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No tengo muy claro
cuándo fue la primera
vez que lo vi o en qué
momento preciso
establecimos la primera
conversación, pero a
Gonzalo Vidal, desde
hace muchos años me lo
tropiezo, cámara en
mano, captando el
instante preciso y
siempre con la misma
sonrisa y su “buena
onda” ¡que tan bien nos
hace a todos!
Gonzalo es chileno y
“alamareño”
—dice él en
abierta alusión al sitio
donde habita: Alamar,
zona residencial ubicada
en el litoral norte y al
este de La Habana; allí
plantó su bandera hace
casi
30
años y se
“aplatanó” al igual que
otros de sus coterráneos
que encontraron en Cuba
cobija y amor.
Pero este artista ahora
—en plena madurez—
nos
sorprende con tres
exposiciones en igual
cantidad de puntos de la
geografía cubana (Ciudad
de La Habana, Pinar del
Río y Santiago de Cuba)
y con ese pretexto
conversamos en exclusiva
para La Jiribilla, de la
cual es, también, un
colaborador cercano.
Cuba 513: Fragmentos de
memoria estuvo abierta
al público entre los
meses de mayo y junio
últimos en la sede del
Taller de Serigrafía René Portocarrero
(ubicado en la calle
Cuba, entre Muralla y
Brasil, en La Habana
colonial). Esta debería
de haber sido mi primera
exposición personal por
allá por los
90.
Durante un tiempo mi
trabajo fue retratar lo
que sucedía puertas
adentro del Taller y es
como un reportaje de lo
que allí acontecía y,
también, de cómo el
Portocarrero irradiaba a
otros sectores, a otras
galerías, a la calle
misma. En los
80
se
realizaban en La Habana
varios proyectos como
Arte-Calle, la Feria
Internacional de
Artesanías (FIART),
TELARTE
—que eran
eventos de gran impacto
social y cultural. Ahí
comencé a hacer
fotografías.
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Braun Vega,
Nelson Domínguez
y Roberto Fabelo |
¿Ese fue el punto de
arrancada como
fotógrafo?
Justamente y por eso
digo que esta tenía que
haber sido mi primera
exposición personal y no
24 años después.
Esta exposición es un
verdadero testimonio…
vemos fotos de la ya
desaparecida Belkis Ayón,
del maestro Le Parc, de
Nelson Domínguez y
Roberto Fabelo cuando
eran muy jóvenes,
¿cómo
es que hacías esa suerte
de reportaje puertas
adentro?
Fue mi comienzo y para
mí fue maravilloso
llegar a trabajar en el
Taller de Serigrafía
porque vengo del sector
de la química y, aunque
tenía cierta inclinación
artística, nunca pensé
dedicarme a eso. Ese fue
mi primer centro de
trabajo relacionado con
el arte.
¿Esas fotos fueron
captadas para atrapar el
instante sin ninguna
otra pretensión?
Exactamente. Se supone
que estaba en el Taller
para reproducir lo que
se iba a hacer en
serigrafía, es decir,
reproducción de cuadros
y además cubrir
exposiciones y las
actividades que hiciera
la institución, pero
imagínate ¡con una
cámara en la mano y
participando en las
muchísimas actividades
que se realizaban en La
Habana en los años
80!...
Por eso es
que se llama Fragmentos
de memoria.
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Le Parc |
Todas las imágenes
fueron tomadas en blanco
y negro y con
tecnología analógica…
Cuando aquello tenía una
maravillosa Zénit XP,
pero jamás soñar con las
cámaras digitales que
aparecieron después.
Ese primer encuentro
¿cómo fue?, ¿qué cambios
propició
el arte en tu
vida?
A mí siempre me gustó el
arte, pero fue un
impacto muy grande
entrar al Taller y
ponerme en contacto con
artistas de la altura de
Nelson Domínguez o de
Roberto Fabelo o de
Zaida del Río o del
maestro Manuel Mendive.
