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No tuve la suerte de
convivir con Roque en la
Casa de las Américas,
pero su nombre emergió
para mí estrechamente
vinculado a la Casa.
Porque Roque, como
Galich, Ezequiel
Martínez Estrada,
Benedetti, Cortázar y
Matta, daba vida al
componente
latinoamericano más
auténtico del proyecto
intelectual creado entre
estas paredes por la
Revolución triunfante.
¿Cómo fundir en un único
esfuerzo de creatividad
una iniciativa cubana,
que solo podía salir de
la transformación
radical que iniciaba
nuestro pueblo, con una
vocación
latinoamericana?
Nos habíamos encontrado
algunas veces en Cuba,
pero nuestra amistad
quedó sellada en Praga,
entre abril y mayo de
1967, durante la
estancia que compartí
con Hugo Azcuy en la
Revista Internacional,
órgano entonces de los
Partidos comunistas
conducidos por la batuta
del Kremlin. Cuba no
hacía parte de la
redacción, pero Roque,
quien representaba
entonces allí a su
Partido, apareció con
una invitación para una
estancia de estudios
sobre la documentación
de América Latina y el
Caribe que guardaban
aquellos archivos. El
Partido cubano no
ingresaría hasta los 70.
Fueron para nosotros dos
meses de intensa
convivencia, de
incesante interlocución,
dentro y fuera de los
predios de la revista,
en las discusiones que
sosteníamos en las
reuniones del grupo de
representantes de los
Partidos
latinoamericanos, a las
cuales nos invitaban,
digamos que con voz pero
sin voto, y en
intercambios informales.
Fue allí donde me
percaté de que Cuba no
tenía por qué pasar por
algo similar a aquellas
experiencias de
socialismo. Hugo había
vivido ya el choque con
ese tipo de distorsión
en dos años de estancia
de estudios en Moscú.
Roque nos aventajaba por
los sinsabores que las
proyecciones de su
Partido le habían hecho
vivir.
Compartimos una Praga
impostada, en la cual la
belleza del paisaje y la
huella de una riquísima
historia centroeuropea,
contrastaba con una
amargura represiva, un
desaliento de pueblo
ocupado y una
desesperación consumista
que hacían síntesis en
un escenario imposible.
Poco después fue la
“Primavera”, que dista
mucho de reducirse a una
simple conjura
imperialista, como nos
fue presentada.
En Praga discutíamos de
los temas más serios y
trascendentes. Incluso
cuando parecía que
simplemente bromeábamos.
En Praga fue también que
conocí y compartí ratos
y paseos con su familia,
con Aída, Roquito, Juan
José y Jorge, niños
entonces.
Juntos recibimos allí
las primeras noticias de
que Che Guevara combatía
en Bolivia. Juntos
defendíamos la
legitimidad de la lucha
armada revolucionaria en
las condiciones de la
América Latina de
entonces. No desde el
rechazo de otras formas
de lucha, sino donde las
circunstancias la
impusieran y la
posibilitaran. Habíamos
comenzado a publicar en
Cuba la revista
Pensamiento Crítico,
para dar difusión a
estas posiciones. Me
atrevo a decir que Roque
se convertía para
nosotros en una especie
de punto de contacto,
aunque no fuera el
primero ni el único,
entre Casa de las
Américas, de cuyo Comité
de Redacción era
miembro, y nuestro
naciente proyecto de
publicación.
De regreso a La Habana,
nuestras relaciones se
hicieron ya continuas.
Recuerdo que fue de su
mano que conocí a
Schafik Handal, recién
estrenado como
secretario general del
Partido Comunista
salvadoreño, cuando
asistió a la Conferencia
Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS). Solo
en 1980 volví a ver a
Schafik, y fue él quien
recordó aquel encuentro,
y hablamos mucho de
Roque en aquella
ocasión, en la cual nos
habíamos visto, en
realidad para hablar de
problemas más actuales.
A 35 años de la muerte
de Roque, crimen aún
impune e imperdonable y
de ningún modo error que
pueda posar de
inocencia, quiero
dedicar este breve
espacio a rememorar cómo
comencé a conocerle y a
quererle como hermano. |