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A mediados de 2009, asistí en
Las Palmas de Gran Canaria al IX
Congreso Internacional
Galdosiano, con el objetivo de
presentar los resultados del
proyecto investigativo que
dirijo en torno a la recepción
del escritor en Cuba, centrada
en las publicaciones periódicas,
tarea apasionante que me ha
tenido sujeto y fascinado por
varios años. Como podrá
suponerse, una intervención
académica (y pasional, por qué
no) destinada a su ámbito de
estudiosos (habitualmente nada
pasional) y a aparecer en las
Actas correspondientes. Mas si
alguien las lee notará cierta
laxitud de empaque, pues mi
tesitura tiende más —no sé por
qué— a la conversación y a la
narrativa que al convencional
tono doctoral. A veces pienso si
se trata de alguna marca de
identidad nacional, por aquello
tantas veces repetido de que los
cubanos somos antisolemnes, lo
cual no deja de ser una tontería
generalizadora sin fundamento,
habida cuenta de tantos
compatriotas pomposos y
altisonantes que se ven por ahí,
en la Isla y por el mundo. Hay
de todo. Pero volviendo al tema
de la recepción galdosiana en
Cuba, lo creo importante por
varias razones. Algunas de las
fundamentales se mencionan en el
texto del Congreso a aparecer en
las Actas, de manera que no le
quedará otro remedio al lector
interesado que acudir a ellas,
dado que ahora estoy partiendo
—como premisa— del
reconocimiento de esa jerarquía.
La búsqueda, procesamiento e
interpretación de los abundantes
materiales sobre Galdós
aparecidos en publicaciones
periódicas nacionales
sobrepasaron con creces las
expectativas, y hasta fue
armándose una pequeña colección
de fotografías e ilustraciones
de la misma procedencia. Como
resultado principal de este
trabajo he conformado un volumen
que incluye mi selección de los
textos más relevantes (o de
interés peculiar), así como la
iconografía y, claro, una
imprescindible Introducción. No
puedo aquí extenderme acerca del
libro porque se desdibujaría el
propósito del presente artículo:
referirme a la existencia,
apenas conocida, de dos bustos
de Galdós en La Habana. El
hallazgo, resultado
colateral del proceso
investigativo, le añadió cierto
encanto especial, simbólico,
toda vez que el gran escritor se
desplazaba desde el mundo del
papel impreso para ocupar con
todo su derecho un espacio
físico propio, ahora
redescubierto en la ciudad
precisamente al estudiar su
impacto en Cuba. Fue poético,
casi sobrecogedor, no me es
posible definirlo de otra
manera.
Las dos piezas, situadas en
lugares disímiles, se vinculan
en principio a las islas que
vieron nacer a don Benito. En
Cuba desde el siglo XIX, las
laboriosas migraciones canarias
establecieron sus formas de
apoyo mutuo, y la comunidad
isleña —como por acá solemos
llamarla—, y tal cual harían la
catalana, cántabra o
montañesa, gallega,
asturiana, creó sus propias
asociaciones. Con el tiempo,
llegó a poseer en La Habana,
además de sus locales
administrativos y sociales, una
casa de salud o centro
hospitalario: la conocida
popularmente como Quinta
Canaria, o Sanatorio Nuestra
Señora de la Candelaria que era
su nombre legal.
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Portón de entrada a la
antigua Quinta Canaria |
Merece la pena referir cómo supe
de la existencia del primer
busto. Casi finalizando el
proceso de revisión del
Diario de la Marina,
importante y de amplia difusión
nacional, di con una noticia
casi perdida en la página 2 de
su edición correspondiente al 7
de noviembre de 1930, año en que
se conmemoraba el décimo
aniversario del fallecimiento
del escritor. No era por cierto
ningún artículo literario o
crítico, sino se trataba de una
nota de la Asociación Canaria de
La Habana, hecha llegar al
periódico para divulgar el acto
donde sería develado un busto de
Galdós, realizado en bronce por
el escultor, profesor de dibujo
y restaurador orotavense, José
María Perdigón, a tener lugar el
día 9 en los jardines de la ya
mencionada casa de salud. Luego,
en su edición del 10 de
noviembre, el periódico refiere
las incidencias y es la última
alusión que hace sobre el
asunto. Por su significación
histórica y ser representativo
de la prosa periodística social
de una época, reproduzco el
texto, y lo acompaño de una foto
aparecida en la revista
Bohemia tomada en esa
ocasión:
“El bronce de Galdós
En un momento de profunda
emoción, descorrió el velo, que
cubría el augusto bronce del
insigne autor de los
Episodios Nacionales, la
graciosa señorita Juana Remos.
Poco más tarde la voz serena y
elocuente del señor Luis F.
