Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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Exposición de Portocarrero en el Lyceum

“Pintar un ángel es confesarse un poco”

Adelaida de Juan • La Habana

 

Nos ha sido dado contemplar, en el Lyceum, una nueva confesión de René Portocarrero. “Pintar un ángel es confesarse un poco”, dijo el pintor en cierta ocasión; y sus confesiones son reinos sucesivos que se abren ante nuestros ojos. Portocarrero, con afanosa mirada, ha creado mundos diversos, animados todos por impulso poético, todos aparentemente abandonados para poblar aún otro mundo. De este incesante acto de creación y de rechazo podría suponerse una obra de incoherencia o de balbuceo. Pero Portocarrero, seguro y consciente, brinda de nuevo en esta exposición la más bella prueba de su ejercicio en la pintura. Nos ofrece un resumen, apretado y amoroso, de todos los ámbitos que había animado antes.  

Empleando un medio apenas utilizado por él previamente —la cerámica— ha recorrido los temas de su pintura anterior y los ha hecho otorgarse de nuevo, a través de otro material, con igual delicadeza y cariño a los de su primera aparición. Surgen así las "Catedrales", a las que vuelve el pintor una y otra vez, desde la que apunta, casi con timidez, en una breve losa, hasta la catedral de grandes dimensiones, llena de majestad. Aparecen los "Ángeles", delicados y caprichosos, que despliegan sus “grandes alas de moscardón o mariposa” con ingenuo orgullo, similar al de los ángeles de Fra Angélico. El pintor retoma sus "Figuras para una mitología imaginaria", uniendo al perfil de línea clásica innumerables trazos diminutos que crean un ambiente de extraña fuerza. Nos rodean las "Hojas", sencillas y puras; las "Mariposas", con un renovado despliegue orgulloso de alas; las "Madonnas", de línea fina y suave.  


"Figura para una mitología imaginaria".
Óleo s/ tela s/ cartón. 1943.

El mundo de la cerámica obliga al pintor a someterse a la prueba misteriosa del fuego que, en última instancia, decidirá la cualidad peculiar a cada obra, cada fragmento. De este sometimiento surge un nuevo elemento azaroso que, para Portocarrero, resulta como una insistencia en lo conocido. En su pintura se ha sentido siempre un suave soplo de azar que roza la tarea arduamente realizada. Esta veladura azarosa preside los extraños recintos que habita su labor creando un ambiente de maravillosa fuerza. La continuidad de su creación nos regala una obra cuya firmeza y poesía nos nutre y nos alegra.  

*Revista Lyceum, La Habana, año XII, vol. 40, 1955, p. 105.
 

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La Habana, Cuba. 2010.
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