Tenía una referencia del
trabajo de todos ellos,
pero de la noche a la
mañana estar inmerso en
la Bienal Internacional
de Artes Plásticas de La
Habana y ponerme en
contacto con afamados
artistas de todo el
continente que solo
había visto en revistas…
aquello no me cabía
en la cabeza: no se
puede olvidar que vengo
de otra cultura en la
que el artista está
fuera del alcance de
todos. ¡Imagínate! estar
en el Taller al lado de
Pablo Milanés
conversando me parecía
mentira,
y es que en Cuba
se borran las fronteras.
He estado en algún lugar
y el ministro de
Cultura, Abel Prieto,
viene y se me acerca y
me saluda ¡eso nada más
pasa en Cuba! En otro
lado, primero, el
Ministro ni se te acerca
y para verlo tienes que
pedir mil permisos y,
probablemente, nunca te
empates con él.
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Shigeo Fokuda |
¿Has digitalizado toda
esa parte de tu obra?
Una gran parte de los
álbumes que he logrado
rescatar
—algunos
se han perdido— porque
en aquellos tiempos no
era muy riguroso y,
además, el lavado del
negativo no era bueno y
luego de
15
ó
20
años algunos se
perdieron.
Viendo mi historia
—20
años después—,
me doy cuenta
de
que no
tenía mucha conciencia
de lo que estaba
haciendo y viviendo:
estaba en el volcán del
arte cubano y
específicamente de las
artes plásticas; fue una
erupción muy fuerte de
artistas de gran
calidad. Otro rasgo de
los
80
era la gran
interconectividad que
existía entre las
diferentes
especialidades. Fue una
época bellísima.
Participarás en la
próxima edición de la
Fiesta del Fuego con una
exposición que se
exhibirá en la sede de
la Alianza Francesa en
Santiago de Cuba.
Esta es la tercera o la
cuarta vez que voy a la
Fiesta del Caribe y en
esta ocasión voy con una
muestra personal en
compañía de una
fotógrafa habanera llamada
Madelyn
Martínez. Ella fue la
que me invitó. Llevo
parte de la muestra de
graffitis que se llama
Las paredes también
cuentan, vista en
febrero pasado durante
la Feria Internacional
del Libro de La Habana.
Por estos días está
abierta al público
—en
la occidental provincia
cubana de Pinar del Río—
una muestra titulada
Valle del Paraíso, hoy.
Me invitaron a
participar en un Salón
cuyo tema tiene que ver
con la relación entre el
paisaje y la ciudad y
tengo bastante obra
relacionada con esta
cuestión: ando en la
calle y si capto algo
—me encuentro la foto,
como yo digo—
ejecuto.
Cuando voy de viaje,
dedico un
70
por
ciento de mi tiempo a
hacer fotografías, no
me
separo de la cámara.
La ciudad es algo que te
ha motivado siempre...
Siempre, cuando uno
visita un lugar la única
manera de llevarse un
pedazo de esa realidad
es haciéndole un retrato,
y esa filosofía la
aplico lo mismo a una
gran ciudad que a un
humilde pueblito de
campo. Siempre se
encuentran cosas
maravillosamente bellas
en todos los lugares.
Pero la huella que el
hombre plasma en la
ciudad te seduce.
Me gusta mucho la
abstracción y, de
repente, en una pared
rota veo una maravilla.
Recuerdo que cuando
trabajaba en el Taller,
fotografiaba los
derrumbes y la gente se
quedaba mirando y me
decía: “pero ¿qué ves
ahí?” y otros, como me
ven extranjero, decían:
¡pero qué mala costumbre
la de esta gente de
retratar todo lo feo
nuestro! Y lo que no ven
es que extraigo de entre
lo feo, lo hermoso.
Esa cualidad, creo, la
adquirí de mi relación
con los pintores, es
decir, luego de apreciar
la obra de una gran
cantidad de creadores y
de conversar mucho con
ellos empecé a entender
las claves de la
visualidad; siempre lo
digo: veo la fotografía
a partir de la pintura.
