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La paradójica fórmula del entretenimiento

Joel del Río • La Habana
 

Acaba de pasar por las carteleras cubanas el filme que se constituyó en primer rubro exportable del cine argentino y, tal vez, latinoamericano durante 2009, récord de taquilla en su país, ganadora del Goya como mejor película iberoamericana, nominada al Globo de Oro e inesperada triunfadora en el Oscar a la mejor película de habla no inglesa (en competencia con La cinta blanca, La teta asustada y El profeta), El secreto de sus ojos que representa más o menos el descubrimiento de la alquimia que convierte el celuloide en oro.



 El secreto de sus ojos


Juan José Campanella ha conseguido manejar a su antojo la elusiva fórmula del éxito total, arrasador, sin fisuras. Y su película le gusta a casi todo el mundo, sobre todo porque combina los recodos de géneros tan “masculinos” como el thriller de persecución, o el drama jurídico y político, con los desfallecimientos del melodrama retro y romántico, de amor imposible. Y así la película satisface a hombres y mujeres, a quienes quieren ver un cine relacionado con temas adultos (el crimen, la culpa, el perdón) y también tiene en cuenta, mucho, a quienes necesitan alcanzar, al menos en la pantalla grande, admirables historias de amor, criminales que reciben su castigo, un país que quiere levantarse por encima de un pasado ominoso.
 

Aquellos pocos espectadores o críticos que se atreven a indicar reservas respecto a El secreto... la mayoría los rechaza indignados porque Campanella consiguió mayoritaria admiración por una obra indiscutiblemente profesional, eficaz dramáticamente, entretenida, sugestiva, eficaz en su presentación un tanto esquemática de los justicieros que padecieron el hundimiento de Argentina en el miedo y el crimen instaurados por la dictadura militar. Entonces... ¿las reservas? Los inconformes apuntan la escasa fuerza y credibilidad de la historia de amor —que solo matiza y subraya los vaivenes de una trama mafioso-política por momentos pavorosa—, los efectismos y gratuidades de la historia criminal (como el interrogatorio al criminal para provocar su confesión, que está muy bien resuelto como diálogo, pero en tanto acción dramáticamente resulta simplemente demasiado), o la complacencia de parcelar la historia argentina reciente entre los buenos y cándidos izquierdistas y los viciosos y despreciables conservadores. Cualquiera es capaz de adivinar que la realidad debe ser mucho más compleja, pero muchas veces, en términos de cine, basta con insinuar la punta del iceberg para que los espectadores puedan colegir que el bloque de hielo puede hundir cualquier Titanic.
 

Me distancio de las consideraciones que aseguran encontrarse delante de una obra maestra, y también me parece injusto catalogarla de entretenimiento oportunista y manipulador. Lo que más me impresiona en El secreto de sus ojos es la capacidad del guión para vehicular lo privado, incluso lo íntimo, hacia el interregno de temas sociales, políticos, reflexivos y de absoluta actualidad. La historia de Benjamín Expósito, secretario de un Juzgado de Instrucción de la ciudad de Buenos Aires, que escribe una novela basada en un caso que lo conmovió 30 años antes, del cual fue testigo y protagonista, está pensada para sumergir al espectador en la violencia y la oscuridad del pasado. Los personajes protagónicos de esta película investigan el pretérito para tratar de librarse de sus pecados, y aplican a su manera la Ley del Talión en una suerte de tácita, pero muy clara invitación a que la nación completa revise en su memoria, y profundice en el empeño de administrar justicia, nunca venganza.
 

En este fino entramado de pasiones personales y de los aciagos sucesos de sesgo político, que jamás serán suficientemente lamentados por el cine, la literatura, las artes y la historia de Argentina, está la trascendencia, a mi entender, de El secreto de sus ojos, una película típica de cierta tendencia del cine latinoamericano reciente en cuanto a la combinación de los temas sociales, e incluso políticos, con los derroteros del cine de entretenimiento, anclado en convenciones genéricas y comercial (con la certeza de que el término está desprovisto aquí de connotaciones peyorativas). En busca de tales artes combinatorias anduvieron antes clásicos recientes tan disímiles como Amores perros, Ciudad de Dios, Carandiru, Iluminados por el fuego, Barrio Cuba o El cuerno de la abundancia, por solo mencionar algunos de los más consensualmente elogiados y premiados.


Hablando de galardones: por absoluta casualidad, le ha tocado a El secreto de sus ojos competir en casi todos los foros internacionales recientes, incluidos el Festival de La Habana, el Goya y el Oscar, con La teta asustada. De modo que los jurados, y también los críticos y el público, se han visto prácticamente obligados a comparar las dos películas, y a elegir a una por encima de la otra. Tienen solo en común el altísimo nivel de ambas realizaciones, pero en nada se parecen. Forzado a la comparación, solo puedo asegurar que en la argentina what you see is what you get, es obvia y evidente por los cuatro costados y decisión soberana del director y guionista. En cambio, la película peruana es insondable y tangencial, cada una de sus secuencias y fotogramas presenta alegorías, símbolos y alusiones de corte histórico, político, étnico y psicológico que cuestionan, al mismo tiempo, el pasado, el presente y el futuro de Latinoamérica. La teta asustada nunca intentó convertirse en un exitazo para complacer multitudes. Casi nunca lo consiguen las películas sutiles, simbólicas, con decisiones artísticas extremas, y que les plantan la cara a las complejas verdades del mundo, y huyen de la complacencia y el esquematismo.
 

Otro tanto a favor de El secreto... es la simpatía y la gracia de sus protagonistas. Ricardo Darín ha estado en el cartel de casi todas las películas anteriores de Campanella. Aquí es el perdedor por antonomasia durante casi toda la película. Quien lo ve puede ser incapaz de precisar si está jugando la carta de la contención o es que solo puede interpretarse a sí mismo, en un perfil bajo, cercano a la inexpresión, y maltratado por un maquillaje envejecedor que muy poco le permite expresarse. Si bien la química con Soledad Villamil —esplendorosa todo el tiempo y en todos los sentidos— tal vez carezca de las chispas requeridas por la trama romántica, Darín le ofrece excelente réplica, por contraste, a la torpeza e incontinencia verbal de su amigo, interpretado “heroicamente” por Guillermo Francella, ese mito de los programas cómicos de la televisión argentina.



 El secreto de sus ojos

Desde El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda Campanella había demostrado facilidad para aplicarle al cine argentino la solidez narrativa y genérica, los diálogos impactantes y la eficacia en la dirección de actores, tres asignaturas aprobadas con sobresaliente mientras se entrenaba en la televisión norteamericana. Otra vez el cine argentino ha resuelto satisfactoriamente —al igual que en las legendarias Tiempo de revancha o La historia oficial— la supuesta contradicción entre cine de calidad y producto habilitado para recrear. Bienvenida sea, de nuevo, la lección sobre cómo entretener sin renunciar al pensamiento ni a la emoción, en un relato que huye de la simplicidad sin aspirar a la hondura, y con un trabajo de cámara que por momentos se torna prodigioso. La secuencia de la persecución en medio del estadio de fútbol repleto es una maravilla de realización e inventiva, aunque resulte del todo inverosímil que los justicieros encuentren al criminal solo porque ese día jugaba el equipo preferido del malvado.

En fin, que hay muy poco que reprocharle al talento y sensibilidad demostrados por Campanella en El secreto de sus ojos. Talento para relatar y manipular los temas urgidos de tratamiento en la compleja urdimbre de la realidad cotidiana. Sensibilidad para presentarlos con delicadeza y emoción.

 

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