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René Portocarrero nunca
tiene una idea
preconcebida al
enfrentarse a una tela
en blanco. Sorprendido
siempre por las formas y
la composición, su
pintura ha ido surgiendo
espontáneamente, como
una planta, en un juego
dramático en que formas
y colores se
entrecruzan. Trabaja
diariamente y gusta
hacer suya una sentencia
de Picasso: “No busco,
encuentro”. Sin embargo,
hay más de una Flora con
el perfil cambiado cinco
veces y paisajes de La
Habana que de tan
retocados en un afán de
“siempre querer más”, se
han convertido en una
nada plástica. No busca,
encuentra. Pero tiene
días en los que no
encuentra nada y días en
los que encuentra tres
veces.
No hace mucho tiempo
puso fin a su colección
de Carnavales,
catarsis de su memoria
visual y suerte de
diario íntimo, declarada
ya parte del patrimonio
nacional, y cuya
presentación en la
Fundación Pompidou, de
París, es inminente.
Casi al mismo tiempo, la
Flora se
internacionalizó cuando
la Federación de Mujeres
de Japón la tomó como
símbolo de la paz en uno
de los aniversarios de
las masacres de
Hiroshima y Nagasaki.
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De la serie
Carnavales.
Caseína s/
papel. 1970. |
El año de 1977 fue para
el pintor un período de
trabajo fecundo. Su
pintura actual continúa
la temática de siempre.
Suele enamorarse de un
tema y adentrarse en él
hasta agotar todas sus
posibilidades. Así han
surgido a lo largo de su
vida artística figuras
de carnaval, diablitos,
santos populares,
paisajes de La Habana,
catedrales, plazas,
mariposas, árboles,
mujeres… Todo expresado
con un sentimiento
ecuménico y dentro de
una universalización de
las formas.
“Quizá donde mejor
pueda apreciarse esto
—dice Portocarrero— es
en la ornamentación de
la colección de
Carnavales. Hay
quienes han señalado en
ella las más diversas
influencias, desde las
hindúes hasta las de los
aborígenes de nuestra
América, pasando por las
de varios folclores del
mundo. La colección de
Carnavales es una
especie de homenaje a
toda la pintura… Yo no
sé si eso de las
influencias será cierto
o no. Lo que sí es
cierto es que mi
capacidad de aprehender
es muy intensa. Nunca me
es ajena una
manifestación artística
genuina, ante la que
siento algo así como un
arrebato.”
Esa fue la respuesta
cuando le pedí que
caracterizara su
pintura. Prefiere no
hacerlo de otra forma
que mediante la
demostración de su
propia capacidad
plástica que para él,
aclara, siempre es una
incógnita. Por eso, más
que barroca, ha deseado
que su pintura sea,
sencillamente, pintura.
Así, sin adjetivos.
Mucho se ha hablado de
lo barroco en la pintura
de René Portocarrero. En
ella puede apreciarse
—lo señaló Alejo
Carpentier— cómo el
artista logra atrapar
“el barroquismo
generalizado, viviente y
parlero” de que hacen
gala la ciudad y sus
habitantes. Y es
aplicable a ella
asimismo el concepto de
barroco como un arte de
la contraconquista
americana, esbozado por
José Lezama Lima hace
más de 20 años.
Barroco americano, con
su tensión y plutonismo
de estilo plenario que
abarca formas de vida y
sentimiento.
Pero si aplicamos a esa
obra el marbete de
barroca, dónde encajar
entonces todo “lo otro”
que hay en ella; dónde
quedan la línea nórdica,
lo monstruoso románico,
el hieratismo
indoamericano, el
romanticismo criollo, la
rigidez bizantina que
solo se romperá en los
Carnavales, lo
depurado gótico, la
asepsia novecentista…
asimilados por el pintor
que ha sabido apresar en
su obra las más genuinas
esencias cubanas.
Guy Pérez Cisneros, un
escritor prematuramente
fallecido que llevó la
crítica cubana de
pintura a niveles
insospechados, habló, en
1944, de “lo atlántico”
en Portocarrero. Quizá
ese sea el término
—donde la ambigüedad y
la precisión coinciden
dándose la espalda— que
mejor abarque y defina
la obra del pintor
cubano. “Cruce de
Churriguera y de Ingres
en el que vence
Churriguera. Atlántico
que lo destiñe todo.
