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“La danza
ha de exaltar el milagro
de la carne…
expresando la materia
paradójicamente vuelve a
expresarse el espíritu.”
Emilio Ballagas
No hay duda, cada vez
más en la danza acontece
el milagro de la carne,
el bailarín lucha por
trascender sus propios
límites, la hazaña de la
destreza y habilidad
técnica crea mecanismos
de apego a lo inaudito.
Los que percibimos el
fenómeno danzario,
miramos cada vez más
asombrados y encontramos
mucho placer en hacernos
adictos al asombro; no
siempre fue así, o mejor
dicho, fueron otras las
cosas que generaban
nuestra emoción.
Antiguamente la técnica
no estaba tan
evolucionada, el
perfeccionamiento ha
venido como lógica
consecuencia del
desarrollo humano. Ahora
también la confrontación
es mayor, es más fácil
conocer acontecimientos,
figuras importantes y
eventos relevantes;
existen gran números de
filmaciones, haciéndose
fácil notar el contraste
del desarrollo técnico
actual con relación a lo
anterior.
Los estudiantes de
ballet salen cada vez
más preparados desde el
punto de vista técnico,
y esto es comprensible,
valoramos muchos
aspectos que lo hacen
posible, pero sobre
todo, prima en los
estudiantes el interés
por trascender los
límites del cuerpo, y
menos, infelizmente, los
del espíritu.
En Cuba contamos con un
ejemplo atípico que
pertenece al pasado, al
presente y también al
futuro, el fenómeno
Alicia Alonso, que
siempre junto al
virtuosismo técnico aunó
ese don que la convirtió
en paradigma de portento
físico y espiritual. Su
danza y su vida fueron
trascendencia constante
de sus límites, una
hazaña personal como
artista a la que no
todos los mortales están
predestinados.
Así pues, mucho ha
evolucionado la danza,
su técnica se
desarrolla, su
enriquecimiento hace
expandir sus límites
logrando que el cuerpo y
el espacio tomen otras
dimensiones y, ayudado
el bailarín por
filmaciones que permiten
que la danza no se haga
tan efímera y temporal,
por tanto, perdurable.
En todo este desarrollo,
mucho han tenido que ver
maestros y coreógrafos.
Ejércitos de profesores
en el mundo tratan cada
vez más de estar a la
altura y más
capacitados, los
hacedores de cuerpos
transfigurados (como lo
designa el profesor
Tajonera) desde un
rincón anónimo, también
tratan de trascender sus
límites recurriendo a
cuanta herramienta
alcanzan, didáctica,
psicología, kinesiología
y metodología por no
hablar de yoga,
chamanismo, meditación
trascendental y hasta
parasicología... Todo
vale… y aún con todo,
sigue siendo más fácil
entrenar el cuerpo por
medio de una técnica,
que el espíritu
misterioso e
irreverente.
Entonces vuelvo a pensar
en Ballagas y su
paradoja. Quizá los
coreógrafos sean los más
involucrados con el
espíritu, y si el
espíritu carece de
cinética, si el bailarín
cansado de tanto
esfuerzo físico,
adormecido por la rutina
de un entrenamiento poco
creativo, sin espacio
propicio donde puedan
aflorar a la luz emoción
y sensibilidad, se
enquista y no consigue
que el alma salga fuera
de la piel quedando
reducido todo al
esfuerzo de la voluntad
por mover músculos y
huesos.
Todos sabemos la
utilidad de la voluntad,
de la técnica, del
entrenamiento
sistemático; pero todos
ellos no son más que
instrumentos, medios por
los que se logra un fin,
el fin; es la danza, la
que no se puede dividir,
la que es física,
psíquica y espiritual,
tal como lo es el ser
humano.
El movimiento espiritual
del bailarín se debe
entrenar en la clase de
ballet al igual que el
resto de su cuerpo, y
esta actividad debe ser
altamente creativa, con
la necesaria libertad
para que la personalidad
artística de cada
bailarín se perfile y
enriquezca. El maestro
de ballet guía la
actividad de la clase;
pero no puede
convertirse en
implacable mandatario,
si su palabra es ley y
todo queda bajo su
infalible autoridad,
tendremos que lamentar
en el futuro la falta de
iniciativa, imaginación
y creatividad de
nuestros estudiantes, no
haciendo falta ya
reprenderlos, tendrán el
represor adentro.
También creo que algo
tiene que ver en esto la
intuición de los
maestros, decían de
Deaghilev, según cuenta
Ballagas, que tenía una
intuición tan certera
que hacía que se
detuviera frente a
cualquiera que llevara
dentro de sí una oculta
mina de facultades
expresivas. Aseguraba
Ballagas que en el mundo
hacían falta adivinos de
vocación.
También Dominique Dupuy
dice que la memoria de
la danza es
esencialmente oral y
corporal, que supone una
transmisión misteriosa
entre el maestro y el
alumno, que el momento
de la transmisión es un
instante único y que es
allí donde radica la
esencia de la
comprensión del
movimiento, como si
fuera dicho como un
secreto. Decía que en el
maestro de ballet había
algo de chamán.
Debemos enseñar sin
miedos dándoles la
bienvenida a las dudas,
no importa cuántos
caminos debamos andar o
desandar, mostremos la
importancia y belleza de
un torso desnudo, de una
línea armoniosa,
mostremos que la poesía
también está en el
movimiento, que el
espíritu habla sin
necesidad de palabras,
que lo bello también
puede estar en lo feo,
siempre que allí se
agite el trepidar de las
pasiones humanas.
La danza debe ser un
espacio de búsqueda y
descubrimiento de
crecimiento espiritual y
exaltación del cuerpo.
En la coreografía, hay
ejemplos que muestran lo
indivisible de la danza:
Fokin, por ejemplo, en
su obra La muerte del
cisne no concibe
hazaña técnica, no hay
virtuosismo de pasos en
la bailarina, todo es
depurado solo quiso
transmitir el coreógrafo
el ciclo de vida y
muerte del ave, el
espíritu y la poesía, el
sentimiento de pérdida.
A Balanchin no le
interesó, quizá, contar
ninguna historia, no hay
discursos coreográficos;
no obstante, existe un
contenido de poesía y
belleza del movimiento
del cuerpo en el espacio
habitado por sus
bailarines. Para él la
forma es el contenido.
Alberto Méndez,
coreógrafo cubano, en su
pax de deux
Muñecos, toca un
tema antiguo y
recurrente: el amor. La
belleza de ese ballet
está en la atmósfera
mágica que conecta al
espectador con los
intérpretes. La danza
interactúa con el
público que queda
enredado en el
misterioso poder de la
emoción y sensibilidad.
Maurice Béjart planteaba
la necesidad de una
coherencia entre todas
las fuerzas que
conforman al ser humano,
el bailarín debía ser,
decía, una alabanza por
la unidad de ese ser
humano escindido porque
su alma, su cuerpo y su
espíritu nunca tienen
tiempo de reunirse.
Coincidamos con el
escritor camagüeyano
Emilio Ballagas cuando
afirmó: “Es el hombre de
espíritu el que ha de
reivindicar a la
materia”. |