hacerlo, fabrica
una locación
apocalíptica desde la
cual es incapaz de
valorar que el acto
discriminatorio no se
efectúa contra un fondo
neutral ni es una
violencia del ahora,
sino que es más bien un
desprendimiento de la
violencia constante que
sostiene el privilegio
blanco, una de cuyas
condiciones básicas es
el silencio acerca de su
misma existencia o
realidad.
Aunque sin convertir el
privilegio en categoría
específica que sirva
para articular un modelo
analítico, a ello se
había referido Guillén
cuando —en el artículo
titulado El camino de
Harlem, de 1929—
comentó la
práctica, todavía común
a inicios del siglo XX,
de utilizar el espacio
público
(fundamentalmente en los
parques) según el color
de la piel de las
personas y además
mencionó la negativa a
brindar servicio a
negros en barberías
donde aseguraban no
saber arreglar “ese
pelo”, así como a la
imposibilidad de acceso
de individuos de ese
color de piel a empleos
como oficinas bancarias
o ferrocarrileras. Otro
texto más, La
conquista del blanco
(también de 1929),
describe dos vectores
del mecanismo de
represión cultural que
experimentan los
subordinados sobre sí:
“… aspirar legítimamente
a ser “ciudadanos
blancos” en la República
de Cuba, sin la
capitis diminutio
que restringe el
desenvolvimiento de
ciertas actividades y
tasa escrupulosamente en
otras el respeto que
imaginamos merecer, sin
parara mientes en lo
exiguo de nuestros
conocimientos
literarios, científicos
y filosóficos” (p. 17)
Tomado del Derecho Civil
Romano, el término
latino significa
“disminución de
categoría” o “pérdida de
derechos civiles”.
Restricción del
desenvolvimiento y tasa
escrupulosa (lo cual es
igual que permanente
examen, registro y
atención) son estos
procedimientos que
maniobran contra un
fondo de exigencias que
los individuos (negros)
apenas están en
condiciones de cumplir,
al tiempo que no son
exigidas al congénere de
piel blanca con la misma
intensidad. Por ello
Guillén ironiza con
acritud al comentar que,
para cumplir una vida
promedio, ningún blanco
necesita “ser un
Varona”, “escribir un
libro, pronunciar una
conferencia o dar un
viaje al Polo.” (p. 18)
Dicho de otro modo, el
dispositivo de control
contra el subordinado
exige, tensa al grupo y
finalmente lo filtra
para que sólo destaque
lo desmesurado y
excepcional.
Años más tarde, en
Tres anécdotas y una
encuesta (texto
originalmente aparecido
en Hoy, el 27 de
julio de 1941), Guillén
vuelve al tema del
privilegio, esta vez
mediante el relato de
una anécdota personal en
la cual un amigo (joven
escritor blanco a quien
describe como
“candorosísima persona
en el fondo”) le asegura
carecer de prejuicios
raciales: “Tanto es
así”, dice, “que me
sería grato en extremo
invitarlo a usted a mi
casa y sentarlo a comer
en compañía de mis
padres y de mis
hermanos.” La respuesta
del poeta es antológica
y merece ser citada por
extenso:
-
A mí me pasa lo mismo
que a usted. No tengo
prejuicios de tan
mezquina índole, y por
supuesto que lo
invitaría también con
mucho gusto, y lo
sentaría a la mesa
conmigo y con mis
familiares…
El hombre sorprendióse,
sin duda. No me dijo
nada, pues lo contrario
hubiera sido el colmo.