Atlántico teñido de
barroco español,
iluminado a la vez por
una luceta de medio
punto románico y por el
puro esplendor del
Malecón en mediodía”.
El cardenal Portocarrero
Portocarrero ha pintado
en la soledad y en la
pasión. Desde muy
pequeño se sintió
atraído por los colores
de los vitrales de las
casas coloniales
cubanas, y poco después
pintaba ya en grandes
telas y con colores de
aceite, sin haber
recibido predicaciones
de nadie porque, dice,
“el pintor siempre sabe
lo que tiene que hacer”.
“Era un niño, pintaba, y
mis hermanas eran los
periodistas que llegaban
a entrevistar al pintor
famoso, y mis tías los
compradores que se
disputaban mis cuadros.
En tanto mi padre, un
próspero abogado, me
proporcionara lo
necesario —telas, óleos,
una especie de estudio…
para que diera rienda
suelta a mi imaginación.
Me decía: René, tú serás
el genio de la familia.”
Su infancia estuvo
rodeada de todos los
cuidados imaginables.
Era un niño consentido,
mimado, posiblemente,
dice él, insoportable.
Una institutriz francesa
que nunca le enseñó su
idioma, aunque sí a
cantar en francés “La
Marsellesa” —para ella,
el símbolo más alto de
la cultura de su patria—
cuidaba amorosamente sus
días. Sin embargo, el
niño no las tenía todas
consigo: lloraba a
menudo, sus noches eran
malas, recogía el drama
ajeno como una esponja.
Su vida, él mismo, eran
un cuento de hadas
desenvolviéndose en un
mundo de vigilia.
Años después sentiría la
necesidad de rebelarse
contra el mundo de su
infancia y adolescencia.
Escribe entonces su
poema “Distante voz y
signo”, con el que
incorpora su nombre a la
no muy extensa lista de
pintores —Picasso,
Rousseau, Klee, Arp— que
han escrito versos.
Ya por esa época el
dolor ajeno eran también
su dolor. Su progenitor
se había arruinado y el
pintor comienza a
trabajar como taquígrafo
para ayudar al
sostenimiento de la
familia. Cuando mueren
sus padres, abandona la
casa para vivir como un
artista. Entonces
conoció el hambre.
Hemos tomado asiento en
la sala de estar del
apartamento de René
Portocarrero. El artista
me mira y escucha con
atención y despacio,
sopesando cada una de
sus palabras —es un
hombre tímido, muy
metido en sí mismo, a
quien sus íntimos apodan
El Mudo— responde mis
interrogantes. Los
cigarrillos, que
enciende uno tras otro,
van a parar al cenicero
después de la segunda
chupada.
Lograr el acceso a esta
casa es todo un ritual.
No basta con establecer
la cita telefónica. Ya
allí, al reclamo del
timbre, un ojo asoma por
la mirilla de la puerta.
El ojo desaparece y
minutos después está
allí otra vez. Pero no
es el mismo ojo, sino
otro. Portocarrero es el
primero en mirar. No
abrirá la puerta sin
embargo si Raúl Milián,
con quien forma pareja
desde fines de los años
30, no da su
consentimiento. Ya
dentro, es Milián quien
hace de inicio los
honores al recién
llegado hasta que, sin
despedirse, se retira a
una habitación y desde
ella, sin reparo alguno,
escucha la conversación
y sigue los pormenores
de la visita. Sus celos
irracionales son también
de índole profesional
pues, excelente pintor
él mismo, vive
supeditado a la fama de
su amigo. Esto
acrecienta las
discusiones inevitables
en una relación;
discordia que llega a
veces a la agresión
física cuando René
golpea a Raúl con una
espátula y este devuelve
el golpe con un pisapapel o un tintero.
Pronto retorna la calma,
al ensimismarse Milián
en su lectura de
Kierkegarr y replegarse
Portocarrero en la
pintura.
Pese a todo, Milián se
mostrará benevolente
conmigo. De otra forma
no hubiera consentido
que René me obsequiara
una "Flora" hermosísima y
una buena cantidad de
dibujos que me dedicó y
firmó con su letra
redonda y amuchachada.
Hay muchos libros
cuidadosamente colocados
sobre el canto del
respaldo del sofá. En
las paredes, obras
representativas de
diversas temáticas del
artista, así como de
Diego Rivera y Landaluze,
y un icono del siglo
XIII. También, el
retrato del cardenal
Portocarrero, el
político partidario del
afrancesamiento del
trono español, de quien
el pintor se supone
descendiente, según me
dice, cosa que, afirma
después, no le importa
en absoluto.
