Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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Portocarrero sobre el lienzo

Ciro Bianchi Ross • La Habana

 

René Portocarrero nunca tiene una idea preconcebida al enfrentarse a una tela en blanco. Sorprendido siempre por las formas y la composición, su pintura ha ido surgiendo espontáneamente, como una planta, en un juego dramático en que formas y colores se entrecruzan. Trabaja diariamente y gusta hacer suya una sentencia de Picasso: “No busco, encuentro”. Sin embargo, hay más de una Flora con el perfil cambiado cinco veces y paisajes de La Habana que de tan retocados en un afán de “siempre querer más”, se han convertido en una nada plástica. No busca, encuentra. Pero tiene días en los que no encuentra nada y días en los que encuentra tres veces.

No hace mucho tiempo puso fin a su colección de Carnavales, catarsis de su memoria visual y suerte de diario íntimo, declarada ya parte del patrimonio nacional, y cuya presentación en la Fundación Pompidou, de París, es inminente. Casi al mismo tiempo, la Flora se internacionalizó cuando la Federación de Mujeres de Japón la tomó como símbolo de la paz en uno de los aniversarios de las masacres de Hiroshima y Nagasaki.


De la serie Carnavales. Caseína s/ papel. 1970.

El año de 1977 fue para el pintor un período de trabajo fecundo. Su pintura actual continúa la temática de siempre. Suele enamorarse de un tema y adentrarse en él hasta agotar todas sus posibilidades. Así han surgido a lo largo de su vida artística figuras de carnaval, diablitos, santos populares, paisajes de La Habana, catedrales, plazas, mariposas, árboles, mujeres… Todo expresado con un sentimiento ecuménico y dentro de una universalización de las formas.

“Quizá donde mejor pueda apreciarse esto —dice Portocarrero— es en la ornamentación de la colección de Carnavales. Hay quienes han señalado en ella las más diversas influencias, desde las hindúes hasta las de los aborígenes de nuestra América, pasando por las de varios folclores del mundo. La colección de Carnavales es una especie de homenaje a toda la pintura… Yo no sé si eso de las influencias será cierto o no. Lo que sí es cierto es que mi capacidad de aprehender es muy intensa. Nunca me es ajena una manifestación artística genuina, ante la que siento algo así como un arrebato.”

Esa fue la respuesta cuando le pedí que caracterizara su pintura. Prefiere no hacerlo de otra forma que mediante la demostración de su propia capacidad plástica que para él, aclara, siempre es una incógnita. Por eso, más que barroca, ha deseado que su pintura sea, sencillamente, pintura. Así, sin adjetivos.

Mucho se ha hablado de lo barroco en la pintura de René Portocarrero. En ella puede apreciarse —lo señaló Alejo Carpentier— cómo el artista logra atrapar “el barroquismo generalizado, viviente y parlero” de que hacen gala la ciudad y sus habitantes. Y es aplicable a ella asimismo el concepto de barroco como un arte de la contraconquista americana, esbozado por José Lezama Lima hace más de 20 años. Barroco americano, con su tensión y plutonismo de estilo plenario que abarca formas de vida y sentimiento.

Pero si aplicamos a esa obra el marbete de barroca, dónde encajar entonces todo “lo otro” que hay en ella; dónde quedan la línea nórdica, lo monstruoso románico, el hieratismo indoamericano, el romanticismo criollo, la rigidez bizantina que solo se romperá en los Carnavales, lo depurado gótico, la asepsia novecentista… asimilados por el pintor que ha sabido apresar en su obra las más genuinas esencias cubanas.

Guy Pérez Cisneros, un escritor prematuramente fallecido que llevó la crítica cubana de pintura a niveles insospechados, habló, en 1944, de “lo atlántico” en Portocarrero. Quizá ese sea el término —donde la ambigüedad y la precisión coinciden dándose la espalda— que mejor abarque y defina la obra del pintor cubano. “Cruce de Churriguera y de Ingres en el que vence Churriguera. Atlántico que lo destiñe todo. Atlántico teñido de barroco español, iluminado a la vez por una luceta de medio punto románico y por el puro esplendor del Malecón en mediodía”. 

