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“Mirad
La Habana allí color de nieve,
gentil indiana
de estructura fina,
dominando una fuente cristalina,
sentada en trono de alabastro
breve.
jamás murmura de su suerte aleve,
ni se lamenta el sol que la fascina,
ni la cruda intemperie la
extermina.
ni la furiosa tempestad la
mueve”…
Gabriel de la Concepción Valdés,
(Plácido)
Hay quienes aseguran que el
primer indicio de la buena
fortuna que siempre la
acompañaría fue su obstinación
frente a los fuertes vientos que
soplaron la víspera de su
inauguración, que habiendo
derrumbado casas y arrancado
árboles, no le provocaron el
menor quebranto ni siquiera al
manto que la envolvía.
Realidad o leyenda, lo cierto es
que La Fuente de la India o de
la Noble Habana, como también se
le llamó, construida con mármol
de carrara y una altura de tres
metros, es una representación
alegórica de la ciudad, que
encarna la imagen de la india
Habana en cuyo honor fue
nombrada la villa.
Iniciativa del conde de
Villanueva, acreditado hacendado
criollo, la escultura mereció
una enorme celebridad desde que,
llegada de Italia en 1837, se le
situó estratégicamente en las
proximidades del Campo de Marte,
de espaldas a la detestable
puerta de Tacón, con el
propósito de quebrantar el
poderío militar que el
gobernador colonial de marras
trató de imprimir al sitio.
“Airosa, gallarda y acogedora”,
como dijera el poeta Ángel
Augier, la Fuente de la India
fue el símbolo más popular de
capital cubana del siglo XIX.
Sin embargo, en su día, algunos
le reprocharon a su autor, el
escultor italiano Giuseppe
Gaggini, lo paradójico de
modelar a una india con rasgos
griegos; pero al margen del
empeño del artista, “la híbrida
solución de una india
neoclásica, precursora de las
futuras imágenes literarias de
nuestra poesía siboneyista,
—como dijo el arquitecto Carlos
Venegas— sintetizaba como
ninguna otra el anhelo de
modernidad y el impulso
“civilizador” de la aristocracia
nativa”.
Sobre una roca marmórea está
sentada la bella joven india,
resguardada por cuatro delfines,
acechando hacia el Oriente como
si avizorara en el horizonte a
algún ser lejano.
Lleva en la cabeza una corona de
plumas y sobre el hombro
izquierdo el carcaj con las
flechas para la caza. Y como
buena habanera, en su mano
izquierda sostiene una
cornucopia con frutas de la Isla
coronadas por una criollísima
piña y en la otra, el escudo de
armas de la ciudad.
Impenitente viajera en su propio
entorno, fue movida de su primer
asentamiento en 1863 hacia el
Parque Central, hasta que en
1875 fue devuelta al sitio que
ocupa ahora. Pero no fue hasta
1928, cuando se inauguró el
Parque de la Fraternidad, que se
le dio un vuelco de 90 grados a
la deidad habanera con lo cual
quedó mirando hacia el Paseo del
Prado en su ubicación presente. |