Si antes de la
Revolución alguien le
hubiera dicho que iba a
ser uno de los
inquilinos de este
edificio de lujo,
ubicado frente al Hotel
Nacional de Cuba,
Portocarrero en el
mejor de los casos se
hubiera echado a reír.
Si bien es cierto que a
partir de 1953 pudo
subsistir gracias a su
pintura, durante años se
las vio negra para
reunir los nueve pesos
mensuales que rentaba la
habitación que ocupaba.
“Una vez en que no pude
pagar el alquiler, el
dueño de la casa me
desahució y aparecieron
unos funcionarios del
juzgado que con atril y
todo me botaron a la
calle. Eran años de
hambre extrema, de
visitar las tiendas que
comercializaban objetos
de arte y ofrecer, por
ejemplo, tres acuarelas
y recibir esta
respuesta: 'Bien, le
damos 12 pesos, pero
usted nos trae una
acuarela más'. Y volver
yo a mi casa, pintar de
prisa y regresar a la
tienda con el pedido.
“En una ocasión, un
hombre adinerado se
encaprichó con una de
mis piezas y me dijo que
si se la ponía en su
casa, me la compraba.
Sin convenir precio, mi
amigo el pintor Víctor
Manuel y yo la llevamos
a pie hasta Miramar… Era
una pieza de buenas
dimensiones. El hombre
me dio un peso por
aquella obra. Pude no
aceptárselo, pero eso
hubiera equivalido a
desandar el camino con
la pieza a cuesta y sin
un centavo en el
bolsillo. Víctor quiso
consolarme. Recuerdo que
me dijo: '¿Y qué ibas
a hacer, René, si no
tienes qué comer…?'
“Realmente —concluye
Portocarrero— yo pienso
ahora en todo aquello y
me pregunto cómo pude
resistir.”
Fechas para una pintura
Portocarrero es hoy un
pintor cotizado. Sus
Interiores del Cerro,
acuarelas pintadas
durante los primeros
años de la década de
1940, son buscadas con
tesón por los
coleccionistas. Lo mismo
sucede con muestras de
otros de sus temas que
el pintor interrumpió
luego de agotar. Son
muchas sus exposiciones
personales en Cuba y en
el exterior, y es
interminable la lista de
los museos que cuentan
con obras suyas en sus
fondos. Va desde el
Nacional de Cuba hasta
el de Arte Moderno de
Nueva York. Asimismo, son
incontables los
Portocarrero que
cuelgan en colecciones
privadas. Un cuadro del
cubano fue la primera
obra de pintura moderna
que entró a formar parte
de la colección de la
reina Isabel de
Inglaterra.
Más que de etapas, en la
pintura de Portocarrero
debe hablarse de temas
expresados en una mágica
continuación.
“Eso lo ha señalado más
de un crítico —dice—. En
mi obra hay
continuación, no
ruptura. Puede resumirse
en un solo cuadro y
obedece a una misma mano
a pesar de que creo que
mi pintura tiene todos
los estilos y ningún
estilo, o un estilo que
es una forma de cambios.
Es un poco como La
Habana, que no tiene
ningún estilo
arquitectónico y en la
que caben todos los
estilos.
“Con respecto a esto, me
parece oportuno citar
una anécdota. Ante un
paisaje de La Habana,
Marguerite Duras me dijo
un día que había pintado
muy bien a Estambul.
Ella tenía razón, pues
Estambul es una ciudad
que ha estado siempre en
mi imaginación. Pero es
que ese paisaje era
también el de La Habana,
lo que el paisaje de La
Habana tiene de
universal.
“Dejemos este tema.
Estoy convencido de que
el pintor aprende más
sobre su obra oyendo
hablar a otros que
sacando conclusiones por
sí mismo.”
Portocarrero nació en La
Habana, el 24 de febrero
de 1912. Nuestros
pintores entonces eran
Ramos, Menocal y
Romañach. Faltaban aún
tres lustros para que
Víctor Manuel regresara
de Europa y sentara, con
su “Gitana tropical”,
las bases de la pintura
moderna en Cuba. No
había en el país museos
ni instituciones donde
apreciar obras de los
grandes maestros. En su
momento, el pintor
matriculará en la
Academia de San
Alejandro e, inconforme,
saldrá de sus aulas como
una lechuza huyendo del
infierno. Hace amistad
con Víctor Manuel,
Amelia Peláez, Fidelio
Ponce, Carlos Enríquez…
y aprende de ellos sin
dejarse influir.