Pero en la forma de
mirarme, y en el
desasosiego de que dio
muestras enseguida,
comprendíase a la legua
que no juzgaba como cosa
nueva lo ofrecido por
mí. ¡Hazaña, y grande,
la suya, porque siendo
un blanco hallábase
dispuesto a comer
acompañado por un
negro”. (4)
En el estupor del
interpelado es donde se
localiza el privilegio
de quien supone ser
poseedor único del
derecho a fijar o
conmover los órdenes;
además de ello, Guillén
retrata el ridículo de
una conducta que
fundamenta su libertad
en el hecho de dar
pruebas efímeras de su
amplitud. Al parecer,
según lo anterior, la
manera de no ser
prisionero de prejuicios
sería sometiéndose a
examen mediante el
cumplimiento de un único
y momentáneo acto
desmesurado; más el
mismo hecho de otorgarle
tal magnitud de hazaña,
casi bordeando la
exageración, a lo que
debiese ser normal,
desvanece el esfuerzo.
Semejante matriz de
intercambios, entre
hijos de la hegemonía y
de la subordinación,
constituye un modelo
aplicable a cualquiera
otra forma de prejuicio
o discriminación.
De la carta a Severo
García que citamos al
inicio es posible
extraer aún otro detalle
más o guía para
confrontar las
manifestaciones de
prejuicio racial, este
referente a la
obligación de un
abordaje tal que permita
poner a un lado las
pasiones e ir en
dirección a la verdad
por dolorosa que nos
sea; hablo, en
particular, del elogio
implícito del saber
científico y de la ética
en búsqueda de alguna
verdad (que sería el que
justifica tal modo de
dialogar) contenido en
ese momento en el cual
Guillén escribe:
… cuando el problema
sociológico de Cuba se
intelectualiza, es
decir, se juzga con la
inteligencia y no con el
corazón, ni el negro
llora con lagrimones
ridículos su malestar
social, ni el blanco
vendrá a abrazarlo
mentirosamente, para
decirle, como en mítines
políticos y en las
manifestaciones, que
aquí todos somos iguales
y que la República no
reconoce fueros ni
privilegios… No. Usted y
yo, para hablar de estas
cosas, siempre tendremos
que dejar a un lado
–como usted hace en su
carta y yo en la mía-
los lugares comunes de
la sociología criolla.
(5)
En oposición a ello, la
forma en la que
semejante intercambio es
obstruido por la
ideología nacionalista y
sus mitos de armonía
racial, se torna
transparente cuando en
Tres anécdotas y una
encuesta, luego de
dudar de la efectividad
de estas últimas (pues
allí cada quien intenta
siempre aparecer mejor
de lo que es), se burla
amargamente Guillén:
“¿El blanco? ¡Pero
hombre! ¡Hermano “hasta
afuera” del negro! ¿El
negro? ¡Pero por Dios!
¡Encantado con el
blanco! Y Maceo y Martí
allá arriba, como dos
angelitos, en una nube
de colores, presidiendo
con una sonrisa de
felicidad la unión de
nuestra patria. Al
final, el himno, y aquí
no ha pasado nada”. (6)
En términos parecidos se
había manifestado en el
artículo titulado El
camino de Harlem
(del año 1929) al
advertir que un
obstáculo para la vida
armónica entre blancos y
negros era la hipocresía
de ambos, algo que se
demostraba al
preguntarle al uno por
el otro:
“Para el blanco —y hablo
en sentido general, sin
ánimo de mortificar a
nadie— el negro es su
hermano, sobre todo
cuando se lo pregunta un
negro; y para éste, el
blanco es su amigo
entrañable, más que nada
cuando tiene que hablar
en presencia de un
blanco.” (7)
La claridad política de
Guillén atraviesa a
ambos grupos del
conflicto y nos avisa
que el silencio social
alrededor de un problema
no solo es
responsabilidad de quien
subordina, sino que
puede ser fabricado
entre todos los
participantes; este
breve apunte enlaza con
algo que antes había
postulado en el artículo
titulado La conquista
del blanco, del año
1929, donde afirmaba:
…creo que el negro
cubano tiene un gran
tanto de culpa en su
propio problema. Su
enfermedad social es la
timidez. (8)
La timidez de la que
Guillén habla es aquella
que manifiesta quien
ahonda su propia
condición subordinada al
no decidirse a saltar
hacia el espacio público
ocupado por el blanco
detentor de la
hegemonía; en
correspondencia con
ello: “… el blanco
cubano ha ido
habituándose lentamente,
por la apatía negra, a
sentirse solo en el
vasto escenario de la
vida republicana.” Para
enfrentar esto, según
Guillén, correspondía:
“hacer acto de presencia
en todos los sitios
públicos donde sepamos
que habremos de
sorprender a los
blancos, pues nuestra
misma timidez los ha ido
acostumbrando a no
vernos” (p. 19).
