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Conocí personalmente a
Portocarrero cuando yo
tenía menos de
20
años. Ya sabía quién
era, de verlo en las
exposiciones del Lyceum.
Tenía una sonrisa tierna
y amable, los ojos casi
cerrados, y una voz
cálida y baja, sin
olvidar, por supuesto,
su verruga
inconfundible.
También veía a menudo a
Amelia, Carlos Enríquez,
Cundo y Carreño, nombres
que significan mucho en
la historia de la
pintura cubana y eran
muy celebrados por
críticos tanto dentro,
como fuera de Cuba.
La primera vez que hablé
con Portocarrero fue en
la parte trasera de una
guagua que yo había
tomado en Industria y
Neptuno. Llevaba conmigo
un panel pequeño de
masonite preparado para
pintar un óleo, y
cargándolo caminé por el
pasillo de la guagua
hasta el final, donde
había un asiento vacío.
Al sentarme y darme
cuenta de que era
Portocarrero quien
estaba al lado mío quedé
aterrado, porque yo era
muy tímido, y tenía el
temor de que me hablara
y no atinar a
contestarle. Pero cuando
lo hizo sí supe, aunque
con trabajo, al
preguntarme él para qué
quería aquel panel
preparado. Le dije que
para pintar un cuadro,
lo que le dio pie para
interesarse en mis
estudios y hacerme
muchas preguntas sobre
arte. Cuando la guagua
paró en San Lázaro e
Infanta respiré, porque
me bajaba allí para ir a
mi casa en la calle 27 y
ya no tenía que seguir
conversando más, pero él
también se bajó y me
dijo que vivía en
Malecón e Infanta, lugar
que llamaban el Palacio
de la Leche. Caminó
conmigo hasta la calle
27 y me invitó a que lo
visitara esa noche, así
conocería a alguien tan
interesante como Raúl
Milián, su amigo.
Después de comer salí;
tenía una curiosidad
enorme, ¡iba a visitar a
un pintor
importantísimo! Entré
en el edificio, que
parecía un solar por
tantos cuartos y gente
de todo tipo. Después de
preguntar encontré lo
que buscaba, ¿era en el
segundo o tercer piso?
René me recibió y me
presentó a Milián,
tirado a un lado de una
cama camera que, excepto
el sitio donde él
descansaba, estaba, como
todo el espacio,
cubierto de libros.
Enseguida pensé que
tendrían que quitarlos a
la hora de dormir, pero
por la cantidad que
había me pareció que tal
vez se acostarían en la
cama y el otro en el
piso.
Después de sentarme en
una silla comenzó el
diálogo. Estaban llenos
de curiosidad por todo
lo que les contaba de
mis aspiraciones
artísticas. Me hacían
preguntas y más
preguntas que me
resultaban muy
halagadoras, porque
mostraban interés en mi
persona. Recuerdo que
estaban bebiendo y
seguro me invitaron,
pero como yo no bebía
entonces, debo de haber
rechazado la
invitación...
Quiso saber cuáles eran
mis preferencias
literarias, musicales,
pictóricas. No, Milián
no pintaba, su interés
era la filosofía, el
pensamiento puro, las
ideas. Afirmé vivir
confundido por no saber
quién era yo realmente.
Creía que iba a ser ser
la psicología, más que
la filosofía, la llamada
a contestar las
interrogantes que me
planteara.
Milián habló de Freud,
de los sueños, del
complejo de Edipo, de la
importancia del
psicoanálisis. Yo estaba
perplejo, descubriendo
mundos que desconocía
por completo, pero
recuerdo muy bien que a
veces dudaba de que toda
aquella exposición no
fuera más que una
inteligente e
imaginativa fantasía
para tomarme el pelo.
"Sí —les dije—, sueño
todas las noches y tengo
pesadillas."
Ante su
insistencia y la de
René, conté aquellos
sueños en que estaba en
la calle o en algunos
lugares y alguien me
clavaba puñales por la
espalda cuando subía
escaleras o me entraban
a tiros con pistolas,
así como otros sueños de
persecuciones que ya no
recuerdo.
