LA GRAN DECISIÓN (VIII): SEPTIEMBRE
30: Ante la situación presentada,
Camilo decidió llevar a cabo el
nuevo plan de marcha hasta llegar a
Las Villas. Por eso, la Columna
Antonio Maceo, Invasora se desplazó
por el Norte. Ese día, otro fuerte
aguacero puso los caminos casi
intransitables. Los camiones se
atascaron a la entrada del batey La
Jacinta y los sorprendió el
amanecer, tratando de sacarlos de
aquellos horribles fangales. Se
ocupó el batey y se consiguió un
tractor para desatascar los
vehículos, logrando ocultarlos antes
que llegara la aviación. La primera
impresión de los vecinos del batey
fue de temor ante los invasores.
Luego, sin embargo, fueron ganando
su confianza.
Se ocuparon todas las casas y se
situaron columnistas junto al
teléfono, quienes preguntaran por
alguien le respondían que no estaba
y pasado el meridiano, cuando se
interesaran porque los niños de la
escuela no habían regresado a sus
casas, decirles que una “inspectora”
estaba allí y que, si lo deseaban,
podían ir a recogerlos. Todos los
que llegaban al batey quedaban
detenidos. Se organizó una buena
defensa en los lugares de entrada de
vehículos —en este caso, en la línea
del ferrocarril— y aunque los
terraplenes eran intransitables, no
por eso se dejaron de vigilar.
También se situaron exploradores
avanzados, a caballo, encargados de
avisar a tiempo la aproximación de
vehículos con enemigos.
Compraron todos los víveres
comestibles, incluso toda la
latería. Gastaron más de $400,00. La
comida se cocinó en cada casa y, a
pesar de la negativa de las familias
se hizo con los víveres comprados.
Creo que todos los miembros de la
Antonio Maceo estaban de acuerdo en
que, a pesar de la tensión ante la
posibilidad de un ataque, pasaron
allí el mejores día durante el
recorrido por Camagüey.
En la Escuela Pública No.12 los
alumnos estuvieron muy bien. Se les
compraron golosinas y Pinares les
sirvió de maestro. Él, con su gracia
natural, les hizo pasar un día bueno
e inolvidable. Aquellos niños hoy,
adultos, seguramente, recordarán
aquel maestro improvisado que, años
más tarde, en aras del
internacionalismo ofrendó
generosamente su sangre junto al
Guerrillero Heroico, en el altiplano
boliviano.
Ese día la maestra estuvo ausente a
clases y fue por eso que Pinares
tuvo que ejercer esa función. Por la
tarde, antes de partir, se les pagó
el jornal a los obreros del batey
que estaban detenidos. También se
liberó a todos los que traían
prisioneros, excepto los dos
militares y el montero. Se les dio
dinero para sus respectivos
traslados y por el tiempo que
permanecieron con la columna.
Camilo habló a los niños. Les dijo
que le pidieran a la maestra que les
explicara quién era Martí y por qué
había luchado y muerto. Se colocó
una ofrenda floral ante el busto del
Maestro, se cantó el Himno Nacional
y los niños, junto con los invasores
gritaron a toda voz: ¡VIVA CUBA
LIBRE!
Se aceptaron cuatro ingresos, los
tres primeros, de aquella zona y el
último de Las Villas: Pedro Nodal,
Fulgencio Nodarse, Mario Lima y
Alberto Ríos (traidor). Comieron con
calma junto a los atentos vecinos, y
alrededor de las 20:00 horas
iniciaron la marcha. La despedida
fue emocionada, proporcionó aliento
a los rebeldes para continuar la
lucha. También ocurrió un hecho
conmovedor: el niño Armando Alfonso
quiso partir con los rebeldes y,
como esto no era posible, comenzó a
llorar. Hubo que acudir a una
mentira piadosa: Se le dijo que al
otro día regresaríamos a buscarlo.
Con ayuda de los tractores los
camiones salieron del fangal y se
situaron en el terraplén que va
desde la carretera de Ciego de Ávila
a Morón. Transitaron unos cuantos
kilómetros por esa carretera, una
vía en pésimas condiciones, situada
antes de cruzar la famosa Trocha de
Júcaro a Morón, construida en 1895
para cortar el paso de las gloriosas
huestes mambisas comandadas por
Máximo Gómez y Antonio Maceo, en su
arrolladora marcha hacia occidente.
