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El sitio en que René
Portocarrero vive y
trabaja desde hace años
está bañado por el mar.
El profundo azul del mar
y el cielo, de un azul
también imperturbable,
grandes espacios
abiertos, animan la
ciudad abigarrada que el
pintor puede observar
desde su perspectiva
privilegiada. Abajo, en
la calle, de día y de
noche, en horas de
trabajo y en tiempo de
descanso y festejo, la
multitud se mueve
incansable. Y ese
territorio de la costa
que se abre hacia el
norte ha conocido
también los momentos de
tensa vigilancia, con la
presencia silenciosa de
los hombres y mujeres
dispuestos a la defensa
de la patria amenazada.
En contraste con esos
grandes espacios que
penetran por las
ventanas abiertas, el
estudio del artista
aprisiona al visitante
entre cuadros,
caballetes, instrumentos
de trabajo. No hay modo
de tomar distancia para
observar la obra en
proceso. Allí, en ese
desorden laborioso, en
esa lucha constante
contra el vacío,
transcurre la vida
activa de uno de los más
constantes, laboriosos y
fecundos pintores
cubanos. Estamos en un
austero taller de
artesano en medio de una
ciudad de rico colorido,
en un silencio rodeado
de bullicio.
No estamos ante una
paradoja. Ocurre que,
presidida por un mismo
propósito, la
contradicción, resuelta
a veces en términos de
equilibrio y a veces en
términos de violencia,
está presente en toda la
obra de René
Portocarrero. Es su
principal medio de
indagación, que comunica
esa particular carga de
tensión emocional,
presente aun en sus
obras más serenas. La
búsqueda central del
artista resultaría ser
la de una dimensión
particular de lo cubano,
que se revela a través
de una encarnizada lucha
de contrarios. Nos
hallamos ante un proceso
ininterrumpido, de
creciente
profundización,
escalonado a través de
etapas que se van
agotando sucesivamente.
Las diferencias que
separan cada una de las
“maneras” del pintor son
más aparentes que
reales. Visto el
conjunto en su
integralidad, se percibe
la unidad esencial de un
proceso, orientado por
una misma voluntad y por
un mismo método de
trabajo.
La razón de ser
fundamental de la obra
pictórica de
Portocarrero, la clave
profunda de la unidad
que subyace en la
aparente multiplicidad
de sus imágenes, se
encuentra en la
permanente búsqueda de
una expresión nacional.
El acercamiento del
artista a esta
preocupación, muy
extendida entre sus
contemporáneos y
precursores inmediatos,
es mucho más compleja de
lo que a primera vista
parece. Viajeros,
visitantes casuales y
aun los propios
habitantes del país,
perciben de inmediato
los encantos de una
naturaleza a un tiempo
dócil y exuberante, así
como las peculiaridades
de gestos, costumbres y
modo de andar que un
profundo mestizaje
cultural ha ido
definiendo. El
espectador apresurado
encuentra así, con
facilidad engañosa, la
fórmula apropiada para
describir lo cubano. El
ritmo y el color,
presentes en la vida
cotidiana, en el momento
del reposo y en el del
festejo, dejan de ser
connotantes
características una
realidad para ser
considerados la
sustancia verdadera de
un universo que reclama
una exploración más
rigurosa.
Buscar la realidad en la
apariencia, sin
prescindir de ella,
puesto que se trata de
la cara externa de un
universo oculto, es el
desafío al que responde
toda la obra pictórica
de René Portocarrero.
Por ello, el color
desempeña un papel de
extraordinaria
significación. Forma
parte de esa apariencia
que el artista no
rehúye. Pero se
convierte, cada vez más,
en un instrumento para
la indagación de las
dimensiones más
profundas de la
realidad.
Para poder comprender la
obra de Portocarrero en
su raíz y en sus
alcances, para poder
valorar su fuerza
poética y su
originalidad, resulta
indispensable
inscribirla en el
proceso
histórico-cultural que
la sustenta. Observador
penetrante del mundo que
lo rodea,
entrañablemente
vinculado a su pueblo,
el pintor no ha
transitado con
indiferencia entre los
acontecimientos de un
siglo que marca el
viraje definitivo en el
destino del hombre sobre
la tierra y que
repercute con rasgos
particulares en la vida
de los países coloniales
y neocoloniales.
Nacido en 1912, procede
de una familia acomodada
que favorece sus
tempranas aficiones
artísticas. En
entrevistas
periodísticas, se ha
referido Portocarrero
con frecuencia a sus
precoces inicios. El
tono de la evocación
sugiere un cuento de
hadas que daría paso a
la vida real, una vez
concluida la frase
ritual: fueron muy
felices y vivieron
muchos años. La cápsula
protectora se rompió y
llegaron los tiempos
difíciles de la penuria.
Ya entonces, sin
embargo, el pintor
contaba con la
certidumbre de una
vocación a la que habría
de entregarse por
entero. En ella habría
de encontrar la fuerza
necesaria para
sobrevivir en una
sociedad por mucho
tiempo hostil al
auténtico trabajo
artístico.
A pesar de las
circunstancias
favorables que lo
rodearon en los primeros
años de formación,
Portocarrero no seguirá
sistemáticamente
estudios artísticos en
la Academia. Será, en
gran medida, como la
mayor parte de los
maestros de la plástica
cubana contemporánea, un
autodidacta. Llegada
casi al centenario de su
fundación, la
institución dedicada a
la formación de pintores
y escultores empezaba a
afrontar la evidencia de
una crisis que había
venido madurando por
largos años. Forjada a
través de la imitación
de tardíos modelos
europeos, se limitaba a
trasmitir recetas
artísticas ya superadas.
Su modo de hacer
resultaba ineficaz, pero
la razón principal de su
esterilidad se
encontraba en no haber
podido formular, en
términos teóricos y
prácticos, una
definición conceptual
del arte que situara la
plástica cubana en el
centro de las corrientes
históricas y culturales
más dinámicas de la
época. Por eso, quienes
alientan verdaderas
inquietudes renovadoras,
permanecen al margen de
la Academia o reaccionan
contra ella.