El cardenal Portocarrero 

Portocarrero ha pintado en la soledad y en la pasión. Desde muy pequeño se sintió atraído por los colores de los vitrales de las casas coloniales cubanas, y poco después pintaba ya en grandes telas y con colores de aceite, sin haber recibido predicaciones de nadie porque, dice, “el pintor siempre sabe lo que tiene que hacer”.

“Era un niño, pintaba, y mis hermanas eran los periodistas que llegaban a entrevistar al pintor famoso, y mis tías los compradores que se disputaban mis cuadros. En tanto mi padre, un próspero abogado, me proporcionara lo necesario —telas, óleos, una especie de estudio… para que diera rienda suelta a mi imaginación. Me decía: René, tú serás el genio de la familia.”

Su infancia estuvo rodeada de todos los cuidados imaginables. Era un niño consentido, mimado, posiblemente, dice él, insoportable. Una institutriz francesa que nunca le enseñó su idioma, aunque sí a cantar en francés “La Marsellesa” —para ella, el símbolo más alto de la cultura de su patria— cuidaba amorosamente sus días. Sin embargo, el niño no las tenía todas consigo: lloraba a menudo, sus noches eran malas, recogía el drama ajeno como una esponja. Su vida, él mismo, eran un cuento de hadas desenvolviéndose en un mundo de vigilia.

Años después sentiría la necesidad de rebelarse contra el mundo de su infancia y adolescencia. Escribe entonces su poema “Distante voz y signo”, con el que incorpora su nombre a la no muy extensa lista de pintores —Picasso, Rousseau, Klee, Arp— que han escrito versos.

Ya por esa época el dolor ajeno eran también su dolor. Su progenitor se había arruinado y el pintor comienza a trabajar como taquígrafo para ayudar al sostenimiento de la familia. Cuando mueren sus padres, abandona la casa para vivir como un artista. Entonces conoció el hambre.

Hemos tomado asiento en la sala de estar del apartamento de René Portocarrero. El artista me mira y escucha con atención y despacio, sopesando cada una de sus palabras —es un hombre tímido, muy metido en sí mismo, a quien sus íntimos apodan El Mudo— responde mis interrogantes. Los cigarrillos, que enciende uno tras otro, van a parar al cenicero después de la segunda chupada.

Lograr el acceso a esta casa es todo un ritual. No basta con establecer la cita telefónica. Ya allí, al reclamo del timbre, un ojo asoma por la mirilla de la puerta. El ojo desaparece y minutos después está allí otra vez. Pero no es el mismo ojo, sino otro. Portocarrero es el primero en mirar. No abrirá la puerta sin embargo si Raúl Milián, con quien forma pareja desde fines de los años 30, no da su consentimiento. Ya dentro, es Milián quien hace de inicio los honores al recién llegado hasta que, sin despedirse, se retira a una habitación y desde ella, sin reparo alguno, escucha la conversación y sigue los pormenores de la visita. Sus celos irracionales son también de índole profesional pues, excelente pintor él mismo, vive supeditado a la fama de su amigo. Esto acrecienta las discusiones inevitables en una relación; discordia que llega a veces a la agresión física cuando René golpea a Raúl con una espátula y este devuelve el golpe con un pisapapel o un tintero. Pronto retorna la calma, al ensimismarse Milián en su lectura de Kierkegarr y replegarse Portocarrero en la pintura.

Pese a todo, Milián se mostrará benevolente conmigo. De otra forma no hubiera consentido que René me obsequiara una "Flora" hermosísima y una buena cantidad de dibujos que me dedicó y firmó con su letra redonda y amuchachada.