Esta sorprendente manera
de lidiar con el tema
del privilegio blanco
(donde los de tal color
de piel están solos “en
el café de lujo”, “los
grandes actos oficiales”
y “en el paseo de buen
tono”) pone el énfasis
en los individuos de
aquella clase social que
pueden disfrutar de
estos tres espacios a la
vez; o sea, aunque
reconoce la existencia y
disfrute del privilegio
en todos los integrantes
del grupo definido como
“los blancos cubanos”,
focaliza la raíz del
trauma en aquella parte
que, además de heredar
una tradición cultural y
de sociabilidad
discriminatoria (los
blancos cubanos de
clases humildes),
alientan el privilegio
porque es, en sus manos,
una forma de dominación
no sólo cultural sino
económica y política.
Dicho de otro modo,
establece una fina
distinción entre la
acción mimética que
tiene lugar cuando se
reproduce un
comportamiento heredado
y la acción interesada
que enlaza el deseo de
conservar orden político
y beneficio económico;
para que este substrato
del texto aflore tenemos
que considerar la
elección de la tríada
marcatoria (café de
lujo, actos oficiales,
paseo de buen tono) como
un conjunto de
locaciones sociales y
espaciales crucial.
Al proceder con
semejante sutileza
compositiva, Guillén
introduce una fractura
tajante en el grupo de
“los blancos cubanos”,
del cual antes habló
como si se tratase de un
continuo; ahora, al
dividirlo, hace que el
mensaje vaya dirigido a
una parte que
difícilmente atienda (la
que integra la elite de
la dominación) y a otra
mayor que entonces se
habrá de ir reconociendo
como instrumento de la
anterior y así no sólo
los valores que ha
negado al negro (a quien
consideró inferior),
sino que aumentará su
comprensión del mundo
cuando entienda que los
privilegios y divisiones
alentados por la elite
son útiles, sobre todo a
ella misma: de hecho,
una de las principales
garantías para el
mantenimiento de la
dominación global por
motivos de clase. De
esta manera, la
estrategia de Guillén,
activa una poderosa
máquina revolucionaria,
para transformar la
sociabilidad y la
sociedad mismas, dentro
de la cual la “solución
cultural” no tiene el
mismo significado que
cuando, con ese mismo
nombre, es pronunciada
por los intelectuales al
servicio de la
dominación; de ahí que
si estos, en La
conquista del blanco,
consideran que el
prejuicio cesará
automáticamente “cuando
la población negra de
Cuba haya alcanzado un
alto desarrollo” (p.
17), Guillén responda
que para llevar una vida
digna no es necesario
ser “matemáticos
famosos” ni “literatos
continentales.” (p. 20)
Tal vez en ningún lugar
aparezcan mejor las
preguntas que articulan
estas batallas de
Guillén que en
Racismo y cubanidad
(1937) concebido como
respuesta al artículo
Africanismo e hispanismo
de Raimundo Cabrera;
allí podemos leer el
núcleo duro a cuyo
alrededor está
organizado tanto el
periodismo como la prosa
del poeta, esa suerte de
herida que recorre la
totalidad de su
producción ya sea bajo
la forma de denuncia o a
la manera de horizonte
que alcanzar:
¿es cierto o no lo es
que el negro ha influido
en Cuba sobre la raza
que lo esclavizó?
