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Cada vez
que a uno le corresponde
realizar El elogio
—que así se llama el
discurso académico por
la entrega del título de
Doctor Honoris Causa
en Arte— uno no puede
sustraerse a pensar en
el título (en realidad,
su traducción al
español) de aquel
Elogio de la locura
donde el humanista
Erasmo de Rotterdam
indagaba en los límites
entre la razón y la fe,
la sabiduría y la
ignorancia, el placer y
el compromiso, o lo que
hoy llamaríamos más
claramente el sentido de
lo histórico y la ética
personal frente a los
avatares de la Historia.
Amigo de Tomás Moro, el
autor de Utopía,
podemos imaginar las
extrañas conversaciones
que en el Londres de
finales del siglo XV (el
mismo del polémico
encuentro entre América
y Europa) tuvieron esos
dos hombres que quizá,
sabiéndolo o no,
trazaron las claves del
itinerario, y a la vez
la crítica, del
pensamiento moderno.
Pero si invoco a estos
dos humanistas, tan
lejanos en el tiempo, no
es porque Miguel Rubio
Zapata me haya dicho
nunca que sean sus
lecturas preferidas o
sus autores de cabecera.
Sin duda, más cercanos
le serían José Carlos
Mariátegui, Eduardo
Galeano, César Vallejo o
José María Arguedas.
Pero de eso se trata: de
cómo las coordenadas de
espacios y tiempos
culturales diversos se
integran en la labor, y
en la historia, del
Grupo Cultural
Yuyachkani, que fundó y
dirige Miguel Rubio
desde hace ya casi
cuatro décadas.
Fundado en Lima en 1971,
la era de las utopías,
cuando el Teatro
latinoamericano se
adentraba —frente a la
crisis de los proyectos
modernizadores en el
continente— en la
búsqueda de nuevas
formas de lenguaje y
vías de comunicación con
el espectador,
Yuyachkani es, para
decirlo rápido, uno de
los grupos emblemáticos
de América Latina, que a
lo largo de estos años
no ha sido solo —como
señala acertadamente la
crítica e investigadora
Ileana Diéguez— un
productor de
espectáculos, sino, y
esencialmente, un centro
de investigación de las
tradiciones culturales
latinoamericanas, un
laboratorio permanente
de formación y
desarrollo del arte del
actor y los lenguajes
escénicos, y —en mi
criterio— uno de los más
enigmáticos generadores
del pensamiento y la
acción social a través
del teatro. Y subrayo la
palabra enigmático. Y
también a través.
¿Qué significa?
¿Ausencia de claridad?
¿Complejidad en el uso
de los signos? ¿O
brillantes estrategias
de lenguaje para seguir,
investigar, descubrir y
revelar, paso a paso, de
uno a otro espectáculo,
el pulso secreto, los
latidos vitales, las
heridas profundas, el
rostro violento,
amoroso, divertido,
triste, amargo, burlón,
demencial y lúcido
—siempre enmascarado—
del cuerpo social,
humano, del Perú, en una
larga travesía que nos
remonta a seis, o más
siglos atrás, y que se
mueve con entera
libertad —desde una
geografía totalmente
imaginaria— en espacios
y tiempos diferentes
que, sin embargo,
conforman la herencia,
la tradición de una
cultura necesariamente
integradora de fuentes
diversas?
Quizá sea esta alquimia
del lenguaje, esta
continua renovación de
los sentidos y los
lenguajes de la
herencia, lo que ha
permitido que el
colectivo irradie un
particular magisterio en
las producciones
latinoamericanas de las
últimas décadas.
Pero, sin duda, hay algo
más. En octubre de 1989
tuve mi primera
experiencia de trabajo
con Miguel Rubio y
Teresa Ralli, actriz de
Yuyachakani, bajo el
tema de las Memorias
del fuego, en un
taller organizado por la
EITALC (Escuela
Internacional de Teatro
de América Latina y el
Caribe) y la Casa de las
Américas, en Cuba. Fue
una experiencia radical.
Como investigadora,
anoté todos y cada uno
de los ejercicios
—físicos e
intelectuales— del
taller. Yo quería
apresar, y fijar en la
escritura, una
Metodología de trabajo.