Como el paso de la Trocha era
peligroso, se abandonaron los
camiones y se pasó a pie. Escucharon
una detonación y tratamos de
investigar su origen, pero nada se
supo. Se cortaron los alambres
telefónicos y se reanudó el avance.
Al oír el ruido de motores se creyó
que pertenecían a una turbina o algo
parecido y se detuvo la marcha para
ver si era posible conseguir
combustible para los camiones.
Resultó que aquellos motores eran de
los equipos del acueducto de la
ciudad de Ciego de Ávila y estaban
custodiados por siete guardias
rurales, pero solo había tres, los
demás estaban de pase. Uno de ellos
fue apresado antes de llegar a los
equipos y suministró toda la
información. Otro de los custodios,
el cabo Montejo, quien se encontraba
en su casa, al oír el ruido sacó su
Springfield por la ventana, pero el
teniente Walfrido, que iba a
detenerlo le hizo fuego con su
Browning causándole la muerte. Fue
un hecho penoso, pues en la casa se
encontraban su mujer y un hijo,
quienes, a pesar de la dolorosa
situación, entendieron que la
imprudencia del cabo fue la causa de
su muerte. Si él no hubiese
intentado disparar, nada le hubiera
sucedido.
El otro guardia, Leandro
Castellanos, tuvo tiempo de huir,
pero no de vestirse, por lo que
corrió un buen tramo en
calzoncillos. Recordemos que el plan
de Camilo era asestar un golpe al
enemigo después que saliera del
territorio avileño, con el fin de
atraer las tropas sobre la Columna
No. 8 y así obstaculizar que el
enemigo pudiera tenderle el cerco.
Debido al incidente ocurrido y saber
que el ejército saldría en su busca
al amanecer, decidió darles fuego a
los equipos del acueducto, situados
en el lugar conocido por Ruspoli. En
esta acción terminaba la última
noche del 30 de septiembre.
EL ENEMIGO ASECHA (III): CHE:
“Septiembre 30.- Avanzamos por
dentro de la ciénaga dos kilómetros,
a lo largo de la línea férrea.
Acampamos con el agua a la rodilla.
Llevamos dos días sin comer y
tiritando de frío. Bebemos de esta
agua pestilente que es nuestro único
alimento... Envío exploradores que
nos traen noticias de que todo el
terraplén del ferrocarril es una
línea de fuego. El teniente (...)
Acevedo, (...) sale a inspeccionar
la vía (...) por la laguna. A su
regreso me informa que un gascar
pasó dejando provisiones a los
soldados apostados a cada cincuenta
metro, pero al llegar al borde de la
laguna partió sin hacer más paradas.
(...) inspeccionó la línea. Estaba
desguarnecida”.
Con la certeza que el enemigo está
en posiciones ventajosas, al frente,
a su derecha y a retaguardia, y
teniendo a la izquierda el mangle
pantanoso, más la exploración aérea
sobre la zona
—que
Guevara olvida anotar—,
son obligados a permanecer en el
mismo lugar sin moverse para no
descubrir donde exactamente se
encuentran, pues, el enemigo conoce
que están en esa zona, pero no
dónde. Otro parte de los aforados
indica que han llegado por la
retaguardia muy cerca de la entrada
del monte donde están acampados los
insurrectos. Es evidente que aún no
han descubierto el movimiento de
Camilo y sus hombres hacia el norte
y la concentración enemiga se
mantiene en la zona de Baraguá.
Además contaban con la Fragata
Martí, para evitar cualquier
escape hacia el mar.
Aquella espera dentro del cerco
traía un solo beneficio a los
columnistas: el descansar un poco
más, aunque las condiciones no eran
nada halagüeñas y la comida fue
escasa. El agua que caía ya era
costumbre para los invasores con
otro beneficio: los casquitos no
atacarían. No obstante, era
necesario precisar el posible lugar
por donde pasarían la línea férrea.
Para ello, el comandante ordenó una
nueva exploración. De los que se
ofrecieron como voluntario, se
seleccionaron
—por
su mejor estado físico—
el teniente Rogelio Acevedo, el
rebelde Willy Aleaga y el práctico
Guilarte. Che les dice lo qué deben
de hacer y cómo.