Cuando Portocarrero
comienza a darse a
conocer en los medios
artísticos, durante la
década del 30, están
llegando a su primera
madurez los maestros que
muy poco tiempo antes
habían empezado a sentar
las bases de la nueva
pintura cubana. En su
ruptura con una
tradición anquilosada,
aquella generación
establecía el propósito
de expresar en su obra
la realidad hasta
entonces ignorada del
país y de buscar para
ello el lenguaje
artístico más idóneo.
Tan radical punto de
vista la obligaba a
desechar la herencia
recibida y a intentar un
riesgoso salto en el
vacío. Para ellos y para
sus continuadores se
abría así una nueva
etapa de fundación.
Carente de una tradición
que estableciera un
sistema de referencia
válido en su propio
terreno, la plástica
cubana de este siglo se
inscribe orgánicamente
en un movimiento
cultural más amplio,
donde encuentra puntos
de contacto con otras
manifestaciones
artísticas. A partir de
la década del 20, la
renovación se
generaliza, tanto en la
literatura como en la
música y, en todos los
casos, a reafirmación de
los valores nacionales
coincide con la búsqueda
de un lenguaje
contemporáneo. El cambio
de perspectiva
transforma la manera de
asimilar la influencia
de las fuentes europeas.
Ya no se trata de seguir
el camino trazado por
los modelos
establecidos, sino de
poner los nuevos
recursos expresivos en
función del
descubrimiento de una
realidad inexplorada. La
renovación musical
favorecerá la
incorporación del tambor
de origen africano a la
orquesta sinfónica. La
ruptura de los conceptos
establecidos de
perspectiva, composición
y color viabiliza el
surgimiento de un
paisaje humano y natural
más auténtico.
Una de las fuentes que
alimenta las inquietudes
de los plásticos, de
compositores como
Alejandro García Caturla
y Amadeo Roldán, de
escritores como Guillén
y Carpentier, se
encuentra en la
paulatina revelación de
los valores de la
cultura popular.
Comenzarán por renunciar
a todas las nociones
heredadas y recoger, de
manera directa, en un
regreso al trabajo al
natural, las imágenes
que van acumulando en la
tela y en el papel, pero
sobre todo en la
memoria, un nuevo
archivo visual. Ese
bagaje de recuerdos
estará presente en la
conciencia de los
pintores cuando
comiencen a recorrer el
mundo en busca de las
lecciones de los
maestros del pasado y
del presente.
La revelación de la
cultura popular, por
mucho tiempo soslayada,
no se produce de una
sola vez. Va un largo
proceso, que no habrá de
ser solamente obras de
artistas. Estos se
beneficiarán también,
directa o
indirectamente, de la
contribución de los
investigadores
científicos que indagan
acerca de las raíces
africanas de nuestra
cultura, descubren sus
relaciones internas y
describen su proceso de
inserción en un nuevo
medio social. A través
de una historia hecha de
violencia, desde el
tráfico negrero a la
vida esclava, desde la
rebeldía del cimarrón a
la represión implacable
de toda forma de
resistencia, desde las
guerras de independencia
a la mísera condición
del trabajador
asalariado o del
campesino sin tierras,
se va gestando un
profundo mestizaje
cultural que contribuye
a definir lo cubano.
Entendido en su
verdadera acepción como
tradición viva y no como
imagen costumbrista
estereotipada, este
mestizaje, marcado por
circunstancias
históricas concretas,
origina valores
vigentes, no solo en la
música y en la danza,
sino también en el modo
de asumir la alegría y
la tristeza, la vida y
la muerte.
Llama la atención la
singular sincronía de un
proceso cultural que
hace de la década del 20
el instante de un viraje
decisivo. Surge, por una
parte, una generación
renovadora en el campo
de las artes y las
letras. Germina en el
movimiento intelectual
la tendencia de
vertebrar la tarea
individual a una acción
política positiva. Y, se
produce sobre todo, el
reagrupamiento de las
fuerzas populares en
organizaciones decisivas
para la lucha en
aquellos años. Se
fundan, sucesivamente,
la Federación
Estudiantil
Universitaria, la
Confederación Nacional
Obrera de Cuba y el
Partido Comunista.
Comenzaba a producirse,
de manera vigorosa, la
reacción contra el
sentimiento de
frustración que, veinte
años antes, en 1902,
había dejado el acceso a
una independencia
mutilada. El país,
arruinado, al cabo de
treinta años de guerra
contra España, recibía
en chantaje impuesto por
la ocupación militar
norteamericana un
apéndice a su primera
constitución que lo
comprometía a aceptar la
presencia de bases
extranjeras y el derecho
a la intervención en sus
asuntos internos. La
colonia se convertía en
neocolonia, cada vez más
sujeta a la dependencia
económica y a la
intervención cultural.
Durante más de medio
siglo, el dominio
imperialista se
manifestó en la
intromisión directa en
la política interna, en
la apropiación de las
mejores tierras de
cultivo, en el control
de los recursos
financieros y del
comercio interior.
Generó profundas
deformaciones
estructurales de la
economía. Patrocinó
gobiernos corrompidos y
feroces dictaduras.
Intentó, a través de la
influencia ejercida en
la educación y en los
medios masivos de
difusión, un violento
proyecto de
desnacionalización.
El sistema de
explotación se sustenta
en la dependencia
neocolonial. La clase
dominante, vinculada a
los intereses azucareros
y al comercio exterior,
hace coincidir sus
propios intereses con
los del imperialismo. De
ahí el extraordinario
alcance del proceso de
liberación nacional y la
significación que tiene,
en el campo de la
cultura, el
redescubrimiento y
rescate de los valores
que afirman su
originalidad. A pesar de
las múltiples tendencias
que se manifiestan en un
proceso histórico
complejo, la Revolución
Cubana, triunfante en
1959, podrá asumir como
legítima herencia esa
tradición de cubanía que
se había ido formando a
lo largo de todo el
siglo.
Ese legado, que
conformaron los que hoy
justamente se consideran
clásicos de nuestro
tiempo, tuvo que hacerse
en medio de las más
adversas circunstancias.