El interés de los dos
fue tan grande, que al
notarlo me inquieté más
de lo que imaginaba. No
se me había ocurrido que
los sueños pudieran
expresar la personalidad
más
íntima de un ser
humano que quisiera
ocultarse ante extraños.
Pero aquella noche intuí
que algo había detrás de
todo lo que ellos me
hablaron sobre Freud,
que no eran solo
fantasías.
Cuando le pregunté a
Ricardo sobre el asunto,
me habló en general de
los sueños y de lo que
representaban, y me
aconsejó no volver a
contárselos a nadie,
porque era cierto que
reflejaban deseos,
conflictos y conductas
que uno debía reservar
para sí mismo; estos
símbolos se hacían más
evidentes, sobre todo,
en una edad tan temprana
como la mía.
Tiempo después descubrí
a través de Rolando
Ferrer algunos de los
libros de Freud, y leí
todo cuanto tuve a mi
alcance sobre lo
onírico. Me tocó, a
partir de entonces,
emplear esta técnica
para satisfacer mi
curiosidad, al igual que
la usaron Raúl y René
conmigo, con otras
gentes en las que quería
conocer posibles
represiones de su
personalidad. Puedo
asegurar que llegó un
momento en que sabía
hacer gala de este
conocimiento cuando se
presentaba la ocasión y
estaba en presencia de
quienes, no incitados
por mí, sino por alguna
otra motivación
especial, hablaban de
sus sueños con libertad
y desembarazo.
En una ocasión en que
estábamos reunidos en el
trabajo, Antonia Eiriz
habló de sueños
recurrentes que tenía y
los contó delante de
todo el mundo en el
taller de artes
plásticas. Ella sabía de
mis conocimientos e
interés por estos temas,
tanto como por aquel
otro menos confiable: la
astrología. Los sueños
de Ñica, que ella narró
con un candor natural,
me recordaron ese mismo
candor con el que yo
narré los míos aquella
noche. Cuando el resto
del grupo se marchó y
nos quedamos solos, le
expliqué con mayor
seriedad la teoría
alrededor de la
simbología de los sueños
y todo lo que
sexualmente sabía en
aquel momento, y como
hizo Ricardo conmigo, la
insté a que no volviera
a contarle a nadie
alguno de aquellos
sueños llenos de
intimidades.
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Otro tema de
conversación aquella
noche fue la música. Yo
estaba entusiasmado por
mi descubrimiento de la
música romántica, o para
ser más exacto, la de
Chaikovsky. René
aceptaba esto, pero me
decía:
"¿No te gusta la
música barroca? ¿No te
gusta Bach?"
Bach y Freud eran dos nuevos
nombres en mi
firmamento. Y pese a mi
interés, cuando escuché
por primera vez a Bach
me cayó un jarro de agua
fría encima. Tuvo que
pasar mucho tiempo antes
de que apreciara la
música barroca y
comenzaran a gustarme
los Conciertos de
Brandenburgo, el
Concierto Italiano y
su Tocata y fuga en
re mayor. Pero ya en
esa época Beethoven,
Mozart y Brahms se
habían hecho mis amigos,
y el pobre Chaikovsky
quedaba relegado por
demasiado meloso,
demasiado romántico.
Una tarde —que recuerdo
maravillosa— fui a
visitar a Andrés, uno de
mis amigos más
enamorados de la música,
y lo encontré oyendo una
sinfonía que me
resultaba desconocida.
No era contemporánea,
sin duda clásica, ¿pero
cuál? Estaba paralizado
con aquella música,
disfrutando de su sólida
estructura, cuando
siento que la orquesta
anuncia algo que va a
suceder e irrumpe la voz
del solista y después el
coro, que me emocionan y
casi me hacen llorar,
¿cómo es posible que
pueda comunicarnos y
transformarnos tanto el
arte? Sí, me hizo saber
mi amigo, es Beethoven,
y eso que acabas de oír
es su Novena Sinfonía
y la
Oda a la Alegría, de
Schiller.
Fragmentos del libro
Yo Publio,
Confesiones de Raúl
Martínez, capítulo
4. Editorial Letras
Cubanas-Consejo Nacional
de Artes Plásticas,
2007. |