Hay muchos libros cuidadosamente colocados sobre el canto del respaldo del sofá. En las paredes, obras representativas de diversas temáticas del artista, así como de Diego Rivera y Landaluze, y un icono del siglo XIII. También, el retrato del cardenal Portocarrero, el político partidario del afrancesamiento del trono español, de quien el pintor se supone descendiente, según me dice, cosa que, afirma después, no le importa en absoluto.

Si antes de la Revolución alguien le hubiera dicho que iba a ser uno de los inquilinos de este edificio de lujo, ubicado frente al Hotel Nacional de Cuba,  Portocarrero en el mejor de los casos se hubiera echado a reír. Si bien es cierto que a partir de 1953 pudo subsistir gracias a su pintura, durante años se las vio negra para reunir los nueve pesos mensuales que rentaba la habitación que ocupaba.

“Una vez en que no pude pagar el alquiler, el dueño de la casa me desahució y aparecieron unos funcionarios del juzgado que con atril y todo me botaron a la calle. Eran años de hambre extrema, de visitar las tiendas que comercializaban objetos de arte y ofrecer, por ejemplo, tres acuarelas y recibir esta respuesta: 'Bien, le damos 12 pesos, pero usted nos trae una acuarela más'. Y volver yo a mi casa, pintar de prisa y regresar a la tienda con el pedido.

“En una ocasión, un hombre adinerado se encaprichó con una de mis piezas y me dijo que si se la ponía en su casa, me la compraba.  Sin convenir precio,  mi amigo el pintor Víctor Manuel y yo la llevamos a pie hasta Miramar… Era una pieza de buenas dimensiones. El hombre me dio un peso por aquella obra. Pude no aceptárselo, pero eso hubiera equivalido a desandar el camino con la pieza a cuesta y sin un centavo en el bolsillo. Víctor quiso consolarme. Recuerdo que me dijo: '¿Y qué ibas a hacer, René, si no tienes qué comer…?'

“Realmente —concluye Portocarrero— yo pienso ahora en todo aquello y me pregunto cómo pude resistir.” 

Fechas para una pintura 

Portocarrero es hoy un pintor cotizado. Sus Interiores del Cerro, acuarelas pintadas durante los primeros años de la década de 1940, son buscadas con tesón por los coleccionistas. Lo mismo sucede con muestras de otros de sus temas que el pintor interrumpió luego de agotar. Son muchas sus exposiciones personales en Cuba y en el exterior, y es interminable la lista de los museos que cuentan con obras suyas en sus fondos. Va desde el Nacional de Cuba hasta el de Arte Moderno de Nueva York. Asimismo, son incontables los Portocarrero que cuelgan en colecciones privadas. Un cuadro del cubano fue la primera obra de pintura moderna que entró a formar parte de la colección de la reina Isabel de Inglaterra.

Más que de etapas, en la pintura de Portocarrero debe hablarse de temas expresados en una mágica continuación.

“Eso lo ha señalado más de un crítico —dice. En mi obra hay continuación, no ruptura. Puede resumirse en un solo cuadro y obedece a una misma mano a pesar de que creo que mi pintura tiene todos los estilos y ningún estilo, o un estilo que es una forma de cambios. Es un poco como La Habana, que no tiene ningún estilo arquitectónico y en la que caben todos los estilos.

“Con respecto a esto, me parece oportuno citar una anécdota. Ante un paisaje de La Habana, Marguerite Duras me dijo un día que había pintado muy bien a Estambul. Ella tenía razón, pues Estambul es una ciudad que ha estado siempre en mi imaginación. Pero es que ese paisaje era también el de La Habana, lo que el paisaje de La Habana tiene de universal.

“Dejemos este tema. Estoy convencido de que el pintor aprende más sobre su obra oyendo hablar a otros que sacando conclusiones por sí mismo.”