En la década de los 40 se
define la carrera de
pintor de René Portocarrero. Su pintura
auténticamente cubana se
inicia con "Mujer
sentada" y "Casa de
Viñales", ambas de un
intelectualismo un tanto
primitivo. Figuras de
carnaval, diablitos,
santos populares,
paisajes de La Habana,
catedrales, así como las
figuras para una
mitología imaginaria,
compusieron en 1944 su
primera gran exposición
personal: 140 cuadros que
chorrearon
“su
espesa luz, su densa
policromía dorada”
en uno de los salones de
la Universidad habanera.
Es el mismo año en que
comienza a publicarse la
revista Orígenes.
Un gran momento de la
cultura cubana.
En 1945 expone en Nueva
York. Chagall,
Guggenheim, Salvador
Dalí y André Breton,
entre otros, aconsejan a
Levy que presente al
cubano en su galería. Es
un éxito rotundo. Pero
el pintor no permanecerá
mucho tiempo en Nueva
York. No puede pintar.
La intensidad de la gran
ciudad lo hala y el
cielo comienza a
caérsele encima. Su
mundo artístico, sin
embargo, se ha
enriquecido. Es su
primer contacto con la
gran pintura universal,
que aprecia en los
museos, y la amistad de
muchos pintores
norteamericanos.
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De la serie
Máscaras.
Tinta s/
cartulina. 1955. |
En 1955 publica Las
máscaras, cuaderno
con 12 dibujos y un
epílogo.
“Dibujar
una máscara
—dice—
es como estar en culpa
con el reino de la risa
y el llanto”.
En 1960 da a la luz "El sueño", poema
escrito con dibujos y
palabras el primero de
septiembre de 1939, el
mismo día en que se
desencadenó la Segunda
Guerra Mundial.
Hay una fecha más en la
obra de este hombre:
1959.
“La
Revolución Cubana
—expresa— impulsa toda mi
obra. Con ella se
afincaron mis temas
populares. La Revolución
hizo que pusiera los
pies en la tierra con
más firmeza que antes.
Con la bajada del
Ejército Rebelde de la
Sierra Maestra, me
enfrenté con mi propia
pintura”.
Paisaje íntimo
“Pienso
en términos de ahora, no
de mañana; de instantes,
no de grandes espacios
de tiempo. Usted está
aquí conversando conmigo
y estoy entregado a esa
vivencia. No sé ni me
preocupa lo que sucederá
luego.”
¿Cuál es su mundo
íntimo? Pregunto, y el
pintor dice que es un
hombre optimista y habla
de su trabajo, de la
dicha del día, de su
amistad con algunos
pintores cubanos. Añade,
por último, que siempre
tiene
“una
geografía de deseos en
la cabeza”,
pero no dice nada en
concreto. En verdad, no
quiere responder a esta
pregunta.
Sus músicos predilectos
son Bach, Beethoven, los
primitivos italianos,
Igor Stravinsky, que fue
su amigo. Sus poetas;
Shakespeare, Valery,
Mayacovski, José Martí,
Nicolás Guillén, García
Lorca y Antonio Machado.
Por sus pintores
favoritos no le
preguntamos. A
Portocarrero le gustan
el cine, el teatro, los
bailes y las fiestas. Y
el tango. Ha dicho que
el pintor es el artista
más generalizado en sus
preferencias.
Hasta aquí llegan estas
confesiones de René
Portocarrero.
Dice:
“Como
pintor dispongo de un
mundo que me es afín. Un
mundo que fluye desde la
niñez. Un mundo que ciñe
y ordena. Ese mundo es
Cuba. Es su paisaje y
sus pueblos y ciudades.
Es el gran colorido de
sus fiestas. Son sus
santos insistentes que
afirman un no sé qué de
coraje ancestral en
nuestra Isla. Es la
extraordinaria varonía
de nuestro pueblo a
través de la historia
sucesiva. Y es también
el señorío de su
vegetación bajo un sol
radiante. Todos esos
sentimientos me asisten
cuando pinto”.
1978 |