El reagrupamiento de las
fuerzas populares que se
iniciaba con los años 20
recibiría, antes del
término de la propia
década, el feroz
contragolpe de la
dictadura de Gerardo
Machado. Desplazado del
poder por la acción de
las masas, la embajada
norteamericana lo
sustituye a los pocos
meses por su nuevo
hombre fuerte, Fulgencio
Batista. La Segunda
Guerra Mundial impone el
paréntesis de la
reinstauración de las
instituciones burguesas,
hasta que la represión
de la actividad sindical
resulta prólogo del
regreso del ya conocido
hombre fuerte, que
cierra esa etapa
histórica con la más
violenta represión.
En tales circunstancias,
los artistas permanecen
al margen de la “cultura
oficial”. Si
Portocarrero ejerce
brevemente la docencia,
no lo hace en academia
patrocinada por el
gobierno. Se vincula a
la Escuela Libre,
iniciada por el pintor y
caricaturista Eduardo
Abela. Se trata de un
taller experimental,
abierto a los
trabajadores, generoso
empeño que, por falta de
recursos, tendrá
brevísima duración.
Cuando hace
ilustraciones, no lo
hará para las
editoriales entonces
inexistentes, sino para
las revistas que sus
amigos, los poetas,
mantienen con grandes
sacrificios personales.
Tampoco existe mercado
del arte en un país
agrícola que recibe del
extranjero alimentos
enlatados, productos
industriales, libros,
modas y gustos. En los
momentos más críticos de
esos años terribles, la
vieja esperanza de la
Patria reconquistada,
aquella por la que tanto
se había luchado,
parecía convertirse en
sueño siempre presente y
siempre inalcanzado.
En sus múltiples maneras
y en la directriz
esencial que todo lo
preside, la fuente más
auténtica del arte de
Portocarrero se
encuentra en el
acontecer histórico de
los años por los que
transcurre su vida y en
la permanente
observación del mundo
que lo rodea.
Contrariamente a lo que
sucede con los maestros
que lo había precedido
no pareció sentir el
reclamo de un prolongado
viaje de estudios a
París. El encuentro con
los grandes museos se
producirá más tarde,
cuando su camino
personal ha sido
desbrozado ya. No
tendría la experiencia
directa de los talleres
de la Grande Chaumière,
de los debates en los
cafés de Montparnasse.
Pero, a través de los
libros, de las revistas,
de sus amigos pintores y
poetas, podía seguir,
desde su isla, inmersa
en la crisis económica y
sometida a la dictadura,
la marcha de los
acontecimientos.
|

"Familia". Lápiz
s/ papel. 1938. |
A la tradicional
influencia europea,
habría de sumarse, en la
década del 30, la
deslumbrante revelación
del muralismo mejicano.
Las blancas vestiduras
de los dirigentes
agrarios surgidos del
proceso revolucionario
de 1910 se integraban
ahora, en los muros de
los edificios públicos,
a una historia con tono
de epopeya. Así como el
anónimo escritor
medieval traducía en
imágenes el evangelio,
el muralista mostraba a
las grandes masas, aun
iletradas, la historia
de su país.
Experiencia similar
permanecía vedada a los
cubanos, situados en un
contexto histórico y
social muy diferente. En
su variedad y riqueza
estilísticas, el
muralismo mejicano
reafirmaba las
perspectivas que para la
nueva plástica
latinoamericana ofrecía
la utilización de un
amplio espectro de
recursos formales para
la expresión de un
universo caracterizado,
entre otras cosas, por
un prolongado mestizaje
de culturas. Siempre
cercano, el vínculo con
Méjico se había hecho
más entrañable a través
del exilio político de
numerosos intelectuales
cubanos. La auténtica
asimilación de la
revolución pictórica de
ese país, no habría de
resultar el trasplante
de un estereotipo a una
realidad diferente, sino
el reconocimiento de su
lección más profunda,
aquella que emparienta a
todo un continente en la
misma época, por encima
de las diferencias
locales, en un mismo
proceso.
Si las mismas
circunstancias
históricas conducen, en
última instancia, a
similares búsquedas en
las distintas
manifestaciones
artísticas que
caracterizan la cultura
nacional, similar
movimiento sincrónico
puede advertirse,
asimismo, a escala
continental. Había
llegado el momento, en
singular proceso de
autoafirmación, de
nombrar las cosas. Así
habría de definir años
más tarde Alejo
Carpentier la tarea del
narrador
latinoamericano. Se
trataba de volver a
emprender el
descubrimiento del Nuevo
Mundo, hecho de árboles
y frutas desconocidas,
de mezcla y coexistencia
de civilizaciones
dispares. Pero, había
que hacerlo, sobre todo,
desde una perspectiva
nueva, renunciando a la
óptica superficial y
falsa del costumbrismo,
rompiendo con la
estrecha visión
localista que, por tanto
tiempo, había limitado
el alcance de tantos
admirables intentos.
|

"Catedral".
Acuarela s/
papel. 1942.
|
Como suele suceder, la
formulación teórica,
explícita, de esos
propósitos se produjo
cuando muchos caminos
habían comenzado a ser
desbrozados por la
práctica artística. La
coincidencia en empeños
surgidos en distintas
zonas de la creación no
obedecía ciertamente a
un milagro. Era el
resultado de la
interacción de factores
sociales, culturales y
artísticos. El drama de
una época repercutía con
fuerza en artistas que
su sociedad marginaba.
Compartieron con el
pueblo su miseria y
conocieron sus formas de
comportamiento, sus
celebraciones en el
dolor y la alegría. De
ahí el que esta fuente
primordial se una a la
experiencia artística
para constituir la base
conceptual y crítica de
un testimonio que
prescinde de la anécdota
para descubrir la
realidad que se esconde
tras las apariencias.
Los temas aparentes de
la obra de Portocarrero
son los de la gran
pintura de todos los
tiempos: paisajes,
mujeres, interiores.
Surgen y resurgen por
etapas, en secuencias
que se vuelven cada vez
más obsesivas. Cada una
de ellas, fijada por los
investigadores en
momentos precisos de la
trayectoria del artista,
ha permitido establecer
lo que suelen llamarse
sus múltiples maneras.