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Belkis Ayón |
¿Cuál ha sido el mayor
gozo que te ha dado la
fotografía?
Es un gozo mezclado con
dolor: ver eso que fue y
ya no es. En esta misma
exposición del Taller de
Serigrafía nos veíamos
tan jóvenes, éramos
tantos y estábamos
juntos y ahora andamos
desperdigados.
Lo mismo me ocurre con
otros lugares que he
fotografiado y que ya no
están como me ocurrió
hace unos dos años atrás
en Bucarest
—que ya es
otra ciudad o los
edificios no existen o
están en mal estado—. La
fotografía te permite
recoger espacios y
momentos muy
placenteros; cuando
estás retratando,
disfrutas el acto,
y
tiempo después te
permite revisitar esos
lugares, pero no deja de
tornarse, a veces, un
poco angustioso cuando
te das cuenta
de
que todo
ha cambiado y lo que fue
ya no es.
Tu obra más reciente
sigue teniendo una
mirada muy joven.
Eso trato, y eso, creo,
tiene que ver con mi
manera de ser que es muy
positiva y siempre
mirando hacia
adelante y
bastante comprensiva con
los jóvenes. Tengo hijos
grandes que, también son
mis “socios” y eso de
estar relacionándote
constantemente con los
jóvenes, sin duda, te
mantiene.
Voy a ser sincero:
aprendo de los jóvenes.
Para la exposición del
Taller de Serigrafía me
ayudó mucho Abelito, el
fotógrafo de la Casa de
las Américas que me
decía: “Gonzalo esta
foto tiene problemas,
¿la
arreglamos?” Y sí, me
enseñó muchas cosas y
yo, tranquilamente y
muerto de la risa,
recibo las enseñanzas.
¿Tecnología vs.
mirada del artista?
Lo que prima en toda
obra, creo, es la idea y
lo que uno tiene que
tratar es de adaptarse y
dominar estas nuevas
tecnologías por una
razón muy simple: es lo
de ahora y además tiene
un montón de ventajas.
Las desventajas son
relativas.
Ahora me haces acordar
de una anécdota que viví
durante mi paso por el
Portocarrero. En ese
momento, tenía una Zenit
—cuando ya muchos
fotógrafos cubanos se
habían podido comprar
una Cannon—
y estando de
visita en el Taller un
artista holandés
—que
había ganado un premio Interpress en el año
70
y algo—
comienzo
a tomar fotos con mi Zenit. Alguien se dirige
al holandés como
disculpándose por mi
cámara y aquel hombre
comenta: ¡es muy buena
cámara, con ese mismo
lente fue que tomé la
foto que obtuvo el
premio! Lo que me ha
quedado como enseñanza
para toda la vida es que
lo que vale es lo que
está detrás de la
cámara. Puedes tener la
mejor tecnología del
mundo y no tener
creatividad.
Estás de acuerdo con la
afirmación que dice que
“toda fotografía que
llegue a la categoría de
obra de arte, tiene
alma”.
Las obras que uno
selecciona para
mostrarlas, para
difundirlas,
seguramente, están
hechas con alma. Pero,
también sucede que
cuando empiezas a
trabajar la imagen en la
máquina puede que te
encuentres algo
interesante y sobre eso
trabajas. Lo que hay es
que soltarse y no
temerles
a los cambios.
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José Bedia
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¿Cómo ves la fotografía
joven cubana?
Más que la fotografía
joven te puedo decir que
la fotografía cubana es
muy, muy, muy buena y
que existe una gran
cantidad de excelentes
creadores de varias
generaciones. A muchos
jóvenes les tengo una
envidia sana porque
—aunque estén
empezando— tienen
tremendas ideas y
habilidades.
¿Cuál son las tres
cualidades más
importantes que tiene
que tener un fotógrafo?
Todo el que se dedique
al arte tiene que tener
imaginería, sensibilidad
y el querer comunicar
—aunque debo de
reconocer que un inicio
no estaba muy consciente
de esto último—: ahora
sí. |