Wangüemert, nos habla del
ilustre autor de El abuelo,
del gran español canario, del
gran literato, del esclarecido
artista, calificándolo de la más
alta cumbre de la literatura
durante el último tercio del
siglo pasado y agregó: ‘No es
este busto solo el que se ha
levantado como homenaje de
recuerdo imperecedero de su obra
y de su gloria, lo tiene ya en
Buenos Aires, lo tiene en varios
pueblos de la misma República
Argentina, en la rosaleda del
Retiro de Madrid, en la ciudad
donde nació. Y los tiene porque
nadie como él lo merece pues Don
Benito Pérez Galdós lo fue todo:
y sobre todo es el precursor de
una España nueva, que viene a
salvar los yerros de la
conquista de las armas para
transformarla en conquista
espiritual por el amor y la
fraternidad de la cultura
mundial’.
Una gran ovación cerró sus
últimas palabras.
Luego, vibrantemente,
transmitiendo al auditorio los
sentimientos que inspiraron a su
autor
—Tomás
González— el señor Antonio Pino
recitó la admirable poesía “La
ofrenda emocionada”. Poeta y
recitador fueron aplaudidos
cariñosamente.
Y cerró este primer acto,
leyendo unas interesantes
cuartillas el doctor Eustaquio
Remedios, quien hizo una
elocuente apología de la obra y
de los ideales del gran escritor
canario. Fue muy aplaudido” (Diario
de la Marina,
lunes 10 de noviembre de 1930, p
6, La Habana).
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Acto
de develamiento del
busto de Galdós en la
Quinta Canaria.
Bohemia, Año 22, Vol.
XXII, Nº 46, nov 16 de
1930, p. 31 |
Este sanatorio dejó de ser una
institución de los canarios hace
muchos años, por causas diversas
que escapan a los propósitos de
mi artículo. La institución,
localizada en la barriada de
Párraga, las afueras de la
Ciudad de La Habana, funciona
hoy como hospital psiquiátrico.
No teníamos siquiera noción de
la existencia en Cuba de un
busto de Galdós, y quisimos
comprobar si continuaba en su
sitio casi ocho décadas después,
y en obvias circunstancias
diferentes. Allí está, en una
plazoleta encantadora, y he de
reconocer que una emoción
intensa nos conmovió al tenerlo
ante los ojos. Estamos
considerando sostener
conversaciones con la Oficina
del Historiador de la Ciudad y
la actual directiva de la
Sociedad Canaria, en busca de su
más adecuada inserción social, y
a la vez sea declarado lo que
realmente es: monumento
integrante de nuestro patrimonio
cultural.
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Busto
de Galdós en la Quinta
Canaria |
Los datos que envuelven la
historia en detalle de la pieza
escultórica, esto es, quién o
quiénes la encargaron, cómo
accedió Perdigón a esculpirla y
en cuáles circunstancias, dónde
lo hizo, etc., permanecen
ignorados. Aunque no hemos
encontrado manera hasta ahora de
completar la información, la
presencia tozuda de don Benito
hecho bronce en La Habana
continúa desafiando al tiempo y
a los huracanes del Caribe.
El segundo de los bustos es
modesto y enigmático. Hecho en
yeso y pintado con esmalte
negro, pareciera ser una
mascarilla sacada a algún otro,
se ignora de dónde y de qué
escultor. Lo atesora la
Asociación Canaria de Cuba
Leonor Pérez, en la frontera del
Centro Histórico de La Habana, y
está colocado en un sitio de la
Biblioteca. Allí nos contaron
que desconocían su procedencia y
había pertenecido a la vieja
Asociación Canaria de La Habana.
Fue hallado por casualidad, y
sorprendentemente, en una
especie de almacén que guardaba
documentos y materiales de
diversa índole. La Directiva
nueva lo rescató, pero nunca han
logrado descifrar su particular
historia.
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Ricardo Viñalet junto al
busto de Galdós en la
Biblioteca de la
Sociedad Canaria |
Nosotros tampoco, de momento.
Sin embargo, los bustos
habaneros de Galdós, aun siendo
hasta hoy muestras
insuficientemente escrutadas,
revelan un modo adicional en
Cuba de apreciar —recepcionar
digamos— su obra literaria, de
aquilatar las reales dimensiones
de su impacto entre nosotros.
Por fortuna, los estudios
continúan y prometen
enriquecerse. Queden estas notas
como testimonio.
Nota:
(1) Publicado
originalmente en Isidora,
Revista de Estudios Galdosianos,
Nº 11, Verano de 2009, pp. 33 –
38, Isidoro Ediciones, Francia,
Université de Nantes-UCO-Angers.
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