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Tania exclamó al teléfono y se volvió
hacia mí, segura de darme una gran
noticia.
Resulta que una de las funciones de
Reino dividido, mi obra que anda
ahora por España dirigida por Carlos
Celdrán, será en Fuente Vaqueros. Los
muchos que amamos la obra de García
Lorca sabemos que se trata de su pueblo
natal.
Busco detalles de la población granadina
y se superponen las imágenes de aquel
libro gordo y humilde que titularon
Lorca por Lorca y que leía con
fervor en mi adolescencia. A tal extremo
que no podría repetir de memoria ninguna
de mis piezas teatrales, pero en una
época atesoraba cada una de las palabras
de Bodas de sangre.
El inolvidable dramaturgo cubano Alberto
Pedro anduvo por Fuente Vaqueros,
buscando recuerdos del inmenso poeta y
dramaturgo. Pancho García —actor
legendario y parte del elenco de nuestro
Reino…— me cuenta que cuando la
gira española de la formidable puesta en
escena de Berta Martínez, estuvieron
cerca de los lugares reales y el paisaje
de los dramas lorquianos. Esta vez
Pancho asumirá la imagen de Lorca, ahí,
en el territorio de su infancia.
Lorca es —junto a Brecht— el autor
extranjero con más fortuna en la escena
cubana. Al entrar a su casa natal,
pensaremos en el maestro Roberto Blanco,
en el precursor Morín, en Pepe Santos y
en tantos otros que han encontrado en
Federico la base de inolvidables
espectáculos. Evocaré el momento estelar
de la Mariana, de Blanco, en la
que mi amigo Roberto Bertrand asumía la
personalidad del entrañable Federico. En
muchas noches de fiesta o reflexión,
Bertrand me repetía aquellos textos
primorosos.
Ya los miembros del elenco se
emocionaron hasta las lágrimas en la
casa donde vivió su infancia Miguel
Hernández, en su Orihuela. Nuestro
estreno español fue en la sala Arniches,
de Alicante, a unas cuadras (calles,
dirían los españoles) de donde murió el
poeta en una cárcel franquista, otro 28
de marzo, pero de 1942.
Y no doy más informaciones. Los lectores
de mis crónicas no me lo perdonarán,
aunque ya les he contado todo el
sufrimiento, el goce, la ansiedad con
que convivimos los dramaturgos. Orihuela
y Fuente Vaqueros andan ya en mi alma
cerca de esa sombra nutricia, esa
presencia permanente que es el Tamarindo
de los recuerdos infantiles. |