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Como el aguacero arreciaba, abandonaron
la fogata a su suerte, y ya se sabe la
Suerte de una fogata cuando llueve. A
una indicación del jefe del campamento
acudieron todos (menos Tres-cuatro, que
estaba roncando) a empujar el coche para
resguardarlo en el colgadizo de la
quinta. Azulejo se guareció bajo un
cobertizo y el resto de la pandilla
entró en la casa deshabitada, donde los
pasos retumbaban de modo impresionante.
Por último, colocaron la luz sobre la
mesa y ocuparon las sillas
Afuera caía la lluvia a cántaros y los
relámpagos parecían culebritas. Un
trueno hizo estremecer la casa; algo, ¡crasch!,
se rompió por algún lugar y un soplo de
viento apagó el farol.
—¡Tun-tun! —y casi al momento otra vez—:
¡tun-tun!
Por tres veces se escuchó el tun-tun. En
la oscuridad se sintió correr un miedito
mojado que no sabía dónde meterse.
—Debe de ser un viajero extraviado que
busca albergue —opinaba la niña
encogiendo las piernas.
—¡No hay que temer! —galleó el hermano.
—¡Sí hay, sí hay! —ladró el perrito
dando diente con diente.
—¿Ustedes qué opinan? —preguntó Colorín
a los payasos, que hacían visajes en la
oscuridad por no perder su costumbre—.
¿Abrimos?
—No oímos nada. El trueno nos dejó
sordos —contestaron.
—Debemos abrir. Sería incorrecto no
atender a la llamada.
Recogiendo el farol de encima de la mesa
y encendiéndolo, Martín Colorín fue a la
puerta.
Algo se movía en la negrura del portal.
—Buenas noches —saludó cortésmente el
valeroso cochero.
—No tan buenas —se oyó decir—; ¿o no
sabe que hay tormenta?
“¡Qué vozarrón más ronco! ¿Será un
gigante?”, pensó el de la casa.
Y como no podía verle la cara, lo invitó
a pasar. Entonces apareció una rareza en
traje de vaquero. Tendría un metro de
alto por casi otro de ancho, aire
altanero, cara de pájaro, piernas como
fideos embutidas en botas tejanas,
espuelas resonantes y una hermosa cola
de gallo que le salía por un ojal que
tenían los pantalones. A la cintura, con
el rojo cinturón de cuero, llevaba un
arma.
Tosió el llamativo monigote cerrándose
más el pañuelo que se anudaba al cuello,
y sacándose enseguida el sombrero de
jipijapa para que escurriera, sonó las
espuelas de dos rotundos taconazos y se
limpió el pecho.
—Bueno —resolvió él solito—, podemos
seguir adelante.
El hospedero no estaba muy seguro de si
quería a aquel huésped de fantasía, pero
con aquella noche no era posible negarse
a recibirlo.
Lo guió y entraron en el comedor. El de
la cola de gallo y la cara de pájaro,
las botas tejanas y el cuerpo de casi un
metro de ancho, daba una rápida ojeada a
los reunidos, los que, al verlo,
quedaron asombrados.
—Les presento al tun-tun —dijo Martín,
por decir algo.
Al oírse llamar tun-tun, el vaquero sacó
el arma y de un disparo apagó el farol.
Luego fue el tiroteo, el barullo, los
gritos, hasta que el visitante terminó
todo al decir sonriendo:
—No corran: ¡Yo tiro con caramelos!
Tomado del libro
El cochero azul.
Dora Alonso:
Matanzas, 1910 - La Habana, 2001. Su
novela Tierra inerme recibe en
1961 el Premio internacional Casa de las
Américas. En 1975 aparece El cochero
azul, con una primera edición de 200
mil ejemplares. Con su
novela
El valle de la Pájara
Pinta
obtiene en 1980 el Premio
internacional Casa de las Américas en la
categoría de obras para niños y
jóvenes. En 1988 se le confiere el
Premio Nacional de Literatura de Cuba.
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