Año IX
La Habana
29 de MAYO
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de 2010

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La noche del Tun-Tun

Dora Alonso (Matanzas, 1910 - La Habana, 2001)

 

Como el aguacero arreciaba, abandonaron la fogata a su suerte, y ya se sabe la Suerte de una fogata cuando llueve. A una indicación del jefe del campamento acudieron todos (menos Tres-cuatro, que estaba roncando) a empujar el coche para resguardarlo en el colgadizo de la quinta. Azulejo se guareció bajo un cobertizo y el resto de la pandilla entró en la casa deshabitada, donde los pasos retumbaban de modo impresionante. Por último, colocaron la luz sobre la mesa y ocuparon las sillas 

Afuera caía la lluvia a cántaros y los relámpagos parecían culebritas. Un trueno hizo estremecer la casa; algo, ¡crasch!, se rompió por algún lugar y un soplo de viento apagó el farol.

—¡Tun-tun! —y casi al momento otra vez—: ¡tun-tun!

Por tres veces se escuchó el tun-tun. En la oscuridad se sintió correr un miedito mojado que no sabía dónde meterse.

—Debe de ser un viajero extraviado que busca albergue —opinaba la niña encogiendo las piernas.

—¡No hay que temer! —galleó el hermano.

—¡Sí hay, sí hay! —ladró el perrito dando diente con diente.

—¿Ustedes qué opinan? —preguntó Colorín a los payasos, que hacían visajes en la oscuridad por no perder su costumbre—. ¿Abrimos?

—No oímos nada. El trueno nos dejó sordos —contestaron.

—Debemos abrir. Sería incorrecto no atender a la llamada.

Recogiendo el farol de encima de la mesa y encendiéndolo, Martín Colorín fue a la puerta.

Algo se movía en la negrura del portal.

—Buenas noches —saludó cortésmente el valeroso cochero.

—No tan buenas —se oyó decir—; ¿o no sabe que hay tormenta?

“¡Qué vozarrón más ronco! ¿Será un gigante?”, pensó el de la casa.

Y como no podía verle la cara, lo invitó a pasar. Entonces apareció una rareza en traje de vaquero. Tendría un metro de alto por casi otro de ancho, aire altanero, cara de pájaro, piernas como fideos embutidas en botas tejanas, espuelas resonantes y una hermosa cola de gallo que le salía por un ojal que tenían los pantalones. A la cintura, con el rojo cinturón de cuero, llevaba un arma.

Tosió el llamativo monigote cerrándose más el pañuelo que se anudaba al cuello, y sacándose enseguida el sombrero de jipijapa para que escurriera, sonó las espuelas de dos rotundos taconazos y se limpió el pecho.

—Bueno —resolvió él solito—, podemos seguir adelante.

El hospedero no estaba muy seguro de si quería a aquel huésped de fantasía, pero con aquella noche no era posible negarse a recibirlo.

Lo guió y entraron en el comedor. El de la cola de gallo y la cara de pájaro, las botas tejanas y el cuerpo de casi un metro de ancho, daba una rápida ojeada a los reunidos, los que, al verlo, quedaron asombrados.

—Les presento al tun-tun —dijo Martín, por decir algo.

Al oírse llamar tun-tun, el vaquero sacó el arma y de un disparo apagó el farol. Luego fue el tiroteo, el barullo, los gritos, hasta que el visitante terminó todo al decir sonriendo:

—No corran: ¡Yo tiro con caramelos!


Tomado del libro El cochero azul.


Dora Alonso: Matanzas, 1910 - La Habana, 2001.  Su novela Tierra inerme recibe en 1961 el Premio internacional Casa de las Américas. En 1975 aparece El cochero azul, con una primera edición de 200 mil ejemplares. Con su novela El valle de la Pájara Pinta obtiene en 1980 el Premio internacional Casa de las Américas en la categoría de obras para niños y jóvenes. En 1988 se le confiere el Premio Nacional de Literatura de Cuba. 

 

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