Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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Entre óleos, pinceles y libros

Mercedes Santos Moray • La Habana

 

El escenario sitúa al personaje que lo habita, descubre raíces y perspectivas, la capacidad del movimiento, el tránsito humano por el tiempo, y las huellas que delatan, también, la naturaleza misma del entorno, de las circunstancias y de su protagonista. En el hogar de un músico se revelan sonidos, instrumentos, todo lo inunda el pentagrama. Pero en el horizonte de un pintor nos deslumbran sus imágenes, y también, óleos, pinceles, lienzos, temperas, aunque en ocasiones, como solía suceder al visitante que llegaba al departamento de René y de Raúl, en 0 y 21, frente al Hotel Nacional, los libros podían medir sus fuerzas, y tomar cada ángulo, cada metro hasta adueñarse, virtualmente, de todos los rincones y de los muebles.

Allí la palabra se expandía, y el local se dividía en dos fracciones que iban, indisolublemente de la mano de ambos artistas, para entregarnos la subjetiva de sus creaciones, entre tintas y silencios, desde el expresionismo abstracto de Milián, y esa suerte de lúcida fuga, y la abundancia de colores, en cada dibujo o trazo de Portocorrero, en su particular barroquismo, mientras la luz se multiplicaba de manera geométrica en las obras de René, y avanzaba con la explosiva sonrisa del artista, siempre presto al diálogo, entre sus “Floras” y sus carnavales… entre los mitos y la recreación personal de ciudades y gente.


“Retrato de Flora No. 5”. Óleo s/ tela. 1966.

Dos miradas diferentes marcaban el contraste, y Raúl Milián nos guiaba por aquella poblada dicotomía de seres y de formas, para aproximarnos más a René que, entre gestos y voces, iluminaba los recuerdos de la infancia en el Cerro, de sus búsquedas y avances, de los días con Lezama y Orígenes, de exposiciones y anécdotas que fluían, desde la memoria, para materializarse en sus decires, siempre cortés y generoso, de su tiempo y de su arte, sin poses ni afeites, el rostro como la mano limpiamente expuesto, sabedor de su genio, al tiempo que sencillo en el trato, amable y desbordado por su simpatía, fuera el amigo que llegara de Cuba o de otras tierras. No importaba la jerarquía social ni tampoco el beneficio y entonces se hablaba de todo y al parecer, la pintura que era siempre el terreno compartido, el pretexto de presencias y ausencias, se diluía, y podía dejarnos libre el espacio para que se compartieran vivencias más personales o el eje del encuentro lo fuera una experiencia teatral o danzaria, un filme o un libro que, como otros, entraba en aquel apartamento para no salir jamás, y compartir el lomo ya abultado por otros congéneres en el sofá o las butacas, mientras en el balcón se podía apreciar del beneficio del mar, y de sus olas gigantescas en temporada de invierno sobre ambos pintores.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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