Pero, en realidad,
Portocarrero opera como
el minero que se va
abriendo camino hacia el
corazón de la tierra en
un prolongado proceso
donde su aproximación es
a veces lírica y, otras,
dramática. Si atendemos
a este primer
contrapunto especial de
su producción,
advertiremos que el
predominio de uno y otro
marca la diferencia
entre los dos momentos
característicos de su
evolución, determinados
por el triunfo de la
Revolución Cubana en
1959. El cambio que
entonces se produce no
implica ruptura. Los
viejos temas son
retomados en otro
registro, adquieren
nueva dimensión y, por
ende, se transforman.
La alternancia de los
temas se conjuga con la
utilización de los
recursos pictóricos que
tienen en Portocarrero
una función expresiva
particularmente
importante. Color,
línea, composición dotan
a cada uno de los temas
abordados de una carga
significativa y
emocional propia, vale
decir, de un contenido
diferente. Sin apelar a
la provocación, imponen
al espectador una visión
del mundo, irónica o
dramática, ante la que
nunca podrá permanecer
indiferente. Esta
recreación poética, que
trasciende el fenómeno
para develar aspectos
esenciales de la
realidad, que se
emparienta con las de
otras manifestaciones
artísticas en su misma
época, nada tiene de
literario. Se plantea y
resuelve en términos
estrictamente plásticos.
Muchos malentendidos se
han derivado del título
con el que se conoció
una de las más
importantes exposiciones
del maestro. En los
primeros años de la
década del 60, Color
de Cuba ratificaba a
Portocarrero, no solo
como un valor ya
establecido en la
plástica de su país,
sino que revelaba su
vigencia y
contemporaneidad.
Pareció entenderse que
el indiscutible carácter
nacional de la obra del
artista se manifestaba
únicamente a través de
la luminosidad presente
en una paleta donde con
frecuencia resplandecían
puros el amarillo, el
rojo, el azul. No se
había sustraído el
artista al estímulo de
un ambiente en que la
violencia del sol
destacaba contrastes. La
brillantez cromática no
significa, sin embargo,
colorismo, lo que
equivaldría a un
acercamiento superficial
a una realidad que
constituye en
Portocarrero esencia
mucho más entrañable. El
color y la línea
conforman en su obra un
vocabulario que cobra
sentido a través de la
composición, sintaxis
que establece
jerarquías, relaciones y
correspondencias
indispensables para la
comprensión de su
lenguaje poético.
|

"El estilita".
Tinta y creyón
s/ papel.
|
En su interdependencia,
color, línea y
composición conducen al
develamiento de los
problemas centrales que
se plantea el artista.
Aunque el hombre no
resulte el sujeto
explícito de todos sus
cuadros, es siempre el
protagonista principal
de una obra en la que el
artista se compromete de
lleno. Se trata, en
última instancia, del
diálogo entre la vida y
la muerte, de esa lucha
de contrarios tan
vigente en las raíces de
la cultura cubana, tanto
en su vertiente española
como en la africana. De
España ha llegado una
tradición literaria, que
desde el Medioevo hasta
el barroco está
impregnada de este
debate subyacente,
expreso en términos ora
dramáticos, ora lúdricos.
Los esclavos africanos
trasplantan y adecuan a
las nuevas
circunstancias una
mitología en la que las
grandes potencias del
amor, el combate y la
muerte aparecen
personificadas. Se trata
de presencias
familiares, conjuradas,
en cierto modo, en la
gran fiesta del
carnaval. En esa
reafirmación vital, el
hombre emerge
triunfante. Integradas a
los festejos y a la
existencia cotidiana,
estas nociones
trascienden su sentido
original, se alimentan
de otras fuentes
nutricias, se articulan
a la historia y se hacen
cultura popular. A ella
acude Portocarrero para
dar a los temas surgidos
de esa vieja memoria la
interpretación que
sugieren, en cada
instante, un aquí y un
ahora muy precisos. Por
paradójico que parezca a
primera vista, a los
tiempos difíciles habrá
de corresponder la
salvaguarda de una
realidad no mancillada,
el empeño casi
desesperado por
preservar una suerte de
inocencia. A los nuevos
tiempos toca afrontar el
mundo a cara descubierta
como acto de permanente
reafirmación.
|

"Perfil". Tinta
y tempera s/
papel. 1952. |
En términos
estrictamente plásticos,
composición, línea y
color tienden a dar
solución a la compleja
relación entre el hombre
y su entorno. Desde la
perspectiva del artista,
la frontera que
establece el cambio de
tónica conceptual y
emocional viene dada por
el tránsito entre la
identidad soñada y la
identidad
definitivamente
reconquistada. De manera
natural se ha producido
la coincidencia entre el
paso de la historia y el
desarrollo del proceso
creador. En una y otra
etapa, los asuntos se
repiten —mujeres,
ciudades y paisajes.
Pero su significado ha
sufrido una
transformación profunda.
Así también la
circunstancia histórica,
el contexto cultural,
cambian el sentido de
las antiguas
interrogantes del hombre
acerca de la vida y de
la muerte.
En lo que pudiera
denominarse la primera
etapa de la obra de
Portocarrero se
manifiesta, como rasgo
característico, la
búsqueda difícil de un
equilibrio que parece
siempre precario.
Vestida de blanco, una
mujer de pesadas
proporciones ocupa el
centro de la
composición. Nada podría
resultar más
convencional, a primera
vista, que esta imagen
de vida cotidiana. Pero
una lectura más detenida
depara muchas sorpresas.
El paño subraya las
formas del cuerpo,
convirtiéndolas en
formas tan rotundas que
requieren para su sostén
piernas como pilares de
coloso. Casi monstruoso
en su dimensión, el pie
agarra la mirada del
espectador desde la
primera aproximación.
Pudiera pensarse en una
sólida base destinada a
afincar en la tierra a
toda la figura. El
movimiento sugerido por
los pliegues de los
paños establece un
primer elemento de
contradicción entre la
fijeza aparente y la
dinámica sugerida. Todo
ello se subraya con la
posición de la cara,
vuelta hacia un
horizonte distante. Nada
puede suceder, sin
embargo. La mujer está
apresada entre un
conjunto de volúmenes
hechos de duros ángulos
—el taburete, la casa—
que actúan en sentido
contrario y cierran el
paso a toda vía de
escape. Sin embargo,
nada ha sido resuelto
definitivamente, puesto
que las diagonales
dominantes en la
composición sugieren
siempre la finalidad de
un nuevo punto de
arranque. Lo provisional
se convierte en perenne.
