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Esa dimensión de la
personalidad tan llena
de tabúes, misterios y
limitaciones en el
devenir histórico de la
humanidad que es la
sexualidad, está
asociada a restricciones
de carácter social, en
correspondencia con los
códigos éticos y las
convenciones sociales
existentes en los
diferentes momentos,
pueblos, etnias, y
estadios de desarrollo.
En la tradición
occidental de nuestra
era, de manera muy
especial, todo lo
relacionado con el sexo
se abordó como lo
prohibido, mucho más aún
cuando las preferencias
sexuales se inclinaron
al culto al homoerotismo.
El reflejo en la
creación artística y
literaria de esta
problemática, al pasar a
la esfera pública,
muchas veces constituyó
piedra de escándalo.
En Cuba hubo creadores
que apostaron por
abordar el tema con
honestidad y altura
contra todas las
banderas. El cuerpo
literario del siglo XX,
por ejemplo, cuenta con
algunos ejemplos
elocuentes que ilustran
perspectivas diferentes.
Ahí está la sorpresa que
causó la publicación de
El ángel de Sodoma,
relato de Alfonso
Hernández Catá,
considerado un maestro
de la narrativa en la
primera mitad de la
pasada centuria.
Sorpresa derivada de la
condición de un escritor
que provenía de la elite
intelectual de la
república y también de
la tensión entre el
deseo y la culpa que se
desprende del desarrollo
argumental.
Por esa misma época,
Carlos Montenegro, en
Hombres sin mujer,
una de las novelas más
crudas por su carga de
denuncia social,
achacaba la conducta
homoerótica a la
degradación de la
sexualidad en el régimen
carcelario de una
sociedad corrupta hasta
los tuétanos. Sin
embargo, dotaba de una
vibrante humanidad a un
personaje inolvidable,
La Morita, que quedó
para siempre en el
imaginario de los
grandes caracteres de la
narrativa de la época.
Pero tendría que ser
Lezama Lima, con su
portentoso capítulo VIII
en Paradiso,
quien desataría los
ángeles y demonios del
repertorio hetero y
homoerótico, al
contrapuntear la
iniciación sexual entre
el placer y la
mortificación, la
ingenuidad y el morbo,
el desenfado y el
delirio.
No es ocioso recordar a
estas alturas cómo en su
momento Lezama fue
considerado un
pornógrafo por ciertas
fuerzas homofóbicas. Lo
propio sucedió ante la
visión del artista
plástico que con mayor
despliegue visual hacia
la segunda mitad del
pasado siglo anudó
cuerpos amatorios de un
mismo sexo: el maestro
Servando Cabrera Moreno.
Ya con anterioridad
Carlos Enríquez llevó a
su obra juegos de amor
entre mujeres.
Hoy día el arte
contemporáneo cubano, en
sus diversas
posibilidades
expresivas, no solo
acepta sino incluye el
tratamiento de la
sexualidad y el erotismo
con toda la libertad y
el respeto que esa
manifestación de la
condición humana se
merece.
Prueba de ello es esta
muestra, en que
convergen creadores con
propuestas bien
diferentes. Una veintena
de artistas desde la
pintura, la fotografía,
el dibujo, el grabado,
la escultura, coinciden
en abogar, desde este
espacio
multidisciplinario, por
una sociedad inclusiva,
desprejuiciada, abierta,
ajena a marginaciones y
suspicacias. Los
creadores aquí reunidos
parten de tres
presupuestos: ser
homosexual,
heterosexual, bisexual,
transexual es una opción
personal respetable; el
reflejo de la sexualidad
en una obra artística
debe ser ante todo arte,
es decir, escapa a todo
tipo de manipulación
oportunista o,
propagandística; y, por
último pero quizá más
importante, lo que
define al ser humano es
su responsabilidad
ética.
De modo que desde estas
obras se canta a la
diversidad, pero también
a la defensa de la
“dignidad plena del
hombre”, tal como
la concibió Martí en el
centro de nuestra
fundación ciudadana.
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