Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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TE PONGA EL PLATO?

 

Dos genios andan sueltos

Raúl Martínez

 

Conocí personalmente a Portocarrero cuando yo tenía menos de 20 años. Ya sabía quién era, de verlo en las exposiciones del Lyceum. Tenía una sonrisa tierna y amable, los ojos casi cerrados, y una voz cálida y baja, sin olvidar, por supuesto, su verruga inconfundible.

También veía a menudo a Amelia, Carlos Enríquez, Cundo y Carreño, nombres que significan mucho en la historia de la pintura cubana y eran muy celebrados por críticos tanto dentro, como fuera de Cuba.

La primera vez que hablé con Portocarrero fue en la parte trasera de una guagua que yo había tomado en Industria y Neptuno. Llevaba conmigo un panel pequeño de masonite preparado para pintar un óleo, y cargándolo caminé por el pasillo de la guagua hasta el final, donde había un asiento vacío.

Al sentarme y darme cuenta de que era Portocarrero quien estaba al lado mío quedé aterrado, porque yo era muy tímido, y tenía el temor de que me hablara y no atinar a contestarle. Pero cuando lo hizo sí supe, aunque con trabajo, al preguntarme él para qué quería aquel panel preparado. Le dije que para pintar un cuadro, lo que le dio pie para interesarse en mis estudios y hacerme muchas preguntas sobre arte. Cuando la guagua paró en San Lázaro e Infanta respiré, porque me bajaba allí para ir a mi casa en la calle 27 y ya no tenía que seguir conversando más, pero él también se bajó y me dijo que vivía en Malecón e Infanta, lugar que llamaban el Palacio de la Leche. Caminó conmigo hasta la calle 27 y me invitó a que lo visitara esa noche, así conocería a alguien tan interesante como Raúl Milián, su amigo.

Después de comer salí; tenía una curiosidad enorme, ¡iba a visitar a un pintor importantísimo! Entré en el edificio, que parecía un solar por tantos cuartos y gente de todo tipo. Después de preguntar encontré lo que buscaba, ¿era en el segundo o tercer piso? René me recibió y me presentó a Milián, tirado a un lado de una cama camera que, excepto el sitio donde él descansaba, estaba, como todo el espacio, cubierto de libros. Enseguida pensé que tendrían que quitarlos a la hora de dormir, pero por la cantidad que había me pareció que tal vez se acostarían en la cama y el otro en el piso.

Después de sentarme en una silla comenzó el diálogo. Estaban llenos de curiosidad por todo lo que les contaba de mis aspiraciones artísticas. Me hacían preguntas y más preguntas que me resultaban muy halagadoras, porque mostraban interés en mi persona. Recuerdo que estaban bebiendo y seguro me invitaron, pero como yo no bebía entonces, debo de haber rechazado la invitación..

Quiso saber cuáles eran mis preferencias literarias, musicales, pictóricas. No, Milián no pintaba, su interés era la filosofía, el pensamiento puro, las ideas. Afirmé vivir confundido por no saber quién era yo realmente. Creía que iba a ser ser la psicología, más que la filosofía, la llamada a contestar las interrogantes que me planteara.

Milián habló de Freud, de los sueños, del complejo de Edipo, de la importancia del psicoanálisis. Yo estaba perplejo, descubriendo mundos que desconocía por completo, pero recuerdo muy bien que a veces dudaba de que toda aquella exposición no fuera más que una inteligente e imaginativa fantasía para tomarme el pelo.

"Sí —les dije—, sueño todas las noches y tengo pesadillas." Ante su insistencia y la de René, conté aquellos sueños en que estaba en la calle o en algunos lugares y alguien me clavaba puñales por la espalda cuando subía escaleras o me entraban a tiros con pistolas, así como otros sueños de persecuciones que ya no recuerdo.

El interés de los dos fue tan grande, que al notarlo me inquieté más de lo que imaginaba. No se me había ocurrido que los sueños pudieran expresar la personalidad más íntima de un ser humano que quisiera ocultarse ante extraños. Pero aquella noche intuí que algo había detrás de todo lo que ellos me hablaron sobre Freud, que no eran solo fantasías.

Cuando le pregunté a Ricardo sobre el asunto, me habló en general de los sueños y de lo que representaban, y me aconsejó no volver a contárselos a nadie, porque era cierto que reflejaban deseos, conflictos y conductas que uno debía reservar para sí mismo; estos símbolos se hacían más evidentes, sobre todo, en una edad tan temprana como la mía.

Tiempo después descubrí a través de Rolando Ferrer algunos de los libros de Freud, y leí todo cuanto tuve a mi alcance sobre lo onírico. Me tocó, a partir de entonces, emplear esta técnica para satisfacer mi curiosidad, al igual que la usaron Raúl y René conmigo, con otras gentes en las que quería conocer posibles represiones de su personalidad. Puedo asegurar que llegó un momento en que sabía hacer gala de este conocimiento cuando se presentaba la ocasión y estaba en presencia de quienes, no incitados por mí, sino por alguna otra motivación especial, hablaban de sus sueños con libertad y desembarazo.

En una ocasión en que estábamos reunidos en el trabajo, Antonia Eiriz habló de sueños recurrentes que tenía y los contó delante de todo el mundo en el taller de artes plásticas. Ella sabía de mis conocimientos e interés por estos temas, tanto como por aquel otro menos confiable: la astrología. Los sueños de Ñica, que ella narró con un candor natural, me recordaron ese mismo candor con el que yo narré los míos aquella noche. Cuando el resto del grupo se marchó y nos quedamos solos, le expliqué con mayor seriedad la teoría alrededor de la simbología de los sueños y todo lo que sexualmente sabía en aquel momento, y como hizo Ricardo conmigo, la insté a que no volviera a contarle a nadie alguno de aquellos sueños llenos de intimidades.

Otro tema de conversación aquella noche fue la música. Yo estaba entusiasmado por mi descubrimiento de la música romántica, o para ser más exacto, la de Chaikovsky. René aceptaba esto, pero me decía: "¿No te gusta la música barroca? ¿No te gusta Bach?" Bach y Freud eran dos nuevos nombres en mi firmamento. Y pese a mi interés, cuando escuché por primera vez a Bach me cayó un jarro de agua fría encima. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que apreciara la música barroca y comenzaran a gustarme los Conciertos de Brandenburgo, el Concierto Italiano y su Tocata y fuga en re mayor. Pero ya en esa época Beethoven, Mozart y Brahms se habían hecho mis amigos, y el pobre Chaikovsky quedaba relegado por demasiado meloso, demasiado romántico.

Una tarde —que recuerdo maravillosa— fui a visitar a Andrés, uno de mis amigos más enamorados de la música, y lo encontré oyendo una sinfonía que me resultaba desconocida. No era contemporánea, sin duda clásica, ¿pero cuál? Estaba paralizado con aquella música, disfrutando de su sólida estructura, cuando siento que la orquesta anuncia algo que va a suceder e irrumpe la voz del solista y después el coro, que me emocionan y casi me hacen llorar, ¿cómo es posible que pueda comunicarnos y transformarnos tanto el arte? Sí, me hizo saber mi amigo, es Beethoven, y eso que acabas de oír es su Novena Sinfonía y la Oda a la Alegría, de Schiller. 

Fragmentos del libro Yo Publio, Confesiones de Raúl Martínez, capítulo 4. Editorial Letras Cubanas-Consejo Nacional de Artes Plásticas, 2007.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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