No era difícil. Miguel y
Teresa tenían un
excelente dominio de la
técnica. Había un
sistema riguroso de
entrenamiento,
improvisaciones y
dramaturgia del actor,
articulados en función
del tema de
investigación. Era
fascinante, porque
además, había una exacta
correspondencia entre
las búsquedas y
operaciones en el nivel
preexpresivo del trabajo
del actor y lo que
podíamos ver en la
escena a través de
espectáculos como Los
músicos ambulantes
(1983), Encuentro de
zorros (1985), o
Contraelviento
(1989).
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Era algo
exacto. Y la fascinación
Yuyachkani lo era
precisamente por algo
que entonces fue mi
centro de atención:
aunque se nutrieran de
fuentes diversas
(estudios sociológicos,
históricos,
antropológicos, de
tradiciones comparadas,
etc.) y partieran de
premisas socioculturales
expresas, no había una
discordancia entre el
discurso teórico y la
expresividad del actor,
entre la formalización y
la emotividad, sino todo
lo contrario: el cuerpo
del actor (y de la
escena) —para decirlo
con toda naturalidad—
era el país, la historia
vivida, contada y
recordada.
No su ilustración, o su
remedo. O aún peor: el
remedo de otras
técnicas, sino su
memoria real, concreta:
sangre, voz y corazón de
un cuerpo social,
histórico, que se hacía
material, concreto y
vivo sobre el escenario.
Y a través de él pasaban
—se hacían visibles para
el espectador— siglos de
historia y de cultura.
Justamente las heridas,
las contradicciones y
espejismos verdaderos,
ocultos bajo el polvo y
las cenizas de la
Historia oficial o las
manipulaciones del
poder.
Desde allí, entendí que
el término “presencia”
(del actor) no era, y no
podía ser, una
abstracción metodológica
en el teatro, y menos
todavía, un simulacro o
una repetición de formas
extraídas de una u otra
tradición, ajenas o
propias, cercanas o
lejanas en el tiempo.
Asumir las tradiciones
significaba renovarlas.
Pero renovarlas
implicaba una mirada,
una emocionalidad, una
corporalidad, abiertas
al cambio, la mutación
de los sentidos y los
signos.
Para los que
participamos en esa
experiencia a finales
del 89 (Osvaldo, Ileana,
Omar, Antonia, Flora y
otros —dondequiera que
estén—) creo que desde
entonces hubo algo así
como un pacto de sangre.
Lo digo con franqueza:
en parte debido a la
eficacia de una
metodología de trabajo,
que fue un regalo para
todos los participantes
y que luego se repitió
en muchos otros lugares
de Latinoamérica y el
mundo.
Pero creo que el enigma
(del contacto, o la
participación) no estaba
solo en la utilidad y el
disfrute de una
sabiduría técnica,
propia del oficio, y una
capacidad de compartirla
al nivel pedagógico. El
secreto de la acción-Yuyachkani
residía en una
intención, un estado,
una zona que unifica lo
que tan radicalmente
atormentaba a Rotterdam.
Desde luego, entonces yo
no lo sabía. Pero tenía
una pista, un hilo
conductor. Cuando le
preguntamos a Miguel qué
significaba la palabra “yuyachkani”,
nos dijo: “En quechua
quiere decir: ‘Estoy
meditando. Estoy
recordando’”. ¡Claro que
era enigmático!
Y necesité el paso del
tiempo, mis propias
lecturas y experiencias
de trabajo, y después de
Los músicos
ambulantes,
Encuentro de zorros,
Baladas del bienestar,
Contraelviento,
Adiós Ayacucho o No
me toquen ese vals,
ver Antígona (del
2000) o Rosa cuchillo
(2002), Hecho en el
Perú (2001) o El
último ensayo, de
2008, para comprobar que
más allá de la eficacia
de las técnicas y el
rigor de las
metodologías había una
razón de fe (y a veces a
la inversa, porque es
una relación muy
reversible) que avalaba
una experiencia
profundamente humana y,
por eso mismo, abierta,
siempre abierta, a las
contradicciones del
devenir histórico.
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Desde luego que la
identidad (palabra
repetida hasta el
agotamiento en los 80)
no era una foto fija.
Pero adentrarse en las
contradicciones de lo
real (especialmente en
las décadas de finales
del siglo) significaba
quebrar, romper con
muchos de los mitos y
los ideales que habían
configurado no solo una
visión del mundo, sino
formas de lenguaje y
sistemas de comunicación
fraguados durante años
de utopías y esfuerzos
por la integración de
una cultura.
