Año IX
La Habana
1 al 7
de MAYO
de 2010

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TE PONGA EL PLATO?

 

El sabor del hierro

Yonnier Torres Rodríguez (Placetas, 1981)

 

1. Tony es un cobarde, un tremendo cobarde. No me queda la menor duda. De haber tenido al menos un poco de valor, no se hubiera fugado a la hora del receso. Hubiera dado la cara, como hacen los hombres. Lo esperamos junto a la cerca, donde cae la sombra de la mata de almendras y dividimos nuestra área de visión. No supimos cómo ni por dónde se fue, quizá haya cruzado la zona del huerto que da a la carretera central, o la tapia tras el terreno de Educación Física.

Los quince minutos del receso se diluyeron. El director tocó el timbre, todos regresamos a las aulas, intentando prolongar hasta el último segundo el tiempo de libertad en el patio. Nos fuimos al laboratorio de Química y a pesar de poner nuestro empeño en las fórmulas que anotaba el profesor en la pizarra, llegó el momento en que no podíamos pensar en otra cosa: la posible imagen de Manuel amordazado, en algún lugar oscuro, o lleno de moretones, nos atormentaba. No sabíamos qué hacer, por dónde comenzar a buscarlo. Al menos si Tony hubiera explicado los pormenores, tendríamos una idea más clara, pero ese cobarde se negó a participar en el rescate.  El peor momento sería la caída de la tarde, cuando todos llegáramos a nuestras casas y la madre de Manuel, preocupada, nos comenzara a telefonear para preguntarnos si está con alguno de nosotros. Entonces iría a la Estación de Policía, a los Hospitales, buscaría a los tíos, a los sobrinos, se volvería loca recorriendo cada calle de la ciudad, como ese personaje de Bertillón 166, esa madre de la que nos había hablado la profesora de Español, cuando los soldados se llevaron a su hijo preso.

2. —Hay que tener cuidado —les dije a Tony y a Manuel al separamos en las cuatro esquinas—, esos muchachos son diferentes, viven en otra zona y se creen superiores porque tienen una casa con jardín, un televisor a color, un columpio en el portal o unos perros rockwailer que se pasan el día babeándose en la acera de la sombra.

—Están en el pre y se creen que por eso nos pueden aventajar —dijo Tony, quien era en aquel momento el más valiente del grupo. Por eso decidimos que fuera él quien les diera una lección y Manuel se brindó para acompañarlo y cuidarle las espaldas. Ese día caminamos juntos hasta la avenida, nos sentamos en los bancos de la guarapera a esperar que llegara la carreta con las cañas y trazamos un plan para recuperar nuestro muro en el parque. De todos, quizá era yo el que mayor sentido de pertenencia tenía con aquel muro. Ahora sé que no valía realmente la pena y que tan solo era un capricho de adolescentes, una de esas cuestiones de honor que a la edad de los trece años, se convierte en un problema crucial. Desde allí esperábamos cada día el anochecer, teníamos nuestros puestos prefijados y discutíamos importantes temas que acordábamos con antelación, como las diferencias entre Spiderman y Batman, las mejores marcas de carros, los sistemas de funcionamiento de las naves espaciales o cuál de las muchachas de la escuela tenía las tetas y el culo más grande. Al final, bajo el amparo de la sombras en el muro y de espaldas a la pared, decidíamos en quién pensar para hacernos la paja de la concordia. Cada cual se abría la portañuela y el primero en venirse debía pagar los refrescos en el paladar “La complaciente”, o cargar la mochila de todos al otro día, o levantarle la saya a la loca que duerme en los escalones de la catedral.

Cuando llegamos al parque una tarde de viernes y vimos que nuestro muro había sido usurpado por unos chicos del pre, decidimos recuperarlo a los puños, pero ellos eran más que nosotros, tenían aquel uniforme azul y unos bíceps que se les marcaban en los pliegues de las camisas. El diálogo no era un recurso viable, estuvimos tazándolos durante un rato hasta que nos dijeron: — ¿qué coño miran ustedes?

—Ese es nuestro muro —dijo Tony.

—Este era el muro de ustedes, ahora es el nuestro. Vamos a ver quién se atreve a sacarnos de aquí.

Nos quedamos en silencio. Yo agarré una piedra, pero la dejé caer cuando uno de ellos se tiró al suelo y sacó una pequeña navaja del bolsillo del pantalón. Tony les dijo que eso no se iba a quedar así y nos fuimos cada cual a su casa. Esa noche traté de hacerme una paja en el baño, pero se me habían quitado las ganas.

3. El profesor de Química terminó la clase antes de tiempo, nos dijo que estuviéramos en silencio hasta que sonara el timbre. Nos reunimos al final del aula y tratamos de ponernos de acuerdo.

—Tenemos dos horas desde que salgamos de la escuela hasta que se haga de noche —les dije—. Podemos ir a casa de Tony pero en eso gastaríamos mucho tiempo y lo más probable es que no esté allí. Seguro que se fue a otro sitio. Es un cobarde, un tremendo cobarde. ¿Alguno de ustedes sabe dónde viven los muchachos del pre?