La óptica particular de
Portocarrero se hace
evidente en su modo de
abordar los asuntos que
se han hecho
prestigiosos a través de
la historia de la
pintura universal. La
reunión de un grupo de
comensales alrededor de
una mesa puede evocar,
tanto el recuerdo de una
célebre obra de Leonardo
da Vinci, como el de
muchas telas de
inspiración renacentista
o barroca que
representan alegres
festejos amparados en
asuntos supuestamente
bíblicos. En
contraposición a este
despliegue de elocuencia
pictórica, aparece el
frugal intimismo de los
que tratan de iluminar
sobre todo la riqueza de
la vida interior. Al
afrontar asunto tan
manido, el pintor cubano
adopta un procedimiento
complejo, que resulta
ser un doble movimiento
de destrucción y
reconstrucción. Comienza
por despojar a todos los
elementos que integran
la composición de la
carga de significados
que han adquirido a lo
largo del tiempo. Pero,
a la vez, las figuras,
componentes de un
conjunto en que el
convencionalismo de
gestos y actitudes está
voluntariamente
subrayado, entran a
formar parte del mundo
de las cosas, se
asimilan a lo que por
momentos parece
constituir un singular
bodegón o naturaleza
muerta. Por ello, la
mirada del espectador,
sin poder evitarlo,
inicia su recorrido con
el inmenso frutero que
con dimensiones que lo
aparejan a las de los
comensales, ocupa uno de
los extremos. Sostenido
en frágil columna,
incapaz de soportar la
pesada carga en tan
exiguo fuste, provoca,
desde el principio, la
impresión de precario
equilibrio que domina la
escena. Una de las
funciones del color es,
en este caso, devolver
la estabilidad
necesaria. Sucede
entonces que todos los
elementos —brazos,
rostros, platos y peces—
se convierten en formas
conjugadas armónicamente
para constituir
nuevamente un centro de
gravedad que un primer
gesto había roto. De ahí
la rigidez de las
figuras y la solución,
al cabo irónica, que
tienen las
contradicciones
planteadas entre el
equilibrio y el
desequilibrio, entre los
hombres y las cosas. La
agresividad latente ha
sido dominada. El drama
se ha convertido en
representación, en
juego. Conjurado, se
reduce a la versión
irónica de una
fotografía familiar,
subrayada por la exacta
simetría de los
personajes, que incluyen
las dos muchachas
oscuras del primer plano
vueltas hacia el
espectador.
Reunidos alrededor de
una mesa, expectantes en
un momento detenido para
siempre, los comensales
están, sin embargo,
solos. El
entrecruzamiento de
formas y colores los ha
apresado en un sutil
tejido que hace
inamovible cada pieza.
Sus miradas, en cambio,
se pierden hacia
distintas direcciones. Y
es que, a no dudarlo, la
soledad es uno de los
temas profundos de la
obra de Portocarrero, la
recorre toda, aunque sus
soluciones cambien de
signo según los tiempos.
Esta obsesión personal,
emparentada con la de la
muerte, se expresa con
frecuencia en términos
plásticos mediante lo
que suele denominarse
horror al vacío.
Desde el punto de vista
estilístico el horror al
vacío es un rasgo típico
del barroco o, para
mayor precisión, de lo
que suele llamarse
barroco americano. No
corresponde a este
trabajo el análisis de
la bien conocida
polémica entre los que
consideran el barroco
como un estilo histórico
y quienes lo definen
como corriente
permanente,
particularmente viva en
el contexto
latinoamericano. Surgido
en circunstancias muy
precisas, el mencionado
estilo es trasladado a
América por los
conquistadores
procedentes de le
Península Ibérica,
portadores, a su vez, en
su ideología oficial,
del pensamiento de la
contrareforma. En
contacto con otras
culturas, el Nuevo Mundo
habrá de imponerle
modificaciones en la
forma y, a pesar de la
servidumbre impuesta por
la iglesia romana,
cambios sutiles en el
contenido. La mano que
hace el trabajo añade un
nuevo mestizaje al que
la propia Península
Ibérica debía ya la
presencia de los moros.
De esta manera, desde
fecha temprana, empieza
a producirse un fenómeno
de apropiación y
transformación de la
cultura oficial. Ciertos
atributos del barroco,
como la riqueza y
opulencia del lenguaje,
los juegos de luz y
sombra, la utilización
de elementos
heterogéneos y a veces
incongruentes parecen
recursos adecuados para
reflejar un universo
inexplorado, de
exuberante y aún no
domeñada naturaleza. La
reivindicación conciente
del barroco como
auténtico estilo
americano comienza a
perfilarse en el segundo
cuarto del siglo XX.
Coinciden en ella
pintores y escritores
que se atienen a
concepciones del mundo
divergentes. Lo que
ahora adopta en nombre
de barroco constituye
una vía para la
reafirmación de la
propia identidad.
Terminado el primer
ciclo de la lucha por la
independencia de
América, la necesidad de
una reafirmación se
agudizaba cuando el
imperialismo
norteamericano imponía
sus designios por la
fuerza a los países
situados al sur de sus
fronteras. Muerte y
soledad eran ahora, otra
vez, expresión de un
tiempo de crisis. De ahí
la aterradora
significación de los
espacios vacíos que nos
circundan como una
amenaza y, por ende,
deben ser vencidos.
Si la arquitectura que
Cuba ha heredado de los
tiempos de la colonia
española resulta en sus
fachadas bastante
austera, a voluta hace
sentir su presencia en
los rejuegos de cornisas
y balcones, en los
enrejados, en el
mobiliario, en todos
aquellos elementos que
caracterizan el modo de
vida del hombre en su
dimensión más íntima.
Cristales multicolores
rompen la luz, rompen el
espacio y contribuyen al
despliegue de un
interminable juego
visual. Protegida y
feliz, la infancia de
Portocarrero transcurrió
en un barrio de la
Ciudad de La Habana en
que ya periclitaba un
estilo de vida que había
sido el de la burguesía
habanera decimonónica.
