Año VIII
La Habana
2010

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 CRÓNICAS DE LA REVOLUCIÓN 
CAMILO Y CHE (XLVIII)
William Gálvez • La Habana
 

LA GRAN DECISIÓN (VIII): SEPTIEMBRE 30: Ante la situación presentada, Camilo decidió llevar a cabo el nuevo plan de marcha hasta llegar a Las Villas. Por eso, la Columna Antonio Maceo, Invasora se desplazó por el Norte. Ese día, otro fuerte aguacero puso los caminos casi intransitables. Los camiones se atascaron a la entrada del batey La Jacinta y los sorprendió el amanecer, tratando de sacarlos de aquellos horribles fangales. Se ocupó el batey y se consiguió un tractor para desatascar los vehículos, logrando ocultarlos antes que llegara la aviación. La primera impresión de los vecinos del batey fue de temor ante los invasores. Luego, sin embargo, fueron ganando su confianza.

Se ocuparon todas las casas y se situaron columnistas junto al teléfono, quienes preguntaran por alguien le respondían que no estaba y pasado el meridiano, cuando se interesaran porque los niños de la escuela no habían regresado a sus casas, decirles que una “inspectora” estaba allí y que, si lo deseaban, podían ir a recogerlos. Todos los que llegaban al batey quedaban detenidos. Se organizó una buena defensa en los lugares de entrada de vehículos —en este caso, en la línea del ferrocarril— y aunque los terraplenes eran intransitables, no por eso se dejaron de vigilar. También se situaron exploradores avanzados, a caballo, encargados de avisar a tiempo la aproximación de vehículos con enemigos.
 

Compraron todos los víveres comestibles, incluso toda la latería. Gastaron más de $400,00. La comida se cocinó en cada casa y, a pesar de la negativa de las familias se hizo con los víveres comprados. Creo que todos los miembros de la Antonio Maceo estaban de acuerdo en que, a pesar de la tensión ante la posibilidad de un ataque, pasaron allí el mejores día durante el recorrido por Camagüey.
 

En la Escuela Pública No.12 los alumnos estuvieron muy bien. Se les compraron golosinas y Pinares les sirvió de maestro. Él, con su gracia natural, les hizo pasar un día bueno e inolvidable. Aquellos niños hoy, adultos, seguramente, recordarán aquel maestro improvisado que, años más tarde, en aras del internacionalismo ofrendó generosamente su sangre junto al Guerrillero Heroico, en el altiplano boliviano.
 

Ese día la maestra estuvo ausente a clases y fue por eso que Pinares tuvo que ejercer esa función. Por la tarde, antes de partir, se les pagó el jornal a los obreros del batey que estaban detenidos. También se liberó a todos los que traían prisioneros, excepto los dos militares y el montero. Se les dio dinero para sus respectivos traslados y por el tiempo que permanecieron con la columna.
 

Camilo habló a los niños. Les dijo que le pidieran a la maestra que les explicara quién era Martí y por qué había luchado y muerto. Se colocó una ofrenda floral ante el busto del Maestro, se cantó el Himno Nacional y los niños, junto con los invasores gritaron a toda voz: ¡VIVA CUBA LIBRE!
 

Se aceptaron cuatro ingresos, los tres primeros, de aquella zona y el último de Las Villas: Pedro Nodal, Fulgencio Nodarse, Mario Lima y Alberto Ríos (traidor). Comieron con calma junto a los atentos vecinos, y alrededor de las 20:00 horas iniciaron la marcha. La despedida fue emocionada, proporcionó aliento a los rebeldes para continuar la lucha. También ocurrió un hecho conmovedor: el niño Armando Alfonso quiso partir con los rebeldes y, como esto no era posible, comenzó a llorar. Hubo que acudir a una mentira piadosa: Se le dijo que al otro día regresaríamos a buscarlo.
 

Con ayuda de los tractores los camiones salieron del fangal y se situaron en el terraplén que va desde la carretera de Ciego de Ávila a Morón. Transitaron unos cuantos kilómetros por esa carretera, una vía en pésimas condiciones, situada antes de cruzar la famosa Trocha de Júcaro a Morón, construida en 1895 para cortar el paso de las gloriosas huestes mambisas comandadas por Máximo Gómez y Antonio Maceo, en su arrolladora marcha hacia occidente.
 