Compartimos suposiciones. Sonó el timbre, desenterramos las cabillas del huerto, echamos algunas piedras en la mochila y a través de la ventana logramos agarrar un bate de aluminio del cuartico de los implementos deportivos. Saltamos la tapia, pasamos por el parque y como era de suponer, el muro estaba vacío.

—Vamos a sacar a la rata de su madriguera —les dije y a paso rápido subimos hasta la zona residencial.

4. Cuando nos separamos en las cuatro esquinas, Tony y Manuel fueron hasta el parque. La idea era ocupar el muro antes que llegaran los muchachos del pre. Llevaban un cuchillo de cocina envuelto en un paño rojo y una tabla de madera con un clavo en la punta. Los demás regresamos a la escuela por el terreno de Educación Física y esperamos con impaciencia que terminara la clase de Historia para ver los resultados de nuestro plan.  El profesor se extendió en las explicaciones, por si fuera poco orientó los temas para el examen final y puso una pregunta escrita. Miramos el papel. Yo iba a contestar pero los chicos entregaban su hoja en blanco. Escribí solo una línea y salimos corriendo para el parque antes que se hiciera de noche.

El muro estaba vacío.

—Ya deben haberse ido —pensamos, le dimos la vuelta a la pared y en vez de manchas de semen, encontramos un charco de sangre.

5. —Aquí vive uno, el de la cara llena de pecas.

Las luces del jardín estaban apagadas. Desde el interior de la casa llegaba el brillo tenue de un quinqué.

—Ni siquiera esta gente se salvan de los apagones —dije. Rodeamos la verja del jardín tratando de evitar al perro que estaba echado junto a la puerta del frente. Entramos por la parte de atrás sin una idea fija, sin un plan preconcebido. Apreté la cabilla entre las manos y sentí el frío del hierro, el olor del hierro, el sabor del hierro. Puse la mano sobre el picaporte, entramos y rompimos platos, cristales, cuadros, jarrones de porcelana. El olor del hierro se apoderó de la cocina, del comedor, de la sala. Arrinconamos a la familia sobre el sofá de cuero negro y con el bate junto a la pantalla del televisor a color, le grité al chico de las pecas:

—¡¿Dónde coño tienen a Manuel?!

El chico comenzó a balbucear algunas frases sin sentido, sostuve el bate con más fuerza, hice el gesto de romper en pedazos el televisor y gritó que no siguiera, que lo tenían atado bajo el puente, junto al basurero, me dijo que debía apurarme, que la idea no había sido suya, él no tenía nada que ver, a él no le interesaba el muro, pero no supo cómo oponerse, lo podrían haber llamado cobarde, dijo que me fuera rápido, que el muchacho estaba herido. Sentí ganas de partirle la cara, pero lo que hice fue romper el televisor, eso debió haberle dolido más y salimos corriendo hacia el basurero.

6. En casa de Manuel nos recibió la madre y nos dijo que Tony la había llamado por teléfono:

“— ¿Manuel se puede quedar en mi casa hoy? Tenemos la prueba de Historia la semana que viene, necesitamos estudiar. Mi madre va a hacer espaguetis, yo le presto ropa de dormir.”

En casa de Tony nos recibió el padre y nos dijo que no podíamos entrar, que Tony se había ido para el apartamento de la madre y que en su casa no estaba ningún Manuel.

7. Cuando llegamos al basurero ya era de noche. Tiré las cabillas al río y oí el golpe del hierro contra el agua. Bajamos al puente. Llamamos a Manuel pero no contestaba. Anduvimos cada rincón y lo encontramos atado a un poste, sentado sobre su propio charco de sangre. Traté de zafar los nudos y llevarlo hasta un hospital, pero era inútil, ya no respiraba. Los chicos se pusieron de pie y me dijeron que debíamos irnos, que la cosa era más grave de lo que habíamos pensado, pero yo no podía levantarme del suelo. Pensé en la madre de Manuel, en mi madre, recorriendo estaciones de policías, hospitales, peinando la ciudad como ese personaje de Bertillón 166, esa madre de la que nos había hablado la profesora de Español.

No regresamos al muro, tampoco lo hicieron los muchachos del pre. Se mantuvo vacío el resto del curso, hasta que lo ocuparon unos chicos del octavo grado que no conocían la historia. Desde ese día no he vuelto a hacerme una paja, se me han quitado las ganas.


Yonnier Torres Rodríguez (Placetas, 1981). Sociólogo. Narrador. Egresado del XI Curso de Técnicas Narrativas del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido entre otros premios: Primer Premio en el Concurso Latinoamericano de Narrativa Breve Tinta fresca 2010; Mención de Narrativa en el Premio Calendario 2010. Premio Nacional de Narrativa El mar y la montaña 2010. Es miembro de la AHS.

 

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