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1. Tony es un cobarde, un tremendo
cobarde. No me queda la menor duda. De
haber tenido al menos un poco de valor,
no se hubiera fugado a la hora del
receso. Hubiera dado la cara, como hacen
los hombres. Lo esperamos junto a la
cerca, donde cae la sombra de la mata de
almendras y dividimos nuestra área de
visión. No supimos cómo ni por dónde se
fue, quizá haya cruzado la zona del
huerto que da a la carretera central, o
la tapia tras el terreno de Educación
Física.
Los quince minutos del receso se
diluyeron. El director tocó el timbre,
todos regresamos a las aulas, intentando
prolongar hasta el último segundo el
tiempo de libertad en el patio. Nos
fuimos al laboratorio de Química y a
pesar de poner nuestro empeño en las
fórmulas que anotaba el profesor en la
pizarra, llegó el momento en que no
podíamos pensar en otra cosa: la posible
imagen de Manuel amordazado, en algún
lugar oscuro, o lleno de moretones, nos
atormentaba. No sabíamos qué hacer, por
dónde comenzar a buscarlo. Al menos si
Tony hubiera explicado los pormenores,
tendríamos una idea más clara, pero ese
cobarde se negó a participar en el
rescate. El peor momento sería la caída
de la tarde, cuando todos llegáramos a
nuestras casas y la madre de Manuel,
preocupada, nos comenzara a telefonear
para preguntarnos si está con alguno de
nosotros. Entonces iría a la Estación de
Policía, a los Hospitales, buscaría a
los tíos, a los sobrinos, se volvería
loca recorriendo cada calle de la
ciudad, como ese personaje de
Bertillón 166, esa madre de la que
nos había hablado la profesora de
Español, cuando los soldados se llevaron
a su hijo preso.
2. —Hay que tener cuidado —les dije a
Tony y a Manuel al separamos en las
cuatro esquinas—, esos muchachos son
diferentes, viven en otra zona y se
creen superiores porque tienen una casa
con jardín, un televisor a color, un
columpio en el portal o unos perros
rockwailer que se pasan el día
babeándose en la acera de la sombra.
—Están en el pre y se creen que por eso
nos pueden aventajar —dijo Tony, quien
era en aquel momento el más valiente del
grupo. Por eso decidimos que fuera él
quien les diera una lección y Manuel se
brindó para acompañarlo y cuidarle las
espaldas. Ese día caminamos juntos hasta
la avenida, nos sentamos en los bancos
de la guarapera a esperar que llegara la
carreta con las cañas y trazamos un plan
para recuperar nuestro muro en el
parque. De todos, quizá era yo el que
mayor sentido de pertenencia tenía con
aquel muro. Ahora sé que no valía
realmente la pena y que tan solo era un
capricho de adolescentes, una de esas
cuestiones de honor que a la edad de los
trece años, se convierte en un problema
crucial. Desde allí esperábamos cada día
el anochecer, teníamos nuestros puestos
prefijados y discutíamos importantes
temas que acordábamos con antelación,
como las diferencias entre Spiderman y
Batman, las mejores marcas de carros,
los sistemas de funcionamiento de las
naves espaciales o cuál de las muchachas
de la escuela tenía las tetas y el culo
más grande. Al final, bajo el amparo de
la sombras en el muro y de espaldas a la
pared, decidíamos en quién pensar para
hacernos la paja de la concordia. Cada
cual se abría la portañuela y el primero
en venirse debía pagar los refrescos en
el paladar “La complaciente”, o cargar
la mochila de todos al otro día, o
levantarle la saya a la loca que duerme
en los escalones de la catedral.
Cuando llegamos al parque una tarde de
viernes y vimos que nuestro muro había
sido usurpado por unos chicos del pre,
decidimos recuperarlo a los puños, pero
ellos eran más que nosotros, tenían
aquel uniforme azul y unos bíceps que se
les marcaban en los pliegues de las
camisas. El diálogo no era un recurso
viable, estuvimos tazándolos durante un
rato hasta que nos dijeron: — ¿qué coño
miran ustedes?
—Ese es nuestro muro —dijo Tony.
—Este era el muro de ustedes, ahora es
el nuestro. Vamos a ver quién se atreve
a sacarnos de aquí.
Nos quedamos en silencio. Yo agarré una
piedra, pero la dejé caer cuando uno de
ellos se tiró al suelo y sacó una
pequeña navaja del bolsillo del
pantalón. Tony les dijo que eso no se
iba a quedar así y nos fuimos cada cual
a su casa. Esa noche traté de hacerme
una paja en el baño, pero se me habían
quitado las ganas.
3. El profesor de Química terminó la
clase antes de tiempo, nos dijo que
estuviéramos en silencio hasta que
sonara el timbre. Nos reunimos al final
del aula y tratamos de ponernos de
acuerdo.
—Tenemos dos horas desde que salgamos de
la escuela hasta que se haga de noche
—les dije—. Podemos ir a casa de Tony
pero en eso gastaríamos mucho tiempo y
lo más probable es que no esté allí.
Seguro que se fue a otro sitio. Es un
cobarde, un tremendo cobarde. ¿Alguno de
ustedes sabe dónde viven los muchachos
del pre?