Nuevos barrios tendrían
el sello diferente de la
nueva riqueza. Sin haber
tenido tiempo de
envejecer, el Cerro
aristocrático se
convertía en popular.
|

"Interior del
cerro". Tinta s/
papel. 1963.
|
A pesar de ello, no hay
nostalgia en los cuadros
que Portocarrero ha
consagrado a los
interiores urbanos.
Nuevamente, el artista
ha trazado su paciente
tela de araña. Pero los
recursos empleados son
otros. También aquí la
figura suele posar como
si estuviera ante un
fotógrafo convencional.
Centra una composición
articulada
verticalmente. Sus
ropas, sus adornos, la
emparientan al rico
decorado en el que está
insertada. Un rostro
indiferente la distingue
apenas de una columna
trunca o de una mampara.
La mirada del espectador
sigue el curso de las
volutas que parten de un
centro, ese rostro
silencioso, y regresan a
él. Los puntos de
equilibrio vienen dados
por los pocos espacios
vacíos que se muestran
en los cuadros, los que
corresponden a la cara,
los brazos y las piernas
de las mujeres
representadas. Aquí,
otra vez, la tensión
dramática ha sido
conjurada mediante la
destrucción del espacio
hostil con la
elaboración de una
apretada trama de
objetos que conforman un
universo íntimo y
cotidiano.
Llegada la exuberancia
de la voluta a lo que
pudiera considerarse su
punto paroxístico,
Portocarrero inicia un
proceso que habrá de
conducirlo a una
paulatina depuración.
Precisa tener en cuenta
que el trabajo de
elaboración de la
concepción plástica se
lleva a cabo
simultáneamente a través
de varias vertientes.
Autor de viñetas para
algunas de las revistas
literarias de la época,
hay que considerar en
este maestro del color
una obra de dibujante a
la que no renuncia y
que, en ocasiones,
constituye un diario
íntimo, el anuncio de
caminos por venir o una
austera vía de
reflexión. La conmoción
producida por
acontecimientos de la
vida contemporánea que
repercuten en su
conciencia de hombre
encuentra respuesta
inmediata en el apunte,
en esa rigurosa
escritura en que
intervienen la tinta y
el papel. Motivado por
el desencadenamiento de
la Segunda Guerra
Mundial, Portocarrero
escribe en trazos y
palabras un llamado a
las más puras reservas
de la sensibilidad del
hombre. Conservada por
muchos años en su forma
original por el autor
con el título de El
sueño, la colección
fue publicada después
del triunfo de la
Revolución Cubana por la
Biblioteca Nacional.
Había esperado hasta
entonces para hacerse
parte del cuerpo de la
historia. En una
dirección diferente, la
de las propias búsquedas
artísticas, otro libro,
Máscaras, también
supone un futuro en
gestación.
Al hablar de los nuevos
derroteros de la novela
latinoamericana, Alejo
Carpentier observaba que
el crecimiento de las
ciudades, desbordante en
el viraje de la mitad
del siglo, propiciaba un
ámbito diferente para
una narrativa hasta
entonces centrada en la
vida rural. A pesar de
sus hermosos paisajes
campestres, Portocarrero
es, sobre todo, un
pintor urbano. De los
interiores a la
elaboración de una
síntesis lograda a
partir del
reordenamiento de los
elementos
arquitectónicos que
tipifican la
arquitectura cubana.
Allí donde el hombre
parece haber estado más
ausente, en la piedra
que sus manos alguna vez
tallaron, es donde,
paradójicamente, su
presencia es más
entrañable.
Hechura del hombre, la
ciudad expresa su
dimensión más íntima.
Poco importa que la
figura humana no
aparezca representada.
Su presencia subyace en
la mirada del pintor, en
una conciencia artística
que se interroga siempre
sobre la relación entre
quien resulta verdadero
protagonista de su obra
y el medio —vale decir,
la circunstancia. Es por
ello que, en paradoja
aparente, ahí donde su
presencia no se hace
explícita, en el tema de
la ciudad, se nos hace
más evidente el
contraste entre las dos
vertientes de la
producción de
Portocarrero en su
contraposición esencial.
Por un lado, la búsqueda
de la armonía y el
equilibrio, rescate de
un mundo en que la
propia identidad se
reconoce y se reafirma
en términos de imagen
cristalizada de un
sueño. Otras
circunstancias harán de
la violencia en su
tensión suprema,
sustancia fundamental de
la obra.
Convertida en un cuerpo
compacto, vista desde la
perspectiva distante de
otra orilla, la ciudad
flota en el espacio. El
perfil irregular
conforma una masa, zona
bien delimitada, perfil
cerrado como el de una
isla. Y el espacio que
la rodea, cielo o mar,
constituye una envoltura
protectora, un asidero a
la tierra para aquello
que, de otro modo,
levitaría. No descansa
verdaderamente esta
ciudad, inscrita en un
universo que ha borrado
la marca del horizonte:
flota. Esa ruptura del
horizonte convencional
es la razón de la
ambigüedad que la hace a
un tiempo sitio real, de
íntima frecuentación, y
espejismo, lugar
evocado, ciudad soñada.
Todos aquellos que han
amado profundamente La
Habana, que la han
conocido a través del
andar incansable por sus
calles, supieron
descubrir el encanto que
la caracteriza más allá
de la prestigiosa
arquitectura de sus
monumentos coloniales.
En La ciudad de las
columnas, Alejo
Carpentier revela la
coherencia secreta que
se esconde bajo un
eclecticismo aparente.
Portocarrero se apropia
de las cúpulas de
estilos variados y
somete el conjunto al
proceso unificador de la
línea y el color.
Reordena el caos con un
cuidado en los detalles
que sorprende aún más en
las ciudades turbulentas
pintadas después del
triunfo de la
Revolución. El
espectador que después
del deslumbramiento
inicial se acerque a
observar con mayor
cuidado las piezas que
conforman la totalidad,
encontrará de repente
una tranquila plazuela
provinciana, como tantas
que subsisten en La
Habana, con su silencio
y esa peculiar sensación
de tiempo detenido.
