Año IX
La Habana
5 al 11
 de JUNIO
de 2010

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La danza indivisible

Gloria María Padrón • Camagüey

 

“La danza ha de exaltar el milagro de la carne…
expresando la materia paradójicamente vuelve a expresarse el espíritu.”
Emilio Ballagas

No hay duda, cada vez más en la danza acontece el milagro de la carne, el bailarín lucha por trascender sus propios límites, la hazaña de la destreza y habilidad técnica crea mecanismos de apego a lo inaudito. Los que percibimos el fenómeno danzario, miramos cada vez más asombrados y encontramos mucho placer en hacernos adictos al asombro; no siempre fue así, o mejor dicho, fueron otras las cosas que generaban nuestra emoción.

Antiguamente la técnica no estaba tan evolucionada, el perfeccionamiento ha venido como lógica consecuencia del desarrollo humano. Ahora también la confrontación es mayor, es más fácil conocer acontecimientos, figuras importantes y eventos relevantes; existen gran números de filmaciones, haciéndose fácil notar el contraste del desarrollo técnico actual con relación a lo anterior.

Los estudiantes de ballet salen cada vez más preparados desde el punto de vista técnico, y esto es comprensible, valoramos muchos aspectos que lo hacen posible, pero sobre todo, prima en los estudiantes el interés por trascender los límites del cuerpo, y menos, infelizmente, los del espíritu.

En Cuba contamos con un ejemplo atípico que pertenece al pasado, al presente y también al futuro, el fenómeno Alicia Alonso, que siempre junto al virtuosismo técnico aunó ese don que la convirtió en paradigma de portento físico y espiritual. Su danza y su vida fueron trascendencia constante de sus límites, una hazaña personal como artista a la que no todos los mortales están predestinados.

Así pues, mucho ha evolucionado la danza, su técnica se desarrolla, su enriquecimiento hace expandir sus límites logrando que el cuerpo y el espacio tomen otras dimensiones y, ayudado el bailarín por filmaciones que permiten que la danza no se haga tan efímera y temporal, por tanto, perdurable.

En todo este desarrollo, mucho han tenido que ver maestros y coreógrafos. Ejércitos de profesores en el mundo tratan cada vez más de estar a la altura y más capacitados, los hacedores de cuerpos transfigurados (como lo designa el profesor Tajonera) desde un rincón anónimo, también tratan de trascender sus límites recurriendo a cuanta herramienta alcanzan, didáctica, psicología, kinesiología y metodología por no hablar de yoga, chamanismo, meditación trascendental y hasta parasicología... Todo vale… y aún con todo, sigue siendo más fácil entrenar el cuerpo por medio de una técnica, que el espíritu misterioso e irreverente.

Entonces vuelvo a pensar en Ballagas y su paradoja. Quizá los coreógrafos sean los más involucrados con el espíritu, y si el espíritu carece de cinética, si el bailarín cansado de tanto esfuerzo físico, adormecido por la rutina de un entrenamiento poco creativo, sin espacio propicio donde puedan aflorar a la luz emoción y sensibilidad, se enquista y no consigue que el alma salga fuera de la piel quedando reducido todo al esfuerzo de la voluntad por mover músculos y huesos.

Todos sabemos la utilidad de la voluntad, de la técnica, del entrenamiento sistemático; pero todos ellos no son más que instrumentos, medios por los que se logra un fin, el fin; es la danza, la que no se puede dividir, la que es física, psíquica y espiritual, tal como lo es el ser humano.

El movimiento espiritual del bailarín se debe entrenar en la clase de ballet al igual que el resto de su cuerpo, y esta actividad debe ser altamente creativa, con la necesaria libertad para que la personalidad artística de cada bailarín se perfile y enriquezca. El maestro de ballet guía la actividad de la clase; pero no puede convertirse en implacable mandatario, si su palabra es ley y todo queda bajo su infalible autoridad, tendremos que lamentar en el futuro la falta de iniciativa, imaginación y creatividad de nuestros estudiantes, no haciendo falta ya reprenderlos, tendrán el represor adentro.

También creo que algo tiene que ver en esto la intuición de los maestros, decían de Deaghilev, según cuenta Ballagas, que tenía una intuición tan certera que hacía que se detuviera frente a cualquiera que llevara dentro de sí una oculta mina de facultades expresivas. Aseguraba Ballagas que en el mundo hacían falta adivinos de vocación.

También Dominique Dupuy dice que la memoria de la danza es esencialmente oral y corporal, que supone una transmisión misteriosa entre el maestro y el alumno, que el momento de la transmisión es un instante único y que es allí donde radica la esencia de la comprensión del movimiento, como si fuera dicho como un secreto. Decía que en el maestro de ballet había algo de chamán.

Debemos enseñar sin miedos dándoles la bienvenida a las dudas, no importa cuántos caminos debamos andar o desandar, mostremos la importancia y belleza de un torso desnudo, de una línea armoniosa, mostremos que la poesía también está en el movimiento, que el espíritu habla sin necesidad de palabras, que lo bello también puede estar en lo feo, siempre que allí se agite el trepidar de las pasiones humanas.

La danza debe ser un espacio de búsqueda y descubrimiento de crecimiento espiritual y exaltación del cuerpo.

En la coreografía, hay ejemplos que muestran lo indivisible de la danza: Fokin, por ejemplo, en su obra La muerte del cisne no concibe hazaña técnica, no hay virtuosismo de pasos en la bailarina, todo es depurado solo quiso transmitir el coreógrafo el ciclo de vida y muerte del ave, el espíritu y la poesía, el sentimiento de pérdida.

A Balanchin no le interesó, quizá, contar ninguna historia, no hay discursos coreográficos; no obstante, existe un contenido de poesía y belleza del movimiento del cuerpo en el espacio habitado por sus bailarines. Para él la forma es el contenido.

Alberto Méndez, coreógrafo cubano, en su pax de deux Muñecos, toca un tema antiguo y recurrente: el amor. La belleza de ese ballet está en la atmósfera mágica que conecta al espectador con los intérpretes. La danza interactúa con el público que queda enredado en el misterioso poder de la emoción y sensibilidad.

Maurice Béjart planteaba la necesidad de una coherencia entre todas las fuerzas que conforman al ser humano, el bailarín debía ser, decía, una alabanza por la unidad de ese ser humano escindido porque su alma, su cuerpo y su espíritu nunca tienen tiempo de reunirse.

Coincidamos con el escritor camagüeyano Emilio Ballagas cuando afirmó: “Es el hombre de espíritu el que ha de reivindicar a la materia”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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