Compartimos suposiciones. Sonó el
timbre, desenterramos las cabillas del
huerto, echamos algunas piedras en la
mochila y a través de la ventana
logramos agarrar un bate de aluminio del
cuartico de los implementos deportivos.
Saltamos la tapia, pasamos por el parque
y como era de suponer, el muro estaba
vacío.
—Vamos a sacar a la rata de su
madriguera —les dije y a paso rápido
subimos hasta la zona residencial.
4. Cuando nos separamos en las cuatro
esquinas, Tony y Manuel fueron hasta el
parque. La idea era ocupar el muro antes
que llegaran los muchachos del pre.
Llevaban un cuchillo de cocina envuelto
en un paño rojo y una tabla de madera
con un clavo en la punta. Los demás
regresamos a la escuela por el terreno
de Educación Física y esperamos con
impaciencia que terminara la clase de
Historia para ver los resultados de
nuestro plan. El profesor se extendió
en las explicaciones, por si fuera poco
orientó los temas para el examen final y
puso una pregunta escrita. Miramos el
papel. Yo iba a contestar pero los
chicos entregaban su hoja en blanco.
Escribí solo una línea y salimos
corriendo para el parque antes que se
hiciera de noche.
El muro estaba vacío.
—Ya deben haberse ido —pensamos, le
dimos la vuelta a la pared y en vez de
manchas de semen, encontramos un charco
de sangre.
5. —Aquí vive uno, el de la cara llena
de pecas.
Las luces del jardín estaban apagadas.
Desde el interior de la casa llegaba el
brillo tenue de un quinqué.
—Ni siquiera esta gente se salvan de los
apagones —dije. Rodeamos la verja del
jardín tratando de evitar al perro que
estaba echado junto a la puerta del
frente. Entramos por la parte de atrás
sin una idea fija, sin un plan
preconcebido. Apreté la cabilla entre
las manos y sentí el frío del hierro, el
olor del hierro, el sabor del hierro.
Puse la mano sobre el picaporte,
entramos y rompimos platos, cristales,
cuadros, jarrones de porcelana. El olor
del hierro se apoderó de la cocina, del
comedor, de la sala. Arrinconamos a la
familia sobre el sofá de cuero negro y
con el bate junto a la pantalla del
televisor a color, le grité al chico de
las pecas:
—¡¿Dónde coño tienen a Manuel?!
El chico comenzó a balbucear algunas
frases sin sentido, sostuve el bate con
más fuerza, hice el gesto de romper en
pedazos el televisor y gritó que no
siguiera, que lo tenían atado bajo el
puente, junto al basurero, me dijo que
debía apurarme, que la idea no había
sido suya, él no tenía nada que ver, a
él no le interesaba el muro, pero no
supo cómo oponerse, lo podrían haber
llamado cobarde, dijo que me fuera
rápido, que el muchacho estaba herido.
Sentí ganas de partirle la cara, pero lo
que hice fue romper el televisor, eso
debió haberle dolido más y salimos
corriendo hacia el basurero.
6. En casa de Manuel nos recibió la
madre y nos dijo que Tony la había
llamado por teléfono:
“— ¿Manuel se puede quedar en mi casa
hoy? Tenemos la prueba de Historia la
semana que viene, necesitamos estudiar.
Mi madre va a hacer espaguetis, yo le
presto ropa de dormir.”
En casa de Tony nos recibió el padre y
nos dijo que no podíamos entrar, que
Tony se había ido para el apartamento de
la madre y que en su casa no estaba
ningún Manuel.
7. Cuando llegamos al basurero ya era de
noche. Tiré las cabillas al río y oí el
golpe del hierro contra el agua. Bajamos
al puente. Llamamos a Manuel pero no
contestaba. Anduvimos cada rincón y lo
encontramos atado a un poste, sentado
sobre su propio charco de sangre. Traté
de zafar los nudos y llevarlo hasta un
hospital, pero era inútil, ya no
respiraba. Los chicos se pusieron de pie
y me dijeron que debíamos irnos, que la
cosa era más grave de lo que habíamos
pensado, pero yo no podía levantarme del
suelo. Pensé en la madre de Manuel, en
mi madre, recorriendo estaciones de
policías, hospitales, peinando la ciudad
como ese personaje de Bertillón 166,
esa madre de la que nos había hablado la
profesora de Español.
No regresamos al muro, tampoco lo
hicieron los muchachos del pre. Se
mantuvo vacío el resto del curso, hasta
que lo ocuparon unos chicos del octavo
grado que no conocían la historia. Desde
ese día no he vuelto a hacerme una paja,
se me han quitado las ganas.
Yonnier Torres Rodríguez
(Placetas, 1981). Sociólogo. Narrador.
Egresado del XI Curso de Técnicas
Narrativas del Centro Nacional de
Formación Literaria Onelio Jorge
Cardoso. Ha obtenido entre otros
premios: Primer Premio en el Concurso
Latinoamericano de Narrativa Breve
Tinta fresca 2010; Mención de
Narrativa en el Premio Calendario 2010.
Premio Nacional de Narrativa El mar y
la montaña 2010. Es miembro de la
AHS. |