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Sigue el flujo del más
diverso público a las
más diversas, y a veces
distantes, salas donde
se exhibe reciente cine
francés dentro de un
festival que es
tradición y continuidad,
suma y multiplicación en
la capital y el resto
del país.
Difícil resultó alcanzar
luneta en la exhibición
de El escritor
(2010), lo último de
Román Polanski, por lo
cual
—al
menos en el multicine
Infanta— muchos colmaron
los pasillos.
No solo influía el
prestigio del maldito
realizador polaco, en
esta coproducción que
cocinaron Francia,
Alemania y hasta esos
Estados Unidos donde la
justicia no quiere
verlo ni en pintura, al
menos físicamente, por
viejos líos con una
adolescente que, bien se
sabe, tantos dolores de
cabeza le ha traído.
También ha pesado la
gran alharaca mediática
en torno al propio filme
sobre todo después del
Oso de Plata
al mejor director en la Berlinane de este año.
El guión
en el que Polanski
colaboró con Robert
Harris (basado en su
novela The Ghost
) sigue a un
exitoso escritor
fantasma, quien acepta
completar las memorias
del antiguo primer
ministro británico Adam
Lang, pero este
tentador proyecto de
colaboración parece
estar condenado desde el
principio ya que el
colega que lo antecedió,
y brazo derecho de Lang,
murió en un misterioso
accidente.
A estas alturas, quién
va a reprocharle al
célebre director de
clásicos como
Chinatown (1974) o
cintas tan estimadas y
premiadas como El
pianista (2002 ),
problemas de realización
o concretamente, de
narración. Su nueva obra
es un thriller
con toda las de la ley,
con un ritmo que desde
el inicio nos toma de la
garganta y nos sitúa un
nudo que no baja hasta
que aparece en la
pantalla el The end.
Sin embargo, y
justamente porque es
Polanski quien está
detrás, al menos el
crítico esperaba un poco
más; digamos, del
desarrollo de
personajes; no solo que
los sórdidos manejos de Lang con la CIA, su nexo
con ciertos seres que
pasan tangencialmente
por la pantalla, o la
mal desarrollada y
bastante forzada
rivalidad entre la
esposa y la asistente
¿amante?, queden como en
el tintero, sino
—y
sobre todo— la propia
personalidad y evolución
del protagonista: los
dilemas éticos entre
solvencia material y “escrúpulos”
profesionales, digamos,
o la relación entre
biografiado y
“biografiante” más allá
del trabajo, se quedan
en la epidermis.
Y eso que Ewan Mc Gregor
(Chicago) y sus
compañeros de casting
(Pierce Brosnan, Kim
Cattral…) aparecen bien
centrados en sus roles,
pero es esto: una
notable película
“norteamericana” dentro
de un festival francés.
Para disfrutar en sus
deliciosos 97 minutos, a
pesar de que lo tratado
es bien grave, aparece
Rosa y negro (2009) del actor Gérard
Jugnot (El coro)
quien es aquí un
diseñador de vestuario
venido a menos en pleno
siglo XVI, quien recibe
del rey la encomienda de
marchar a España a hacer
un vestido para la boda
conveniada entre uno de
sus sobrinos y la hija
de un político
importante allí. De los
aires liberales y
libertinos de la “Ciudad
Luz”, el modisto y su
séquito, integrado por
otros gays del giro, un
árabe disfrazado y una
especie de edecán
protestante, aterrizan
en una España atrasada e
intolerante,
aterrorizada por aquella
Inquisición siempre
dispuesta a organizar
grandes parrilladas con
elementos como los que
justamente llegan en
misión.
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Dueño de un humor a
veces grueso y
francamente sainetero,
Jugnot erige, sin
embargo, una sátira
saludablemente
iconoclasta, corrosiva y
sobre todo divertida,
que una vez más pone más
de un dedo en las llagas
de la intolerancia, el
pensamiento único y el
monolito, los cuales,
bien sabemos, siguen
haciendo daño, cuando
tan lejanas parecieran
las llamas
inquisitoriales y otras
tantas cacerías de
brujas en pleno siglo
XXI . (Y la efectiva
imagen final, que
desmiente la alusión a
EE.UU. como
“tierra de libertades”,
así lo confirma).
Mucho menos feliz es
Lol (2008), de Lisa
Azuelos; aunque hay aquí
un sugerente retrato de
las peculiaridades en
adolescentes y jóvenes
parisinos de hoy mismo
(frivolidad, fiebre por
Internet y el baile,
ligereza en el amor,
desinterés por los
estudios, desencuentros
con los padres…) las
violentadas simetrías
entre ellos y los
adultos (algo que la
narrativa subraya con
bastante chapucería) y
la también superficial
exposición, ausente de
análisis, convierten el
filme tan solo en una
pasable comedia, si
acaso con algunos
desempeños meritorios
(Sophie Marceau y
Christa Theret,
nominada al premio
César en la
categoría de actriz
revelación,
por ejemplo).
Se anuncia en varias
salas una larga tanda de
animados (sobre todo,
para adultos), de los
que también daremos fe,
por supuesto. |