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Este cuento ha corrido mucho de la zona
de Sabana Miguel para
adentro, y
más allá, hasta las lomas de Candela,
llegando a la cordillera del Escambray.
Aún se discute si Buey Viejo no era tan
valiente como se decía, o si Ceferino,
el de Ciego Alonso, tenía el corazón tan
noble... O si había algo más, que nunca
se mencionó.
Algún escucha entendido se ha aventurado
a decir que este cuento tiene un
desenlace azucarado y que “en un final,
na”. Por otra parte, una campesina, ya
anciana, que oyera mucha novela
romántica por su radio de pilas, dice
que lo que pasó en Sabana Miguel, sea
con final de merengue o no, es la
realidad, que eso pasó y que lo que pasó
hacía llorar a cualquiera que de veras
fuera gente.
En fin, este es el cuento y el lector
juzgará.
El joven montero Ceferino Suárez se
había enamorado bravo de Luisa Jacomino,
cierta noche, en un baile que gozara en
Guaos. Allí la vio rechazar muy firme al
bruto Buey Viejo, que pretendió besarla
de improviso, en el mismo medio del
sabroso montuno, llamado El Jorobado”,
que se estaba bailando a toda mecha.
Buey Viejo la amenazó a viva voz, y
Ceferino, que seguía el feo asunto,
intervino, y de un empujón liberó a
Luisa de su torpe galán. El airado Buey
sacó entonces un largo cuchillo y con
ello se paralizó el baile. De ahí no
pasó. Buey Viejo fue expulsado del salón
como bronquero irremediable.
Ceferino bailó el resto de la noche con
Luisa. Se enamoró de su voz alegre, de
su rostro y de lo bien que le cogía el
golpe al montuno.
Cuando, terminado el baile, el feliz
Ceferino fue en busca de su caballo,
amarrado a una mata de ateje, Buey
Viejo, que lo estaba esperando, lo
acometió con un machete entre la grita
de las gallinas. Ceferino fue
sorprendido por completo.
Acudió la gente, la víctima sangraba de
un tajo en un brazo. En un viejo Ford lo
llevaron a curar a Cumanayagua. Buey
Viejo escapó en el angustioso barullo.
Ceferino era fuerte y sanó. Luisa lo
había visitado, interesada en su salud.
Gran jinete, Ceferino iba a verla, seis
leguas campo adentro, los jueves y los
domingos. Ennoviaron y ya hablaban de
bodas. A Buey Viejo no lo nombraban
nunca.
Ceferino contaba con dinero para el
casorio, pero no tenía un centavo para
el viaje de luna de miel. Ambos querían
conocer La Habana, la gran ciudad, con
sus bellezas y diversiones. Luisa soñaba
con el viaje, ya desde niña. Pero no
había podido salir de los contornos
porque sus padres eran simples
aparceros.
Un anochecer, mientras conversaban sobre
sus proyectos, les llegó una noticia
halagüeña. En Sabana Miguel se
celebraría un torneo de cintas con cien
pesos de premio para el jinete vencedor.
Ceferino se contentó largo; en toda
aquella zona no había un jinete como él:
irían a La Habana. Luisa compartió su
seguridad.
La futura suegra le dijo en tono
cariñoso:
—¿Ves? Ya todo se arregla...
En el medio tiempo, Buey Viejo,
despechado, se raptó a una joven
deCamajuaní, y ya tenía una niña de
meses.
Buey Viejo supo lo del torneo y decidió
competir: él también necesitaba de aquel
dinero. La niña estaba enferma y ningún
curandero de la zona le había hallado
remedio. Debía llevarla a una clínica de
Placetas e internarla, pero no tenía un
centavo, y la niña languidecía.
Necesitaba fuertemente los cien pesos.
El día de las carreras, Buey Viejo
divisó a Ceferino entre los competidores
y se estremeció. Tenía ante él al único
rival posible.
Se estremeció hondo. Ceferino era el
mejor jinete, se lo sabía bien.
Se lo pensó un poco. Se le fue
acercando.
Ceferino lo vio venir y puso la mano
derecha sobre la piña de su machete.