Significativamente, el
tema de la ciudad cierra
una etapa. Ha crecido
como cristalización de
lo más entrañable de una
experiencia artística y
del transcurrir de una
vida. Su imagen, la de
la década del 50, se
proyecta sin embargo,
envuelta en una
atmósfera que la protege
y la distancia. Es, a un
tiempo, realidad y
sueño. Otra vez,
provisionalmente, la
contradicción se ha
salvado. El difícil
equilibrio ha sido
conquistado, el vacío,
vencido. En ese paisaje
donde los fragmentos
arrancados a la realidad
más inmediata,
cotidiana, encuentran un
nuevo orden, habrá un
lugar también para las
mejores aspiraciones del
hombre.
La ciudad soñada era,
sin embargo, portadora
de una esperanza. De
aquella, antigua,
saludada por el poeta
Roberto Fernández
Retamar en un pequeño
poemario que sería la
temprana respuesta
artística a la
Revolución triunfante en
el amanecer de 1959. La
de un país que se hacía
dueño de sus propios
destinos y lo
expresaría, en rotunda
afirmación de sí, con el
“Tengo” de Nicolás
Guillén. Años duros, los
de la década del 50, con
su saldo de brutal
represión, de muerte y
tortura, fueron también
de dolorosa preparación,
en las batallas del
Ejército Rebelde y en la
lucha clandestina de un
mundo nuevo que estaba
naciendo. En La
historia me absolverá,
Fidel Castro denunciaba
la opresión imperante y
formulaba un programa
para la solución
definitiva de los males
sociales del país. Tras
medio siglo de
independencia formal de
la república, los
asaltantes del cuartel
Moncada aspiraban a
rescatar la plena
soberanía de la Patria.
Su gesto abría la
perspectiva de profundas
y necesarias
transformaciones y se
articulaba a un casi
centenario combate en
favor de la libertad
nacional.
Treinta años han
transcurrido desde que
un joven abogado asumía
ante un tribunal
doblegado, entre
representantes de una
tropa mercenaria, su
propia defensa. Seis
años más tarde, un
ejército de barbas y
cabelleras largas
entraría triunfante en
La Habana. Reconquistar
la soberanía significó
entonces el rescate de
las tierras, bancos e
industrias sometidos al
dominio extranjero. Pero
fue también el derrumbe
de las antiguas murallas
que separaban a los
hombres, las de clase y
las raciales. Fue
entregar la letra al
analfabeto, el futuro al
niño y al joven. Fue
asistir a la lenta
germinación de una nueva
cultura. Pero fue
conocer la permanente
amenaza en cada recodo
de la interminable
frontera marítima. Vivir
los días de Girón y las
riesgosas jornadas de la
Crisis de Octubre. En el
último cuarto de siglo,
la dimensión de cada
instante ha sido
diferente, a la vez más
tenso y más fecundo. La
vida personal de cada
uno corre junto a la
gran memoria colectiva
en la que se forja la
solidaridad crecida en
tantas horas de júbilo y
de dolor compartidos.
Inmersos en un proceso
que involucra a todo el
país, los artistas
asimilan por vía
intelectual y en
términos de vivencias
concretas una
experiencia que
repercute en el plano de
la conciencia, modifica
su visión del mundo y
permea su propia obra,
aunque esta hubiera
alcanzado ya un estadío
de madurez. En la mayor
parte de los casos, nada
los ataba a la sociedad
que comenzaba a
derrumbarse bajo los
efectos de la acción
revolucionaria. Ni
beneficiarios ni
portavoces de la clase
dominante, su simpatía
se había inclinado con
frecuencia al lado del
pueblo. Tal había sido
el caso también de René
Portocarrero a pesar de
que su biografía ha sido
siempre, en lo esencial,
la historia de su
quehacer pictórico.
Conoció la miseria de
los años difíciles y
supo atravesarlos, fiel
a su vocación, sin caer
en vergonzosas
complicidades con lo mal
hecho. La hora del
triunfo revolucionario o
alcanza cuando, obtenido
ya el reconocimiento de
sus méritos artísticos,
obras suyas ocupan un
lugar en museos y
colecciones privadas de
Cuba y del extranjero. Y
sacudido por los
acontecimientos de cada
día, se entrega de lleno
al llamado de los
tiempos con una
impaciencia creadora que
nunca antes se le había
conocido.
Poseedor de un universo
pictórico, hecho del
constante replanteo de
los temas y problemas
que le resultan más
cercanos, no renuncia a
él un artista maduro. En
las más audaces
rupturas, se reconoce
siempre un hilo
conductor. El acarreo
resultante de un largo
quehacer, nacido de una
sensibilidad y de un
conjunto de
circunstancias dadas, se
comporta a su vez como
un factor condicionante
de la obra posterior.
Para quien no sea un
principiante, la tela no
volverá a estar
totalmente en blanco.
Así, en el Portocarrero
de los años que siguen a
1959 estarán presentes
las antiguas
contradicciones, el
conflicto entre vida y
muerte, el horror al
vacío trascendidos y
resueltos de manera
distinta. A la etapa del
empeño lírico por
preservar el íntimo
equilibrio, sucede una
violencia expresiva de
tono mayor, en que la
tensión dramática bordea
un impulso que a veces
parece tener vocación
épica. Renuncia a las
precauciones. La
composición se
simplifica al extremo o
llega al punto máximo de
abigarramiento.
Interpelado, el
espectador no puede
permanecer indiferente.
Ha llegado la hora de la
verdad. Ese silencio
recorre sus mujeres, sus
ciudades, su carnaval.
|

"Figura
ornamentada".
Tinta y aguada
s/ cartulina.
|
Los inicios de la década
del 60 sorprenden a
Portocarrero en una
aparente alternancia de
estilos que sugeriría
una bifurcación de
caminos, si no
estuvieran en ellas
subyacentes sus eternas
contradicciones. Por un
lado, austeras mujeres
en gris, en exacta
frontalidad, con apenas
una brevísima nota de
color, encerradas en una
línea negra casi
continua. Por otra
parte, las rutilantes
catedrales en amarillo o
azul. Ausencia y
desbordamiento del
color, abigarramiento de
la composición o
espacios bien
compartimentados son las
dos caras de una misma
moneda.