¿Constituyen los negros
una raza inferior, como
dice Cabrera?
¿Qué medios de
instrucción tuvo el
esclavo negro?
¿Cuáles tuvo el mismo
negro libre?
¿Es cierto, por último,
que sea perjudicial para
los blancos la educación
junto con los negros?
(9)
Vuelvo a repetir que no
es el privilegio blanco
una categoría
articuladora del
pensamiento de Guillén
sobre la cuestión racial
cubana, sino una
condición subyacente que
lo atraviesa; algo en lo
cual no se insiste, más
que se conoce que está
allí. La tarea
política que su
pensamiento propone es
la de conseguir
reconocimiento, para el
aporte de los negros
cubanos a sociedad y
cultura del país, así
como propiciar unidad.
Tanto su poesía como su
prosa insisten en
explicar ese aporte como
proveniente de el
momento mismo en el cual
llegaron esclavos negros
a Cuba y en fabricar el
paisaje (virtual para la
época) donde está unidad
está ya realizada; dicho
de otro modo, no hay
dudas en estos textos,
no son documentos de
algo por averiguar, sino
que enseñan certezas e
incluso están escritos
desde una orgullosa
posición de poder
simbólico (como sucede
con La canción del
bongó o Balada
de los dos abuelos,
entre otros).
Sírvannos como guía para
una batalla que es
necesario actualizar a
diario: contra el
prejuicio y también
contra nuestras propias
limitaciones o miedos.
Una nota final sobre
privilegio blanco:
En los últimos años, muy
especialmente dentro de
la academia
norteamericana, ha sido
publicada una
considerable cantidad de
textos que toma como
inspiración el término
“privilegio blanco” (white
privilege), así como
“blancura” (whiteness).
Mientras que el último
intenta definir las
características que
constituyen al sujeto
que una sociedad
considera como “blanco”,
sus historias e
interacciones, sus
condiciones de
existencia como grupo,
etc., el “privilegio
blanco” desplaza la
mirada hacia la lectura
y estudio de aquellos
beneficios que se
reciben y son percibidos
como naturales por los
integrantes del grupo
que en una sociedad son
reconocidos como “los
blancos”. En este
sentido, al realizar el
análisis de las
dinámicas entre tales
blancos y negros, la
pregunta fundamental es
movida en dirección a
quien detenta la
hegemonía; o sea, no es
ya más saber “qué ocurre
con la víctima, cómo
vive, qué padece, cómo
ayudarlo a ser como
nosotros”, sino más bien
“de qué he podido
beneficiarme con solo
estar en este grupo, con
solo tener este color de
piel, de qué sigo
disfrutando, por qué
vías me llega y cómo
—incluso cuando lo
rechazo por convicción—
estoy en condiciones de
reproducir el prejuicio
o racismo y hasta quizás
contribuyo a él creyendo
que no lo hago”.
Puesto que una de las
condiciones básicas de
la dominación es ocultar
sus mecanismos más
profundos, la
instauración,
conservación y traspaso
del privilegio de una a
otra generación,
necesita del silencio o
cuando menos de un ese
modo de aceptación que
hace que lo fabricado y
sostenido con dureza
aparezca como natural.
Aún más lejos, necesita
que tanto el silencio
como la violencia no
sean siquiera visibles,
a partir de lo cual el
usufructuario del
privilegio se tornará
ciego ante sí mismo; un
efecto final de lo
anterior es la negativa
no ya a analizar la
estructura del
privilegio, sino a
aceptar su existencia
misma. Mientras que las
acciones políticas
completan su forma
gracias a la existencia
de ese corte temporal
que es la Ley, a través
de la cual nos resultan
visibles, los tejidos
culturales se organizan
de modo continuo,
elaboran enlaces con
acontecimientos que no
podemos siquiera
localizar la mayor parte
de las veces, al nivel
de la vida privada y
como si lo dado
resultase natural. De
esta manera, en lo que
toca al estudio y
análisis de objetos
culturales, estamos
obligados a leer las
obras tanto en lo que
dicen como en lo que
premeditamente callan o
a partir de aquello que
son incapaces de
articular.