Con la entereza de
quienes han tocado con
las manos, con el cuerpo
y el alma las raíces
secretas de la tierra,
Miguel y Yuyachkani
encararon ese cruce de
siglos tan difícil para
las ideologías y la fe.
En cierta forma, una
quiebra de la razón
(poética, histórica) que
aún nos sorprende y no
alcanzamos a nombrar.
Perdidos entre tantas
nominaciones
(izquierdas, derechas,
Norte, Sur, centro,
periferia, Primer,
Tercero o quinto Mundo),
sacudimos la cabeza para
reencontrar un lugar y
una acción que nos
defina. (Véase, si no,
El último ensayo:
su reciclaje íntimo,
devorador, festivo, casi
carnavalesco y a veces
delirante de los
signos).
Y, sin
embargo, sabemos que hay
maneras de apresar la
crisis de las utopías y
quizás de refundar, una
y otra vez, un acto de
fe. Desde la raíz de mi
primera experiencia
Yuyachakani, la del 89,
viví con Antígona
la agonía de la Ciudad
que se deshace, se
fragmenta bajo las
tensiones políticas
extremas y sus
manifestaciones
lacerantes: la
violencia, el terror o
el engaño como variantes
de un discurso —una
organización de signos—
que en sus voces y
alternancias (una actriz
por la que pasan todos
los personajes: Ismene,
Antígona, Creonte: la
multiplicidad de puntos
de vista y planos de la
acción) revela una
voluntad física,
corpórea: no abandonar,
no olvidar, no dar la
espalda al cuerpo
(social) sano o enfermo,
próspero o abatido, sino
saber encontrar, vivir y
experimentar, en carne
propia, y desde la
específica naturaleza de
la imagen, los lenguajes
—y las máscaras— de la
soledad, la violencia,
el miedo, el error o la
certeza.
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Recuerdo
con especial gratitud
las palabras de Teresa
Ralli después de una
función de Antígona
hace unos años en La
Habana: “No sabíamos
cómo hacerlo —me dijo—,
pero era algo tan
difícil que tenía que
salir”. Y ya sabemos:
siempre hay una
escritura visible y otra
invisible. Siempre hay
algo que se opone y no
está en la letra. Eso
que se opone, que genera
una contradicción que no
puedo explicar, ni
explicitar (pero está en
la mirada, en el gesto,
en el silencio del
actor: el que
personifica las agonías
y tensiones del
imaginario colectivo),
es el germen de una
imagen que opera sobre
el imaginario del
espectador y crea la
resistencia.
Es una resistencia
silenciosa: una acción
que se define siempre
más allá, mucho más allá
del escenario. En ella
están inscritos el dolor
de la pérdida, la
fragmentación; pero
también, el secreto del
oficio: no cerrar los
ojos, estar alerta, con
una presencia que carga
con la dificultad de la
memoria (“Estoy
meditando. Estoy
recordando”) y sabe que
encontrará la manera, la
vía para contar y
revelar esa experiencia
aunque signifique
recomenzar, una y otra
vez, la búsqueda de
otros lenguajes. Sin
duda, es el valor mayor
y el deleite del teatro
(lo que sentimos —sin
palabras— frente a las
vitrinas de Hecho en el
Perú).
Por haber participado y
compartido su saber y
sus imágenes, sus
utopías y sus heridas
con maestros y
directores, actores e
investigadores,
estudiantes y varias
generaciones de
teatristas en Cuba; por
la generosidad con que
ha sabido acompañarnos
en los momentos
difíciles de nuestra
historia, así como por
los aportes teóricos,
técnicos y metodológicos
en el terreno de la
creación, la
investigación y la
pedagogía teatrales; por
el valor humanista de
sus producciones y por
una ética personal y
profesional que
constituye un paradigma
de honestidad
intelectual, valor
artístico y compromiso
con las causas más
justas de Nuestra
América, a nombre de la
Facultad de Artes
Escénicas del Instituto
Superior de Arte, sus
profesores y
estudiantes, y del
movimiento teatral y
cultural cubano,
felicito al Maestro
Miguel Rubio Zapata por
el otorgamiento del
título de Doctor
Honoris Causa y le
agradezco, de todo
corazón, su presencia
entre nosotros.
La Habana, mayo de 2010.
Palabras de elogio en la
imposición del Doctorado
Honoris Causa a
Miguel Rubio, director
del Grupo Cultural
Yuyachkani, en la Casa
de las Américas el 11 de
mayo de 2010. |