|
Nos ha sido dado
contemplar, en el Lyceum,
una nueva confesión
de René Portocarrero.
“Pintar un ángel es
confesarse un poco”,
dijo el pintor en cierta
ocasión; y sus
confesiones son reinos
sucesivos que se abren
ante nuestros ojos.
Portocarrero, con
afanosa mirada, ha
creado mundos diversos,
animados todos por
impulso poético, todos
aparentemente
abandonados para poblar
aún otro mundo. De este
incesante acto de
creación y de rechazo
podría suponerse una
obra de incoherencia o
de balbuceo. Pero
Portocarrero, seguro y
consciente, brinda de
nuevo en esta exposición
la más bella prueba de
su ejercicio en la
pintura. Nos ofrece un
resumen, apretado y
amoroso, de todos los
ámbitos que había
animado antes.
Empleando un medio
apenas utilizado por él
previamente —la
cerámica— ha recorrido
los temas de su pintura
anterior y los ha hecho
otorgarse de nuevo, a
través de otro material,
con igual delicadeza y
cariño a los de su
primera aparición.
Surgen así las "Catedrales", a las
que vuelve el pintor una
y otra vez, desde la que
apunta, casi con
timidez, en una breve
losa, hasta la catedral
de grandes dimensiones,
llena de majestad.
Aparecen los "Ángeles",
delicados y caprichosos,
que despliegan sus
“grandes alas de
moscardón o mariposa”
con ingenuo orgullo,
similar al de los
ángeles de Fra Angélico.
El pintor retoma sus "Figuras para una
mitología imaginaria",
uniendo al perfil de
línea clásica
innumerables trazos
diminutos que crean un
ambiente de extraña
fuerza. Nos rodean las "Hojas", sencillas
y puras; las "Mariposas", con un
renovado despliegue
orgulloso de alas; las "Madonnas", de
línea fina y suave.
|

"Figura para una
mitología
imaginaria".
Óleo s/ tela s/
cartón. 1943. |
El mundo de la cerámica
obliga al pintor a
someterse a la prueba
misteriosa del fuego
que, en última
instancia, decidirá la
cualidad peculiar a cada
obra, cada fragmento. De
este sometimiento surge
un nuevo elemento
azaroso que, para
Portocarrero, resulta
como una insistencia en
lo conocido. En su
pintura se ha sentido
siempre un suave soplo
de azar que roza la
tarea arduamente
realizada. Esta veladura
azarosa preside los
extraños recintos que
habita su labor creando
un ambiente de
maravillosa fuerza. La
continuidad de su
creación nos regala una
obra cuya firmeza y
poesía nos nutre y nos
alegra.
*Revista Lyceum,
La Habana, año XII, vol.
40, 1955, p. 105. |