Es aquí donde causas y
consecuencias (pérdida
de derechos, restricción
del desenvolvimiento y
tasa escrupulosa) no
sólo se enlazan, sino
que son intercambiables.
En cualquier país con
orígenes multiétnicos y
donde un grupo haya
estado subordinado a
otro es esencial
mantener vivas la
vigilancia y las
preguntas que apuntan a
descubrir el más
guardado de todos los
secretos; algo tan
simple como que el grupo
detentor de la hegemonía
cultural se
auto-propone, apelando
al silencio y a la
violencia, como la
medida universal de lo
que significa ser
persona en su completa
extensión y
posibilidades. La única
manera de evitarlo es
haciendo, sin temor, las
preguntas correctas:
todas.
Notas:
1. Carta
de Guillén a Severo
García.
en:
¡Aquí estamos! El negro
en la obra de Nicolás
Guillén. p. 11.
2.
Idem.,
p. 12.
3. “As
a white person, I
realized I have been
taught about racism as
something which puts
others in a disavantage,
but have been taught not
to see one of its
corollary aspects, White
privilege, which puts me
at advantage”.
en: White Privilege
and Male Privilege: A
Personal Account of
Coming To See
Correspondences through
Work in Women's Studies.
(“Como persona blanca
descubrí que había sido
enseñada a pensar, a
propósito del racismo,
como algo que ponía a
los otros en desventaja,
pero había educada para
no ver uno sus
corolarios: el
privilegio blanco, que
me colocaba en posición
de ventaja”)
Una buena definición del
término es la siguiente:
“White privilege is
about the concrete
benefits of access to
resources and social
rewards and the power to
shape the norms and
values of society that
whites receive,
unconsciously or
consciously, by virtue
of their skin color in a
racist society.”
en: Teaching for
Diversity and Social
Justice: A Sourcebook.
(“Privilegio blanco es
lo que trata de los
beneficios concretos de
acceder a recursos y
retribuciones sociales y
al poder de dar forma a
las normas y valores de
la sociedad, que los
blancos reciben, de modo
inconsciente o
consciente, por virtud
del color de su piel en
una sociedad racista.”
4. Tres
anécdotas y una
encuesta.
En:
¡Aquí estamos! El negro
en la obra de Nicolás
Guillén, p. 93.
5.
Carta de
Guillén a Severo García.
Idem.,
p. 12.
6.Tres
anécdotas y una
encuesta.
Idem.,
p. 94.
7. El
camino de Harlem.
Idem.,
p. 94.
8.
La
conquista del blanco.
Idem.,
p. 19.
9. Racismo
y cubanidad.
Idem., pgs. 66, 67 y
68.
Bibliografía:
García
Ronda, Denia
(compiladora)
¡Aquí
estamos! El negro en la
obra de Nicolás Guillén.
La
Habana: Editorial
Ciencias Sociales, 2008,
pp 11-12.
Maurianne Adams, Lee
Anne Bell, and Pat
Griffin, editors.
Teaching
for Diversity and Social
Justice: A Sourcebook.
New York:
Routledge, 1997, p. 97.
Peggy McIntosh
White
Privilege and Male
Privilege: A Personal
Account of Coming To See
Correspondences through
Work in
Women's Studies.
Wellesley
College Center for
Research on Women, MA.
(1988),
McIntosh, P. (1992)
White Privilege and Male
Privilege: A personal
account of coming to see
correspondences through
work in women’s studies,
in: M. Andersen & P. H.
Collins (eds),
Race, Class, and Gender:
An anthology
(Belmont,
CA, Wadsworth Publishing). |