Poco después, la mujer,
figura central del
cuadro, será vencida,
casi devorada por la
fastuosa imbricación de
elementos decorativos
que la rodeaba. Ahora,
en cambio, solitaria,
hermética, instalada en
un encuadre clásico,
domina por completo la
composición. Sus pechos
son corazas, su tronco,
pedestal que conduce la
mirada del espectador
hacia el rostro
impávido, casi máscara,
apenas iluminado por la
breve nota de color de
un arete. De esta manera
se está produciendo un
proceso de develamiento
de la verdad que se
esconde tras la
apariencia. La
contradicción entre la
figura y su entorno se
ha convertido en
contradicción que se
sitúa al interior de la
figura misma. Más tarde,
en característica serie,
se producirán las
mujeres portadoras de
sombreros como canasta
prolijamente adornadas.
El atuendo sugiere, a
primera vista, un
vestuario de teatro o
alguna estampa de
meretriz salida de
antiguos recuerdos.
Aquí, el abundante
elemento decorativo
gravita con todo su peso
sobre un rostro en el
que se abren los ojos
como terribles agujeros
vacíos.
Con el rejuego entre
apariencia y realidad,
con la utilización del
disfraz como medio para
develar verdades
profundas, aparece y
recorre la obra de estos
años el tema del
carnaval. Afirmación
popular de vida desde su
viejo debate con doña
cuaresma, vincula esa
antigua memoria, en el
caso de Cuba, a
tradiciones portadoras
de significados muy
específicos. El festejo
periódico no constituye
solamente una
celebración de la
fertilidad como canto a
la fuerza creadora del
hombre, frente a la
represión impuesta a
través de un pensamiento
religioso. Su
connotación histórica
precisa es la de una
sociedad esclavista en
la que los negros
disponían de un corto
paréntesis anual para
agruparse y encontrar en
los mitos, en los ritmos
y en el baile venido del
África un modo de
reivindicar su propia
identidad. Como la
música y el baile, la
fiesta se hizo
patrimonio del pueblo y
se entregó a la cultura
nacional. Personaje
fundamental en el
festejo, el diablito
tiene de títere
desarticulado por un
ritmo, hecho de
pinceladas de color, que
lo sacude. Pero la
ambivalencia que siempre
bordea el abismo se
manifiesta en el
dramatismo de la máscara
que lo convierte en
amenazante encapuchado.
Color de Cuba
contiene el tema del
carnaval al que
Portocarrero habrá de
volver. Su visión rompe
con la falsa y
convencional imagen
turística y se adentra,
con recursos puramente
pictóricos, en una
exploración de la
identidad cultural de su
país.
|

De la serie
Carnavales.
Caseína s/
papel. 1970.
|
El carnaval encuentra su
ámbito verdadero en la
ciudad. Y también la
ciudad renace, animada
de fuerza vital. En el
paisaje urbano que hoy
conserva el Palacio de
la Revolución, summa
y síntesis de la
experiencia vital del
artista en la década del
60 y de toda su obra
anterior, se reconocen
las cúpulas y las
fachadas de una Habana
abigarrada y ecléctica.
También aquí el hombre
parece estar ausente en
esta ciudad silenciosa,
en permanente vela de
armas. De espaldas al
mar, el azul la penetra
por todos los poros.
Cuenta el artista que
esta obra surgió en los
días tensos de la Crisis
de Octubre. Y la
violencia expectante del
momento persiste, más
allá de las
circunstancias que le
dieron origen. La vida
triunfa definitivamente
sobre la muerte por un
sentido de
monumentalidad implícito
en el ritmo que recorre
la composición. El
secreto de esta peculiar
sintaxis procede del
limpio color esculpido
en breves trozos de
material sobre la tela.
Por un camino opuesto al
de los impresionistas,
se logra, en el interior
del cuadro, una
particular dialéctica.
Aquellos maestros del
siglo XIX emplearon
colores puros en
abundante empaste para
reflejar un mundo
ilusorio de contornos
casi disueltos. Ahora,
en cambio, tajada de
color puro conserva su
identidad y, con ello,
en un primer movimiento,
fragmenta la realidad
que, de inmediato se
reconstituye mediante un
férreo entramado que
engarza cada uno de sus
elementos. Casi a punto
de derrumbarse, se
reconstituye devorando
todo posible espacio
vacío.
Iluminada por el mar, la
ciudad estremecida,
ciudad triunfante,
Habana ecléctica de
cúpulas, callejuelas y
pequeñas plazas es
también la isla de la
soberanía reconquistada,
de la plena identidad
finalmente reconocida. A
partir de la asunción de
las contradicciones en
la más extrema tensión
del arco, un nuevo
equilibrio ha sido
conquistado que
corresponde plenamente,
en el plano artístico, a
un universo que se
reconstruye, proyectado
hacia adelante, al fin
dueño de sí, al cabo de
una historia de
dramáticos
desgarramientos. La
vinculación entre la
obra de arte y la
historia, presencia viva
y subyacente aún en
obras de temática
aparentemente
tradicional, nace de
vivencias cercanas a las
más profundas
inquietudes del pueblo.
El desarrollo de la obra
de René Portocarrero
transcurre básicamente a
través de su pintura.
Pero su tarea de artista
se ha extendido mucho
más allá del lienzo.
Personajes salidos de su
mano se han incorporado
a la vida cotidiana a
través del diseño y los
podemos encontrar
integrados al adorno de
una mujer o como medio
de identificación de una
libreta de apuntes.
Mediante la cerámica y
los paneles de cristal,
se vincula con piezas
murales a la
arquitectura. Más allá
de las exposiciones y
los museos, su arte en
la vida diaria es
también patrimonio del
pueblo. Si las
contradicciones
presentes en la obra de
Portocarrero alcanaron
en la ciudad su punto
más alto de tensión,
estallan como canto
épico a la libertad y a
la fecundidad de la
Patria que se reconoce
en la naturaleza
reconquistada, en el
mural de cerámica que
también se encuentra en
el Palacio de la
Revolución. Poeta lírico
por la delicadeza de los
detalles, la fuerza del
canto mayor surge del
aliento que, con su
ritmo interno, unifica
da una de las partículas
que componen el
conjunto. El vacío ha
sido dominado
definitivamente en una
afirmación de vida y de
identidad nacional.
El mundo del arte. René
Portocarrero.
Graziella Pogolotti y
Ramón Vázquez Díaz.
Editorial Henschel,
Berlín. Editorial Letras
Cubanas, La Habana.
1987. Pp. 5-15. |