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En La Habana, como en
muchas otras capitales
occidentales, el Barrio
Chino es un corazón, un
respiradero, un carnaval
permanente, una colmena.
Por sus calles tal vez
empieza a correr el
pensamiento de quien
quiere buscar las trazas
de la cultura asiática
en Cuba y no puede
eludir los ojos
rasgados, los dragones y
las farolas de papel,
las sociedades, los
sables que penden de las
paredes, los abanicos y
los practicantes de
artes marciales. Pero ir
tras el país más grande
del Oriente de Asia en
esta isla pequeña,
obliga también a
imaginar, en la voz de
un abuelo con exageradas
eles, las circunstancia
en que llegaron a este
sitio del Caribe
—luego
de decretarse legal la
trata de chinos en 1847—
los ancestros de una
Patricia Li o de un
Alexander Hué, del 2010
cubano.
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Mientras admiramos cómo
los primeros culíes que
arribaron a esta tierra
hoy tienen como
herederos a miles de
mulatos achinados y se
han quedado entre
algunos las costumbres
de celebrar la llegada
del año lunar,
comprender el mundo a
través de las fuerzas
del yin y el
yang o adorar a San
Fan Con, quedan
numerosos intersticios
por llenar para
seguirnos acercando como
culturas.
Aún cuando la historia
se ocupó de reservarle
un lugar querido en Cuba
al país de la Gran
Muralla, decir sheng,
suona o erhu resulta
distante para muchos.
Por ello se hizo
bienvenida, en el
preludio de la X edición
del Festival de la
Cultura China (17 y 18
de julio) la visita del
Grupo de Música
Folklórica de la
Orquesta Tradicional de
Aihua de la provincia de
Shenzeng, que el 30 de
junio y el primero de
julio hiciera sonar en
Expocuba y el Teatro
Nacional, los alargados
tubos y las cornetas
metálicas y de madera,
los peculiares violines
y las pipas-laúdes.
Asistir a las
actuaciones de este
conjunto es como
presenciar la creación
de un fresco sobre su
nación de origen,
recorrer sus paisajes,
percibir sus aromas, ser
testigos de su trabajo o
sus batallas. La música
de cuerdas y viento de
“Trueno en la sequía”,
por ejemplo, recrea la
alegría del pueblo al
escuchar el anuncio de
la lluvia luego del
tiempo de seca. El solo
de pipa en “Emboscada de
diez lados” —única
música en el mundo que
relata una guerra con
apenas un instrumento—
describe la batalla de Chuhan en el 202 a.C.
“Nubes coloradas que
persiguen la Luna” es,
por su parte, un viaje
en la inmensidad de las
noches del continente
asiático.
Resulta singular cómo el
grupo, integrado por Fu
Huaqiang y Zhou Yingyun,
Zhang Lei, Li Fanmo,
Huang Mei, Yang Lei, Jin
Renbo (profesores de la
Academia de Bellas Artes
de Shenzhen) y Wang Xiao
(alumno virtuoso de la
propia institución en la
especialidad de flauta),
encuentra inspiración
para recrear la música
popular de su país, en
una ciudad costera,
cercana a Hong Kong,
marcada por la
modernización, la
proliferación del
turismo, la urbanización
y la industria.
El interés por perpetuar
las tradiciones de la
cultura milenaria viene
dado, para los miembros
de Grupo de Música
Folklórica, por la
belleza y el contenido
hondo de la música de
ese pueblo. En ella,
según explican, han
logrado encontrar las
raíces de una nación
próspera, con
expresiones artísticas
de estilo singular y un
profundo sentido de lo
nacional. La música
folklórica es para ellos
expresión del contenido
moral de sus vidas,
marcado por la fuerza,
la perseverancia y la
voluntad.
Esta arista en que se
tocan el pueblo cubano y
el chino hoy con los
espectáculos celebrados
en la capital, da un
nuevo impulso al
intercambio cultural
entre ambos países en el
año en que se celebra el
aniversario 50 del
establecimiento de sus
relaciones diplomáticas.
Las presentaciones del
grupo de Shenzhen en La
Habana, cantando a la
ancestral Fiesta de los
Faroles, ofreciendo
tonadas a los
manantiales y los
pescadores, ha
favorecido, además de un
mayor conocimiento del
arte y las tradiciones
chinas, el despeje de
otras incógnitas que
ayudan a pintar con más
certeza el perfil
chino-cubano de nuestra
idiosincrasia. |