Portocarrero nació en La Habana, el 24 de febrero de 1912. Nuestros pintores entonces eran Ramos, Menocal y Romañach. Faltaban aún tres lustros para que Víctor Manuel regresara de Europa y sentara, con su “Gitana tropical”, las bases de la pintura moderna en Cuba. No había en el país museos ni instituciones donde apreciar obras de los grandes maestros. En su momento, el pintor matriculará en la Academia de San Alejandro e, inconforme, saldrá de sus aulas como una lechuza huyendo del infierno. Hace amistad con Víctor Manuel, Amelia Peláez, Fidelio Ponce, Carlos Enríquez… y aprende de ellos sin dejarse influir.

En la década de los 40 se define la carrera de pintor de René Portocarrero. Su pintura auténticamente cubana se inicia con "Mujer sentada" y "Casa de Viñales", ambas de un intelectualismo un tanto primitivo. Figuras de carnaval, diablitos, santos populares, paisajes de La Habana, catedrales, así como las figuras para una mitología imaginaria, compusieron en 1944 su primera gran exposición personal: 140 cuadros que chorrearon su espesa luz, su densa policromía dorada en uno de los salones de la Universidad habanera. Es el mismo año en que comienza a publicarse la revista Orígenes. Un gran momento de la cultura cubana.

En 1945 expone en Nueva York. Chagall, Guggenheim, Salvador Dalí y André Breton, entre otros, aconsejan a Levy que presente al cubano en su galería. Es un éxito rotundo. Pero el pintor no permanecerá mucho tiempo en Nueva York. No puede pintar. La intensidad de la gran ciudad lo hala y el cielo comienza a caérsele encima. Su mundo artístico, sin embargo, se ha enriquecido. Es su primer contacto con la gran pintura universal, que aprecia en los museos, y la amistad de muchos pintores norteamericanos.


De la serie Máscaras. Tinta s/ cartulina. 1955.

En 1955 publica Las máscaras, cuaderno con 12 dibujos y un epílogo. Dibujar una máscara dice es como estar en culpa con el reino de la risa y el llanto. En 1960 da a la luz "El sueño", poema escrito con dibujos y palabras el primero de septiembre de 1939, el mismo día en que se desencadenó la Segunda Guerra Mundial.

Hay una fecha más en la obra de este hombre: 1959.

La Revolución Cubana expresa impulsa toda mi obra. Con ella se afincaron mis temas populares. La Revolución hizo que pusiera los pies en la tierra con más firmeza que antes. Con la bajada del Ejército Rebelde de la Sierra Maestra, me enfrenté con mi propia pintura

Paisaje íntimo

Pienso en términos de ahora, no de mañana; de instantes, no de grandes espacios de tiempo. Usted está aquí conversando conmigo y estoy entregado a esa vivencia. No sé ni me preocupa lo que sucederá luego.

¿Cuál es su mundo íntimo? Pregunto, y el pintor dice que es un hombre optimista y habla de su trabajo, de la dicha del día, de su amistad con algunos pintores cubanos. Añade, por último, que siempre tiene una geografía de deseos en la cabeza, pero no dice nada en concreto. En verdad, no quiere responder a esta pregunta.

Sus músicos predilectos son Bach, Beethoven, los primitivos italianos, Igor Stravinsky, que fue su amigo. Sus poetas; Shakespeare, Valery, Mayacovski, José Martí, Nicolás Guillén, García Lorca y Antonio Machado. Por sus pintores favoritos no le preguntamos. A Portocarrero le gustan el cine, el teatro, los bailes y las fiestas. Y el tango. Ha dicho que el pintor es el artista más generalizado en sus preferencias.

Hasta aquí llegan estas confesiones de René Portocarrero.

Dice:

Como pintor dispongo de un mundo que me es afín. Un mundo que fluye desde la niñez. Un mundo que ciñe y ordena. Ese mundo es Cuba. Es su paisaje y sus pueblos y ciudades. Es el gran colorido de sus fiestas. Son sus santos insistentes que afirman un no sé qué de coraje ancestral en nuestra Isla. Es la extraordinaria varonía de nuestro pueblo a través de la historia sucesiva. Y es también el señorío de su vegetación bajo un sol radiante. Todos esos sentimientos me asisten cuando pinto

1978

 

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