Buey Viejo vio el gesto.
Se le acercó más. Ya frente a frente le
dijo:
—Vamos a la mitad...
Ceferino callaba.
—Si gano te doy la mitad, si ganas me
das la mitad...
Ceferino le dijo:
—No. Necesito ese dinero. Tú tienes una
colonita que te da plata. Yo no tengo
más que las patas de mi caballo.
Buey Viejo le respondió:
—Na, no tengo na. El dueño me botó con
un contrato falso. Vino la guardia rural
y ahora vivo en un callejón, bota’o...
Necesito
ese dinero. Tengo la niña enferma.
Ceferino, terco, le repuso:
—No va. El trato no va. Necesito el
dinero para mi viaje de luna de miel.
Eso es una vez en la vida... Los niños
siempre están enfermos...
Buey Viejo se retiró, la mirada cargada
de odio. Y el torneo se celebró entre
grande meneo y nerviosa gritería y
emociones en desborde. Ceferino cobró
los cien pesos.
Cuando el triunfador jinete regresaba a
su casa en Ciego Alonso,
a medio galope, feliz como nunca, no
podía imaginar que Buey Viejo lo
esperaba escondido tras una ceiba en una
curva de un callejón arbolado.
Fue fácil. De un garrotazo cayó Ceferino
al suelo mientras su caballo escapaba.
La sangre le cubrió el rostro
prontamente. Buey Viejo buscó en sus
bolsillos, en el pantalón y en la guayabera.
No encontró el dinero.
Ceferino despertó al sentir su cabeza
sacudida.
Oyó la pregunta de Buey Viejo:
—¿Dónde están los cien pesos?
Lo escuchaba con dificultad.
—¿Dónde están los cien pesos,
desgracia’o?
Lo mira. No puede hablar.
Buey Viejo observó su mirada y le dijo:
—Si no me dices dónde están te mato aquí
mismo...
Ceferino quería hablar. No podía. La
sangre llenaba su boca, salía de sus
oídos.
Buey Viejo levantó el garrote.
—Dímelo o te mato.
Ceferino vio la muerte en los ojos de
Buey Viejo. Pensó en Luisa, en sus
bodas. Hizo un esfuerzo por hablar,
entreabrió los
labios.
Escupió un coágulo de sangre y murmuró
ronco:
—Buey...
Buey Viejo puso una oreja cerca de la
boca.
—No tengo... el dinero... arriba...
Buey Viejo lo miró con ojo violento.
—Buey... el dinero... se lo llevó mi
novia... a tu mujer... pa’ que... se
fuera... Buey Viejo casi metió su oreja
en la boca de Ceferino. ...con la
niña... pa’ la Bana...
La noche había cerrado. Tan espesas eran
sus sombras que tres jinetes que bajaban
de Caonao para Ciego Alonso no distinguieron,
en la misma orilla del estrecho camino,
el tensado cuerpo
de Buey Viejo que avanzaba con un hombre
en sus espaldas.
Así termina el cuento, que ha corrido
leguas por los campos aledaños a Sabana
Miguel. Si el oidor entendido que
calificó de “final de merengue” este
episodio tenía razón, o si, por el contrario,
la vieja escuchona de novelas acertaba
al afirmar que era “una realidad que
pasó y que seguirá pasando mientras haya
gente de verdad en el mundo”, ello lo
decidirá el avisado lector, al que damos
por experto en estos pedregosos
menesteres.
Samuel Feijóo (Cienfuegos, 1914-1992):
editor, poeta, pintor, cuentero y folklorista. Recopiló
dicharachos, trabalenguas e historias de nuestros
campos. Feijóo dejó una huella imborrable desde su
condición de director de la Editorial de la Universidad
Central de Las Villas, de la revista Islas y del
Departamento de Estudios Folclóricos del citado centro
docente. Una de las novelas que escribió, Juan Quinquín
en Pueblo Mocho, alcanzó gran popularidad y fue llevada
al cine, recordándose como uno de esos momentos felices
de confluencia de la literatura y la cinematografía.
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