Como el paso de la Trocha era peligroso, se abandonaron los camiones y se pasó a pie. Escucharon una detonación y tratamos de investigar su origen, pero nada se supo. Se cortaron los alambres telefónicos y se reanudó el avance. Al oír el ruido de motores se creyó que pertenecían a una turbina o algo parecido y se detuvo la marcha para ver si era posible conseguir combustible para los camiones.
 

Resultó que aquellos motores eran de los equipos del acueducto de la ciudad de Ciego de Ávila y estaban custodiados por siete guardias rurales, pero solo había tres, los demás estaban de pase. Uno de ellos fue apresado antes de llegar a los equipos y suministró toda la información. Otro de los custodios, el cabo Montejo, quien se encontraba en su casa, al oír el ruido sacó su Springfield por la ventana, pero el teniente Walfrido, que iba a detenerlo le hizo fuego con su Browning causándole la muerte. Fue un hecho penoso, pues en la casa se encontraban su mujer y un hijo, quienes, a pesar de la dolorosa situación, entendieron que la imprudencia del cabo fue la causa de su muerte. Si él no hubiese intentado disparar, nada le hubiera sucedido.
 

El otro guardia, Leandro Castellanos, tuvo tiempo de huir, pero no de vestirse, por lo que corrió un buen tramo en calzoncillos. Recordemos que el plan de Camilo era asestar un golpe al enemigo después que saliera del territorio avileño, con el fin de atraer las tropas sobre la Columna No. 8 y así obstaculizar que el enemigo pudiera tenderle el cerco. Debido al incidente ocurrido y saber que el ejército saldría en su busca al amanecer, decidió darles fuego a los equipos del acueducto, situados en el lugar conocido por Ruspoli. En esta acción terminaba la última noche del 30 de septiembre.

EL ENEMIGO ASECHA (III): CHE: “Septiembre 30.- Avanzamos por dentro de la ciénaga dos kilómetros, a lo largo de la línea férrea. Acampamos con el agua a la rodilla. Llevamos dos días sin comer y tiritando de frío. Bebemos de esta agua pestilente que es nuestro único alimento... Envío exploradores que nos traen noticias de que todo el terraplén del ferrocarril es una línea de fuego. El teniente (...) Acevedo, (...) sale a inspeccionar la vía (...) por la laguna. A su regreso me informa que un gascar pasó dejando provisiones a los soldados apostados a cada cincuenta metro, pero al llegar al borde de la laguna partió sin hacer más paradas. (...) inspeccionó la línea. Estaba desguarnecida”.

Con la certeza que el enemigo está en posiciones ventajosas, al frente, a su derecha y a retaguardia, y teniendo a la izquierda el mangle pantanoso, más la exploración aérea sobre la zona que Guevara olvida anotar, son obligados a permanecer en el mismo lugar sin moverse para no descubrir donde exactamente se encuentran, pues, el enemigo conoce que están en esa zona, pero no dónde. Otro parte de los aforados indica que han llegado por la retaguardia muy cerca de la entrada del monte donde están acampados los insurrectos. Es evidente que aún no han descubierto el movimiento de Camilo y sus hombres hacia el norte y la concentración enemiga se mantiene en la zona de Baraguá. Además contaban con la Fragata Martí, para evitar cualquier escape hacia el mar.

Aquella espera dentro del cerco traía un solo beneficio a los columnistas: el descansar un poco más, aunque las condiciones no eran nada halagüeñas y la comida fue escasa. El agua que caía ya era costumbre para los invasores con otro beneficio: los casquitos no atacarían. No obstante, era necesario precisar el posible lugar por donde pasarían la línea férrea. Para ello, el comandante ordenó una nueva exploración. De los que se ofrecieron como voluntario, se seleccionaron por su mejor estado físico el teniente Rogelio Acevedo, el rebelde Willy Aleaga y el práctico Guilarte. Che les dice lo qué deben de hacer y cómo.
 


CONTINUARÁ
 

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