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El escenario sitúa al
personaje que lo habita,
descubre raíces y
perspectivas, la
capacidad del
movimiento, el tránsito
humano por el tiempo, y
las huellas que delatan,
también, la naturaleza
misma del entorno, de
las circunstancias y de
su protagonista. En el
hogar de un músico se
revelan sonidos,
instrumentos, todo lo
inunda el pentagrama.
Pero en el horizonte de
un pintor nos deslumbran
sus imágenes, y también,
óleos, pinceles,
lienzos, temperas,
aunque en ocasiones,
como solía suceder al
visitante que llegaba al
departamento de René y
de Raúl, en 0 y 21,
frente al Hotel
Nacional, los libros
podían medir sus
fuerzas, y tomar cada
ángulo, cada metro hasta
adueñarse, virtualmente,
de todos los rincones y
de los muebles.
Allí la palabra se
expandía, y el local se
dividía en dos
fracciones que iban,
indisolublemente de la
mano de ambos artistas,
para entregarnos la
subjetiva de sus
creaciones, entre tintas
y silencios, desde el
expresionismo abstracto
de Milián, y esa suerte
de lúcida fuga, y la
abundancia de colores,
en cada dibujo o trazo
de Portocorrero, en su
particular barroquismo,
mientras la luz se
multiplicaba de manera
geométrica en las obras
de René, y avanzaba con
la explosiva sonrisa del
artista, siempre presto
al diálogo, entre sus
“Floras” y sus
carnavales… entre los
mitos y la recreación
personal de ciudades y
gente.
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“Retrato de
Flora No. 5”.
Óleo s/ tela.
1966. |
Dos miradas diferentes
marcaban el contraste, y
Raúl Milián nos guiaba
por aquella poblada
dicotomía de seres y de
formas, para
aproximarnos más a René
que, entre gestos y
voces, iluminaba los
recuerdos de la infancia
en el Cerro, de sus
búsquedas y avances, de
los días con Lezama y
Orígenes, de
exposiciones y anécdotas
que fluían, desde la
memoria, para
materializarse en sus
decires, siempre cortés
y generoso, de su tiempo
y de su arte, sin poses
ni afeites, el rostro
como la mano limpiamente
expuesto, sabedor de su
genio, al tiempo que
sencillo en el trato,
amable y desbordado por
su simpatía, fuera el
amigo que llegara de
Cuba o de otras tierras.
No importaba la
jerarquía social ni
tampoco el beneficio y
entonces se hablaba de
todo y al parecer, la
pintura que era siempre
el terreno compartido,
el pretexto de
presencias y ausencias,
se diluía, y podía
dejarnos libre el
espacio para que se
compartieran vivencias
más personales o el eje
del encuentro lo fuera
una experiencia teatral
o danzaria, un filme o
un libro que, como
otros, entraba en aquel
apartamento para no
salir jamás, y compartir
el lomo ya abultado por
otros congéneres en el
sofá o las
butacas, mientras en el
balcón se podía apreciar
del beneficio del mar, y
de sus olas gigantescas
en temporada de invierno
sobre ambos pintores. |