Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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Un cartelista llamado René Portocarrero

Jorge R. Bermúdez • La Habana

Considerado uno de los pintores más representativos de lo que dio en llamarse en nuestra historia del arte la segunda vanguardia, René Portocarrero se ubica también entre los primeros de su linaje en contribuir con sus colaboraciones a la consecución de un nuevo cartel de cine cubano. Si bien su concepción plástica no siempre se avino con la técnica de impresión serigráfica que particularizó a este cartelismo, debido a su manera de encarar el espacio como color más que como forma, ello no impidió que algunas de las características de su personal poética, como el uso de colores planos y primarios, y el empleo de la línea negra como perfiladora de la imagen, le imprimieran ese brío cromático que, unos años más tarde, sería una de las constantes del código visual que particularizó nuestra mejor expresión gráfica. 

Eran los tiempos en que René Azcuy, por ejemplo, diseñaba anuncios de prensa; Raúl Oliva y Julio Eloy, escenografías. El diseñador o pintor cuyo boceto de cartel era aprobado recibía 20 pesos; más tarde llegó a pagarse hasta 50 pesos. A la consecución de un nuevo cartel de cine se volcaron todos. La dirigencia especializada del ICAIC no reparó en acercar a la génesis del cartel de cine el mayor número de profesionales, entre los que no faltaron pintores de la talla de René Portocarrero y Servando Cabrera Moreno. Sin embargo, la realidad demostró que no necesariamente un buen pintor garantizaba un buen cartel. Portocarrero ni Servando fueron ajenos a esta realidad. En más de una ocasión ellos reconocieron que algunas de sus propuestas iniciales fueron más consecuentes con una concepción plástica que con una gráfica, no cristalizando en el mensaje ese anticipo del código fílmico inherente a su función mediática. Sin embargo, el talento de ambos finalmente se impuso, como bien lo demostraron en carteles posteriores. 

En el caso de Portocarrero, la anécdota que mejor ilustra los comienzos de su aventura como cartelista, está relacionada con el cartel de cine que promocionó la Primera Semana de Cine Polaco, realizada por el ICAIC en octubre de 1962. Si atendemos a la significación política del hecho, al prestigio que el cine y el cartel polacos tuvieron en la cultura socialista en su día y, en particular, la cubana, y que fuera el invitado de honor el famoso director de Cenizas y diamantes,  Wajda —quien se contentó en ver todas las funciones en solitario, pues la Crisis de Octubre o de los Misiles estaba en su punto álgido—, se comprende que la dirigencia del ICAIC mostrara el mayor celo a la hora de escoger al artista o diseñador gráfico llamado a crearlo. La decisión recayó en René Portocarrero, quien concibió el cartel como una pintura sin atender a los requerimientos específicos de la impresión serigráfica. No obstante, se aceptó, previo trabajo de adecuación a dicha técnica de impresión por parte del serígrafo Eladio Rivadulla, quien simplificó el motivo central del cartel: la sirena con el escudo, símbolo de Polonia. 

La comprensión que el pintor logró alcanzar del cartel, lo llevó con el tiempo a interiorizar aquellos aspectos de su estilo pictórico que más se avenían con los requerimientos técnicos y de mensaje de la gráfica de comunicación. Nuevos carteles se sucedieron en los siguientes años, como el del filme Soy Cuba, de 1964, dirigido por el soviético Mijail Kalatosov, donde se puso de manifiesto la fotografía de Serguei Urusevsky. En el mismo, Portocarrero asume el mensaje a partir de la representación de una de sus temáticas emblemáticas, las Floras, que, junto con las Ciudades, devinieron exponentes de su mejor barroquismo en esta etapa. Si entendemos lo cubano como algo que se está haciendo constantemente, se comprende que, las Floras de Portocarrero —como así las llamaba el pueblo—, fueran entonces la representación última de esta sumatoria de entraña identitaria, al menos, en lo que respecta a la pintura de la época. Las Floras llevaron a Portocarrero a adentrarse con personalidad propia en el amplio campo de la gráfica del período revolucionario. Esto explica, además, que sobre este motivo volviera en nuevos carteles y vallas, así como en el diseño de textiles y en la gráfica de envases para ciertas confituras.  Por último, es justo apuntar, que la complejidad y número de colores de algunos de sus carteles, en más de una ocasión puso de manifiesto la maestría alcanzada por los serígrafos del ICAIC: verdaderos garantes de la trascripción o paso del boceto pictórico a la matriz propiamente gráfica.  

La presencia de Portocarrero en la cartelística del ICAIC, vino a incentivar entre los nuevos cartelistas cubanos ese interés muy del momento de transmitirle al cartel, serigrafía mediante, las cualidades ópticas inherentes a la pintura. Superada la etapa de las limitaciones técnicas en cuanto a la carencia de papel y tintas, entre otras, sus propuestas contribuyeron a estimular ese esteticismo que tan bien caracterizó a los nuevos mensajes, deviniendo un recurso expresivo más en aras del objetivo último propuesto por la institución: desmarcar el nuevo cartel de cine del hecho con anterioridad a nivel nacional e internacional. En la consecución de este propósito, nuestro pintor —como muchos otros—, terminó por ingresar en la fila de los gráficos, consolidando una relación que tan buenos resultados le ha reportado siempre a nuestra cultura visual desde los inicios mismos de la pasada centuria. 

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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