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Considerado uno de los
pintores más
representativos de lo
que dio en llamarse en
nuestra historia del
arte la segunda
vanguardia, René
Portocarrero se ubica
también entre los
primeros de su linaje en
contribuir con sus
colaboraciones a la
consecución de un nuevo
cartel de cine cubano.
Si bien su concepción
plástica no siempre se
avino con la técnica de
impresión serigráfica
que particularizó a este
cartelismo, debido a su
manera de encarar el
espacio como color más
que como forma, ello no
impidió que algunas de
las características de
su personal poética,
como el uso de colores
planos y primarios, y el
empleo de la línea negra
como perfiladora de la
imagen, le imprimieran
ese brío cromático que,
unos años más tarde,
sería una de las
constantes del código
visual que particularizó
nuestra mejor expresión
gráfica.
Eran los tiempos en que
René Azcuy, por ejemplo,
diseñaba anuncios de
prensa; Raúl Oliva y
Julio Eloy,
escenografías. El
diseñador o pintor cuyo
boceto de cartel era
aprobado recibía 20
pesos; más tarde llegó a
pagarse hasta 50 pesos.
A la consecución de un
nuevo cartel de cine se
volcaron todos. La
dirigencia especializada
del ICAIC no reparó en
acercar a la génesis del
cartel de cine el mayor
número de profesionales,
entre los que no
faltaron pintores de la
talla de René
Portocarrero y Servando
Cabrera Moreno. Sin
embargo, la realidad
demostró que no
necesariamente un buen
pintor garantizaba un
buen cartel.
Portocarrero ni Servando
fueron ajenos a esta
realidad. En más de una
ocasión ellos
reconocieron que algunas
de sus propuestas
iniciales fueron más
consecuentes con una
concepción plástica que
con una gráfica, no
cristalizando en el
mensaje ese anticipo del
código fílmico inherente
a su función mediática.
Sin embargo, el talento
de ambos finalmente se
impuso, como bien lo
demostraron en carteles
posteriores.
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En el caso de
Portocarrero, la
anécdota que mejor
ilustra los comienzos de
su aventura como
cartelista, está
relacionada con el
cartel de cine que
promocionó la Primera
Semana de Cine Polaco,
realizada por el ICAIC
en octubre de 1962. Si
atendemos a la
significación política
del hecho, al prestigio
que el cine y el cartel
polacos tuvieron en la
cultura socialista en su
día y, en particular, la
cubana, y que fuera el
invitado de honor el
famoso director de
Cenizas y diamantes,
Wajda —quien se
contentó en ver todas
las funciones en
solitario, pues la
Crisis de Octubre o de
los Misiles estaba en su
punto álgido—, se
comprende que la
dirigencia del ICAIC
mostrara el mayor celo a
la hora de escoger al
artista o diseñador
gráfico llamado a
crearlo. La decisión
recayó en René
Portocarrero, quien
concibió el cartel como
una pintura sin atender
a los requerimientos
específicos de la
impresión serigráfica.
No obstante, se aceptó,
previo trabajo de
adecuación a dicha
técnica de impresión por
parte del serígrafo
Eladio Rivadulla, quien
simplificó el motivo
central del cartel: la
sirena con el escudo,
símbolo de Polonia.
La comprensión que el
pintor logró alcanzar
del cartel, lo llevó con
el tiempo a interiorizar
aquellos aspectos de su
estilo pictórico que más
se avenían con los
requerimientos técnicos
y de mensaje de la
gráfica de comunicación.
Nuevos carteles se
sucedieron en los
siguientes años, como el
del filme Soy Cuba,
de 1964, dirigido por el
soviético Mijail
Kalatosov, donde se puso
de manifiesto la
fotografía de Serguei
Urusevsky. En el mismo,
Portocarrero asume el
mensaje a partir de la
representación de una de
sus temáticas
emblemáticas, las
Floras, que, junto
con las Ciudades,
devinieron exponentes de
su mejor barroquismo en
esta etapa. Si
entendemos lo cubano
como algo que se está
haciendo constantemente,
se comprende que, las
Floras de
Portocarrero —como así
las llamaba el pueblo—,
fueran entonces la
representación última de
esta sumatoria de
entraña identitaria, al
menos, en lo que
respecta a la pintura de
la época. Las Floras
llevaron a Portocarrero
a adentrarse con
personalidad propia en
el amplio campo de la
gráfica del período
revolucionario. Esto
explica, además, que
sobre este motivo
volviera en nuevos
carteles y vallas, así
como en el diseño de
textiles y en la gráfica
de envases para ciertas
confituras. Por último,
es justo apuntar, que la
complejidad y número de
colores de algunos de
sus carteles, en más de
una ocasión puso de
manifiesto la maestría
alcanzada por los
serígrafos del ICAIC:
verdaderos garantes de
la trascripción o paso
del boceto pictórico a
la matriz propiamente
gráfica.
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La presencia de
Portocarrero en la
cartelística del ICAIC,
vino a incentivar entre
los nuevos cartelistas
cubanos ese interés muy
del momento de
transmitirle al cartel,
serigrafía mediante, las
cualidades ópticas
inherentes a la pintura.
Superada la etapa de las
limitaciones técnicas en
cuanto a la carencia de
papel y tintas, entre
otras, sus propuestas
contribuyeron a
estimular ese
esteticismo que tan bien
caracterizó a los nuevos
mensajes, deviniendo un
recurso expresivo más en
aras del objetivo último
propuesto por la
institución: desmarcar
el nuevo cartel de cine
del hecho con
anterioridad a nivel
nacional e
internacional. En la
consecución de este
propósito, nuestro
pintor —como muchos
otros—, terminó por
ingresar en la fila de
los gráficos,
consolidando una
relación que tan buenos
resultados le ha
reportado siempre a
nuestra cultura visual
desde los inicios mismos
de la pasada centuria.
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